• por Ludmila Greco

“Creemos que somos sólo un cuerpo, un cuerpo que lucir, cuidar, embellecer y mantener con vida el máximo tiempo posible. Pero somos algo más que eso.”

Tiziano Terzani

T

uve que atravesar bastante para llegar hasta acá, y no me refiero a los metros que tuve que caminar desde mi guesthouse atravesando calles estrechas, laberínticas y superpobladas por vacas, monos, motos y mendigos, sino a los kilómetros que mi mente tuvo que recorrer para comprender que está donde cree estar.

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El vaho del río es nauseabundo. Pero en los momentos en que el humo asciende, se taponan todos los demás olores. Si me distraigo y me olvido de qué es lo que está ardiendo puedo sospechar que se trata de un asado cualquiera un domingo al mediodía en Buenos Aires. La carne cuando arde huele igual, se trate de una cerdo, de un pollo o de un cuerpo humano.

Efectivamente estoy en Varanasi, la ciudad más sagrada en las orillas del río más sagrado. Me pasé toda la mañana caminando entre los ghats, las escalinatas de piedra que, como tantas otras cosas, terminan en el bendito Ganges. Río de iluminación y de vida, capaz de romper la cadena de nacimientos y renacimientos liberando las almas del ciclo de las reencarnaciones. Es el más místico, el más contaminado y el más comercial, con todo ese circuito montado para los turistas.

Es el fin de época de los monzones y el río esta crecido (más de lo esperable). Muchos escalones quedaron bajo el agua, también varias casas y animales, pero eso acá no es novedad. Camino hasta donde el agua lo permite, y logro distinguir las cúpulas de algunos templos que emergen de la Madre Ganga. En algunos ghats funcionan escuelas, lavaderos de ropa, y duchas públicas, en otros los fieles realizan sus abluciones diarias para limpiar sus pecados y los moribundos esperan su final. En casi todos, los búfalos se refrescan y las vacas toman agua y en los de más allá se celebran diariamente las pujas, ceremonias de ofrenda al rio. Pero existen unos, y esos son los que más me cuesta comprender, en los que se celebran las cremaciones. Demasiados cuerpos arden a diario a la vera del Ganges desde hace cientos de años.

En total hay más de ochenta ghats. Templos, viviendas, árboles sagrados y negocios coinciden en el río pero, de todo lo que hay, sólo un lugar llama poderosamente mi atención: Manikarnika. Según la lógica hinduista ése es el sitio más propicio en el mundo para que un cuerpo sea quemado. Es allí dónde el alma tiene más oportunidades de alcanzar el moshka y con ello, la liberación del ciclo de las reencarnaciones.

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El dios azul

“Es la ciudad más antigua del universo, y la creó Shiva para él mismo”, me dijo un gurú una tarde mientras se prendía un cigarrillo y jugaba con sus anillos de oro y sus tres celulares. Luego me quiso vender sesiones de astrología, un curso de meditación y otro de cocina. Era uno de los tantos chantas que habitan la India, pero me dejó pensado. “Es la ciudad más antigua del universo…”. Es difícil calcular la veracidad de esa frase, pero algo de cierto tiene. Una ciudad que a lo largo de los siglos ha sido testigo silenciosa de millones de muertes se merece, al menos, el honor de ser la que Shiva creó para sí mismo.

Shiva es una de las tres deidades más importantes para los hinduistas. Tiene forma humana pero es azul. Tiene un tridente, una serpiente enroscada en su brazo y el cabello negro y largo. Es el dios de la destrucción, el más temido, y en Varanasi está uno de los templos más imponentes erigidos en su honor. Contiene cúpulas de oro y una de las linga-shiva (piedra con forma fálica) más antiguas de la región. Pero es un templo que sólo está abierto para los indios, los occidentales nos quedamos afuera ya que no somos hinduistas. Hinduista se es sólo cuando se nace, no hay conversión ni nada parecido. Igualmente, por unas pocas rupias el guardia de la entrada puede hacer la vista gorda a las cuestiones religiosas y algunos turistas logran entrar sólo hasta el patio principal.

A diferencia de las creencias cristianas, los dioses acá son mucho más humanos. Son dioses que se equivocan, que se pelean, que aman y que tienen sexo. Shiva no es la excepción. Hizo el amor con Parvarti, una de sus consortes, durante 10.000 años y luego descansó por otros 10.000 años más. Los dioses hinduistas son envidiosos, son ambiciosos, son poderosos y son infinitos. Se calcula que el hinduismo contiene más de 3.000.000 de dioses, diosas y representaciones.

Parvati estuvo en Varanasi y perdió un pendiente en el rio. Shiva lo buscó. En ese lugar se erigió Manikarnika. Me resuenan las palabras del falso gurú: “Es la ciudad más antigua del universo, y la creó Shiva para el mismo. Muchos vienen a morir acá una y otra vez. Este río es la última esperanza” agregó.

Intento comprender cada una de sus palabras pero no puedo. Tampoco puedo entender lo que pasa a mi alrededor. O esta gente está loca y goza con el morbo o, efectivamente, saben algo que yo no sé. El aire es cada vez más pesado. Quizá es el vaho de la leña, el olor a sándalo, a incienso, quizá los collares de jazmines y las flores de caléndula, o quizá es el río que huele a mierda, literalmente.

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El sol continúa subiendo y el calor se hace sentir. Mientras, los cuerpos se siguen apilando unos tras otros esperando su turno. Por día se calcula que se incineran 200 cuerpos sólo en este ghat.

El negocio

Unos tipos flacos con la piel pegada a los huesos y con el torso desnudo van cortando la leña a hachazos y la van separando en filas. Son los cremadores, pertenecen a una casta especifica y no pueden realizar ninguna otra tarea que no tenga que ver con la muerte, las cremaciones y la preparación de la pira funeraria. Hay distintos tipos de madera y cada familia elige con cuál van a realizar la cremación. Cada trozo de leña tiene un precio, el sándalo es la más cara y la de palmera es una de las más baratas. Pero no todos pueden acceder a comprar madera para encender en la pira, muchas familias simplemente envuelven a sus muertos en tela y los arrojan al río atados con piedras. Tampoco todos los cuerpos pueden ser cremados. Las embarazadas, los niños, los leprosos y los sadhus, por ejemplo, no pueden ser quemados. Por lo cual, como a los pobres, los tiran al río con piedras. Al mismo río donde las vacas toman agua, los hombres se bañan y las mujeres lavan la ropa.

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Sé que tendría que estar asqueada y conmovida pero no puedo. Llevo varios meses en India y mi tolerancia a lo asqueroso ascendió demasiado rápido. Desgraciadamente, ya no me impresiona una mano con lepra que pide monedas, no me impresiona la cara quemada con acido de una mujer y tampoco me impresiona el crujido de los huesos bajo el fuego. No voy a decir que es fácil, pero los seres humanos tenemos la increíble capacidad de adaptación al medio. Adaptarse es el único modo de sobrevivir a India.

Un indio se sienta a mi lado. Me dice que está prohibido sacar fotos de las cremaciones. Me causa gracia. No tengo la cámara conmigo. Me invita a subir a una casa con vista al ghats, me dice que desde ahí sí puedo tomar fotografías y ver todo con más detalle. Lo miro y no le respondo. Lo mandaría a la mierda, lo trataría de tramposo. Me dice que es gratis, que no tengo que pagar entrada. Lo sigo mirando en silencio. “Sólo una colaboración con la familia”, añade. Le diría que es un timador irrespetuoso, pero no tiene sentido. Atrás mío va a venir otro turista y va a pagar con gusto la foto del muerto, luego va a bajar al río y va a filmar con su go-pro un video de su inmersión en el río Ganges. Les diría que son todos unos boludos, que tipos así arruinan el país y el mundo, que la vida no pasa por la foto en la redes sociales, que ese río no tiene nada de especial sino creés en él, que se van a enfermar. Pero no vale la pena. Prefiero ahorrarme las palabras. Con una sonrisa le digo “No, thank you”. Y el indio se fue.

Mis muertos

¿Por qué vine a India? ¿Por qué me expongo a estas escenas? ¿Por qué me cuesta tanto comprender lo que ocurre a mi alrededor? Son preguntas frecuentes en mis días en Varanasi y no logro esbozar ninguna respuesta. Y ya no se trata de los miles de dioses del hinduismo, ni de la relación con el islam ni de la pobreza desfachatada. Intento comprender algo mucho más primario: el ciclo de la vida y de la muerte. La muerte siempre me llamó la atención y no por eso me considero una freaky. No me gusta ni lo satánico ni la necrofilia pero siempre pensé la muerte como continuidad, como pasaje, como abandono, separación o desapego. Quizá esa es la razón por la que hace rato deje de llorar con las muertes cercanas.

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La primera vez que me di cuenta que estaba cometiendo un error al pensar la muerte como tragedia e infelicidad fue cuándo murió mi abuelo hace diez años. Habíamos sido muy unidos y el día que el murió yo dejé todo lo que estaba haciendo para ir al hospital. No recuerdo si cuando llegué ya estaba muerto o si fue a los diez minutos de mi llegada. La enfermera con cara de circunstancia nos hizo pasar a la habitación. Hacía dos días que no lo veía y no lo reconocí. Estaba flaco, los ojos cerrados, la boca abierta sin sus dientes postizos, las manos azules, venosas y llenas de jeringas y catéteres. Todos se abalanzaron sobre el cuerpo. Yo, en cambio, decidí salir afuera. Ese tipo no era mi abuelo. Mientras todos lloraban hice un esfuerzo infantil por borrar esa imagen. Mi abuelo era el que hacía asados, el que caminaba conmigo por la playa y el que me enseñó a jugar al truco. No podía identificarlo con ese tipo huesudo y sufriente. A los 16 años la idea de desapego comenzó a darme vueltas en la cabeza.

Aquel día me di cuenta de que habíamos cometido un gran error. En vez de tomar su enfermedad con naturalidad lo expusimos a días de eternas esperas en hospitales públicos ¿Para qué? Para estirarle la vida tres días, tres semanas o tres meses más. Quizá hubiese sido más fácil para él si en vez de perder el tiempo entre historias clínicas lo pasaba en su casa, con sus plantas, con su familia. Pensando en su vida, tomando distancia.

Tres días antes de que muera, y un día antes de la internación, lo ayudé a cortarse las uñas de las manos. Con una voz temblorosa me dijo “gracias” y yo le respondí con un te quiero mucho. Quería preguntarle si tenía miedo, pero no me animé. Intuyo que nuestro afán por ganarle a la muerte tiene que ver con el temor. Temor a desaparecer, a perder la casa que tanto trabajo costó, temor a dejar de ver a la familia, a perder todo lo conocido. Porque el “más allá” sigue siendo uno de los mayores interrogantes de la humanidad. Esos últimos días podían haber sido mucho más serenos. En vez de llamar a la ambulancia para que le apliquen más y más morfina tendríamos que haberle dado un abrazo. Sus últimas horas fueron en terapia intensiva, detrás de una cortina verde.

No, no comparto nuestra cultura de la muerte.

Aquí y ahora

Un perro husmea mi mochila. Le ofrezco una galletita y atrás vienen tres perros más. Manikarnika está lleno de perros callejeros que se pelean entre sí por los huesos que van cayendo y, más aún, cuando queda algo de carne adherida. Decido irme, ya tuve mucho espectáculo por hoy.

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Basta caminar 100 metros para que el escenario cambie por completo, aunque todavía puedo oler la descomposición y oír el ruido de los hachazos que rompen los troncos. Vuelvo a la parte turística. Locales de jugos frescos, camisolas en oferta, saris de finas sedas y restaurantes que venden cerveza a escondidas ya que está prohibido por tratarse de una ciudad sagrada. Me siento a tomar un Lassi y el camarero me pregunta si no quiero un “Bangh-Lassi”. Por unas pocas rupias le pueden agregar hachís, pero no quiero.

El ritual

Me pongo a leer el Bhagavad-Ghita, uno de los libros más sagrados para los hinduista y el que Gandhi adoptó como doctrina de vida. Unos leves cánticos se apoderan de mi atención. Seis tipos vestidos de blanco llevan una camilla de bambú. Sobre ella, un cuerpo tapado con una fina tela roja con detalles dorados. El cuerpo está lleno de pétalos de flores. Atrás de los hombres, una columna de mujeres. También de blanco, también cantando algún mantra. No es la primera vez que en las callecitas de Varanasi me topo con una procesión rumbo al ghat. Pero sí es la primera vez que veo un grupo de mujeres acompañando la procesión. Por lo general, es cosa de hombres. Dicen que las mujeres somos más sensibles y que no toleramos el ritual sin llorar. Dicen que nuestras lágrimas pueden contaminar el alma del muerto y entorpecer su liberación.

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Me pongo de pie cuando el cuerpo pasa al lado mío. No se por qué pero sentí que debía brindar algún respeto. Las mujeres me miran y les ofrezco una sonrisa y una mirada que busca compartir la condolencia. Algunas me devuelven la mirada, otras la sonrisa. La última mujer era la más vieja de todas. No me devuelve ni la mirada ni la sonrisa, sólo me hace un rápido movimiento con la cabeza en forma de infinito y me hace señas con la mano derecha para que me una al cortejo. No lo dudo, dejo cincuenta rupias bajo el vaso de Lassi y me uno a ellas. A todo esto, la delgada tela roja se corre y deja al descubierto un pequeño pie.

Yo desentono dentro de la procesión. Por mi ropa, por el color de mi piel, por la forma en que llevo el pelo; tampoco conozco el mantra que cantan. Pero nadie se muestra turbado por mi presencia. Llegamos a Manikarnika, y uno de los hombres que lleva la camilla se adelanta para hablar con uno de los cremadores. Desconozco que le dijo pero hace señas de que lo sigamos.

En todas las mañanas que había visitado el ghat nunca había avanzado más allá de la pequeña medianera que está en la entrada. Me sentaba allá atrás y desde ahí observada todo lo que ocurría. Pero ahora por primera vez estoy pisando el suelo de barro arenoso. Cada tanto unas pequeñas olas hacen que el río me moje los pies. El agua arrastra y deposita restos de flores descompuestas, pedazos de tela, cintas de colores, desperdicio de animales, y algún que otro resto humano. Dicen que este río libera el karma pero yo sólo puedo ver todo lo que queda enganchado en sus orillas ¿Cuántas almas habrán quedado atrapadas entre sus espesas aguas?

De lejos siento las inquisidoras miradas de los Aghoris, una tribu de renunciantes caníbales que merodean los ghats y comen la carne humana que encuentran. Es fácil reconocerlos: andan desnudos y con la piel cubierta de cenizas humanas. Su mirada me pone nerviosa. Busco con la vista a la mujer mayor y le hago señas de que me iba para atrás, pero me pide que me quede mientras se lleva una mano al corazón.

Se acerca un señor de barba larga y túnica naranja. Lleva la frente pintada con líneas blancas. Es un brahmán, un sacerdote hinduista y de las castas más altas. Me mira extrañado y dice unas palabras en hindi, supongo. Las mujeres se acerca al cuerpo y comienzan a destaparlo con cuidado.

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Mi cara es de espanto o algo así debe trasmitir, ya que una de la mujeres me toma de la mano. En el suelo yace una chica de mi edad. No tendrá más de 25 años, el pelo largo y oscuro, las manos suaves y delicadas, el rostro sereno. También vestida de blanco. Lleva un hermoso collar de flores blancas y violetas. Las mujeres maniobran el cuerpo con mucho cuidado, como si se tratase de un bebé o de un tesoro muy preciado. Entre ellas levantan el cuerpo y lo acercan el río. Comienzan a lavarlo y a tirarle agua con unos recipientes plateados. Primero la cara y la cabeza, el pecho, los brazos, luego las caderas, las piernas y por último, los pies. Limpiar el cuerpo con agua de río Ganges es limpiar el alma.

Ninguna mujer llora, y probablemente debe tratarse de su hija, sobrina, nieta. Todas están serias pero no parecen nerviosas ni afligidas. Siguen los pasos a la par que el brahmán habla. Regresan con el cuerpo y uno de los tipos flacos y con un trapo en el cuello comienza a acercar las maderas.

El siguiente paso es untar el cuerpo con Ghee, una suerte de manteca. También arrojan incienso, polvos de colores y algunas semillas o algo parecido. Para mis adentro sospecho que más allá de los fines religiosos, la manteca también sirve como combustible para que el cuerpo arda más rápido. El brahmán sigue hablando y todos recitan alguna plegaria. Cuando la señora mayor pone la última flor, comienza a construirse la pira. Apiladas prolijamente las maderas se colocan una sobre otra. Uno de los tipos flacos trae unas brasas encendidas y prende el fuego. Poco a poco comienza a arder. Su pelo largo es lo primero en desaparecer. Las brasas crujen y la carne comienza a chamuscarse, el humo es muy negro por momentos. Los perros olfatean y unas vacas beben agua del río. Mientras, nosotros seguimos de pie. A medida que va siendo necesario, se agrega más madera. El tipo flaco busca un palo largo y con eso mueve los troncos ardientes que van cayendo. A la par, se seca la transpiración con un pañuelo y gira en torno al fuego para acomodar lo que es necesario acomodar.

El fuego llega a los huesos y estos comienzan a crujir. Con el largo palo el tipo golpea el cráneo y las costillas. La familia sigue recitando y yo intento que mi mente racional y materialista vea ahí lo que debe ver. Trato de mantener los prejuicios de lado, y no caer en la tentación de salir corriendo o de taparme la nariz con un pañuelo. Me propongo ser firme y quedarme hasta el final.

La muerte

A orillas del río Ganges su cuerpo, los cuerpos, porque ésta no es la única pira que arde, acreditan la fragilidad humana. En occidente sorteamos y escondemos la muerte. Buscamos evitarla, intentamos prolongar la vida, negamos el paso del tiempo. El buen cristiano que descubra el elixir de la juventud eterna y de la inmortalidad va a ser el más rico del mundo. Aún nadie lo descubrió y el fin de la existencia sigue acechando por más que intentemos mantenerla lejos. La ponemos bajo tierra, la cremamos en hornos a presión, fingimos ser eternos y, si no intentamos serlo a través de nuestras posesiones, hijos, logros, etc. Pero acá no. Acá la muerte ocurre, y se consume bajo la luz de la tarde.

A las dos horas el cuerpo desaparece por completo. Sólo quedan cenizas. La mujeres las juntan y, a la par que el brahmán dice sus últimas palabras, embarcan en un bote. Me invitan pero decido verlos de lejos. Se adelantan hasta la mitad y con la última luz del atardecer, las cenizas comienzan a arrojarlas al rio ¿Eso ha sido todo? ¿Así acaban nuestros días?

Mientras arrojan las últimas cenizas al aire le doy, yo también, mi último adiós desde la orilla. Le deseo que alcance el moshka, que se libere de las reencarnaciones, que purifique su alma, que alcance la paz. La deseo todo aquello que no entiendo y que me parece imposible, pero que en éste momento tienen toda la razón y lógica. El Ganges, el río madre de toda India y afluente de vida me parece una temible máquina de devorar la vida y la muerte. Acá todo viene a descomponerse, una y otra vez. Sin dudas, es uno de los mayores cementerios sobre la faz de la tierra.

Pero no todos los cuerpos que arden a mi alrededor llegan a ser cenizas. Muchos no logran quemarse por completo y son arrojados tal como están. Numerosas familias no tienen el suficiente dinero para comprar la madera necesaria y parece que con la crecida del río los precios están mucho más altos.

La liberación

Empiezo a emprender la vuelta cuando veo que viene otra procesión. El ghat no descansa, las 24 horas está cremando cuerpos y liberando almas del sufrimiento de la vida. Esta familia es mucho más pequeña y mucho más pobre. Van descalzos y el cuerpo del muerto va tapado por una pequeña toalla sucia. El rostro de los hombres me recuerda un pueblito tibetano muy pequeño que visité en Ladakh, en el norte del país. No sé si por las callosidades de las manos, el añejamiento de la ropa o la tristezas de la mirada pero la asociación fue instantánea. Allá la tradición cuenta que cuando un bebé nace todos lloran y se entristecen ya que una nueva alma llegó a la tierra para sufrir y cuando una persona muere, todos festejan ya que se libera de las presiones terrenales. Pero los pueblitos tibetanos están muy lejos de Varanasi.

Acá dicen que cuanto mejor es la madera y cuanto más arde, mayores son las posibilidades de que esa alma se libere. No sé por qué lo hago ya que nunca doy plata en India, pero corro y me pongo a caminar a la par del primer hombre que lleva la humilde camilla. Le doy unas cuantas rupias, le señalo el cuerpo, le señalo la madera y me voy pensando que a las almas hay que ayudar a liberarlas, estén vivas o estén muertas.

“Muchos vienen a morir acá una y otra vez. Este río es la última esperanza”, me había dicho el gurú.

  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

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Showing 28 comments
  • Elena Sasiain
    Responder

    Excelente tu relato ludmila. Coincido totalmente en que en India la muerte es parte de la vida cotidiana, pero no la toman como tragedia sino naturalmente. Estuve en Varanasi hace 3 años y lo que vos describís es lo que sentí. Mi madre murió en una sala de terapia intensiva. Yo , con 67 años deseo no repetirlo. Prolongar la vida artificialmente para qué? En Nepal, en Pashupatina ( escritura aproximada), vimos la secuencia desde que llegan enfermos terminales, son alojados en un sector,las cremaciones. Un muchacho joven nos explicaba todo con sentimiento y eso nos transmitió.
    Conocí otra manera de ver la muerte, acercarnos sin miedo y hablar de ella, algo que los occidentales no hacemos a menudo.
    Amo India.

    • Ludmila Greco
      Responder

      Hola Elena!

      Que bueno saber que no soy la única que transita esas sensaciones/emociones.
      Estuve en el templo que nombras en Katmandú y también fue una visita fuerte.
      Lo bueno es que el contacto con estas realidad tan distintas nos ayuda a poner en perspectiva muchas cuestiones que en occidente damos por hechas. Saludos!

  • maria laura
    Responder

    Muy sentida e ilustrada la experiencia! para los que no conocemos Varanasi pero estamos averiguando la posibilidad de visitarla…Ludmila una genia que cuando escribe nos motiva a la aventura!

    • Ludmila Greco
      Responder

      Hola Maria Laura!
      Que sorpresa encontrarte por acá. Que bueno que estés planificando un viaje a India!
      No dudes en escribirme si necesitas algo.
      Cariños!

  • Angeles
    Responder

    Muy buena tu descripcion.Me llevaste al paisaje que vivi este enero pero que no soporte.Hasta te diria que me enoje ,por encontrarme analizando la morbosidad turistica ante semejante ceremonia .Y digo ceremonia con absoluto respeto y con mi mente abierta a comprenderlo.Pero no pude. Me hacia mal y me fui a las dos horas de haber llegado.
    Asi como necesite alejarme de India para querer volver,con esto me pase algo similar con el tiempo.
    Gracias por compartir ru experiencia

    • Ludmila Greco
      Responder

      Gracias Angeles!
      Es complejo como el morbo occidental, la espiritualidad hinduista y el fuego ardiendo se combinan en el mismo lugar.
      Es desafio es mirar más allá de lo obvio y como vos bien decís, el paso del tiempo ayuda a poner los pensamientos y las sensaciones en perspectiva.
      Saludos!

  • Elena
    Responder

    ¡Enhorabuena por el artículo! Has conseguido llevarme hasta Varanasi si haber estado antes allí.
    Espero sigas/sigáis compartiendo tus/vuestras historias con nosotros durante mucho tiempo; os sigo en “Mochilas En Viaje” y me encanta, sobre todo cuando escribís sobre la India, ya que mi novio es indio e hindú y este país ya forma parte de mí y de mi historia. Dentro de un mes estaré por allá.
    Un fuerte abrazo desde España.

  • Ludmila Greco
    Responder

    Hola Elena!
    Que alegría saber que la nota cumplió su cometido.
    Muy buen viaje para vos/ti! Saludos!

  • Agos R
    Responder

    Impecable.
    Te mando un gran abrazo, amiga!

  • Sandra
    Responder

    Hace 4 años estuve en Varanasi, y ahora tbien, estoy profundamente agradecida por este artículo, tanta intensidad, tanta vida, que el Sr Shiva te acompañe siempre…

  • Blanca
    Responder

    Buen día Ludmila: Para mi todo es estremecedor y casi diría yo odiado por tanta muerte sin sensibilidad, pero acaso soy yo quien para juzgar la sensibilidad de lo vivido y ver la cara de dolor de esos momentos que tú nos narras………..?
    Tanto me ha impresionado que preferí leerlo por el día pero aun así la noche me hizo recordar todos estos momentos incomprensibles en parte para mi que he pasado muertes de seres queridos.¿ quien no derrama una lagrima por sus Padres……….?
    Admiro, y te admiro tanta intensidad vivida tanta vida que nos parece vida inhumana………Gracias por tú impresionante relato he estado en la India pero………………….solo contigo y tú hermoso relato lleno de espiritualidad. PARA MI QUE DIOS TE PROTEJA EN TU MOCHILA DE LA VIDA ¡Hay ¡¡¡ si tú mochila pudiera contar tantas vivencias¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡te deseo lo mejor para que tú nos las sigas contando….un abrazo desde España – Leon
    Blanca G. M.

    • Ludmila Greco
      Responder

      Gracias Blanca por tus palabras compartidas.
      Cariños para vos también!

  • Gilda
    Responder

    Me gustó mucho tu relato! India me ha llamado la atención desde siempre pero por alguna razón siento que todavía tengo que viajar mucho para después llegar allá y estar más preparada y con la mente más abierta. Pero la curiosidad por ese lugar me rodea, ojalá pronto pueda ir!
    que sigan los viajes y las historias! 🙂

    • Ludmila Greco
      Responder

      Hola Gilda,

      India opera magicamente. De pronto, una sabe cuando ya es momento de ir.
      Ojalá puedas vivir la experiencia.
      Buen viaje!

  • Milena
    Responder

    GRACIAS LUDMILA…!!..bello relato…acompaña mi andar….!!..tengan siempre bendecido y buen andar..!!..los abrazo tiernamente ..!!….mile

    • Ludmila Greco
      Responder

      Gracias por tu abrazo Milena, muchas veces las palabras reconfortan.
      abrazos para vos también!

  • Viki Boccassini
    Responder

    Me gustó la parte que decís que le deseas todo aquello que no . Yo me sientendesento así muchas veces, es rarisimo!

  • Walter Che Toba
    Responder

    Excelente post, un relato atrapante más allá del o extenso en tiempos que uno hace lecturas rápidas pero me llegó bien adentro ya que muchas veces he intentado sacar conclusiones sobre la muerte y como la encaramos desde éste lado del mundo. He perdido a mis abuelos y los he sufrido, por mi edad ya perdí hace pocos días a mi padre, de quien no pude despedirme porque estaba de viaje, no estaba en los planes que durante ésos 20 días de ausencia pudiera partir así que muchas cosas pasan hoy por mi cabeza, las ganas de viajar más y de empezar a entender y a prepararse de que un día nos llegará a nosotros. Comparto éso de que ni 3 días, ni siquiera 3 meses valen la pena estirar sinó es con paz y amor. Lo que sucede en ése río me parece atrapante en el sentido que me gustaría una experiencia como la que relatas, aunque quizás me desmaye, pero vivir una conexión especial como la que cuentas. Sin palabras, GRAN POST!! Felicitaciones (Yo no habria pagado por la foto pero quizás si me metía al río con la GoPro. No se puede?) Saludos

  • Melisa
    Responder

    Ludmila, increíble relato. Hace años vengo posponiendo mi viaje a India, priorizando otros destinos… este año no encontré excusas y finalmente me decidí…viajo en Noviembre.
    Leí este post y me emocioné, desde que saqué el pasaje siento una mezcla de miedo, atracción, felicidad, y un montón de otras sensaciones inexplicables…no me pasó nunca con otro destino.
    La muerte también es un tema para mí, me sentí muy identificada en lo que contaste de tu abuelo. Gracias por compartirlo y por acercarme a India.

  • Carlota
    Responder

    Realmente fuerte. Visite Varanasi este fin de semana y no sabia muchas cosas que aqui comentas, aunque las vi.
    No habia leido un relato tan sentido y tampoco que alguien haya sido tan parte de una ceremonia, valiente tú.
    Saludos desde Delhi.

  • Facundo
    Responder

    Me dejaste shockeado, viajo a India en Febrero, solo, muerto de miedo pero con la curiosidad innata. Hermoso relato, como bien decis, primero a preparar la mente y luego la mochila.

  • Blanca
    Responder

    Hola Ludmila. Me emocionó mucho tu relato sobre el ritual de la cremación ya que a la mujer de mi primo la cremaron. Nose si fue en el Ganges pero supongo que será igual en todos lados. Ahora su alma es libre. RIP Laura.

  • ROCIO
    Responder

    Ludmila, gracias por tu relato, además de información útil, habla de una mente abierta y conciente, me puse un ratito en tus pies y sin prejuicio trate de comprender toda tu experiencia, pero cuando contabas lo de tu abuelito ahí fue cuando se me cayo una lagrima porque recordé al mío que tampoco está más y que lo despedí 1 mes antes que partiera porque me iba de viaje… En mayo viajo a India por primera vez asique estoy con las emociones a flor de piel. Saludos y Buenas rutas !!

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