Malvinas, las cosas por su nombre (II)

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III. CARTAS QUEMADAS Y UNA LLAMADA DESDE LEJOS

Dos cachos de tierra en el culo del mundo, eso eran las Malvinas en mi casa. No importaba si el topónimo era Puerto Argentino o Puerto Stanley, era un lugar que  Pablo no debía pisar nunca. “¿Para qué?”, decía mamá. “¿Para qué queremos ir hasta allá?”. La guerra era una sombra que tenía la cara de mi tío y llegaba, episódica, en forma de postales o cartas desesperadas escritas con una letra casi infantil. Me era imposible imaginar en aquel entonces lo que estaba sucediendo, tenía apenas 4 años, y mi tío 18. Demasiado jóvenes para la guerra, uno para entenderla y el otro para protagonizarla. Sólo recordaba una postal suya con la imagen de un anfibio en pleno desembarco y las lágrimas que mi vieja intentaba ocultar.

Nunca más se habló del tema. Malvinas era un silencio incómodo en mi familia que yo adopté como propio. Siempre me mantuve en contra de las guerras y al margen de cualquier discusión sobre el tema. El anti belicismo en mi familia no era una postura ideológica, era una necesidad.  Pero ahora ese silencio me retumbaba en la cabeza. Había llegado el momento de enfrentar a los fantasmas.

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-Eran tremendas las cartas, pero me parece que no están todas –mi vieja, me habla tranquila. No se sorprendió, es como si hubiera estado esperando toda la vida que en algún momento yo preguntara–. Fue un desgarramiento. Lo fuimos a ver a Punta Indio, toda la familia, después lo trasladan a Punta Alta y después fue todo secreto, por la guerra. No podíamos verlo.

-Él entra a la colimba1, ¿cuándo?

-Era un nene, el 1 de abril del ´82, y al día siguiente fue el desembarco. Él estaba enfervorizado primero, estaba re chocho. Les habían dado el entrenamiento como lo hacen los milicos, creían que iban a salvar a la Patria. Después, desde Punta Alta, me escribía contento porque estaba a cargo de un obús. Y yo pensaba: «¡Es el que se va a morir!», porque cuando vos tirás en una guerra, tirás donde está la artillería.

Hace una pausa, me revuelvo incómodo en la silla. Sus ojos están apagados. Ella maneja sus tiempos y yo los respeto. Es que cuando estás hablando de viejos dolores familiares, los silencios pueden decir más que las palabras.

-Después se lo llevaron a Río Grande –continuó-, al BIM 5 (Batallón de Infantería de Marina 5), y ahí se ve que habló con alguien que había ido a la guerra porque todo cambió. Y me escribía cartas desesperadas pidiendo que lo sacara de ahí, que lo trajera de vuelta.

Se le corta la voz, pero no llora. Mi vieja ya no llora por eso. Ahora el que llora soy yo, porque por primera vez tomo dimensión de lo que había pasado, de cómo había sido.

-¿Y esas cartas?

-A mí me parece que las cartas de la guerra las tiré, porque eran desgarradoras. ¿Sabés lo que es que tu hermano te pida por favor que lo vayas a buscar y vos sabés que no podés? -No digo nada, sólo atino a tomarle la mano- Creo que las quemé.

Se hizo un silencio más largo. Quería preguntar de todo, cómo se sentían, qué le  respondía ella en sus cartas, cómo no se le ocurrió conservarlas. Pero no pude, mi vieja había guardado todo eso en un rincón bien adentro y yo no era quién para venir a desenterrarlo.

-Él me llamó un sábado a la noche, diciendo que el lunes se embarcaba para Puerto Argentino -Me lo imaginé a mi tío, un pibe de 18 años, diciendo adiós para siempre, de noche-. Se estaba despidiendo, ¿entendés?…

Me la imaginé a mi vieja, aquel día, caminando lentamente los 50 metros que separaban mi casa del único teléfono del barrio. De noche. Ahora también había caído la noche, entre ella y yo.

-Al otro día Menéndez se rindió… ¡No sabés la alegría que me dio!

Nos abrazamos como debimos hacerlo en el ´82, no lo sé, no lo recuerdo, mi vieja tampoco. Pero fue un desahogo. El general Mario Benjamín Menéndez firmó el cese del fuego el lunes 14 de junio, así que el llamado debió ser el domingo a la noche. Las fechas no importan. Un año más tarde mi tío terminó la colimba y volvió a casa. Más flaco, más grande.

POSTAL-MALVINAS

Recuerdos de mi tío

Un día. Un día fue la diferencia entre la vida y posiblemente, la muerte. Ganar y perder en mi familia tuvieron otro significado. Pablo volvía a casa. Quizás por eso se festejó la derrota. Es que cuando la guerra tiene nombres propios, la soberanía puede pasar a un segundo plano.

[Problema IV. ¿Se puede hablar de soberanía sentado frente a un teclado? Nota mental: a la guerra se la mira a los ojos]

 

IV. ENSEÑANZAS DE GUERRA

-“Arroyo Malo” fue donde combatió la Compañía de Comando 602, Top Malo House es la batalla.  Había una casa, que se destruyó –mira la lista de topónimos que me había dado Juliarena; sonríe-. Me alegro que no hayan cambiado esos nombres.

El que habla ahora es Esteban Tríes, ex combatiente de la Compañía A del Regimiento Nro. 3 de La Tablada. Nuevamente estoy sentado con un mapa de las islas frente a mí, sólo que ahora cobra vida de una manera diferente. Hay olores, sonidos, días nublados de nunca acabar,  de frío que cala los huesos, pero sobre todo hay amistad, lealtad, orgullo y honor. Con él las Malvinas se me van a llenar de personas, de miradas cómplices, de anécdotas heroicas; por primera vez se van a humanizar.

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Resto de trinchera

-¿Es un pueblo? –pregunté interrumpiendo su recorrido visual del mapa.

-Es una casa, y pasa un arroyo por delante. Nada más. Está de Puerto Argentino hacia el oeste, muy difícil de llegar –señala un punto en el mapa y luego vuelve a la guerra-. Eran los primeros días de junio. Los del Comando 602 estaban  dentro de la casa, habían pasado dos días caminando y empapados. Se levantan a la mañana y ven que había movimientos de ingleses y en vez de rendirse empiezan a tirar. Y se arma un enfrentamiento de 40 metros a la redonda. Ahí tenemos dos bajas: el Sargento Sber y el Teniente Espinoza, y 6 o 7 heridos, los ingleses también. Fue un enfrentamiento durísimo entre patrullas especiales.

Esteban da nombres todo el tiempo. A lo largo de la charla menciona puntillosamente a compañeros,  caídos, heridos, protagonistas, lugares y batallas. Los tiene muy presentes. Con la misma intensidad que Cristina, él también los rescata y los trae a nuestra conversación. Es un artesano del detalle, porque sabe que ahí radica la fuerza de su relato y por ende, de su causa. Él habla y yo lo miro, no anoto. Así transcurre nuestro encuentro porque no me quiero perder ningún detalle visual, ningún gesto. Busco en su lenguaje corporal alguna clave, una marca de la guerra. Pero no la encuentro, o mejor dicho, no encuentro lo que buscaba.

-Después de los nacimientos de mis hijos, la guerra fue lo mejor que me pasó en la vida.

Sí, lo dijo él, sonriendo, y lo dijo en serio. Tardé en reaccionar. Su mirada se perdió entre los patos del estanque del parque donde estábamos sentados, la seguí mientras pensaba. Yo creía que tanta tranquilidad y naturaleza iba a contrastar con la violencia y horror de la guerra y su frase me descolocó. De repente algo me roza la mano, un hermoso gato negro llegó de la nada y se paseó entre los dos. Sonreímos.

-¿Por qué decís eso? –quise saber.

-Porque le dio sentido a la vida real. Una vez que tamizás lo que es la guerra, todo lo malo: lo miserable que puede ser el hombre, que está el que se caga en vos y el que reparte lo poco que tiene, entonces entendés lo que es realmente el ser humano. Y aprendés de los valores humanos que surgen en situaciones extremas. Eso es maravilloso, y ahí es donde sacás lo más positivo de la guerra.

El gato se recostó sobre el mapa apoyado en el banco esperando que lo acariciáramos. Parece ser que no siempre un gato negro es señal de mal augurio y no siempre una guerra es sinónimo de locura y de muerte.

-Entendés lo que es estar vivo. Valorás todo: amor, nacimientos, separaciones, todo. Aprendés a confiar en el otro, a delegar, comprendés lo que es el verdadero compañerismo. Nunca tuve amigos como los de Malvinas. Con ellos…yo cruzo el Río de la Plata caminando.

Esteban es uno de esos tipos que transmite tranquilidad, tiene sonrisa fácil y ojos claros de mirada diáfana, buen mozo, diría mi madre, y es alto, grandote, pero es realmente cuando habla que te hace sentir chiquitito.

-En mi primer viaje en colectivo después de la guerra, yo estaba sentado en el fondo, y una señora pisa a un tipo y se arma una discusión brava, muy fuerte. Y yo pensé: “¿qué distintos que estamos? ¿cómo podemos discutir por una boludez así?” Yo creo que mi forma de ver la vida había cambiado después de la guerra y mi entorno no estaba preparado para ese cambio. Nunca más me volví a angustiar por pavadas, ni por problemas reales, ¿eh? Separaciones, quiebras, cheques sin fondos… ya nada me vuelve loco.

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Malvinas 3

Pilas, caramelos, recuerdos que humanizan la guerra

  • Sebastián Cabrera cruzarlapuerta.com

    La primera vez que reconoció una vocación fue la de contar historias y así pasó por aulas de taller literario, periodismo, guión y cine. La segunda fue viajar y la tercera observar  animales en libertad. Desde aquel día trata de juntar las tres para escaparse cada vez que puede a explorar distintos rincones del mundo. De tanto aburrir a su familia con las fotos de sus viajes decidió abrirse un blog, cruzarlapuerta.com, y liberarlos de aquel yugo dominical. Tras doce años de trabajar en noticieros encontró en Otro Mapa la oportunidad de hacer, por primera vez, periodismo.

  • Marina Rossi

    Nació en Córdoba pero hace muchos años que adoptó a Buenos Aires como su ciudad. Tiempo atrás descubrió su pasión por la fotografía y desde entonces no pudo separarse de su cámara. Hizo algunos cursos pero considera que la mejor escuela es salir, viajar, observar, estar, esperar. Ama viajar y recorrer lugares poco convencionales. Combinar los viajes con la fotografía es su mayor placer.

Showing 3 comments
  • cristina cestaro
    Responder

    qué calidad ! textos y fotos ,una revista ¡ en serio!

    • Sebastián Cabrera
      Responder

      Muchas gracias! Hay muchas horas de trabajo «tras bambalinas» para lograrla. Es un gran incentivo sentir que vamos por el buen camino…
      Saludos cordiales
      Seba

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