Mi pueblo

  • por Alicia Ortego
M

i pueblo. Un título rotundo para un artículo que no sé a dónde me va a llevar. Quiero hablar de mi pueblo, un rincón de la provincia de Guadalajara, España, y no sé por dónde empezar. Qué difícil es esto de escribir sobre un lugar en el que estás, has estado, y seguramente estarás completamente implicada a nivel emocional. Qué responsabilidad. Muchas son las vivencias, recuerdos, amistades, pasiones, dolores, familiaridades, discusiones y risas, muchas risas, las que me vinculan con ese rincón de Guadalajara.

“Mi” pueblo no es mío. No es de nadie, pues no hay un único propietario allí, claro está. Pero esta es la expresión con la que en España todos nos referimos a ese lugar en el que crecimos, veraneamos o pasamos los fines de semana. Ese lugar al que viajabas muchas veces a lo largo del año, rompiendo con la vida urbana. El lugar donde arrancó nuestra historia, la de nuestra familia, la de nuestros ancestros. El lugar que deseaban y envidiaban, “los que no tenían pueblo”.

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Yo no nací allí, ni tan siquiera mi padre. Pero sí su padre… Mi abuela era de otro pueblo que está a 24 kilómetros, aunque a ese otro pueblo nunca he podido llamarle “mi”, porque siempre lo he pisado de visita para ir a ver a los tíos, abuelos, los queridos primos… incluso para ir de fiesta.

Yo conocí “mi” pueblo con 7 años, cuando mis padres decidieron construirse una casa sobre el lugar donde estuvo la de los abuelos, abandonada desde la Guerra Civil. El abuelo luchó del lado de la República y no pudo volver por riesgo a ser denunciado y porque no sobrevivió a los cuarenta años de la Dictadura. Nunca pudo volver al lugar que le vio nacer, criarse y casarse.

Esto de no volver hasta que llegó la democracia más o menos ocurría en todos los pueblos de España, y por eso no fue hasta finales de los años ‘70, o principios de los ‘80, cuando se puso de moda eso de “ir al pueblo”… por eso y también porque la prosperidad económica se abría camino. Por fin se dejaba atrás la posguerra y aparentemente el antiguo enfrentamiento. En cualquier caso, ya no se podía denunciar al otro. Menos mal.

Los padres decidieron construir allí una casa nueva, tirando la vieja de piedra que yo sólo pisé una o dos veces. Aquella casa estaba medio derruida y la primera vez que la vi se me antojó más misteriosa por fuera que por dentro, porque estaba vacía excepto por un montón de patatas que uno de los tíos guardaba allí durante el invierno.

Entonces eso de la casa de piedra en plan romántico-rural no se llevaba, y costaba mucho menos tirarla abajo y construir una nueva más barata, más moderna. Además, mi padre, ecologista convencido, quería hacer una instalación solar para que fuéramos autosuficientes en luz y agua caliente, y para eso necesitaba la estructura de una casa nueva. Lo hizo, y hasta hoy funciona.

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En el pueblo la vida era completamente diferente a la de la ciudad. Lo sigue siendo. Aprendías que la casa es sólo para ir a comer y dormir, lavarse y poco más. Todo se hace o se hacía en la calle.

Aprendías a jugar entre viejos remolques agrícolas totalmente oxidados como el que estaba junto a nuestra casa, en la antigua “era”, allí donde se trillaba el trigo y la cebada en los tiempos de nuestros abuelos y bisabuelos. Jugabas con piedras, ramas, arena, musgo, y un par de muñequitos llamados “clicks”.

Aprendías de historia en directo, yendo de paseo al antiguo fortín de la Guerra, encontrando balines de las batallas que allí se dieron, escuchando alguna historia del pequeño campo de concentración que hubo en el pueblo de al lado, a casi 3 kilómetros. Aunque también es cierto que esas historias no se proclamaban abiertamente, y ni siquiera ahora… demasiadas heridas profundas. Hace poco me llegó el rumor de que por allí, en esa era en la que tantas veces jugamos y contemplamos el ancho horizonte de esa tierra, debe de haber una fosa común de esas que se han olvidado, y donde deben descansar algunas víctimas de la Guerra.

Aprendías a montar en bici y caerte en las calles no asfaltadas, entre arena y piedras. Aprendías a subir a los árboles, a colarte en las bodegas excavadas en la roca donde aún había enormes tinajas para guardar el vino, herencia árabe. Aprendías de cómo cultivar un huerto, y de encender la chimenea y la estufa, únicas calefacciones disponibles. Más adelante aprendías de fiestas y de amores, los primeros.

Entonces era costumbre tener todas las casas abiertas. Tenías sed y te acercabas a una y pedías un vaso de agua, o ibas a hacer un recado, o a buscar a un amigo para salir a la calle, y entrabas sin avisar, sin llamar, hasta la cocina, el espacio más público de la casa.

En la casa del alcalde, durante muchos años, estaba el único teléfono del pueblo que funcionaba con una maquinita de pasos y te cobraban la llamada cuando terminabas. O bien te venían a buscar porque te llamaba alguien. Eso ocurrió hasta bien entrada la década de los ‘90.

Mi pueblo, en verano llegaba a tener 200 habitantes entre locales y “forasteros”. Forasteros: así nos llamaban y así nos llaman a los que no hemos nacido ni llegado a vivir allí. Hubo un tiempo en que me molestaba muchísimo. Yo quería más, quería pertenecer a aquél lugar, que me respetaran por ser de allí en sentimiento, ya que no me fue posible elegir dónde nacer.

La sensación de comunidad y de compartir era muy intensa. El mantenimiento de la piscina pública era una cuestión “nacional”, no digo nada de la organización de las fiestas anuales. Yo adoraba esa sensación de terreno seguro, donde todos me conocían y en principio me apreciaban como yo a ellos. Donde había pocos secretos, y los que había eran muy apreciados por eso.

Claro que estaba el cotilleo y el juicio al otro muchas veces sin ton ni son. Todos teníamos derecho a hablar del otro sin su permiso y a veces eso era molesto, hiriente, pero… era un precio pequeño al lado de los grandes sentimientos que flotaban en el aire.

Aprendías de la amistad, de despedidas y de reencuentros. Siempre que me iba de viaje por vacaciones con la familia, lejos, muy lejos -a Túnez, Turquía, Yugoslavia, Grecia…-, el día de la partida lo sentía mucho. Los dejaba allí a todos y a todo con pena. Y el retorno era extraño. Habían pasado muchísimas cosas que me había perdido, y volvía además con muchísimas cosas en la cabeza, generalmente preciosas, porque Estambul lo es, y el Partenón de Atenas también, entre tantas otras maravillas.

Volvía habiendo aprendido mucho, seguramente algo cambiada, con cierta incapacidad para contarlo a la gente que no se había movido de allí porque sentía que no lo entendían, suponía que no lo entenderían. Volvía después de haber recorrido un poco más de mundo con 8 años, 14, 16 años… y por unos días me sentía absolutamente fuera de lugar, fuera de este otro pequeño mundo encerrado en sí mismo, pero que adoraba con todo mi ser.

Podría contar tantas y tantas anécdotas… pero en realidad parece que hablo más de mi biografía en el pueblo, que del pueblo en sí.

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Y es que este es un lugar casi anónimo, casi insignificante en la historia y la geografía del mundo. No es especialmente bonito, ni famoso, ni tiene monumentos. Tanto es así que, desde siempre, cuando me preguntan cuál es mi pueblo, siempre digo: no lo conocerás, es un pueblo muy pequeñito de Guadalajara, está cerca de Jadraque. Y espero a que el interlocutor asienta… si lo hace con conocimiento, o dice ah, sí, conozco la zona, entonces me atrevo a decir cómo se llama. Si no, no lo hago. No me molesto. Sé que pasará de largo en la mente de esa persona, que no se quedará ahí fijado, para nada.

Pero es el lugar en el que podías encontrar pequeños tesoros como balines de la Guerra Civil en los campos mientras buscabas setas o sencillamente ibas y venías de paseo con tus amigos, hablando de todo un poco y de nada, felices estando juntos, o aburridos, o tristes por algún suceso de esos que duelen y que no quieres contar aquí por si alguien de allí lee, por algún casual, esta nota. En realidad es difícil escribir de “tu” pueblo porque es un ejercicio de responsabilidad para con todas aquellas personas. Es como abrir el melón de vuestra intimidad, la de la comunidad que fue.

“Mi” pueblo no es bonito, ni famoso, ni significante en la historia, pero es un representante de una vida que ya está muriendo, y de muchas épocas de la historia de España.

Algo se rompió hace tiempo, ya no vas casi, pero de vez en cuando sientes que tienes que hacerlo, volver. Entonces te paseas por esas calles agradablemente silenciosas, vacías, donde recuerdas el valor de las llamas en la chimenea. Y te asomas al cortado de la meseta donde se alzan sus cuatro casas, admirando el horizonte con la Sierra Norte al frente, el pico Ocejón, y el valle del río Henares a sus pies. Te asomas al cortado y te sigues quedando extasiada, como siempre ha sido, por los maravillosos atardeceres que allí se dan y que nada tienen que envidiar a tu querida África.

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¿Y cómo se llama “mi” pueblo? Ah, sí, perdón: Las Casas de San Galindo, que dicen fue un caballero de la Reconquista (de los que iban con el Cid Campeador batallando contra los árabes), que en realidad se llamaba Sanz, pero que con el tiempo se perdió la “z” del final y se hizo santo. Así, sin quererlo.

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  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

Showing 4 comments
  • Ludmila Greco
    Responder

    Gracias Ali!
    Tu nota me recordó mucho al pueblo de mi abuelo, en Galicia. Siempre lo recordó con mucho amor y precisión.
    Su pueblo, a veces, también lo siento mio. Espero algún día poder conocerlo.
    Cariños!

  • Isabel
    Responder

    ¡Hola Ali! Me he sentido muy identificada con tu artículo, y estoy segura de que muchísimos españoles comparten contigo un montón de sensaciones parecidas.. Yo también aprendí a ir en bici en mi pueblo, también jugaba por el monte (aunque nunca encontré balas ni nada relacionado con la guerra, que yo sepa..), me revolqué por una montaña de trigo, con la consiguiente regañina posterior, también descubrí los primeros amores.. ¡Realmente, me da un poco de pena la gente que no tiene pueblo! ¡Un saludo!

    • Alicia Ortego
      Responder

      Gracias Isabel, me alegro de que te haya gustado y te haya traído recuerdos de esos tiempos, je, je 🙂

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