Completando la paleta

  • por Victoria Sánchez Mércol | Fotos: Laura Babahekian
E

s como si me hubieran dado una misión. O mejor dicho, como si hubiera encontrado mi por qué en el mundo. Nadie me envió hasta ahí. Yo solita y por mi propia determinación una tarde de secar lágrimas, con miedos y muchas dudas puse el dedo en el mapa. Cayó en medio del agua, “justo ahí no hay nada”, pensé. Me equivoqué. Como siempre, había que focalizar en los detalles.

Esos puntitos en el océano Pacífico son las más de 300 islas que forman el archipiélago de Fiji. La principal, Nadi, es sólo un trampolín. La picardía es saltar entre los cayos e islotes que la rodean, y ahí es donde comienza la tarea de rellenar huecos, hasta ese momento desconocidos por mi retina, en la paleta de colores.

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Las lanchas van y vienen todas las mañanas y tardes. Cortan la superficie de una masa de agua de senderos invisibles. Los bulliciosos motores son lo único que se escucha por varios kilómetros durante el día, porque la mayoría de las pequeñas islas que visitamos no tienen energía eléctrica. Ello me llevará a descubrir el abanico de decibeles que guarda el silencio.

¿De qué color es el horizonte? Voy a tomarme toda la mañana para descifrarlo. El mar comienza en mis pies, se lo llevan imperceptiblemente varios peces de colores, los veo serpentear por unos metros hasta que el azul le gana a la transparencia. De ahí es un lento progresar hasta el cielo. Unos barcos a lo lejos son la única pista de que el horizonte debe estar por ahí, camuflado. Hoy todo será azul.

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¿De qué color es el horizonte? Voy a tomarme toda la mañana para descifrarlo

Cuando el calor invita a refugiarnos, caen los cocos refrescantes. Es como un juego, si no fuera algo muy serio, a juzgar por los carteles de advertencia “Precaución, pueden caer cocos”, potenciales proyectiles letales. Hay unas 70 personas que viven en la comunidad del corazón de la Isla de Mana. Una escuela reúne los niños, de todas las edades, que se reparten en tres clases. Uno de los maestros nos invita todas las tardes a variar la rutina, la suya, la de los niños, la nuestra. La última campanada abre una compuerta invisible y en pocos minutos todos abandonan sus uniformes y ya juegan en las hamacas. Nos muestran sus habilidades para trepar las palmas y se ríen de nuestra torpeza que confiesa rigidez citadina.

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A veces hay tormentas, a veces no. De todos modos siempre el silencio. El paisaje se impone y pide tamaño respeto, ni el mar se atreve a interrumpirlo. Sobre la arena el golpeteo del agua es muy suave, armonioso, y me asombra saber que es la primera vez que un mar a mis anchas no tiene olas de ningún tamaño. Trato de figurarme dentro de aquel océano del mapa y no puedo abarcar tanta inmensidad. Entonces me pierdo intentando enumerar los tonos de violeta de la gran nube ecuménica que presagia la tormenta de esta tarde. El viento quizás haga que pase a pocos metros de distancia, y nos regale los atardeceres rojizos.

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Por la noche, luego de la puesta del sol suben por primera vez los decibeles. Los generadores prenden bombillos, algunos ventiladores, se enfrían finalmente las cervezas y suena la música. Mientras tanto el manto negro de la noche se apolilla de estrellas. Y otra vez el horizonte se pierde, porque las constelaciones se zambullen al mar, y yo, que ya no sé ni dónde estoy, sé que estoy muy bien ubicada.

  • Victoria Sánchez Mércol conlospiesporlatierra.com

    La llaman Vito y a ella le gusta así. Ya cuando sintió curiosidad por estudiar el cuerpo humano comprendió que lo más asombroso siempre sucede más allá de lo que está a simple vista. Hoy trabaja con el top 5 de las enfermedades de la infancia mientras de a poco se deja seducir por los poco transitados caminos de las medicinas del Oriente y el Yoga. Fotografía y escribe en conlospiesporlatierra.comSu recorrido inició en La Rioja, Argentina, y nadie sabe dónde puede terminar.

  • Laura Babahekian

    Apodada como Klando, Maria Laura Babahekian es una fotógrafa argentina especializada en fotografía subacuática e influenciada fuertemente por sus estudios de artes visuales en la Universidad Nacional de Bellas Artes. Su infancia en la costa atlántica argentina y su contacto continuo con diferentes tipos de fauna, fortaleció su amor por el mar y su entorno logrando sensibilizar su mirada. Desde el año 2012 hasta el 2016 ha estado viajando por Oceanía y Asia acercándose a diferentes tipos de culturas y visitando destinos recónditos y turísticos. Eligió “el viajar” como la escuela para aprender a enfocar el mundo y su propia vida desde nuevas perspectivas. 

    Hoy en día, entregada por completo a su cámara y al agua, intenta a través su imágenes generar empatía hacia todos los seres vivos que habitan las profundidades del mar promoviendo su conservación. Ella considera que “el miedo al cambio” y “la comodidad” del ser humano son los primeros causantes de las devastaciones ecológicas. Por esta razón, invita a todos a romper con su zona de confort, zambullirse al agua de los sueños y nadar hasta alcanzarlos, ella estará ahí para captar ese momento.

    Pueden encontrar su trabajo en www.klandovadeviaje.com y en www.deaquavivo.com

Showing 2 comments
  • Ludmila Greco
    Responder

    Me encantó. El texto, las fotos, la composición perfecta de la paleta.

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  • […] esa lejana línea donde el desierto australiano parecía nunca acabar. El cielo teñido de los más fenomenales colores parecía reflejar la tierra roja sobre la que flotaba, y el frío viento del anochecer avisaba a […]

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