• por Gonzalo Vignoni
V

uelo demorado en el aeropuerto de Ushuaia. Seis horas varado en la sala de embarque esperando el avión que me llevaría hacia El Calafate para continuar descubriendo las joyas del lejano sur. Al estar en vuelo el retraso ya no me importaría, porque la vista a través de la redondeada ventanilla compensaría toda demora.

Despegamos. El sol comienza a ponerse y se refleja sobre las grises aguas del canal Beagle. La chata ciudad de Ushuaia se ve cada vez más distante y pequeña mientras ganamos altura y nos posicionamos sobre las montañas que la envuelven.

Si aterrizar por primera vez en Ushuaia es emocionante, despegar es aún mejor. Lo es porque uno se va de la ciudad habiéndola conocido, comprendido y visto como lo que es: un rincón de Argentina diferente a cualquier otro y deseando volver desde el momento en que se cierra la puerta del avión.

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El canal, las islas, la ciudad y los picos eternamente nevados del extremo sur de la Cordillera de los Andes me despiden mientras el sol se pone. Pronto todo quedaría cubierto por nubes que no se disiparían hasta aterrizar en El Calafate.

De vuelta en la plataforma continental, el color del paisaje debajo de la aeronave no es verde como en la isla de Tierra del Fuego, sino más bien de una tonalidad marrón. No se ven árboles ni frondosidad alguna, más bien arbustos bajos con espinas, propios del clima de la región. Es otro mundo, a tan solo una hora y un par de minutos de vuelo.

Tras recorrer la ruta desde el aeropuerto, me encuentro con El Calafate frente a mí. Es casi de noche y poco se distingue del lago Argentino en el horizonte, pero lo suficiente como para admirar su enormidad.

El Calafate me resultó muy diferente a Ushuaia, quizás un poco más parecido a otros pueblos de la bella Patagonia. Sin embargo, lo que la hace resaltar del resto son las bellezas que la rodean… y sí, el premio se lo lleva el Parque Nacional Los Glaciares.

Puede que muchos de nosotros hayamos visto los glaciares mil veces en fotos o videos, pero lo que se siente al estar frente a esa monumental masa de hielo y nieve es indescriptible. ¡Esos colores! ¡El sonido de los desprendimientos! ¡La Naturaleza enseñándonos lo insignificantes que somos! No importa si se trata del glaciar Perito Moreno, el Upsala, el Spegazzini o cualquier otro, porque todos te van a dejar boquiabierto y sintiéndote extremadamente afortunado de estar frente a esa maravilla natural.

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Despedirse de El Calafate fue tan duro como despedirse de Ushuaia. Al volver a casa me encontraría con un deseo de viajar a esa región del país todavía más fuerte del que tenía cuando no la había conocido.

Instrucciones de juego:

  • Este es un juego de muchos donde la premisa es viajar por esos lugares donde nuestro corazón tiene reservado un lugar. Solo tiene dos condiciones a respetar: se debe tomar el final del camino del participante anterior como punto de partida y de allí viajar hacia el próximo destino con el medio de transporte  que les apetezca, y siempre debe ser dentro del territorio argentino. Para participar solo se debe escribir a hola@otromapa.com con el asunto Cadena Nacional contándonos brevemente  a dónde llevarías el recorrido y por qué. Por lo tanto paso la posta, cedo el cetro, y a seguir esta cadena, que espero que nunca termine. Saludos.
  • Gonzalo Vignoni

    Gonzalo estudia biotecnología y sueña con recorrer el mundo en bicicleta algún día. Desde chico ha viajado por muchos rincones de Argentina alimentando una pasión heredada de su madre. Ahora cuenta sus propios viajes en su blog espiritu-viajero.com

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Comments
  • Andres
    Responder

    A mi me pasó igual, al volver tenia muchas mas ganas de volver a ver el parque nacional Los Glaciares!

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