• por Tatiana Sidlik
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onocí a Luis hace un tiempo, por esas coincidencias de la vida. Él es de Loja, Ecuador, la ciudad de donde es oriundo mi pareja. Cuando uno vive en un país que no es el propio, es común reunirse, compartir y ayudarse con personas procedentes del mismo lugar. Así fui compartiendo algunos momentos con Luis, un joven alegre de sonrisa amplia y blanca, que habla durante horas sin parar, contando con minuciosidad anécdotas cotidianas de su vida.  Pero no fue sino hasta hace unos meses, que conocí parte de su historia de vida. Sucedió cuando nos invitó a cenar a su casa junto a su esposa, para celebrar que se habían mudado. Mientras cenábamos, él no interrumpía su monólogo, cual niño entusiasmado, y nos contaba todos los detalles sobre su visita al Ecuador. Había viajado al casamiento de su abuela de 70 años, sí, no hay ningún error, su abuela de 70 años contrajo matrimonio.

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 Llegué y fui a buscar a mi tío Richard al aeropuerto de sorpresa, cuando nos vio a mí y a mi hermano casi se muere. No nos veía hacía 23 años, cuando viajó a Estados Unidos… y luego organizamos un viaje a Cuenca con toda la familia… – contaba, casi sin respirar entre una oración y otra – También vino mi tía Paulina con mi prima Marjorie. Hacía más de 20 años que mi abuela no estaba con todos sus hijos –seguía hablando sin parar y mientras tanto nos mostraba las fotos del reencuentro familiar de esos días, explicando quien era cada uno de los personajes que nombraba.

Las imágenes que más me llamaron la atención fueron una de su abuela con sus cuatro hijos antes de separarse, y la misma escena actual, como prueba del paso del tiempo. Algo muy parecido a un trofeo para ellos. A lo mejor luego de tantos años, habían perdido la esperanza de lograrlo.

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Como buena curiosa, no pude evitar preguntar de qué forma había viajado su tío. Vi tantas películas al respecto que mi cabeza no podía parar de proyectar imágenes de inmigrantes cruzando el río maltratados por coyotes, o del famoso tren La Bestia que los Latinoamericanos deben montar arriesgando sus vidas para atravesar México. Luis me contó que su tío les había relatado todo lo sucedido en aquel viaje en el que casi pierde la vida. En ese relato aparecía otro personaje que había emigrado unos años antes: el padre de Luis. Le pregunté si él también regresó al reencuentro familiar y me dijo que no, que nunca tramitó los papeles, y que él prácticamente no lo conoce, ya que se fue cuando era pequeño y nunca regresó.

Si bien estoy enterada de la situación migratoria de Ecuador, que es grave, en ese momento me costó salir de mi asombro. No me entraba en la cabeza como un padre y un hijo pueden estar tanto tiempo separados. Al estar en una mesa con tres ecuatorianos, la única que se sentía desconcertada era yo.

En ese país muchas familias son desmembradas por esta causa. Por lo general emigran a España o Estados Unidos. A veces viaja sólo el padre de la familia, otras veces sólo la madre y en algunos casos ambos. Muchos niños son criados por sus abuelas y viven de lo que les mandan del exterior. Es una situación muy común allí, tanto que en los noticieros ecuatorianos hay una sección de noticias de España para que los familiares de los emigrados estén informados. Hoy en día existen tres millones de inmigrantes ecuatorianos desperdigados por el mundo, de una población total de 16 millones. Esto sucede desde la década de los ochenta, cuando hubo una gran ola migratoria hacia Estados Unidos y se incrementó luego de la crisis económica del año 2000 con otra aún más grande hacia España.

Por eso para ellos es una situación normal. Pero yo tenía muchas preguntas dando vueltas en mi cabeza.

Muchas veces pensamos en los inmigrantes como eso, inmigrantes, una etiqueta más de la sociedad en la que vivimos. No nos preguntamos si sufren, si aman, si lloran, si ríen, si son felices o infelices, si están con su familia o separados de ella. Las respuestas a estos interrogantes pueden ser infinitas, tan infinitas como historias existan. Pero por algo se empieza, y yo empecé por Luis, cuyo padre migró antes de que él naciera y todavía no logran estar juntos; por su tío Richard que fue inmigrante ilegal en Estados Unidos por más de 20 años, y por su tía Paulina, que se separó de su hija para poder mantenerla económicamente.

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LUIS: Regalos de ausencia

Luis se llama igual que su padre, pero no tiene ni un recuerdo de él, prácticamente no lo conoce. Mientras su madre lo llevaba en el vientre, él migró a los Estados Unidos.

El padre de Luis había estudiado ingeniería, sólo le faltaba la tesis para graduarse. Trabajaba en el ámbito de la ingeniería y además viajaba a otras ciudades para ganar un poco más de dinero.

Era el mayor de siete hermanos. Estaba casado con Rosita hacía tres años. Tenían un hijo llamado Diego, y otro en camino. Se hacía cargo de su familia y además debía ayudar a una hermana que tenía una hija y había enviudado. La carga era grande.

Alguien le contó que podía viajar a Estados Unidos y ganar allí el dinero necesario para mantener a su familia. Él no le contó a Rosita sus planes, le dijo que se iría a la Amazonía unos días a buscar terrenos. Rosita recibió una llamada de su marido desde México, luego de 21 días de no tener noticias de él. La angustia fue tan grande en esos días que no perdió el embarazo de milagro. Es inevitable ponerse en la piel de esa mujer, y sufrir esa gran mentira, que su marido no la haya dejado elegir y participar de una decisión que le cambiaría la vida para siempre.

Hoy Luis tiene 26 años. Sólo vio a su padre durante dos meses cuando tenía cinco años, y sus recuerdos de esos días son bastante borrosos. Para poder regresar a Estados Unidos luego de esa visita, el padre tuvo que recorrer el mismo camino que había andado años atrás, con todo lo que eso implicaba. Nadie en la familia escuchó cómo fue su experiencia de ingresar a Estados Unidos de forma ilegal.

– No sé si nos haría bien saberla. Con la historia de mi tío Richard lloramos… – Luis hace una pausa, y se lo nota muy reflexivo – Hasta me arrepiento de haber nacido, porque por mi culpa a lo mejor mis padres se tuvieron que separar para darnos lo mejor a nosotros su rostro denotaba una tristeza que hasta entonces nunca había notado en él.

Sus padres llevan 29 años de casados. Si bien hace 26 años están separados físicamente, ellos siguen casados frente a la ley.

-Siempre recuerdo el amor con el que se hablaban cuando yo era chico. –levanta la mirada con melancolía, como si estuviese viendo aquella época en la que esperaban el llamado todos los domingos, entre las tres y las cinco de la tarde – Es muy distinto a como hablan ahora. Pienso en eso y quiero llorar. Ahora es como recibir una llamada de cualquiera. Mi papá no quiere rehacer su vida, dice que cuando el café y la leche se unen, no hay nada que los separe. Pero yo siento la soledad de mis padres, y es muy triste. – Con cierta dificultad Luis me estaba diciendo que quería que sus padres se divorcien, aunque le duela como hijo.

A Luis y su hermano nunca les faltó nada material, pero se criaron sin su padre. Ellos sufrieron muchas desilusiones por sus promesas de regresar para cada evento importante en sus vidas, que nunca cumplía, y a cambio les enviaba un regalo importante.

 Desde los quince años nunca más me hice la ilusión de volver a ver a mi papá y ya no le pido que regrese – concluye con resignación.

Actualmente Diego se graduó y ya es totalmente independiente pero Luis estudia en Argentina y se siente responsable de que su padre todavía no regrese a Ecuador.

De alguna manera yo soy la razón de que mi padre esté todavía allá, porque no termino mis estudios y él me sigue ayudando. Yo soy su último compromiso, por eso siento una responsabilidad enorme encima. Quiero dejar de depender de él, para que pueda empezar a pensar en sí mismo y no en nosotros – para sus adentros, Luis siente que de todos modos él buscaría algún pretexto para no regresar. – Yo creo que si mi papá vuelve a Ecuador va a ser para vivir sus últimos días – se sincera con pesar.

Cuando le pregunté a Luis si puede imaginar cómo sería su vida si su padre no se hubiese ido, Luis se detuvo un momento a pensar, y haciendo un mea culpa respondió:

-No me lo puedo imaginar. Creo que seríamos personas más trabajadoras. Yo creo que hubiésemos salido adelante sin que se fuera.

Si bien Luis ya es un hombre y podría tomar la decisión de ir a ver a su padre, no puede hacerlo ya que sería prácticamente imposible obtener la visa de ingreso. Su padre en estos 26 años tampoco regularizó su situación. O sea que más allá del interés económico que los separa, existe otra barrera, la burocracia.

RICHARD: Tras la huella del coyote

Richard, el tío de Luis, un hombre de gestos duros y mirada sincera, tenía 21 años cuando le hablaron de viajar a Estados Unidos. Necesitaba un trabajo, su padre había fallecido y era el único hombre y sostén de su familia. Ya conocía gente que había emigrado, había escuchado algunas experiencias, pero jamás se imaginó lo que le tocaría vivir en ese trayecto.

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-Contacté a un coyote para que me llevara a los Estados Unidos. El viaje lo haría volando hacia Guatemala con escala en Panamá y luego por tierra hasta llegar a destino. El precio acordado fue 7.500 dólares, que pedí prestado a mi cuñado, Luis, que ya vivía allí y me demoré varios años en saldar mi deuda con él. La travesía duró un mes completo… – así Richard comenzó a narrar su experiencia de forma acelerada, se le dificultaba ordenar los acontecimientos detalladamente.

Como pasando un cetro mágico o trágico, su cuñado Luis le otorgó el dinero que necesitaba para irse en busca de más dinero.

Su idea era trabajar durante cinco años y luego regresar. Lo que nunca imaginó es que pasaría veintitrés años preso de un sistema que no le permitiría regresar siquiera de visita a su país.

Y así fue. Partió en un grupo junto a otros doce ecuatorianos, entre ellos tres primos lejanos y un tío. Hasta llegar a Guatemala todo sucedió con normalidad. Pero una vez allí los planes comenzaron a colapsar. Los llevaron a una casa, donde debían esperar para seguir viaje hacia el norte. La espera se estiró por ocho días. Dormían en el suelo pasando frío y hambre.

Lo único que comíamos por esos días era café, habichuelas y tortilla –sus recuerdos se volvieron tan nítidos, que parecían recientes. – A mi tío esa comida le caía mal así que dejó de alimentarse y enfermó. Tuvimos que pedir a una señora que nos comprara arroz a escondidas con el poco dinero que teníamos, para darle sorbos del agua.

Así lograron que recuperara las fuerzas. Pensaron en huir. Pero desistieron ya que no conocían el camino y sabían que no lo lograrían solos. Finalmente llegaron a buscarlos para continuar viaje.

Los trasladaron ocultos en mototaxis hasta el río en la frontera con México. Cruzaron en balsa y caminaron una hora hasta llegar al Rancho de la Virgen de Guadalupe, del lado Mexicano. Ese lugar era un punto estratégico de los coyotes. Allí había personas de varios países de Centro y Sudamérica. Desde ese lugar organizaban las salidas por grupos. Era una especie de fortaleza.

– El rancho estaba cuidado por muchas personas armadas, de allí no se escapaba nadie –cuenta Richard, como susurrando un secreto. – La peor parte se la llevaban las mujeres. Si a un coyote le gustaba alguna chica, le decía que la quería llevar al baile, y todos sabíamos lo que eso significaba. Ellas no podían negarse y menos aún resistirse, no tenían opción si querían seguir el viaje o incluso vivir, tenían que ceder – cuenta con tristeza e impotencia.

Por este tipo de situaciones, muchas mujeres toman pastillas anticonceptivas para viajar de forma ilegal a Estados Unidos, sabiendo lo que les espera en el camino.

En aquel rancho pasaron cinco días hasta que llegó el turno de salida para los ecuatorianos. Viajarían desde el rancho hasta la capital del país durante tres días. En esa zona hay muchos controles policiales porque por el sur del país ingresa el tráfico de inmigrantes latinos. Por esa razón debían llevarlos escondidos. En ese trayecto Richard casi pierde la vida.

Nos trataban como animales, nos metían en camionetas de a treinta o cuarenta personas; encima ponían piedras, llantas, palos, para despistar a la policía –me cuenta horrorizado por sus propios recuerdos.

Cuando en una de las paradas bajaron del vehículo, el tío de Richard notó que su sobrino no estaba con ellos. Regresó al vehículo a buscarlo y lo encontró inmóvil. Lo bajaron de la camioneta y notaron que estaba inconsciente pero aún con vida. Tenía la respiración muy lenta

Deja que se muera ahí, tenemos que seguir el camino ordenaban los coyotes a los gritos. Pero su tío no se resignó a dejarlo morir al costado de la carretera. Le dio primeros auxilios y le salvó la vida.

El dolor en ese trayecto no fue sólo para Richard. Un amigo que iba con ellos en la camioneta, quedó ubicado muy cerca del caño de escape. Nadie debía moverse ni hacer ruido. Así que, el pobre muchacho fue durante horas quemándose el abdomen, soportando su dolor en silencio. Cuando bajaron al fin, tenía quemaduras de tercer grado.

Los coyotes le dieron unas gasas y a seguir camino, pero él estaba grave y debería haber ido a un hospital, así nos trataban –Richard me confiesa que aquello y quedar inconsciente fue lo más duro de ése viaje.

Días después llegaban al punto crucial del recorrido, Tijuana. Allí fueron descubiertos por la policía mientras caminaban. Tuvieron que correr y ocultarse en una alcantarilla. La consigna fue clara:

Ahora van a disparar tres veces para asustarlos y que salgan corriendo, pero ustedes quédense quietos, no griten, no hagan nada. Ellos no van a dispararles a ustedes, disparan al filo de la alcantarilla –imita de memoria a uno de los coyotes, que hablaba como quien sabe predecir el futuro. Y así fue. Esperaron veinte minutos y salieron.

Ya por la noche tuvieron que bajar por una ladera grande durante una hora y media y cruzar un río bastante profundo, sin detenerse, ya que esa zona era vigilada por helicópteros y patrullas fronterizas.

Ustedes tienen que correr. Si vienen con esposas, hermanos, o quien sea, ustedes olvídense, tienen que llegar y no pueden retroceder –nuevamente reproduce las ordenes de uno de los coyotes.

Pero Richard viajaba con su tío, un hombre grande, fuera de estado, y al que le costaba avanzar. Tuvo que ir todo el camino alentándolo y arrastrándolo de la mano para que no se quedara atrás.

-Gracias a Dios los dos llegamos al punto de encuentro –relata casi aliviado por segunda vez.

Ese punto era antes de una autopista de cuatro carriles, dos de cada sentido, que debían atravesar para llegar a San Diego, Estados Unidos.  Debían cruzarla corriendo sin mucho tiempo a detenerse a mirar. Era muy fácil sufrir un accidente. Al otro lado los esperaban en unas camionetas. Ya se encontraban en el país de la libertad.

De San Diego voló a Nueva York donde lo esperaba su cuñado Luis.

– Al llegar sentí una emoción muy grande, una alegría inmensa. Estaba feliz de encontrarme con primos y familiares que hacía años no veía –cerró los ojos por unos segundos y sonrió, como si volviera a sentir esa felicidad que invadió en ese entonces.

Para Richard los años transcurrieron en Estados Unidos. Allí formó su familia. Al inicio no sabía el idioma y le costó mucho conseguir trabajo. Pero de a poco se adaptó a la vida del lugar. Lo más difícil fue pasar más de 20 años sin regresar a Ecuador y sólo ver una vez a su madre, cuando ella lo visitó.

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El 11 de septiembre de 2001, cuando el primer avión impactó en las Torres Gemelas, él se encontraba trabajando en el subsuelo de una de las torres. A pesar de que sus jefes le ordenaron que no abandonara el restaurante, él y sus compañeros salieron del edificio.

Pasé un mes sin poder trabajar, sin poder dormir, bajo tratamiento –dice con la mirada perdida, mientras recuerda a la gente que se lanzaba al vacío desde los edificios.

Cuando le pregunté por qué nunca regresó a Ecuador, a pesar de esas situaciones límite que había vivido me respondió:

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Cuando uno es joven piensa distinto. Yo tenía que devolver el dinero que me habían prestado para viajar. Y luego de saldar mis deudas me encontré sin obligaciones, no tenía esposa ni hijos. Me acostumbré a mi vida aquí. Pero si volviera el tiempo atrás, sabiendo del difícil camino a superar, lo pensaría una y mil veces.

En el 2015 regresó por primera vez a su país. Reencontrarse con sus hermanas y su madre, fue algo muy especial.

-Cuando me encontré con mi hermana menor le di el abrazo más fuerte y largo de mi vida. Volver a ver a mi abuela a sus 96 años me llenó de alegría. Y también me reencontré con mis sobrinos, Luis y Diego, convertidos en hombres. Al instante sentí un afecto, un amor tan grande por ellos, como si nunca nos hubiésemos separado –me contó sonriendo, y con ternura.

PAULINA: Revancha al dolor

Paulina quedó embarazada a los 16 años de su primera hija, Marjorie. La crió con la ayuda de su madre, pero sin un padre presente. Estudiaba abogacía y luego de 6 años perdió su trabajo. En ese momento su vida se tornó complicada.

A los 25 años, con una hija, nunca antes había pensado en irse de su país.

– Quedarte de un rato a otro sin nada y saber que tienes una responsabilidad te hace cambiar los planes. Busqué trabajo, presenté muchas veces mi carpeta en muchos lugares y las oportunidades no salían – me explica, tratando de hacerme comprender su situación. Paulina habla de forma pausada, con su suave acento ecuatoriano, y haciendo énfasis en las cosas importantes que ha vivido.

Muchos conocidos de ella le decían que en España la situación económica era muy buena, y casi impulsivamente tomó la decisión que marcaría el rumbo de su vida a partir de ese momento: decidió emigrar a Europa.

Antes de irse conversó con su hija y le explicó que se iría un tiempo, pero que pronto la llevaría consigo, y ambas estuvieron de acuerdo.

No quería separarme de mi casa, no quería separarme de mi familia. Pero… ya estaba todo dicho, ya estaba todo hecho. Tenía que salir. Mi hija me pedía que no me fuera pero yo sabía que lo hacía por su bienestar –  cuenta Paulina recordando aquel momento con lágrimas rodando por sus mejillas. Tuvimos que esperar a que se recuperara de la emoción para seguir conversando.

En trece días organizó todo y partió rumbo a España separándose de su familia.

Fue demasiado doloroso desprenderme de mi madre y de mi hija – remarcaba cada palabra, como si el dolor todavía estuviese ahí.

En España las cosas no fueron tan sencillas. Buscó ayuda en las iglesias para superar las necesidades que pasaba. Comenzó a sentirse arrepentida por dejar a Marjorie y culpable por no estar ganando el dinero para ayudarla

Sentía que no podía regresar a Ecuador luego de haber gastado tanto dinero, a que mi familia me diga: “te fuiste, ¿y para qué?”. A veces uno sufre en su país por las cosas que le pasan, pero la verdad es que ni se compara con lo que a uno le toca vivir allá – reflexiona todavía angustiada.

Finalmente, Paulina consiguió trabajo cuidando a una persona mayor. Todo el dinero que ganaba lo destinaba a devolver lo que le habían prestado cuando no tenía ni para comer. Pero igual se sentía desolada por la distancia con su hija.

Por las noches me tapaba la cara con la almohada para que no se escuchen mis gritos y mi llanto desesperado. Sólo quería estar con mi hija y mi madre – con sus manos se tapaba la cara imaginando que tenía una almohada.

Luego de vivir ocho meses en España, tomó la decisión de irse a Estados Unidos, con su hermano Richard y su cuñado Luis. La soledad la estaba destrozando poco a poco. Y nuevamente aparecía la promesa de mejores oportunidades. Pero no tenía los fondos necesarios para hacer aquel viaje.

Esta vez el cetro se lo pasó Richard a Paulina. De nuevo prestando dinero para que vaya en busca de más dinero. Compró un pasaporte de nacionalidad española bajo una identidad falsa. Se cortó y cambió el color de su cabello para aventurarse por carretera hasta Milán, Italia y luego en avión hacia Estados Unidos.

– España es un país muy hermoso pero yo no tengo buenos recuerdos, porque creo que desde el primer momento que llegué, viví la realidad tan dura y fuerte que es cambiarse de país, el no tener a nadie.

En Estados Unidos estaba un poco mejor emocionalmente ya que vivía con su hermano. Pero demoró tres meses en conseguir trabajo, y cuando lo hizo, trabajaba catorce horas diarias en dos empleos diferentes.

– Lo primero que aprendí a decir en inglés fue “good moorning, i´m looking for a job” (“Buenos días, busco un trabajo”).

Como Richard aún no había saldado su deuda, Paulina en vez de devolverle el préstamo a él, debía pagárselo a Luis. De esa forma se cerraba el círculo de ese dinero que de alguna forma marcó el destino de sus vidas.

Luego de tres años y medio, Paulina consiguió estabilidad, enviaba dinero a su hija y hasta pudo comprar una propiedad en su país. Formó pareja con un ciudadano estadounidense y decidieron casarse en Ecuador para ella pudiera finalmente regresar a Estados Unidos de manera legal, y con su hija.

Paulina regresó a Ecuador, pero ya no era ni de aquí ni de allá. Su hija, ahora con 12 años, era diferente. Seis meses luego de casarse Paulina tuvo a su segundo hijo, y a los tres años se graduó como abogada y pudo comenzar a ejercer en su país. Mientras, su marido viajaba constantemente de un país al otro.

Cuando finalmente salieron los papeles de ciudadanía, Paulina se dio cuenta que su marido no había solicitado los papeles de Marjorie. Paulina regresó a Estados Unidos con su marido y su hijo. Esa fue la segunda separación de ellas, pero le juró que la llevaría a vivir con ella.

En esa tercera migración, la situación había mejorado: ya no era una inmigrante ilegal. Trabajó en tiendas, supermercados, y hasta lavando aviones.

En el año 2010, por fin logró llevar a Marjorie a Estados Unidos. También llevó a su madre de visita. La mayor satisfacción de Paulina fue que su madre volviera a ver a Richard luego de 19 años. Era su forma de agradecerle todo lo que hizo por su hija.

– Sentí la mayor alegría de ver a mi hija y a mi mamá aquí – sonrió triunfante… a partir de allí no volvería a separarse de sus hijos por nada del mundo.

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Cuando Marjorie llegó a Estados Unidos, ya era una mujer de 21 años. La adaptación fue muy complicada. Tuvieron que perdonar, y sanar muchas heridas del tiempo que estuvieron separadas. Fue un año muy complicado, pero con terapia ambas lograron superarlo.

Hoy en día Paulina es feliz con la vida que lleva. Está junto a sus hijos. Cumplió sus ideales, sus proyectos. Se divorció pero encontró el amor nuevamente. Tiene un buen trabajo. Se siente querida y considerada. Marjorie está estudiando en la Universidad y se adaptó muy bien a la vida de Estados Unidos. Ella sueña con terminar sus estudios y viajar por el mundo, y su madre, con terminar sus días en Ecuador.

Al preguntarle a Paulina qué haría si pudiera volver el tiempo atrás, ella respondió con convicción:

Volvería a salir, pero con mi hija. A mis hijos no los cambio por nada. El tiempo con ellos no me lo quita nadie. Yo puedo todo, porque ellos son mi fuerza, mi motor – se detiene a pensar y continúa. –  En Ecuador hay oportunidades, pero a veces buscamos la manera más rápida para hacer dinero, y no consideramos todas las cosas por las que hay que pasar. Sacrificar la felicidad de mi familia es lo más doloroso que tuve que vivir. Nada puede compensar eso, ni toda la riqueza del mundo. Si me hubiese quedado y puesto más empeño seguramente me habría ido bien.

Paulina hoy en día es una mujer bien plantada, segura de sí misma, que tiene sus prioridades claras.

– A lo mejor lo que viví fue una forma de madurar y aprender. Yo no soy ni la décima parte de la mujer que era antes de irme – su angustia reciente se convierte en una fuerza que me genera admiración. – Mi vida no ha sido fácil, tuve que pasar muchos momentos difíciles y dolorosos pero los he superado. Yo sé que soy una mujer fuerte. Saqué a mis hijos adelante y me siento orgullosa de eso. Todo gracias al amor que siento por ellos.

No solo una etiqueta

Mientras tomábamos mates, las fotos pasaban una tras otra y Luis me hablaba de esos días de ensueño, en que su familia estaba casi completa. La emoción más grande fue reencontrarse con su tío Richard.

Yo tenía uno o dos años cuando mi tío Richard se fue, no me acordaba de él. Es una experiencia que no tiene descripción. – Poco a poco se refleja en su voz el entusiasmo habitual que tiene al hablar, pero más tranquilo, como si recuperara la fuerza lentamente – Afloraron sentimientos que estaban en algún lado pero que no los sacaba por miedo. Cuando lo fui a buscar al aeropuerto, él quedó anonadado, creo que esperaba ver a los niños chiquitos que dejó al irse, y yo ahora soy más alto que él se ríe y me enseña una foto junto a su tío y sus primos, que prueba lo que cuenta – Sin decirnos nada el llanto nos invadió. Yo en tres semanas no me despegué de él. Reforzamos nuestros vínculos como familia. Hasta nos dimos cuenta de que hablamos muy parecido y nunca habíamos estado juntos realmente. – y vuelve a reír, como si aquella coincidencia le diera una gran alegría.

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A Luis todavía le queda un encuentro pendiente: el de su padre. No sabe si será en una década, en tres, o si llegará algún día. Aunque se muestre resignado, y trate de no ilusionarse ni pensar en ello, se nota que hay un deseo latente en su interior. ¿Atravesarán algún día esa frontera ficticia que los separa?

Como estas debe haber millones de historias. Algunas menos dolorosas, y otras hasta trágicas y teñidas de muertes sin sentido. Y me llevan a preguntarme el porqué de tanto sacrificio y tanto sufrimiento. Qué lleva a una persona a resignarse a no ver a su familia durante décadas, a poner su vida en manos de delincuentes o a vivir en la ilegalidad. Está claro que muchas veces nuestra libertad de elegir se puede ver limitada por las circunstancias. Pero poner el bienestar económico por encima de todo, ¿termina siendo la elección más acertada?. Siempre está la posibilidad de enfrentar los problemas unidos.

Por otro lado , ¿qué diferencia hay entre un estadounidense y un mexicano, entre un argentino y un boliviano?. ¿Haber nacido de un lado u otro de una frontera; esa es la diferencia?. En eso debemos pensar antes de ver a un inmigrante como eso, un inmigrante. Que no sea solo una etiqueta más de la sociedad en la que vivimos.

  • Tatiana Sidlik caminandoporelglobo.com

    Tati estudió ingeniería civil sin razón alguna. Gracias a los viajes descubrió su verdadera vocación que es la construcción con tierra. Y sí, es una ingeniera un tanto particular. Ama reír y hacer reír a los demás. Le apasiona viajar, no tanto por los destinos, sino por la gente que encuentra en cada lugar del mundo. Además de calcular estructuras, escribe sus experiencias en caminandoporelglobo.com. Viajó con su casita cuestas pero pronto la abandonará para cargar nuevamente la mochila al hombro.  

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Comments
  • Lara
    Responder

    genial articulo tati! me encanto!

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