• por Alicia Ortego
V

iajé a Omán con pocas ideas en la cabeza, aunque sabía que me esperaban algunas fortalezas de adobe, desierto, y una cultura árabe ancestral en el sultanato que ocupa la mitad del sur de la Península Arábiga. Omán es vecino del hoy impracticable Yemen, azotado por el ejército de Arabia Saudí y, también, de los Emiratos que se apresuran a gastar sus petrodólares sin medida, rendidos al lujo.

Hasta 1970 los omaníes vivieron encerrados en sí mismos por decreto del anterior sultán, padre del actual. Manteniendo un modo de vida medieval, sin ningún tipo de modernidad a la vista. Se dice pronto, pero aún no han transcurrido ni cincuenta años. Es decir, todos sus habitantes de más de cincuenta años aún recuerdan aquellos tiempos.

La de Omán, es una historia curiosa y contradictoria. Antes del anterior sultán en Omán recalaban y partían los barcos encargados de comerciar con las preciadas especias que se redistribuían luego hacia el norte con las caravanas que cruzaban los temibles desiertos de la Península Arábiga, rumbo a Damasco, El Cairo, Estambul. Una Ruta de la Seda paralela, aunque esta era más de especias y otros materiales preciosos como la madera. A cambio, de Omán partían esos mismos barcos cargados de incienso, pues aquí y en Yemen se encuentran los árboles que producen la resina aromática con la que prácticamente todas las religiones importantes inundan el aire de sus ceremonias.

También el incienso forma parte hoy del día a día de los omaníes en forma de deliciosos perfumes que te embriagan cuando los señores y las señoras pasan a tu lado, o en los pebeteros con los que perfuman el ambiente de sus casas, tiendas, oficinas, hoteles y restaurantes. Nadie puede escapar a un aroma que es rico, romántico y exótico a partes iguales.

Todo ello debió comportar un intenso intercambio cultural y una mentalidad más abierta, con tanto viajero de por medio ¿no? Pero cuando los portugueses llegaron y les arrebataron los dominios de esos mares, todo acabó… y más adelante llegó ese sultán que les mantuvo encerrados.

La suerte de los omaníes cambió cuando el hijo del sultán, educado en Europa, derrocó a su propio padre en 1970 tomando posesión de su cargo. El joven sultán Qaboos prometió ese día que mejoraría la vida de sus compatriotas dando apertura al desarrollo tecnológico, declarando universal la educación, mejorando también las infraestructuras de higiene y sanidad. Y siempre con un objetivo: la felicidad de sus súbditos y vivir en paz entre ellos, con los vecinos y con el resto del mundo. Así lo declaró aquél día en un memorable discurso que pude leer en el museo de la ciudad de Salalah, y que tengo que confesar me emocionó.

De momento, el sultán Qaboos lo ha conseguido. Así de claro y simple. En 45 años el país tiene carreteras asfaltadas que sin embargo no han inundado la maravillosa naturaleza que las rodea. Parece que han hecho las justas y necesarias. En sus ciudades no se han construido rascacielos, y aparentemente todo es como antes. Aparentemente.

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Después de 45 años Omán tiene hospitales, aunque el alcance de la Sanidad Pública aún es deficiente y se compensa con en el ámbito privado para aquellos que pueden pagarla.

Después de 45 años el país tiene escuelas en todas partes y los niños acuden a ellas.

Si hablo de Omán, tengo que hablar de las mujeres, que parece no están en las calles hasta que cae la noche. Las chicas son hoy un 60% de la población universitaria, aunque luego muchas deciden quedarse en casa a cuidar de los hijos y no ejercer la profesión relacionada con lo que han estudiado. Pero otras trabajan, conducen sus coches, y llevan una vida mucho más independiente. En la última década el sultán Qaboos ha decretado el derecho a la propiedad de la tierra también para ellas, y ha puesto en marcha iniciativas para su inserción en el mundo laboral. Es cierto que deben vestir bien tapadas y ser discretas en muchos de sus comportamientos. No tienen derechos en el divorcio ni en la potestad de sus hijos, y muchas más cosas, pero nada que ver con sus vecinos saudíes, donde ellas no pueden ni conducir, ni estudiar, ni votar incluso. Aún es pronto, pero ahí están abriendo camino. A su ritmo, desde su punto de vista.

Aquel día de toma de posesión del sultanato, Qaboos dijo que quería hacer todas estas cosas para el pueblo y con el pueblo, porque sin ellos no lo conseguiría. Por eso, durante todos estos años siempre ha hecho una gira por todos los pueblos del país destinada a escuchar las demandas y conocer las necesidades de la gente. Pueblo por pueblo, infatigable, durante seis meses, reuniéndose con las autoridades locales. Un viaje al año que dura medio año. En todos los pueblos se puede encontrar las fotografías que lo atestiguan.

No es una democracia ni un mundo ideal, ni un cuento de las Mil y Una Noches. Es una monarquía absoluta con todas las de la ley, donde supongo que la crítica está controlada aunque el acceso a Internet no está aparentemente censurado (utilizan todas las redes sociales, tengo contacto con omaníes a través de Facebook, Instagram y Twitter y no tuve nunca ningún problema de conexión cuando encontraba wifi allí).

Pero a pesar de ser un gobierno absolutista, sin elecciones democráticas ni universales, sin grupos opositores declarados y oficiales, no suena tan mal. Quizá porque la honestidad frente a la corrupción ha imperado -aunque probablemente no sea absoluta-.

Por eso cada vez que surge la ocasión los omaníes te cuentan toda esta historia de “su” sultán con el semblante iluminado, la mirada llena de ternura y una sonrisa en la cara llena de orgullo.

Por eso cada vez que me encontré en una de estas situaciones, ante una de estas manifestaciones de amor hacia su gobernante, ya fuera con el taxista que me llevó del aeropuerto al hotel escogido en la capital, o con el amigo Amur, yo me maravillaba.

Creo que es la primera vez en todos mis viajes que me he encontrado con una reacción así al hablar de su gobernante. Y la primera vez que me lo he creído casi a pies juntillas.

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Los omaníes disfrutan del dinero ganado con los petrodólares, empleado en el desarrollo de una sociedad de vida cómoda, y universal en los derechos básicos. El sultán dota a cada persona de una parcela para que construya su vivienda (en el lugar donde nació, buscando así que no se abandonen los pueblos en favor de la vida urbana), y aporta mucha ayuda para emprender negocios propios.

Imaginaos, en 45 años los omaníes circulan todos en coches modernísimos último modelo, llevando sus smartphones, tablets y portátiles bajo el brazo. También sus cámaras de fotos y vídeo. Y al mismo tiempo, siguen vistiendo sus ropas tradicionales, mucho mejor adaptadas al duro clima desértico. Siguen comiendo con sus manos (qué placer) y siguen practicando el ritual del café como toda la vida.

El pueblo omaní es un pueblo sencillo, discreto, amable, amistoso, también riguroso y proteccionista de sus costumbres y su fe. Quizá por eso no se han vuelto locos y han logrado mantener un equilibrio entre la modernidad más rabiosa y el pasado tan reciente.

Pero, Al Hamra es el perfecto ejemplo del lado oscuro de esta historia.

Al Hamra es un pueblito al pie de las montañas Jebel Shams, una cordillera que se alza junto a la capital y recorre como una espina dorsal parte del territorio omaní.

Es un pueblo que se derrumba con cada lluvia. Son casas de adobe de hasta 3 pisos, con puertas de madera labrada que incluyen aleyas del Corán para proteger a sus habitantes, con calles cuyo pavimento es la pura piedra de la montaña. Entre 300 y 400 años de historia te observan en sus calles vacías.

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En la práctica, la totalidad de los pueblos antiguos de Omán está en esta situación. ¿Qué ocurrió? Es lo primero que te preguntas cuando observas esta realidad. Pues que en cuanto el sultán dio tierra y recursos a sus súbditos para construirse viviendas nuevas y modernas, de paredes de hormigón o cemento, que no tuvieran que ser remozadas cada tantos meses, que no tuvieran goteras, que dispusieran de agua corriente, lavabo, electricidad y con ella frigorífico, agua corriente, radio y televisión, se mudaron y se olvidaron de las de siempre. Además, como no se iban lejos, no echaron de menos sus raíces.

El sultán lo sabe, es consciente de la pérdida de patrimonio histórico y posible reclamo turístico -un sector aún incipiente- pero ha priorizado otras cosas más urgentes. Las que el pueblo le ha pedido. Las que mucha gente valora en este mundo.

Y los pueblos de adobe tan bonitos, tan pintorescos, tan señoriales, están languideciendo y desmoronándose. Algunos se están empezando a cuidar, pero no al ritmo que debiera ser. Quizá pronto no quede nada de ellos, y sin embargo… ¿cómo reprochárselo a los omaníes, con todo lo que han logrado, empezando por no volverse locos en estos 45 años?

En el palmeral de Al Hamra aún te puedes encontrar con ancianos que caminan encorvados y con la mirada un tanto triste, casi perdida. Ellos sí sufren por todos los cambios de estos 45 años, porque no logran entenderlos. Ya les pilló mayores la época de la apertura y en pocas décadas los saltos han sido quizá demasiado grandes como para adaptarse. Se sobresaltan si un coche pasa a su lado, y muchos añoran la tranquilidad de los tiempos de antaño en que los vehículos eran las mulas y camellos, y las cosas no se hacían con prisa.

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En Al Hamra te puedes encontrar con una cooperativa de mujeres que aún mantiene abierta una de las antiguas casas. Es una casa museo donde han reunido todos esos objetos cotidianos que ya no sirven y donde te muestran cómo se cocinaba, cómo se preparaban sus propios cosméticos o la medicina tradicional. Una casa donde poder encontrarte con ellas, sonreír, bromear con gestos y con sólo dos palabras comunes. Algo raro en esta tierra de hombres. En sus tiempos fue “la casa de la Pureza” porque aquí vivían las mujeres sufíes dedicadas a su culto, una especie de convento en el mismo centro del pueblo. Hoy el cofre que guarda la Historia del pueblo.

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Me enteré de que a finales de 2015 el gobierno de Omán ha decidido subir los impuestos a las empresas y recortar algunos subsidios para hacer frente a la caída del precio del petróleo. También va a subir el precio de la gasolina, de las más baratas del mundo. Quizá se avecinan tiempos duros para el pueblo de Omán. Ya no quedan pescadores ni comerciantes que salgan a la mar en los tradicionales dhows, los barcos que lograron cruzar el Índico. Ya no quedan caravanas. El incienso ya no se cotiza como antes.

Espero que encuentren su camino, que se vuelvan a reinventar.

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  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

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Showing 4 comments
  • Tati
    Responder

    Me encantó! voy a tener que seguir agregando países a mi itinerario!

  • Flor
    Responder

    que lindo, me emociono y me dieron ganas de ir a Omán =) abrazo..

  • Antonia Martinez
    Responder

    Magnífico, Ali! El mundo árabe y sus bellos desiertos guardan muchos tesoros dignos de admirarse.
    Antonia y Nico (abril 17, 2016)

  • Alicia Ortego
    Responder

    Muchas gracias por vuestros comentarios, me alegro mucho de que os haya gustado, y Omán lo merece! 🙂

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