Nuevas Fronteras

Antes de comenzar un viaje solemos (deberíamos) mirar el mapa. Nombres de ciudades, monumentos históricos, intersecciones famosas y rutas de tierra colorada. A simple vista no dice mucho, sólo son nombres. Cuando el idioma está de nuestro lado podemos asociar algo: El Palmar de Colón en Entre Ríos, la 5º Avenida de Nueva York, o La Alhambra en España. Cuando no tenemos esa suerte, intentamos descifrar algo en cirílico o en laosiano. Los mapas parecen estáticos. Impresos en blanco y negro o en colores, en inglés o cualquier otro idioma, pero siempre iguales. Antes de viajar, todos solemos ver lo mismo: líneas interconectadas entre sí. Las amarillas señalan avenidas, las más gruesas son fronteras entre países.

Pero ¿qué pasa con los mapas luego de ser usados? Si nos paramos en el otro extremo del viaje, al regreso, ¿podemos mirarlos de la misma manera?

¿Pueden Siem Reap y París ser limítrofes? ¿Cómo se llega a ver desde un balcón en Barcelona otro balcón, de otro tiempo, en la Nueva Córdoba argentina? Un trekking de apenas 20 kilómetros comenzó en Nueva Zelanda y continuó en la selva tailandesa… Incluso, hoy podría seguir en lagos patagónicos o suizos.

Viajando redefinimos las relaciones y la amistad. Comprobamos que si en vez de dar enter en Google nos atrevemos a acercarnos a esa gringa que nos saludó tan amablemente en el desayuno, no sólo vamos a tener una respuesta (correcta o no, a quién le importa, tampoco era esa la intención), vamos a crear un puente que nos puede llevar mucho más lejos. Así como Praga tiene un puente llamado Carlos, ahora tenemos un puente llamado Camila que une Quito con Perth, sólo nos resta atravesarlo.

Allí donde una guía decía “no te pierdas…”, elegimos perder el tiempo cruzando una palabra de más con alguien en quien tal vez no hubiéramos reparado de no ser porque olvidamos cargar la batería de la cámara de fotos la noche anterior. Porque gracias a un percance tecnológico similar, un día no fuimos a ver las ruinas de Angkor. En cambio salimos a pasear en bicicleta por donde la ciudad parecía más real. Y encontramos un payaso galés que nos llevó a una escuela. Allí conocimos una delgada parisina de rasgos orientales con la cual no volvimos a vernos cara a cara hasta unos meses más tarde, cuando nos dio las llaves de su hogar, a media baguette de distancia del Louvre.

Nuestros mapas, hoy son más subjetivos que nunca. Mapas con identidad propia, con aromas y sabores condensados. Ese mapa de aquel pueblito de India manchado con curry o el mapa de Munich al que le falta una esquina. Lo rompimos al cerrarlo rápido y correr para subirnos al último tren. Eso sí, todos sobrescritos con azul: las anotaciones son importantes.

Los mapas cobran vida después de los viajes. Son guiños del destino que nos invitan a perdernos por tal calle o caminar aquel bosque. Si bien es cierto que muchas veces traen recorridos ya preestablecidos también son una invitación a escaparse por esas decenas de lineas transversales que se cruzan y entrecortan entre sí. Salidas alternativas.

Similares al mismísimo sistema circulatorio. Las rutas son como arterias interconectadas, que laten. Pura fisonomía y eficacia. El organismo biológico es funcional. Pero es difícil concebirlo separado de las emociones. Nos gusta pensar la metáfora. A simple vista, sólo una función útil pero cuando uno se mete en los caminos de los mapas, la utilidad queda de lado. El metro de Budapest ahora es el lugar donde aquel chico tocaba el violín y había olor a pan recién salido del horno, y esa referencia no está en ningún lado. Entonces deja de ser una metáfora: los caminos nos recorren, oxigenan y nutren. Hay un impulso vital que nos lleva por los pueblos.

Nos vamos de viaje con algunos planes y varias dudas. Volvemos con muy pocas certezas, con nuevas preguntas y mucha curiosidad. Creíamos que solamente recorreríamos ciertas ciudades, aprenderíamos quizás algún dato curioso en un museo, una nueva palabra o significado… Creíamos que el itinerario y sus respuestas estaban en nuestras manos. Que nos podíamos anticipar y el destino era solo una posibilidad unívoca para ponerle una fecha o encerrar un nombre en un círculo. Pero en cambio, el camino se transformó y lo transformamos. La metamorfosis también lo alcanzó: el mapa fue reconstruido. No habrá otro igual, tiene ahora nuestra propia escala.

otro mapa nuevas fronteras 1

  • Victoria Sánchez Mércol conlospiesporlatierra.com

    La llaman Vito y a ella le gusta así. Ya cuando sintió curiosidad por estudiar el cuerpo humano comprendió que lo más asombroso siempre sucede más allá de lo que está a simple vista. Hoy trabaja con el top 5 de las enfermedades de la infancia mientras de a poco se deja seducir por los poco transitados caminos de las medicinas del Oriente y el Yoga. Fotografía y escribe en conlospiesporlatierra.comSu recorrido inició en La Rioja, Argentina, y nadie sabe dónde puede terminar.

  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

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