• por Lucas Fernández Canevari | Ilustración: Ale Viña

V

eo sangre en el piso y un perro lamiéndola. Y en el momento justo en que se abre la puerta, me despierto. Hace una semana que tengo el mismo sueño. No logro ver ni quién es el muerto ni quién es el que entra. Lo que sí reconozco es el lugar, la chacra de José, un paisano que conocí en Misiones cuando me quedé atrapado en el auto en medio del barro y la lluvia. Él me ayudó y me alojó hasta que paró el temporal. Luego de ése episodio, lo volví a visitar un par de veces. Un poco en señal de agradecimiento y otro poco porque es la excusa perfecta para pasar unos días en un lugar tranquilo.

El viaje al campo fue agotador, debe ser que me pongo más viejo, pero el trayecto se me hizo más largo que nunca. Viajar solo es difícil, sobre todo por el mate. Paré varias veces a sebarme unos amargos. Llegué al atardecer. Apenas al abrir la tranquera noté como el maizal que rodeaba el camino se había venido a menos, estaba todo seco. Estacioné el auto bajo los peterebíes que daban sombra a la casa. José salió a saludarme con su típico entusiasmo, a pesar de que su pelo blanco, sus arrugas y la sonrisa que mostraba algunos dientes menos decían que ya estaba entrado en edad. Estaba en cuero, con bombachas y alpargatas. Hace varios años que lo conozco, pero hoy en su rostro había un dejo de preocupación. Era contagiosa, nunca lo había visto así. No podía mirarme a los ojos ni mantener una charla por más de cinco minutos. Su cabeza estaba en otro lado.

-Qué bueno que hayas venido, he estado con ganas de hablar con alguien m’hijo, que aquí han estado pasando cosas raras.- Fue lo primero que me dijo. –Ya no crece más nada en estos pagos y no sé qué hacer. Hasta los perros se me escapan.

Me acomodé como pude en medio del desorden característico que tenía el rancho y dejé mis pocas cosas al costado de una manta y una frazada que iban a oficiar de cama por estos días. Me quedé descalzo y pude sentir el frío y la humedad del piso de barro en mis pies. Empezó a oscurecer. El campo comenzaba a sentirse. Los primeros rocíos, alguna estrella perdida y ese olor a aire puro que no se encuentra en Buenos Aires.

No se veía mucho. La electricidad es un anhelo eterno por estos pagos. Prendimos un sol de noche mientras seguíamos charlando. José abrió un anís ocho hermanos. Necesitaba tomar valor para decirme algo.

Te juro que vi al mismísimo añá1. Era el demonio en persona. Yo andaba ajuera, buscando leña. Escuché a los perros chumbar, pero ladraban raro. Me di vuelta y lo vi entre unas hojas. Me miraba fijo. Me senté en el piso y recé el Padre Nuestro como nunca. Recé como doscientos. Dicen que si uno reza él no hace nada. Busca infieles. Desde entonces los perros no vinieron más.

Lo imaginé a José en ese escenario. Es un buen cristiano. Solo, en la inmensidad del campo, temblando de miedo. Aun así debo admitir que me costaba creerle. Parecía más bien un delirio producto de la soledad, la noche y alguna botella. También pensé en la situación actual. Nosotros dos solos sin saber que hay afuera ¿Y si realmente existe esa fuerza maligna sobrenatural? ¿Si José se había vuelto loco y me quería hacer algo esa noche? ¿Si me veía a mí como el diablo? El vecino más cercano estaba a unos dos kilómetros. Nadie iba a escuchar los gritos. Pero tampoco entendía el temor que sentía, no era la primera vez que venía, y nunca antes lo había sentido. Aunque pensándolo bien, José era un completo desconocido donde sólo las casualidades de la vida me habían llevado hacia él.

He de admitir que soy cobarde. El miedo que sentía era doble. Por un lado, temía de José, del desconocimiento que me generaba ahora y de la incertidumbre de no saber cómo iba a actuar. Dudaba si había hecho bien en venir a resolver el final del sueño, tal vez el muerto era yo. Por otro lado, temía de la inmensa y profunda oscuridad de la noche. Del mismo añá y del campo estéril. Con esos pensamientos dando vuelta en mi cabeza me quedé dormido.

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Al alba me despertó el canto del gallo. José ya no estaba en la cama. Me levanté, fui a buscar agua al aljibe, levanté la vista y lo vi a lo lejos trabajando en el medio de la plantación. Es muy laburante. No tiene descanso. Pensé si no se sentía abrumado de siempre hacer lo mismo ¿Cuáles son sus sueños? ¿O esas preguntas no se las hace porque son para la coqueta gente de ciudad con demasiado tiempo libre?

Preparé unos mates, comí unas galletas de agua y salí a alcanzarlo.

Caminé tranquilo hacia él, era una linda mañana soleada. Es verdad que se sentía la ausencia de los perros. No había ni un solo ladrido, ni nadie que me acompañe. Sólo se escuchaba al viento que movía las hojas y el canto de algún pajarito. Pero de repente se empezaron a escuchar unos gritos.

–¡Añamemby, Añamemby2!

Era José. Empecé a correr con el mate y el termo en la mano, me acerqué y lo vi con una pala en la mano alrededor de un pequeño pozo donde había una caja. Él no se animó a abrirla. La caja era de madera pintada de negro y tenía detalles de líneas rojas. La abrí y ví una piel de un sapo, velas y cintas de distintos colores.

-Hijo de puta. Quién haya sido el inservible bueno para nada que me hizo esta macumba, lo va a pagar muy caro. Por eso no crece nada en este campo. A mí no me van a joder. Yo les voy a mostrar lo que es bueno.

Le cebé un mate y lo acompañé para adentro. Traté de persuadirlo de que el crecimiento de los cultivos en el campo tenía que ver más con la tierra y las lluvias que con una macumba. No me escuchó.

-Creo que ya sé quién hizo esto. El Añarakopeguaré3 de mi sobrino. El muy vago siempre me decía que en este campo no iba a crecer nada hasta que yo me muriera. Entonces él iba a ocuparse del campo y ahí sí iba a crecer todo.

Le sugerí buscar un ingeniero agrónomo para que nos ayudara a determinar los factores de la mala cosecha.

-Busquemos al Padre Ignacio, el va a bendecir la tierra y me va a ayudar.

Fuimos juntos a buscar al cura con mi auto. Lo encontramos tomando mate, vestido con un jean y una camisa con el alzacuellos. Tenía una tupida barba y una sonrisa como si siempre hubiese estado sonriendo. Parecía acostumbrado a estas situaciones, fue a prepararse sin poner ninguna resistencia. Mientras esperábamos vi una estampita del Gauchito Gil. Un cura en estos lugares tiene que saber mezclar la religiosidad popular con lo eclesiático. Trajo consigo un maletín, donde tenía algo de agua bendita, y también la imagen de la Virgen de Itatí.

Al llegar le mostramos la macumba y no se sorprendió. Caminó solo con la Virgen y el agua por todo el campo. Antes de irse, debió haber visto alterado a José, porque dejó la estatua de la Virgen como protección. Dijo que estas cosas eran comunes por acá, pero que Dios era grande, y no  había de que preocuparse.

Llevé al padre a su casa. José decidió quedarse. En el camino de vuelta me tomé una ginebra mientras pensaba en lo sucedido. Ahora, al fin y al cabo, no importa si realmente las macumbas son efectivas, y si ésta particularmente lo fue. Ya lo era, por más que no lo haya sido. Nadie puede demostrar lo contrario. Sólo hacía falta buscar la forma de parar su efecto. O por lo menos de creer que paró.

Volví a la casa y al llegar ví a un joven montado a caballo. Lo saludé fríamente con la mano. Se presentó como el sobrino mayor de José:

-Me llamó el tío, dice que no está bien, quería que venga urgente.

Al llegar le mostramos la macumba y no se sorprendió. Caminó solo con la Virgen y el agua por todo el campo. Antes de irse, debió haber visto alterado a José, porque dejó la estatua de la Virgen como protección. Dijo que estas cosas eran comunes por acá, pero que Dios era grande, y no  había de que preocuparse.

Entramos juntos. 

-Mirá lo que encontré. –José ni lo saludó y le mostró la caja.

-Viejo de mierda, ¿Para esto me hiciste venir? Estás loco. Ojalá te mueras rápido. Te voy a aplastar como a un gusano.

Lo vi a José pidiéndome ayuda con la mirada, pidiéndome que le devolviese el favor que me había hecho hace tiempo. Poseído, tomé la Virgen por la base y con todas mis fuerzas le pegué al sobrino en la cabeza. Cayó inconsciente al suelo. La Virgen estaba sangrando. Con una furia inusual en mí, le pegué dos o tres golpes más en la cabeza. Solté a la Virgen asesina, y, como si hubiese sido un descargo, me desmayé. 

Cuando me desperté, vi sangre en el piso y un perro lamiéndola. No sabía si era mía. Tenía gusto a ginebra y a sangre en la boca. Me dolía la cabeza. Tirado desde el piso vi cómo se abrió la puerta. Era José con una pala en la mano. Se paró al lado mío. Temí por mi vida. 

-Podrías haberlo hecho más fácil. Tenía la escopeta cargada. –No entendía de dónde sacaba el sentido del humor en ese momento. -Fracasé en casi todo lo que hice en mi vida. Pero esto lo voy a hacer bien. 

Agarró el teléfono y llamó a la policía. Declaró que él lo había matado y enterrado en el mismo sitio dónde encontró la macumba. Cuando llegaron los oficiales les habló de dioses y demonios. Les mostró el gualicho, y juró que con el sacrificio del sobrino en el campo iba a volver a crecer el maizal. 

Hoy la casa se convirtió en santuario y la Virgen asesina ensangrentada en su anfitriona. Allá van todos los vecinos, todos los años, para pedir por la buena cosecha.

Yo soy muy cobarde para volver. A José nunca más lo vi.

Referencias:

  • 1 Añá: En guaraní: diablo
  • 2 Añamemby: En guaraní: hijo del diablo
  • 3 Añarakopeguaré: En guaraní: hijo de puta. Traducción literal: que fue originado en una vagina endemoniada.
  • Lucas Fernández Canevari mochilasenviaje.com

    De chico los libros lo indujeron a una vocación, ser detective. Algo que hoy ejerce, pero cómo detective de otras culturas, de otras maneras de concebir el mundo. Para lograrlo cree que hay tres elementos que son indispensables: el viajar, la lectura y la fotografía. Como todo detective goza de buena memoria, pero la malgasta recordando resultados de los mundiales de fútbol. Parte de sus ideas las escribe en mochilasenviaje.com junto con su fiel compañera Ludmila.

  • Ale Viña Ilustrador

    Nació en Buenos Aires, pero siempre con un pie y el corazón en el Sur. Estudió en el secundario Fernando Fader, orientado al dibujo y la publicidad, donde también estudió uno de sus guías, el Gran Ciruelo. Ya en la universidad estudió Diseño Gráfico, y fue docente de la cátedra Mazzeo de morfología de la misma carrera. La profesión que lo llevó a trabajar en estudios de diseño y agencias de publicidad, le dio la increíble experiencia de diseñar en Londres, tras haber ganado un concurso de diseño editorial para Ogilvy Argentina. Desde enero de este año decidió independizarme como diseñador freelance y a desarrollarme como ilustrador y muralista, fusionando ambas pasiones, el diseño y la pintura. Pueden ver su portfolio en www.behance.net/aventropia

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