Benín, un viaje al vudú real

  • por Alicia Ortego
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l vudú, o voodoo, es una rama del animismo. Significa “fuerza” o “alma” y es uno de los primeros intentos de explicación acerca del mundo que nos rodea. Afirma que en todos los objetos y seres hay espíritus, fuerzas, energías, que viven con nosotros, se enfrentan, nos dañan y nos protegen.

Esos espíritus y energías no son sino las almas de quienes fallecieron. Los muertos, remotos o recientes, que no se van ni al cielo ni al infierno (no existen estos conceptos en el animismo) pasan a habitar nuevos espacios. Árboles, plantas, animales. Todos podemos comunicarnos con ellos, pero en especial los sacerdotes o chamanes.

Dicho en otras palabras: el baobab en el que buscas sombra puede estar habitado por algún ancestro que en función de sus intenciones podrá volverte loco, hacerte enfermar o, por el contrario, curarte de alguna enfermedad que padezcas.  O puede que en el río al que fuiste a buscar agua una serpiente se cruce en tu camino te hable y te ordene hacer algo. O, peor aún, no te permita volver a casa. Esta forma de explicar los sucesos que a todos nos ocurren, sigue vivo en las mentes y actos de buena parte de los habitantes de África Occidental.  

Empecemos por el principio de este pequeño relato: estamos aquí, en Benín, un país que pocos ubican en el mapa y no es de extrañar con lo pequeñito y reciente que es. Incluso de nombre es difícil de reconocer. Antes era Dahomey, así se llamó hasta 1975. Es sólo un punto en el Golfo de Guinea, en el Oeste de África. Hace frontera con Níger y Burkina Faso en el norte, con Nigeria al este, y con Togo al oeste. Es un país de dimensiones similares a las de Portugal.

Estamos, precisamente, en Grand Popo y frente a nosotros se extiende una magnífica costa de playas inmensas, aguas que lucen todas las tonalidades del azul y del verde. Un fuerte oleaje impide bañarnos. Es la costa completa de Benín, de tan sólo 121 km. de longitud.

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Esta costa fue uno de los principales puertos de partida del infame tráfico de esclavos. En la cercana Ouidah puedes recorrer las últimas paradas de aquel comercio: donde les almacenaban, donde les marcaban con hierro y fuego, donde les pesaban, les subastaban, donde les hacían esperar hasta que el barco estuviera listo. Espera que se extendía, a veces, durante meses.

Luego llegas a la Puerta del No Retorno y ahí te emocionas. Hoy es un monumento construido por y para los africanos. En aquel entonces era el funesto muelle.  De allí salían los barcos rebosantes, literalmente, de vidas humanas que no valían nada. Bueno, sí, valían mucho dinero y para eso estaban. Para llenar los bolsillos de sus gobernantes, los incipientes capitalistas del “mundo civilizado” y los intermediarios que hacían el trabajo sucio. ¿He dicho dinero? Los reyezuelos de Dahomey aceptaban, además, telas adamascadas, vajillas de porcelana y cristalería, collares de cuentas y otras fruslerías, como pago por las vidas humanas. También armas.

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Aquellas personas, las que abarrotaban las bodegas de los barcos, eran arrancadas de sus casas y familias, pero no de sus mentes, conciencias ni creencias. Mantenían su cultura más allá de todo. De hecho, se agarraron como un clavo ardiendo a estas creencias que acabaron desarrollándose y evolucionando en el continente americano. Paradójicamente Hollywood lo caricaturizó varias décadas después y lo clasificó bajo el  género del terror.  

Los descendientes de aquellos esclavos, de los que pudieron escapar, ahora no corren peligro por ser secuestrados. Pero sí por no encontrar cómo ganarse la vida. Porque en muchas partes de Benín, como de otros países africanos, se vive literalmente al día. Mientras siguen aferrados a esas creencias, aunque ya basculando entre el Cristianismo, el Islam, e incluso el Judaísmo.

¿Entonces? Primera lección: Benín es un país muy religioso, pero todos conviven con todos, y como te cuenta un sacerdote del vudú en la antigua Abomey, en la puerta de su casa… el vudú es la conjunción de todas las religiones (quizá su raíz) e incluso tiene un símbolo para ello.

Cuando llegas a Grand Popó, curioso nombre, sabes que una de las cosas que puedes hacer allí es presenciar una ceremonia vudú. También conocida como “la religión bailada” por la importancia de la música y la danza.

No sabes en qué consiste, ni si se monta para los turistas que llegan hasta allí o es una cuestión ocasional el poder presenciar algo así… pero esto se resuelve pronto con un guía local. Cuando te quieres dar cuenta te ves pasando la tarde en una plaza llena de hombres mayores, jóvenes, músicos, mujeres con sus bebés a la espalda. Todos cantan y bailan a un ritmo enloquecedor e inimitable. También hay muchos niños, siempre niños que te miran dulcemente, o te desafían, o se ríen de ti, o contigo, o te dan un abrazo sin ton ni son.

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Ante ti se despliega un espectáculo vibrante, lleno de color, en el que unos… ¿dioses vudúes? ¿personas con máscaras? danzan sobre la tierra batida. Los sacerdotes les guían, a velocidades vertiginosas, dando vueltas, provocándoles pero siempre huyendo de su contacto para que no les ataquen. Dicen que si te tocan es muy malo.

Las máscaras que encarnan a los dioses vudú se agitan nerviosas, van y vienen, se sienten acorraladas, escuchan los gritos de todos los que les rodean, y hacen magia. Demuestran su poder: desde cocinar un pollo en su interior (que no se sacrifica en ese momento, y esto es un signo claro de que esto es un show para turistas) hasta hacer mover unas figuritas que salieron también de allí debajo, sin hilos ni ningún otro artificio, aparentemente.

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Los sacerdotes beben de una botella que incluso con el tapón puesto huele a alcohol de altísima graduación. El sodaví, vino de palma, facilita la comunicación con el más allá. Te ofrecen. Dices que no… con observar es suficiente.

No preguntéis, es difícil desentrañar cada cosa, cada movimiento de lo que estás viendo al ritmo de tambores y cantos repetitivos. A veces te ríes, piensas que es magia para niños más que evidente. Otras te admiras de la altura y complexión de los sacerdotes, verdaderos “armarios” que corren y saltan alrededor de las máscaras. Te cuentan que vienen de Nigeria, por eso sus rasgos y cuerpos son diferentes a los de los demás.

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Algunos de los observadores te fotografían y graban con sus móviles: a ti y a la ceremonia alternadamente. Y cada vez viene más gente. Cuando te vas, ya hay más de 100 personas y la fiesta continúa, pero ya no para ti (ellos te indican que debes irte).

Vuelves a tu precioso hotel colonial sin agua corriente, sobre la playa. Vuelves entre alucinado, cansado y a la vez contento. Aunque sientes que no es una ceremonia ciento por ciento real, porque a esas no te dejan asistir ni aunque pagues, sabes que has presenciado algo que tiene raíces muy profundas. Es que el vudú está perfectamente integrado en el día a día de Benín (también del vecino Togo, y seguramente de Nigeria).

Sabes que el vudú es real, porque en todos los mercados hay una zona dedicada a la venta de materiales para hacerlo. Venden objetos de todo tipo y condición que después de ser preparados por los sacerdotes, sirven para conseguir protección contra los ladrones y cualquier persona que se dirija a una casa, pueblo o campo de cultivo, con malas intenciones (desde robar, matar, violar, herir hasta hacer que enfermes).

Ves los fetiches en todas partes, en todas las ciudades y campos que visitas en este país desconocido para muchos. Están instalados estratégicamente en los campos de maíz, en las puertas y ventanas, en las entradas de las aldeas, en las carreteras ¿Cómo actúan? Ellos detectan si tú vas a hacer el mal y te paralizan.

Imaginemos que voy a un pueblo con la intención de hacer algo malvado. Al pasar por delante del fetiche que guarda el lugar no voy a poder avanzar. Me quedo allí, clavada, hasta que alguien me descubre, me detiene y me expulsa o me encierran.

Otro detalle: cuando te vas de Grand Popó, ves cómo tu guía se deshace de unos vaqueros muy rotos que había llevado durante todo el viaje. Los tira por la ventanilla del coche después de mirar que no hay nadie a la vista. Le amonestas: ¡no está bien tirar basura al campo! te dice entre risas que no los tiró en Grand Popó por si alguien los cogía y hacía vudú contra él. Y sabes que hay un trasfondo de verdad y de temor en lo que te dice. Por cómo te lo dice, a pesar de su risa, con el vudú no se juega.

El vudú no se debe utilizar para hacer el mal a los demás, todo el mundo te lo dice en Benín, pero el caso es que se puede. No debes dejar de pensar que de esa manera los practicantes de esta religión se empoderan y atemorizan unos a otros. Incluso cuando emigran a otros países padecen esta carga. Y si no me creen, pregunten a las chicas nigerianas que llegan a España.

África me encanta, precisamente por su gente y sus culturas. Pero sobre todo porque destila humanidad por todos los rincones. Dar la mano, saludar educadamente, el contacto de las miradas… es un principio básico de cordialidad, de contacto personal. Viajar a África es reencontrarte con la sensación de ser persona, de tener tacto y piel.

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En Benín el contacto, el saludo y la sonrisa también son principios básicos, pero es el país donde sentí con más fuerza la atmósfera de la desconfianza, aunque se deshace enseguida con un saludo amable por tu parte.

Quizá por la fuerza del animismo y del vudú, que sigue vivo y coleando. Quizá por esa horrible y traumática historia que no hace ni 100 años que terminó.  

  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

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