Centroamérica sin playas – Primera Parte

  • por Victoria Sánchez Mércol
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unque añore arenas suaves y cocoteros paradisíacos, para este viaje serán imprescindibles los más confortables zapatos de trekking . El traje de baño no se desteñirá tanto por la sal. Al protector solar, se le sumará el repelente de insectos tropicales. Centroamérica tiene una columna vertebral montañosa, volcánica, selvática y cultural que justifica por sí misma la aventurada idea de guardar esa gigantesca y colorida toalla de superhéroes para otro momento.

Los dos océanos

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Bajo Boquete es un colorido y tranquilo poblado que se estira a la vera del Río Caldera. Su población creció ligeramente en las últimas décadas con el empuje de migrantes extranjeros que hoy abren las puertas de sus emprendimientos económicos y se mezclan con los comederos típicos locales. Comienza el año con la tradicional Fiesta del Café y las Flores para celebrar la pintoresca producción local, hija de la fertilidad que da a estas tierras el volcán Barú. Este es el techo de Panamá y duerme a más de 3400 metros sobre el nivel del mar.

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En el pueblo nos podemos aprovisionar de todo lo necesario para los casi 15 kilómetros de caminata por un sendero de ripio bien señalizado que cerca de la cima se bifurca, pudiendo entonces llegar al cráter o, con un poco más de esfuerzo, a la cima. Esta última tiene como principal arma de seducción ser el único sitio desde el cual se logran ver simultáneamente los océanos Atlántico y Pacífico.

La temperatura en la cima se cae del cero por la noche por lo que no deberán faltar en nuestro campamento la manera de comer y beber algo cálido, y el abrigo suficiente. Doy fe de que sin esto último es imposible descansar. Afortunadamente la buena compañía y el personal de gendarmería del puesto de control de la cima ayudaron a construir uno de los mejores recuerdos panameños a pesar del frío insoportable que pasé por subestimar la travesía. El paisaje del atardecer y el amanecer son el espectáculo natural extra.

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Los colores del istmo, el ojo del volcán

Cruzamos la frontera por el costado noreste, a escasos metros del mar Caribe, en las alturas de un camión que seguiría hasta México, todavía dudando si hacíamos bien en bajar en lugar de convivir un par de días más con nuestro amable chofer de turno. Hacer dedo, viajar con el autostop fue la forma de desplazamiento que elegimos para recorrer detenidamente esta porción del mapa. Apreciando la metamorfosis del paisaje y la cultura a otra velocidad, con otra conciencia sobre cada paso requerido por cada meta.

Muy cerca de la capital del país tico está la ciudad de Alajuela. Desde allí y de manera muy sencilla alcanzamos los senderos que rodean el volcán del centro del país, activo aunque reposando silencioso por los últimos 60 años. El volcán Poás trepa hasta los 2700 msnm y está rodeado de un rico Parque Nacional que incluye la Laguna Botos. El fácil acceso y adyacencia a la ciudad capital hacen de éste el Parque más visitado, entonces compartimos paseos con visitantes locales y extranjeros de todas las edades e inquietudes. Los niños persiguen a las esquivas ardillas, los japoneses intercambian los objetivos de sus cámaras intentando retratar el espejo esmeralda que ocupa el cráter central y que se muestra de ratos según el estado del clima. Todos vamos y venimos entre el museo, los bosques, la cafetería o la tienda de regalos.

La biodiversidad del istmo americano se comienza a revelar en los tonos infinitos que lucen las hojas y flores, las mariposas se visten de carnaval para revolotear espasmódicas y jugar a la magia, ahora-la-ves-ahora-no-laves. Todo se mueve y nos acompaña a pasear.

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Foto cedida por Santiago Traversa

Los vecinos del volcán

Costa Rica es el imperio de la Pura Vida, el cuidado de sus parques naturales hace honor al lema nacional. Su gente es sonriente y servicial, cálida desde el primer saludo. Los pueblos como La Fortuna parecen acomodados en platea preferencial para el show, en este caso del volcán Arenal. Matemáticamente alineado con la plaza principal, no es infrecuente que muestre sus ríos de lava a los ocasionales visitantes. Por esta actividad, de a momentos intensa, desde su despertar en 1968 sólo se puede apreciar a distancia, llegando hasta el lago que nace a sus pies para visitar diversas instalaciones de aguas termales y frondosos bosques lluviosos.

El Volcán Arenal desde la plaza principal de La Fortuna

El Volcán Arenal desde la plaza principal de La Fortuna

El empuje que la actividad volcánica brindó a este pueblo y que se muestra en su completa infraestructura me hace difícil de imaginar un diario y monótono quehacer de hace unos 50 años atrás, cuando se pensaba en esa cumbre como un cerro más, sin mucho que ofrecer más que una postal distinguida en su horizonte. Desde entonces se suceden más o menos tímidos sacudones que mantienen a la población siempre alerta, aunque no dejen nunca de lado su parsimonia constitucional.

El cielo hecho río, o el río del cielo

Con el combustible de los gallito pintos de las cacerolas humeantes del camino, plato emblema de los ticos, seguimos rumbo norte. Habíamos visto una fotografía y queríamos estar dentro de ella. Se lo comentábamos a todo el que conocíamos, viajábamos por Costa Rica para llegar a ver el Río Celeste… y nadie sabía bien de qué hablábamos. ¿Cómo podía ser que lo más maravilloso que habíamos visto en un indiferente folleto turístico era desconocido para locales y extranjeros? Así somos, y viva la variedad.

El agua cambia de color en el “Teñidero”

Bijagua era una de las posibles paradas para acceder a nuestro pequeño tesoro, y hasta allí llegamos con nuestro método, compartiendo historias y caminos con quien se ofreciera a llevarnos. Luego de una tarde acampando y conociendo a los vecinos del pueblo, tomamos posesión del camino y en pocos metros ya estábamos acompañando a una pareja de turistas españoles que usaban la herramienta de viaje más usada para recorrer el país: un vehículo alquilado.

El Parque Nacional Volcán Tenorio es de las zonas más ricas en biodiversidad que se puedan visitar, el verdadero sentido de bosque lluvioso se siente en la piel, la selva nos baña con su húmedo abrazo. Entre las más diversas plantas y una amplia gama de verdes, primero escuchamos, luego sentimos en forma de rocío y finalmente lo vemos: el Río Celeste cae en una fosa profunda bordeada de una escalinata, fotogénico y esplendoroso. Bajamos con cuidado porque no le podemos sacar los ojos de encima. Desde que éramos niños y los pintábamos con nuestras manos que no veíamos un río de ese color. El agua helada recompensa la caminata, luchando contra la potencia de la cascada. Siguiendo el sendero, río arriba, llegaremos al lugar donde sucede la magia: Los Teñideros, el sitio en que los minerales del lecho cambian y dan origen a este río tan particular.

Viajar reparando en estos guiños de la naturaleza, pasar una tarde viendo la rutina de una plaza pueblerina, almorzar al paso escuchando una salsa o una ranchera visceral. Ver colores conocidos posados en inesperados cuerpos, porque todo lo que nos rodea aquí está vivo y lo manifiesta.

El viaje seguirá. Hay mucho más para disfrutar en Costa Rica, sorpresas en Nicaragua, tradición en transformación en los países que se acercan al norte. Centroamérica ciertamente tiene todo para ofrecer aunque estemos lejos (nunca demasiado) de sus costas. Pero esto bien vale una pausa.

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Volcanes de Centroamérica

  • Victoria Sánchez Mércol conlospiesporlatierra.com

    La llaman Vito y a ella le gusta así. Ya cuando sintió curiosidad por estudiar el cuerpo humano comprendió que lo más asombroso siempre sucede más allá de lo que está a simple vista. Hoy trabaja con el top 5 de las enfermedades de la infancia mientras de a poco se deja seducir por los poco transitados caminos de las medicinas del Oriente y el Yoga. Fotografía y escribe en conlospiesporlatierra.comSu recorrido inició en La Rioja, Argentina, y nadie sabe dónde puede terminar.

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