• por Mariano Bugallo | Fotos: Tatiana Sidlik
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alieron en forma de aire impulsado con gran potencia desde su diafragma. Se encausaron en su tráquea atravesando el pecho con destino a la garganta, por allí pasaron entre las cuerdas vocales que moldearon su forma final y apuntaron directamente hacia la lengua como un trampolín para lanzarse al mundo: Alma não tem cor”, algo así como el alma no tiene color”. Julia Ortíz abre con semejante manifiesto el show de Perotá Chingó en Buenos Aires. Las palabras que viajan se llaman canciones, anoto mentalmente y recuerdo la entrevista del sábado anterior y que evidentemente la primera impresión siempre cuenta.

-Todo empezó en un viaje, hace ya cuatro años. – No hay mejor frase para comenzar una historia, pienso, mientras me siento caer en la trampa de Julia que pareciera proponerme un cuento de aventuras. Tiene un hablar fluido, relajado y simpático; es de mirada calma y sonrisa sincera. Su voz transmite armonía y es lógico, viniendo de una cantora que día a día la trabaja con la minuciosidad de un artesano. Ella no lo sabe, pero en su pócima está mezclando dos ingredientes irresistibles para mantenerme atrapado en su relato: música y viajes.

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-Lola y yo somos amigas desde hace mucho tiempo, soy amiga del colegio de su hermana, así que nos conocemos desde muy chiquitas. Un verano dijimos “salgamos un poquito de Buenos Aires, vamos a viajar por Uruguay” -Así fue-. Nos llevamos una guitarra para solventar el viaje y un par de canciones que fuimos ensayando en el momento. A lo largo de todo Rocha íbamos parando en las casillas de los guardavidas y las ensayábamos ahí.

Perotá Chingó tiene tan marcado su origen en las costas uruguayas que sólo el oriundo o algún viajero que haya caminado por aquellas tierras puede interpretar correctamente su nombre.Pero-tá” es una desviación dePero está” y el subfijo “-tá”, alude a una expresión que como muletilla, suelen usar los charrúas para cerrar todo tipo de oraciones en modo de aprobación. “Chingó” viene de Brasil, de una versión de Chico César, de justamente, la canción “Alma não tem cor”.

Info

Perotá Chingó son Julia Ortíz en voz, Dolores Aguirre en guitarras, charangón y voz, Diego Cotelo en guitarras, Martin Dacosta en percusión. Su primer disco, titulado “Un viajecito” rescata sus primeras canciones, y fue reeditado con el nombre de la banda.
Más info en perotachingo.com

-Llegamos a Cabo Polonio. Ahí nos vio un chico que nos dijo que teníamos que salir a tocar. Esa misma noche nos llevó a lo de “Joselo, que tiene un bar increíble en medio del cabo, sin luz, ni nada. Cantamos tres canciones, pasamos la gorra y nos fue espectacular. ¡No lo podíamos creer! ¡Podemos vivir de esto! -lo dice con cierta emoción, como si aún no lo creyera, aunque esté en vísperas de dos recitales en Ciudad Cultural Konex.

-Seguimos unos días más y una noche nos cruza Pocho, el quinto Perotá –Todos tienen su George Martin- y nos cuenta que nos había visto, que le había encantado y que tenía ganas de filmarnos un video. Nos juntamos en la playa al atardecer y tocamos Ríe Chinito que era nuestra única canción propia. Luego seguimos viaje, nos separamos. Lola volvió a Buenos Aires y yo seguí hasta el Amazonas. A fin de año, me escribe: Volvete porque esto está explotando.”

Resulta que alguien (sospechemos de Pocho) subió ese video a YouTube y la mano invisible de internet se encargó del resto. Hoy con más de 6 millones de reproducciones, esa pequeña semilla de canción en una tarde cualquiera de una playa uruguaya germinó en una banda, un disco, giras por Europa, fans en Latinoamérica y un destino impensado hasta entonces para la vida de Julia y de Lola.


“¿Que es Perotá Chingó? Es lo que somos y lo transmitimos. Es nuestra vida llevada al escenario.”

 

-¿Qué crees que tuvo esa canción?

-Yo creo que mucha gente se sintió identificada con ese momento. Son dos amigas en unas vacaciones. Como que podría haber sido cualquiera, entonces estás en la oficina, soñando con que tenés ganas de viajar, ves el video y te conecta con algo.

El hit suena a mitad del show mientras la luz de la tarde va perdiendo la batalla contra las del escenario. El rostro de Lola se vuelve rosa, luego violeta, ahora amarillo. Levanta sus pómulos, frunce el ceño, achina sus ojos y susurra: “Mi despedacito de río…. hasta donde bajarás….” y lo hace tan sutil que el murmullo del público, con unas milésimas de segundos de delay crea una atmósfera musical etérea. Su voz es casi un suspiro cantado al oído, una canción de cuna. En ese instante, viene a mi mente la respuesta de Julia: “Te conecta con algo, esa idea quedó retumbando como un eco en mi cabeza. Conectar, supone acercar, mover, entonces viajar. ¿Qué tiene la música que puede conectarnos con nosotros mismos y a la vez transportarnos a lugares inimaginados?

Recuerdo el video. Cámara en mano y sonido ambiente. El sol del ocaso les ilumina las caras con una luz cálida y perfecta. Me atrevo a arriesgar que eran las siete de la tarde, la famosa hora mágica de la que tanto suelen hablar los fotógrafos. Julia tiene rastas y una remera azul. Lola el pelo suelto, los hombros desnudos y una guitarra pintarrajeada que comienza a rasguear. La, Si Menor y Re, se repiten durante cuatro minutos. Pareciera que no se puede hacer demasiado con tres acordes, pero el tema se mueve, va y viene, me lleva. Sospecho que a veces, menos es más. Un pequeño punto en la nada, es mucho más significante que una mancha en una obra de Pollock. Tienen la vista en el horizonte, que se supone que es el mar, pero no se ve. Se miran sonrientes, cómplices. Lola achina los ojos, frunce el ceño y levanta sus pómulos exactamente igual que como la estoy mirando ahora mismo en el escenario. Re Mayor y suelta: “Mi despedacito de río … hasta donde bajarás … ”. Al finalizar, la cámara gira mostrando la emoción de un puñado de espectadores circunstanciales. Es cierto, allí hay algo mágico flotando en el aire. ¿Pero qué?

En la creación se juegan dos cuestiones: el ser y el tiempo. La música transcurre en un tiempo único y efímero: “ese momento”, diría Julia. Su preciosidad radica en que no puede repetirse. Es presente puro, cada nota que suena ya es pasado y el futuro es un salto al vacío, un misterio por naturaleza. Pero además, una canción nace desde el profundo interior del ser y por lo tanto, uno ES exactamente lo que expresa con ella.

Falta la magia, aquí va. No obstante, para que todo eso suceda debemos desaparecer. Sí, desaparecer. ¿Qué quiero decir con esto? A todos nos ha pasado alguna vez. Cuando nos enfrentamos a la belleza, a una canción, una película, o cualquier cosa que nos conmueva nos olvidamos del mundo y de nosotros mismos. En ese lapso, el tiempo se detiene y nuestro ser desaparece. Ambos se funden en la experiencia de la obra produciendo un efecto de magnetismo, que nos atrapa y la hace auténtica, movilizante y mágica. La canción termina y ese hechizo se desvanece.

-Cuando nos volvimos a encontrar, fue para salir de gira. Los chilenos nos pedían que fuéramos y la única canción que conocían era Ríe Chinito. Pocho se compró una camioneta, nos subimos todos y nos fuimos de viaje tres meses. Desde ahí Perotá es una banda que vive de viaje.

-Una banda nómade…
Claro. Nos pasó que a partir de un video en internet, de repente nos escribía gente de Latinoamérica invitándonos a sus casas y proponiéndonos organizar conciertos en sus bares. Y a todos nos gustaba viajar. Desde mucho antes de Perotá, ya éramos viajeros. Entonces esto era como el sueño del pibe.

 

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Ahora que se hizo de noche, sí pueden ver las fotos.” Dice Julia entre risas, señalando orgullosa a su espalda la pantalla (de día no se veía) que muestra imágenes de sus viajes, como si fuera un álbum familiar. En sus giras, los Perotá Chingó no suelen viajar en charters privados, ni se alojan en hoteles. Son viajeros y como tales, lo hacen en transporte público, se mueven en casas rodantes, se alojan por Couchsurfing, se involucran con las comunidades y, sobre todo, recorren con curiosidad cada rincón del planeta dónde la música los lleva.

-Empezó así, de manera natural -la escucho-. Desde el principio fue decir “¡Qué bueno! Me voy a ir a quedar a la casa de alguien y encima voy conocer los lugares desde adentro.” Llegando a las casas de las personas conocés rincones mucho más profundos de cada tierra.

-Entre tantos viajes con la música ¿Tuvieron algún momento en que se sorprendieron de dónde estaban?
-Sí, un montón y desde el principio. Las primeras veces era llegar a un nuevo lugar y decir ¿qué hacen mil personas, si no me conocen?”. Ahora estuvimos en los Alpes, cosa que jamás en mi vida hubiese creído. O en Suecia, en Malmö, una ciudad hermosa en la que me gustaría vivir y pensaba: “¿Qué onda, estoy en Suecia? ¡Estoy cantando en Suecia!”

-¿Y cómo es cantar en Suecia?
Súper lindo. Por ejemplo, en Dinamarca tocamos en el Festival Roskilde. Uno piensa que, obviamente, la gente va a pasar, ver de qué se trata esa banda sudamericana y van a seguir. Pero no, muchos se quedaban. Terminó el concierto y se acercó un alemán que casi no hablaba inglés y muy trabado me explicó que no entendió nada de lo que habíamos dicho pero se había emocionado. Y lo veía realmente emocionado, diciéndonos que le habíamos tocado el corazón. Eso es fuerte ¡Pero pasa!

-¿Por qué crees que pasa?
-Por una cuestión de proximidad. Estamos en Dinamarca, pero siento que somos lo mismo con ese alemán. En el escenario, nos perciben como cualquier otra persona, sólo que esta vez nos tocó a nosotros. Y por otro lado creo que a veces también la música te toca. Los ritmos latinoamericanos son más despojados, más raíz. Es una música tan sensible que llega.

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El show se detiene unos minutos. Julia toma la voz en la penumbra del escenario y explica el procedimiento de un pequeño ritual. Se trata de una siembra colectiva. Cada persona del público tiene un vaso de plástico relleno de humus. Siguiendo las instrucciones, toma una semilla y la entierra. En un año, serán pequeños árboles que se plantarán en algún espacio a definir. La idea es que todos juntos podamos hacer un bosque” me explica una chica mostrándome su pequeño embrión de algarrobo.

-Sus recitales suelen ser muy interactivos…
-Es lo que somos, llevado a un escenario. Un día una chica nos escribió diciendo que era profesora de yoga y que quería darnos una clase de relajación antes de tocar. Vino un rato, lo hicimos y cuando estábamos a punto de salir le preguntamos si quería hacerlo para toda la gente. Nos gusta hacer yoga. Esto es lo que somos y lo transmitimos. Es nuestra vida llevada al escenario.

-Pero en Dinamarca o en Argentina, hay un “otro” diferente frente al escenario, con otros códigos y culturas ¿Para ustedes es lo mismo o eso las modifica?
-Totalmente. Te cambia un montón. Todos los viajes te cambian. Todo el entorno te modifica. Nosotros seguimos siendo nosotros, igual viste que ese nosotros es mutable, no es algo fijo. Somos así y a la vez todo el tiempo estamos cambiando. Depende el lugar, depende de la gente que nos va a ver. Todo lo que sucede alrededor de la música nos modifica mucho.

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-En ese sentido… ¿Qué influencia tienen los viajes en la música de Perotá?
-Hay músicas que cada uno venía escuchando por su lado y que el viaje motivó un montón. De repente ir a Chile y conocer la cueca o Violeta Parra. Luego ir a Brasil, conocer el samba y el maracatú. Te vas llenando de eso. Una noche fuiste a ver una banda y decís “¡Guau! ¡Qué bueno! ¿Y esto que es?”. Después averiguás y eso es forró. “Bueno, ¿Cómo se hace el forró?”-Se pregunta a ella mismaY ahí empezás a investigar los ritmos. Cada uno de nosotros teníamos un gusto por el folclore latinoamericano y en el viaje eso se llenó de verlo en vivo y sentirlo en cada lugar.


“La música es conexión conmigo misma y con los demás. Es comunicarme. Es la forma que tengo para expresarme, para decir lo que quiero con cariño y con arte.”


A veces reconozco una copla, luego aires de flamenco, seguido de un reggae. Perotá Chingó, es un calidoscopio de géneros musicales que abarcan desde ritmos andinos, brasileros, hasta blues o gipsy jazz. “Te conecta con algo”, otra vez el acertijo, otra vez el movimiento. Vuelvo a pensar en la creación. Ningún ser humano es una hoja en blanco, sino un conjunto de experiencias. Ni Julia, ni Lola, ni nadie crea una obra desde cero. Todo lo que perciben, todo lo que escuchan deja una huella que se mezcla en el inconsciente para crear algo nuevo. Cada viaje puede ser una melodía, un ritmo o una letra para la próxima canción. Allí es donde ellas se convierten en un espacio donde la música conecta con otras, se fusiona, se mueve a través de los géneros y estilos para llegar a sintetizarse en lugares inhóspitos.

-¿Cómo elijen su repertorio? Hacen muchas canciones que provienen de un cancionero latinoamericano no muy popular. ¿Cómo las descubren y cómo las incorporan?
-A Lola y a mí nos gustan mucho ese tipo de canciones. Quizás alguien de Venezuela nos manda una canción inédita de Simón Díaz y ¡Ah! ¡La queremos cantar! -Se emociona como niño con juguete nuevo- La hacemos cuando la probamos y suena. Hemos probado un montón de canciones que nos encantan en su versión original pero que a nosotros no nos quedan. Creo que también elegimos el repertorio viendo si estamos cómodos sonando. Quizás a partir del año que viene haya más repertorio propio, pero siempre van a estar ese tipo de canciones. Aparte pasa que estás en Alemania, tocás una canción andina y no lo pueden creer. O un tango. Nosotros no escribimos el tango, pero lo llevamos como bandera.

-Tal vez, de ese modo pueden romper algún tipo de frontera…
-Poder llevar nuestra música hacia el mundo es muy zarpado. En Europa no hay tanto acceso a la música latinoamericana. Llevar un pedacito de una música brasileña rompe una frontera que supuestamente hay. A mí me encanta poder ir a Brasil y cantar una canción en portugués A los brasileños les gusta que cantes una canción de ellos y a nosotros nos encanta estar ahí conectándonos con esa música. Me parece que es enriquecedor para las dos partes. Y romper fronteras es también para mí otra cosa. Si nosotros hacemos un tango, no lo hacemos como lo haría un tanguero, y no deja de ser un tango porque no esté tocado exactamente como es. Es una interpretación, es nuestra forma. Ahí yo siento romper la frontera de la estructura.

La música viaja, de eso ya no hay dudas. Puede ser un profundo viaje interior para conectarnos con nosotros mismos y a la vez, la posibilidad de esparcir otras culturas a los lugares más remotos de la Tierra. Hay un doble juego entre un yo y el otro. Es expresarme, y expresarte. Cuando Julia canta un maracatú, de alguna manera está cantando una morena de Bahía; cuando entona una copla, es la voz  de una chola de Jujuy. Entonces, la música es un proceso de conocer y entender; de interpretar y compartir con el otro. Una canción se mueve a través del tiempo y el espacio derribando fronteras y prejuicios con el poder de la belleza. El lenguaje universal, dicen. “Te conecta con algo”. El acertijo está resuelto. Ese magnetismo es empatía y quizás, la música sea el arma más eficaz para construir un lugar mejor.

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-¿Que es la música para vos?
Es todo. Es conexión conmigo misma y con los demás. Es comunicarme. Es la forma que tengo para expresarme, para decir lo que quiero con cariño y con arte. Eso es fuerte. También, en este momento lo veo a mi hijo que le encanta tocar todo tipo de tamborcitos y veo que la música lo conecta un montón, entonces me empieza a representar esa niñez divertida, feliz. Es encuentro con amigos, juntarse a hacer música es el mejor regalo del mundo.

-En este número hablamos de movimientos. ¿Qué idea tenés sobre el movimiento?
-El movimiento es la vida misma. Si nos quedamos quietos no avanzamos. El movimiento de la música, del arte, de viajar, de crear familia. Son formas de evolucionar. Gracias a todos, siento que cada vez más la gente se está moviendo. La gente cada vez más está en movimiento porque se le empiezan a mover cosas adentro. El movimiento también está dentro nuestro, es la misma evolución.

El show llega a su fin. Los Perotá Chingó se despiden cantando y saltando en fila india. Sus cuerpos se mueven junto a sus voces que se pierden entre la gente. Todo es un vaivén donde suceden múltiples conexiones. El ritmo, la danza, la banda y el público. Brasil, Uruguay, Suecia y Jujuy. Todos desaparecimos y el tiempo sigue suspendido en esa empatía que pronto se desvanecerá en el viento. La música es el arte de combinar los sonidos y el sonido es, por definición, aire en movimiento. El vibrar de una cuerda de violín, un trueno en la tormenta o el palpitar del corazón, o una voz… “las palabras que viajan se llaman canciones”, recuerdo. Una canción, entonces, no es más que el aire moviéndose de la forma más bella. Tan hermosa que pueda salvar al mundo. La música es simplemente, una brisa que baila.

  • Mariano Bugallo irandando.com

    Algunos dicen que es comunicador, otros diseñador. Él ama la música y caminar, por eso cree que su verdadera vocación es el movimiento. Disperso pero observador. Cada viaje le deja más preguntas que respuestas. Aún así, el desierto le enseñó que la prisa mata. La selva, que el todo y la nada son la misma cosa. La montaña, que lo imposible se logra poniendo un pie delante del otro. Y el mar, le enseñó que todavía le falta mucho por aprender. En eso anda, mientras fotografía y escribe en irandando.com

  • Tatiana Sidlik caminandoporelglobo.com

    Tati estudió ingeniería civil sin razón alguna. Gracias a los viajes descubrió su verdadera vocación que es la construcción con tierra. Y sí, es una ingeniera un tanto particular. Ama reír y hacer reír a los demás. Le apasiona viajar, no tanto por los destinos, sino por la gente que encuentra en cada lugar del mundo. Además de calcular estructuras, escribe sus experiencias en caminandoporelglobo.com. Viajó con su casita cuestas pero pronto la abandonará para cargar nuevamente la mochila al hombro.  

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Showing 3 comments
  • cid leana morales
    Responder

    Excelente muestra de lo que es un espíritu libre. Saludos de un Mexicano, habitante global de un mundo que solo se puede transformar desde la conciencia. Respeto y admiración

  • Sofia
    Responder

    Este articulo es música. Gracias Mariano por tan profunda descripción. Eterno

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  • […] Viagem, então, é parte intrínseca da construção artística do Perotá Chingó. É a partir dela que o grupo vai fazendo sua composição musical, incorporando ritmos e recebendo novas influências para sua busca de uma música holística, definida em seu site como “uma viagem de intercâmbio musical e cultural por todo o Planeta”. “De repente ir ao Chile e conhecer a cueca [ritmo chileno] e Violeta Parra. Logo ir ao Brasil e conhecer o samba e o maracatu. Você vai se enchendo disso. (…) E aí começa a pesquisar os ritmos. Cada um de nós tínha um gosto pelo folclore latino-americano e na viagem isso se preencheu ao vê-lo ao vivo e senti-lo em cada lugar”, conta Julia ao portal Otro Mapa. […]

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