• por Ludmila Greco y Lucas Fernández Canevari
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a estábamos terminando la tercera botella de vodka. El tipo es duro, tiene oficio de tomador. Nosotros aprovechamos, es el único momento en que él nos habla. Al fin de cuentas no vinimos al Desierto de Gobi a contemplar sus estrafalarios e inhóspitos paisajes, sino a conocer la gente que lo habita. Él es nacido aquí: se llama Dauka y es nuestro conductor.

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En Mongolia existe el hábito de la bebida. Siempre que haya una botella en la mesa todos se quedan tomando hasta que se termine y se brinda por el cielo azul y por la tierra infinita. Si alguien trae una botella nueva, la historia se repite. Dauka de día no toma, pero de noche se libera.

Lo conocimos queriendo escapar de la ciudad de Ulán Bator. Habíamos decidido adentrarnos en el Desierto de Gobi e ir por nuestra cuenta parecía una locura. Aquí no hay caminos, no hay pueblos, no hay referencias. Uno puede hacer cientos de kilómetros sin cruzar nada, excepto algún grupo de camellos pastando. Por eso contratamos a él y a su vieja camioneta rusa. Dauka tendrá unos 40 años pero parece de 60. Tiene la piel curtida por el sol, las manos callosas y los dientes amarillos.

Estábamos los tres dentro de un Ger, una de esas típicas tiendas mongolas redondas y de color blanco. En el centro, la salamandra que funciona también de cocina nos mantenía calientes, eso y el vodka. Alrededor, dispuestas de forma circular, están las camas y un pequeño altar budista. Algunos gers tienen heladera, sillas y escritorio. Casi todos funcionan con energía solar. Los paneles los vende el gobierno junto a una televisión y una antena satelital, el precio ronda los 500 dólares.

Duaka ríe, a la noche se le dibuja una sonrisa en la cara. Pero sus ojos están cansados, se le nota el paso del tiempo.

-¿Cuántos días pasás en el desierto? –le preguntamos.

-Casi todo el verano. Vuelvo a Ulán Bator y a los dos o tres días salgo de vuelta. Hay que aprovechar. Después, en invierno, no hay gente. Hace mucho frío.

-¿Extrañás a tu familia?

-Claro, pero es el esfuerzo que tengo que hacer para mantenerla. Mis dos hijas estudian en la universidad –Lo dice orgulloso, él no pudo terminar el secundario, trabaja desde chico.

Dauka nos parecía un buen tipo, un laburante y un afortunado. En total estuvimos ocho días con él en el desierto. Cruzamos dunas y ríos secos, monasterios bombardeados por los rusos y pueblos tomados por los chinos. La historia de Mongolia es apasionante, de ser los dueños de Asia pasaron a ser un país casi olvidado.

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El país tiene una larga y conocida tradición nómada. Fueron grandes jinetes y especialistas en ganadería: cabras, ovejas, camellos y caballos. Se dedicaban a la venta e intercambio de pieles, y se alimentaban de la carne y la leche de estos animales. Con la sequedad de la tierra y la dureza del invierno no era posible cosechar nada. Así vivieron durante siglos. En invierno se refugiaban en la ladera de las montañas que reparaban el viento y en verano se movían a las orillas de los pocos ríos y lagos que hay en sus bastas tierras.

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Los lugares en dónde descansábamos por las noches eran campamentos nómadas. Tenían su ganado pero el recibir turistas les permitía vivir más holgados. La relación con ellos es extraña. El engranaje turístico no ayuda. Nosotros somos gringos que pagamos en dólares y eso es todo. Cuesta comunicarse, cuesta meterse un poco más. Los mongoles son toscos y miran con recelo. Y nosotros notamos que la famosa hospitalidad mongola sólo viene seguida de algo para vender: un paseo en camello, un celular robado o una botella de Coca-Cola. Como no comprábamos nada no nos ofrecían su té salado y nos dejaban a solas en el ger. Pero esa noche habíamos logrado romper la barrera entre Dauka y nosotros.

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Salimos afuera para ver el cielo estrellado por última vez, era nuestra última noche. Se veía increíble. Bajamos la vista y nos frotamos los ojos para mirar más lejos, aunque no había nada para ver. La noche era tan negra que cubría hasta el vacío del desierto. Pero de día no era muy distinto. Por algo es de las regiones más inhóspitas del planeta. Sólo se ven extensiones infinitas de tierra que se funden con el cielo en el horizonte. En la camioneta, de vez en cuando, cruzábamos algún rebaño de ovejas o cabras. Y si veíamos algún mongol, cosa que rara vez pasaba, Dauka se detenía enseguida para hablar.

Volvimos a entrar al ger con las manos congeladas. Le echamos más bosta de camello a la salamandra (el único combustible que se consigue por acá) y le preguntamos a Dauka:

-¿Vos te criaste en el desierto?

-Sí. El desierto es mi hogar. Me gusta más que la ciudad.

Algo de eso habrá, porque su trabajo consiste en regresar al desierto una y otra vez, buscando volver a contemplar todo aquello que dejó por ir a la ciudad.

-¿Y por qué no volvés?

-Es difícil ganar dinero en el desierto. De esta forma puedo mandar a mis hijas a la universidad –Repite, una vez más, el padre orgulloso.

-¿Y tus hijas conocen el desierto?

-Sí, pero para ellas es aburrido y no hay nada para hacer. Acá no hay wifi ni café.

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Dauka que nació y creció en el desierto, se acostumbró a contemplar atardeceres, ordeñar yeguas y carnear alguna cabra. Eran sus tareas. Ahora con la vida de ciudad las tiene olvidadas. Lo más interesante es que él llegó a vivir uno de los momentos más extraños y paradójicos de la historia: la consolidación de un gobierno comunista en una sociedad de nómadas. Él nació en el final de ese proceso.

En 1924 Mongolia adoptó un régimen comunista, con el paso del tiempo, y sobre todo después de la segunda guerra, recibió mucha ayuda de la, por entonces, Unión Soviética. Gran parte de la infraestructura del país la construyeron ellos. En Mongolia prácticamente no existían las ciudades, tuvieron que construir rutas, trenes, hospitales, escuelas y fábricas. En ese plan de gobierno soviético no había lugar para tantos pastores nómadas. De a poco y a la fuerza los fueron llevando a las nuevas ciudades.

Dauka fue uno de ellos. Junto a su familia dejó el desierto y en el colegio aprendió ruso. Pasó por muchos trabajos hasta que aprendió a conducir. Así consiguió un trabajo bien remunerado en la gran ciudad.

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Se puso sobre la mesa la cuarta botella de vodka. Había que seguir tomando. Era la última de nuestra última noche en el desierto. Si el vodka tuviera sabor por la atmósfera que lo rodea, hubiese tenido gusto al sueño de volver a ser nómada.

Dauka es de los pocos tipos con suerte en Mongolia. Mientras la mayoría se las sigue ingeniando para ganarse la vida, él tiene un trabajo estable con un buen sueldo. Abandonar el desierto y mudarse a la ciudad se hizo cada vez más habitual en los últimos años. Ya no hace falta adentrarse en el Desierto de Gobi ni en el inaccesible oeste del país para encontrarse con un campamento de gers. Los nómadas llegaron a Ulán Bator con sus tiendas, y lo hicieron para quedarse.

-¿Cada vez hay menos nómadas?

-Sí, el kilo de lana de cabra cada vez es más barato y los inviernos cada más fríos. Es una lástima. Es una tradición que se va perdiendo.

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Según la oficina nacional de estadística entre unas 30.000 y 40.000 personas por año dejan su vida en la estepa para asentarse en la capital. Por legislación, cada ciudadano tiene derecho a 0,7 hectáreas de terreno. Los nómadas venden su ganado a un precio muy bajo y con lo que reciben a cambio cubren los gastos para trasladar su ger y su familia a la ciudad.

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Hacinarse en Ulán Bator parece ser la única salida. Supone mejores condiciones de vida, acceso a hospitales y a educación tanto primaria como secundaria. Pero el precio que hay que pagar es muy caro. Las circunstancias de la vida de ciudad le son esquivas a los nómadas que abandonan su cultura milenaria en busca de un mejor pasar. Conseguir trabajo no es tarea sencilla. Muchos se dedican a la construcción, pero en invierno se torna imposible con la nieve y los 40 grados bajo cero. En el desierto la economía sólo es de subsistencia, lo necesario para vivir el día a día. En la ciudad parece que también.

Mongolia en los últimos años se convirtió en uno de los países con mayor crecimiento del PBI gracias a las empresas extranjeras que vienen a explotar los minerales que su suelo ofrece. Explotación salvaje y desprolija con fuertes consecuencias ambientales. Pero claro, el crecimiento económico sólo es beneficioso para unos pocos. El resto del país se sigue ganando la vida como puede.

Duaka terminó volcándose el último vaso de vodka. Nunca lo vimos tomar tanto. Cómo si tantas preguntas despertaran en él recuerdos de un pasado que añora. Rápidamente se quedó dormido.

Al día siguiente comenzamos la vuelta a Ulán Bator. Lo primero que vimos al llegar fueron miles de gers rodeados por cercos de madera. La imagen no era un muy distinta a una favela o villa sudamericana. Son los nómadas que vinieron a probar suerte. Polvo, calles sin vereda, cueros de oveja secándose al sol, borrachos en masa, taxistas oportunistas y semáforos invisibles completaban las primeras imágenes.

La actitud de Dauka cambió al ir entrando en la ciudad. De manejar entre caminos trazados a mano en medio de la estepa pasó al tráfico de una ciudad fea y desaliñada. En Ulán Bator ya no se ve el sol ni sus mágicos atardeceres. Tiene mucha polución y, al estar en un valle, siempre tiene una gran nube gris. Pero esa polución no es sólo culpa de la industria. La única forma de mantener calientes los gers es prendiendo algún fuego. El problema es que en Mongolia no hay árboles y no hay madera, por lo cual en invierno encienden la hoguera con carbón, kerosén, plástico y cualquier objeto inflamable que encuentren. El ambiente es irrespirable. A nosotros, que veníamos del silencio del desierto, la ciudad se nos hizo insoportable. Por la brusquedad con que sujetaba el volante, a Dauka también.

Es casi imposible llegar a un nuevo destino sin expectativas previas. Mongolia no fue la excepción. Nos imaginábamos una gloriosa ciudad conquistada por Genghis Kan, nos imaginábamos kilómetros de dunas en el Desierto de Gobi y cientos de nómadas moviendo sus campamentos mientras cabalgaban por la estepa mongola. Pero, por el contrario, nos encontramos con un país dónde la mayoría intenta ganarse la vida, aunque eso signifique romper con su cultura y tradiciones.

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Mongolia representa el desequilibrio de una sociedad y de una cultura que supo ser temida. Los descendientes de Genghis Kan hoy en día venden su ganado para conseguir trabajo en un local de comida rápida. Nómadas que crecieron en la estepa y el desierto y que ahora viven amontonados en una ciudad que no busca darles oportunidades.

-Es muy triste. -Dice Dauka, como si nos leyera la mente, mientras espera que el semáforo cambie de color. – Los nómadas nos estamos extinguiendo.

  • Lucas Fernández Canevari mochilasenviaje.com

    De chico los libros lo indujeron a una vocación, ser detective. Algo que hoy ejerce, pero cómo detective de otras culturas, de otras maneras de concebir el mundo. Para lograrlo cree que hay tres elementos que son indispensables: el viajar, la lectura y la fotografía. Como todo detective goza de buena memoria, pero la malgasta recordando resultados de los mundiales de fútbol. Parte de sus ideas las escribe en mochilasenviaje.com junto con su fiel compañera Ludmila.

  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

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Showing 2 comments
  • Sergio Crisistomo Q.
    Responder

    Excelente análisis o narración de los lugares visitados. Saludos desde Punta Arenas. Chile.

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