Lengua Quichua, mantenerla viva

  • por Cecilia Suárez

“…darse cuenta de que “mi” lengua no es “la” lengua,
sino que hay miles de formas distintas para expresarse
y que mi forma de hacerlo es sólo “una” de las formas posibles..”
Marta Tomé
E

n Argentina el idioma oficial, que se utiliza tanto a nivel público institucional como en el ámbito privado, es el castellano. Idioma que en sus comienzos fue impuesto e instalado. No sólo prevaleció sino que como elemento de las fuerzas dominantes se expandió, se impuso su uso en el sistema de educación formal y desplazó a las otras lenguas que aquí se hablaban y aún se hablan ¿Podríamos hablar, entonces, de una invasión lingüística en nuestro territorio? ¡Claro que sí!

La heterogeneidad de nuestro país es medible, por ejemplo, en su distribución geográfica y climática. De norte a sur la temperatura varia en más de 20°, pasamos de zonas áridas a humedales y en el medio encontramos sierras, ríos, montañas, mares, cordilleras y salares. Podemos deleitarnos los oídos con algún tango de Juan de Dios Filiberto, una chacarera folclórica de Los Manseros Santiagueños, escuchar rock nacional como Chipi Chipi de Charly García, una cumbia santafesina hit como Bombón Asesino o si nos vamos para el oeste, un cuartetazo cordobés del Potro Rodrigo. Los sabores, también, van variando desde el cordero patagónico, las pizzas porteñas, un pacú mesopotámico, el asado pampeano y las empanadas norteñas. Incluso nuestra literatura, que sigue reinventándose con personajes ya legendarios como los cronopios de Cortázar, contiene los distintos mitos y leyendas urbanas como el antro secreto de la Salamanca. En las vestimentas y los colores de cada región se ven diferencias pero erramos, siempre, al querer encasillar todo dentro de un mismo tono univoco y nacional. Cuando viajamos, conocemos y al sentirnos cautivados por lo que vemos, lo probamos y hacemos propio. Etiquetamos todo por igual.

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Ahí, en medio de tanta disparidad disfrutable, de tanta diferencia combinada, de la complementariedad que se genera en contraposición de los opuestos se encuentran ellas: las lenguas originarias, las lenguas que han sido minorizadas. En Argentina podemos mencionar al qom, mapudungun, quichua, ava guaraní, guaraní, huarpe, pilagá y el wichí entre otras. Son lenguas que sobreviven al capitalismo y al desarrollismo salvaje. Que sobreviven por la revitalización lingüística propia de cada comunidad y de cada curioso que como yo se acerca un tanto por casualidad y otro tanto por ideología e identidad. Si bien mi interés es general a todo lo que se refiere a formas diferentes a las convencionales para la comunicación, el acercamiento al quichua ha avanzado mucho más de lo que me pudiera haber imaginado.

 

En el año 2008 estuve por cuestiones de trabajo en la provincia de Santiago del Estero. Allí, en la capital, me reuní con diferentes representantes de localidades, algunas de ellas de habla quichua. Luego viaje al interior de la provincia y ya en contacto directo con la gente pude escuchar las primeras palabras quichuas (que no eran las primeras, muchos quichuismos están latentes en nuestra lengua) y me propuse aprender algunas cuestiones de cortesía.

En Extensión Universitaria de la Universidad de Buenos Aires el profesor Alejandro Lew, dictaba un curso de lengua quichua. Prometí ir sólo a algunas clases pero la onda fue expansiva porque hasta el día de hoy sigo formándome en la lengua.

Sin ser adepta al folclore y al violín de Sixto he podido, sin embargo, aprender a disfrutar de la lenguas, sus gramáticas, sus contextos y sus historias. Escribo en plural por la pluralidad que hay respecto a ellas. Más de 30 variedades dialectales y distintas posturas en cuanto a su gramática, a su uso histórico y a su llegada a la Argentina las hacen extremadamente interesante.

Seguramente desconocemos el habitual uso de quichuismos mezclados con el lunfardo porteño. Por ejemplo, quien alguna vez visitó Buenos Aires escuchó palabras tales como “dame una pitada” o “vamos a la cancha a ver a la Academia”. En esas oraciones simples encontramos al verbo pitay: fumar y al sustantivo cancha: lugar de juego. En definitiva encontramos a nuestra identidad latente, que emerge, que está presente. Vamos al norte y en Salta nos ponemos un poncho para resguardarnos del frío, también recorremos Chaco o La Pampa. Y si nos perdemos por las calles porteñas de Cuchacucha o Cachimayo es conveniente saber que hemos transitado un par de quichuismos.

Info

Muchos de mis compañeros al igual que yo fuimos formándonos con los años y hemos logrado llegar al nivel de profesores sin ser quichuahablantes. Todos compartimos un fuerte compromiso social y lingüístico. Junto a Mayra Juanatey, Josefina Navarro, Maia Mauriño, Paola Del Federico, Alfonso Idoyaga, Gabriel Torem, Julián D Alessandro, Romina Chuquina conformamos el grupo de estudio Yanasuspura. Somos un grupo heterogéneo que realizamos diferentes actividades complementándonos de manera continua. Nos pueden visitar en Quichua en Buenos Aires. En nuestro espacio se dictan cursos sobre cuestiones gramaticales de la lengua quichua y sobre la cultura pre inca, inca, andina y norteña.

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Esa presencia además nos advierte sobre una lengua que no representa un pueblo en sí sino a habitantes y hablantes de distintas zonas geográficas de nuestra América. Es una lengua sin marca morfológica de género, sin artículos, eminentemente grave y bisilábica. En su conformación las oraciones cuentan con la siguiente ubicación: adjetivo, sustantivo, verbo y, además, utilizan gerundios. Se caracteriza por sobre todo por ser una lengua sufijadora. Así de general es la descripción y así de interesante es su historia ya que se dice que ha llegado en un periodo pre-incaico. O no, no lo sabemos. Otros dicen que ha llegado a nuestra zona con los Incas o luego, con los españoles para ser lengua de uso y comercio con la ayuda de los yanaconas. Es todo un enigma. Leer como fue su llegada, y no solo a través de las crónicas de los conquistadores, abre la cabeza para ver su realidad actual.

12674212_10208428415806811_1740436509_nSegún especialistas, en el mundo se hablan más de 6.000 lenguas y en Argentina se hablan doce lenguas originarias, muchas de ellas amenazadas de extinción. Al día de hoy son más de 12 millones los hablantes quichuistas comprendidos en las repúblicas de Colombia, Ecuador, Norte de Chile y Brasil, Perú, Bolivia y Noroeste Argentino. En la ciudad de Buenos Aires, dada la escasa información lingüística del último censo, es difícil estimar la cantidad. Sin embargo, la enseñanza de la lengua tiene presencia en diferentes espacios como ser centros culturales y espacios alternativos de enseñanza y aprendizaje.

 

Cuando visito comunidades quichuas las reacciones de las personas son diversas. Todas están enmarcadas en el asombro y la alegría. Muchos se sorprenden que alguien no emparentado con la lengua se dedique a su difusión. La mayoría de las personas con que nos fuimos encontrando (por ejemplo Corocho Tévez, un gran amigo y maestro, Elvio o las teleras de Atamishqui), han colaborado mucho conmigo brindándome sus experiencias de vida, contándonos relatos autóctonos y mitos regionales.

Desde hace 10 años en nuestro país existe una ley que promueve la educación intercultural bilingüe en las escuelas públicas del territorio, sin embargo la implementación de la misma presenta dificultades multicausales. Problemas posiblemente arrastrados desde un principio en el cual a aquellos que hablaban las lenguas de sus pueblos se los discriminaba, se los excluía y se motivaba su propia vergüenza. Es más, a veces, me pregunto si la utilización del pasado como tiempo verbal es correcta.

Si bien nunca me encontré con grandes dificultades a la hora de emprender mi formación, sí lo hice con la mirada dudosa de quienes no entendían el por qué de estudiar una lengua que “no se usa” y “no reditúa”. El por qué en mi es simple: el quichua es una lengua minorizada, que sigue viva y que hay que estimular. Son pequeñas formas de devolverle a las comunidades autóctonas todo aquello que se les ha sacado.

La importancia de que cada pueblo cuente con la posibilidad de que su lengua se vea enaltecida con el sistema educativo es primordial, ya que junto a otros derechos hace a la valorización de su existencia y de su ser. Los que hemos tenido la grata posibilidad de viajar por trabajo, ocio o estudio, comprobamos que la lengua, nuestro idioma, es exactamente eso que somos.

La existencia de palabras que designan objetos, sentimientos, olores, estados y la no existencia de palabras habla de nosotros, de nuestra actualidad, de nuestro recorrido histórico. El vocabulario es parte del arte y del paisaje. La no palabra invisibiliza y todos merecemos ser vistos (y escuchados).

  • Cecilia Suárez

    Cecilia Suárez. 36 años. Nuevejuliense. En pareja con Martín, con quien disfruta el arte de la lectura. Le gusta viajar por diferentes culturas.

    Licenciada en Trabajo Social y difusora de la lengua quichua y las culturas andinas. Dicta cursos junto a otros compañeros en distintos centros culturales porteños. Pueden conocer su trabajo en Quichua en Buenos Aires

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