• por Ludmila Greco | Ilustración: Ale Viña
L

os hospitales psiquiátricos son lugares sombríos y eso que las luces blancas se reflejan en los limpios y cerámicos pisos. Sus paredes también son frías e inmaculadas. Son tenebrosos. La locura encontró un mal lugar ahí.

Una mañana de primavera Javier llegó, una vez más, por la puerta principal. Aún no se sabe cómo ni por qué llegó, si fue por sus medios o si alguien llamó a la ambulancia luego de haberlo visto gritando en la esquina de Av. de Mayo y Perú que el otoño había llegado sin nieve a Siberia pero que iba a ser muy frío o quizá fue cuando anunció que habían nacido trillizos en Filipinas en el subte D. Esa vez también habló de Bolivia, del estado de Illinois y de no sé qué tormenta en España.

Javier leía una revista en la sala de espera mientras aguardaba que lo llamen. Se lo veía inquieto pero estaba bastante tranquilo. No era la primera vez que lo tomaban por loco. Ya conocía las preguntas de rutina, los test de evaluación psicodiagnóstica y la casa con el árbol que le hacían dibujar. Sabía que tenía que hacer el suelo y la chimenea con humo para el costado. Incluso dos veces por semana se ponía a leer el diario para demostrar que estaba conectado con el mundo y su realidad, pero sabía, también, que eso no era necesario ya que el mundo político no le interesaba en lo más mínimo. Pero con aquello podía demostrar su cordura y, así, volver a viajar. A su modo, por supuesto. Imaginaba que seguramente hablarían de stress laboral y le recetarían alguna dosis diaria de Rivotril.

Lo que Javier no esperaba ese día era encontrase con el Dr. Ravizzoli. A diferencia del resto de los psiquiatras éste no se sentó del otro lado del largo y prolijo escritorio. Lo llamó por su nombre de pila, preparó un mate en el consultorio y lo invitó a caminar. Se sentaron en un banco. Lo único bueno del hospital psiquiátrico es que está rodeado de un frondoso parque aunque, es cierto, está bastante abandonado. Los dos se sentaron y se pusieron cómodos. Extrañamente sabían que iban a tener una larga charla por delante. Ravizzoli no le pidió que busque imágenes en las tarjetas de colores ni que cuente para atrás. Fue directo.

-Digame Javier ¿Cómo hace?

Javier, sorprendido, se paró. Rodeó el banco lentamente, movió un poco la bombilla cómo quien prueba un micrófono y se tomó unos minutos en silencio antes de comenzar a hablar. Estaba sorprendido. Por primera vez no tenía que fingir, sino que era el momento de contar su historia.

-Todo comenzó cuándo tenia 12 años, por las noches, mientras dormía. –Dijo Javier, mientras intentaba hacer memoria – Comencé a soñar que caminaba y podía recorrer todo mi pueblo muy rápido, pero prestando mucha más atención a los detalles que normalmente. En el camino de todas las mañanas a la escuela escuchaba sonidos en los que nunca antes había reparado como ser el canto del gallo de Don Víctor o la radio de Rosa, la encargada del colegio. O, por ejemplo, soñaba que jugaba a la pelota con los chicos de la cuadra y cuando se iba la pelota yo lograba ver en qué casa había caído. Podía caminar muy rápido en mis sueños, en unos pocos minutos iba de una punta a la otra de la calle principal en 9 de julio, mi pueblo natal. Todo lo que soñaba parecía muy real.

Javier hizo una pequeña pausa, se sentó y miró el suelo mientras recordaba. Continuó:

-Le conté a mi mamá y dijo que era un mal sueño, mis amigos se reían y la maestra me pidió que dejara de mirar tanta televisión. Pero yo seguía soñando con eso y comencé a dejar de contarlo ¿Para qué lo iba a decir? Pero los sueños eran cada vez más dinámicos.

«De caminar velozmente por mi pueblo pasé a correr, y una vez llegué hasta Buenos Aires en apenas 5 minutos, también pude ver un partido de fútbol en Mendoza. Después dejé de soñar que corría por Argentina. Empecé la secundaria y con ello, como todos mis hermanos, a trabajar en el almacén del pueblo.

«A los 18 me vine a Buenos Aires para estudiar y conseguir alguna changa. Quería ser contador. Y ahí volvieron los sueños. Cada vez más intensos y vívidos. Ya no parecían simples sueños. Corría a la velocidad del viento. Llegaba a los glaciares en el sur y podía, rápidamente, estar comiendo empanadas en Tucumán o locro en alguna peña en Corrientes. El problema, o la suerte, ocurrió cuándo llegué al Río de la Plata. Quería cruzarlo pero corriendo no iba a poder, necesitaba volar. Nadie muere en sus sueños así que lo intenté. Tomé carrera y salté. Y, créame doctor, llegué volando a Uruguay, Brasil y Paraguay ¡Veía el suelo bajo mis pies! Vi el Amazonas, la espesa selva, los ríos marrones y al norte: el mar caribe. Vi las casas de colores, las favelas, los rostros de las personas y las historias que ocurrían.

«Cada noche volaba un poco más. Un poco más rápido y un poco más lejos. Llegué a México y crucé el océano Atlántico. Arribé a Europa. Vi ciudades medievales y el desierto africano. Sobrevolé las islas del Pacífico, plantaciones de arroz en Filipinas y vi las auroras boreales en Noruega. Estuve en la Muralla China, en el desierto de Gobi y descansé en Tanzania.»

Los ojos de Javier cada vez brillaban más. Hablaba con entusiasmo y movía las manos como quien revive una historia por el simple hecho de volver a contarla.

-En Nepal -continuó diciendo- llegué a una de las cumbres más altas del Himalaya y de ahí pude contemplar todo el mundo: el frío en Alaska, el calor abrasante en Nueva Delhi, la soledad nómada en Kazajistán y la súper población en el metro de Manhattan.

«Pude ver cómo las luces del todo el mundo comienzan a encenderse. Todo empieza en Tokio y desde allí para el oeste como un efecto dominó todo se va iluminando: Karachi, Moscú, Madrid, Washington, Bogotá y Santiago de Chile. Es una gran bandera blanca que va tiñendo todo. Es mágico, créame doctor.

«Vi mujeres cosechar té, vi hombres morir y otros nacer. Vi el movimiento, el amor y la guerra. La miseria y la grandeza del hombre. Supe mucho y no supe qué hacer con eso. Decidí negarlo. Pude contarlo, hacerme famoso, prevenir catástrofes. Vi el mundo entero y no dije nada.»

Javier se estremeció. No es fácil ver lo hermoso y despiadado que es el planeta que habitamos. No es fácil ser testigo de todo lo que ocurre bajo el sol del día.

-Pude haber hablado de la hospitalidad de los pueblos árabes, de la política yanqui, de las guerras, de los ciclos de la luna, del mar. Pero no. Me iban a tratar de loco y acá me ve. Decidí guardármelo todo. Eso fue egoísmo.

-¿Entonces por qué se puso a gritar? ¿Por qué habló de Siberia y de las inundaciones en China? ¿Por qué nombró a esa chica de Haití? -preguntó el Doctor Ravizzoli

-¿La locura radica en preocuparse por los otros? – dijo Javier con una mirada suspicaz.

Los dos se quedaron en silencio. El mediodía había llegado. Llevaban horas en ese banco. El mate se había enfriado hacía tiempo. Javier meditó un buen rato y volvió a hablar.

-Todo comenzó en Siberia. Hasta ese momento, o lugar, venía bien. Trabajaba por las mañanas en un bar en Flores, a la noche estudiaba y, luego, viajaba. Sabía que era algo extraño pero disfrutaba mucho de mis noches. Tenía todo el mundo para mí solo. Pero cuándo llegué a Siberia, al Lago Baikal, encontré uno de los sitios más inhóspitos y hermosos del mundo. Y ahí entendí que todo había llegado a su fin. ¡Ya había visto todo el mundo!

«Ya no quedaban islas, montañas ni mercados por conocer. Había recorrido todo el mundo y ahí enloquecí. Me invadió la angustia y la ansiedad. Ya no había nada nuevo ni novedoso. No quedaban tejados ni balcones donde descansar. Es cierto, las ciudades se siguen reconstruyendo, las familias crecen, pero era más de lo mismo. Ya no me queda lugar del mundo por descubrir. Comencé a preguntarme por qué. ¿Por qué a mi? ¿Por qué yo?»

Pero esa pregunta no estaba dirigida a nadie más que al Dr. Ravizzoli que seguía en silencio mirando al viajero con ternura. Recién ahí Javier reparó en los ojos del psiquiatra. Eran verdes como la selva, pero tenían el azul del mar y de los ríos, lo colorado de la tierra y el brillo de las estrellas. Sus ojos, también, escondían al mundo. Cuando los hombres ven el mundo, la riqueza queda guardada en sus pupilas.

-Escriba Javier, escriba. Cuente sobre el mundo, pero hágalo seriamente. Cuente lo que vio. La escritura es la única máscara a la locura moderna y el único modo de que los viajeros perpetuemos nuestra existencia. La escritura es el único modo de salvar al mundo. Usted necesita procesar lo que vio y nosotros necesitamos conocerlo. Dios no hace las cosas sin un sentido. La escritura es lo único que hay después.

Le estrechó la mano, le dio un cuaderno y se despidieron. Javier pensaba abandonar el hospital con algunas pastillas de Clonazepan, no con un cuaderno en blanco. Por primera vez había contado su historia y nadie lo había tratado de loco. Estaba perturbado.

Ale-Viña-Ficción-revista-Otro-Mapa

El encuentro surtió algún efecto en Javier. Al otro día volvió al hospital psiquiátrico, pero nadie conocía al Dr. Ravizzoli.

Javier repitió los pasos del día anterior. Caminó hasta el banco y se sentó. Miró el cielo, miró su cuaderno, se sonrojó. Ingenuamente comprendió que no era el único.

Buscó una lapicera y comenzó a escribir sobre ese otro mapa que sólo algunos conocen pero que muchos habitamos.

  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

  • Ale Viña Ilustrador

    Nació en Buenos Aires, pero siempre con un pie y el corazón en el Sur. Estudió en el secundario Fernando Fader, orientado al dibujo y la publicidad, donde también estudió uno de sus guías, el Gran Ciruelo. Ya en la universidad estudió Diseño Gráfico, y fue docente de la cátedra Mazzeo de morfología de la misma carrera. La profesión que lo llevó a trabajar en estudios de diseño y agencias de publicidad, le dio la increíble experiencia de diseñar en Londres, tras haber ganado un concurso de diseño editorial para Ogilvy Argentina. Desde enero de este año decidió independizarme como diseñador freelance y a desarrollarme como ilustrador y muralista, fusionando ambas pasiones, el diseño y la pintura. Pueden ver su portfolio en www.behance.net/aventropia

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Showing 2 comments
  • Federico
    Responder

    Excelente el cuento, los consejos del Dr.Ravilozi cuanto de verdad tienen!!!

    • Ludmila Greco
      Responder

      Ojalá hubiera más médicos (y personas) así, el mundo sería un poco más fácil.
      Abrazos!

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