• por Mónica Barreiro
E

n el viaje inaugural del 26 de mayo de 1864, estuvo el presidente de Paraguay, Carlos Antonio López, junto a toda su comitiva. La llegada del tren era la novedad más grande en la historia de Pirayú y la presencia de las autoridades, un acontecimiento inaudito.

Los pobladores sabían que fueron elegidos solo por su estratégica ubicación, pero no podían contener el entusiasmo por ver a aquel monstruo ruidoso y humeante. Fue el acontecimiento más importante en muchos años, todos llegaban vistiendo sus mejores prendas y muy pocas personas se permitieron perderse el espectáculo.
 La estación se construyó en tiempo récord y fue la única en todo el país a la que, por motivos poco claros, le construyeron dos torres.

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Poco a poco empezaron a llegar más personas a la zona, la cotización de los terrenos lindantes a la estación se multiplicó rápidamente y la construcción estuvo en su apogeo.
 Los martes, miércoles y jueves todo el poblado madrugaba ya que el tren llegaba mucho antes que los primeros rayos del sol. Su paso se daba exactamente a las 4 am, pero ya desde las 3, todos los espacios de la estación estaban copados: en el pueblo sostenían que “al tren hay que esperarle, porque el tren no espera a nadie” y esto, significaba todo un logro teniendo en cuenta la “hora paraguaya” que data ya desde mucho antes y que establece como una ley no escrita que la mañana dura todo el tiempo que uno pase sin almorzar, así que si alguien prometió una visita “por la mañana” no debe sorprender que llegue en plena tarde.


Pero el tren era diferente, era la palabra mayor y esto de llegar en el momento que uno quisiera, no pasaba. Tal vez porque los primeros operarios eran ingleses y lograron instaurar la inaudita puntualidad. La campana sonaba cuando el ferrocarril alcanzaba la altura de Piribebuy, un pueblo ubicado a unos 40 km y la ansiedad de todos aumentaba y se extendía hasta que por fin estaban todos a bordo.


”Lo notable es que a pesar de ser un hábito, los viajes en tren nunca perdieron su encanto para los pasajeros. Era todo un espectáculo, los niños que sabían que tenían que viajar en esta máquina a veces ni dormían en toda la noche por la ansiedad de subir a ese monstruo humeante”, recuerda con un tono cariñoso Domiciano Pereira, un periodista “criado y malcriado” entre los caminos de tierra de Pirayú.

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Sus inicios

Los primeros colonos llegaron a la zona en 1727 y lo hicieron con una basta tropa de ganado vacuno, llevaron sus bienes en carros tirados por bueyes que iban cargados con más ilusión que pertenencias.

Al partir ya sabían que la comitiva completa tenía pocas probabilidades de llegar, porque en ese entonces no existía camino, debían ir haciéndose espacio entre la maleza y cruzar arroyos dando gracias al cielo de que no lloviera, porque si así era, la mejor opción era volver o acampar. 
El punto más crítico de esta aventura fue bautizado después como Paso Malo y ese mismo nombre fue el que recibió después la compañía erigida en la zona.


Los colonos que consiguieron llegar construyeron el pueblo a pulmón, instalaron algunas industrias y trabajaron incansablemente en sus chacras. Más de un siglo después fueron testigos de todo el proceso de construcción de la estación y colocación de las vigas por donde circularía el tren, uno de los primeros en Sudamérica.

En 1856 empezaron los estudios para la extensión de la línea ferroviaria desde Asunción hasta Paraguarí, el primer trayecto del ferrocarril en tierras guaraníes, y Pirayú fue parte de esto ya que está ubicada de manera privilegiada entre los departamentos de Cordillera y Paraguarí.

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Tras el breve paso de los ingenieros ingleses contratados para analizar la factibilidad de la obra, llegaron a estas tierras los primeros soldados del Ejército, que fueron quienes se encargaron del desmonte, terraplenado y tendido de las vías. Con ellos, empezó una pequeña revolución en el apacible pueblo, varios de ellos miraban con interés a las inocentes muchachitas y quedaron tan enganchados que posteriormente, se instalaron en la zona.

La firma inglesa Blyth fue la que trajo las locomotoras, vagones, rieles, planchas de acero, asientos y todos los accesorios que le solicitó el gobierno de Paraguay. Y se trató de una obra de lujo, envidiable para toda la región.

Hasta 1999 este país poseía el último ferrocarril a vapor en el mundo que funcionaba regularmente desde 1861, conservando sus antiguas estaciones y talleres.
 Los martes, miércoles y jueves, por la suma de 10 guaraníes, se podía viajar desde Pirayú hasta Asunción en el tren que llegaba desde Encarnación, frontera con Misiones, Argentina; y se llegaba en una hora. Pero los días preferidos por todos eran los jueves ya que ese día pasaba el tren internacional que los podía llevar hasta Argentina, luego de un pequeño trasbordo en Posadas.
 Este tren pasaba a las 7:30 y muchos de los pirayuenses iban hasta la estación únicamente para sentarse a observar con una mezcla de envidia y melancolía a quienes tenían el “privilegio” de realizar este viaje que para muchos, era inalcanzable.

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Chipa Pirayú


La chipa, un bocadillo tradicional de Paraguay, que es una especie de pan hecho a base de almidón -harina de mandioca-, maíz blanco y queso, es desde entonces el producto estrella de este pueblo.

Las chiperas llegaban con sus canastos de mimbre a la cabeza, con los panecillos recién salidos del horno y su distintiva sonrisa, para proveer de “avío” a los viajantes.
 Es tan famoso este bocadillo que hasta le compusieron una polka paraguaya destacando que los viajeros no se preocupaban si no les daba tiempo para desayunar antes de salir de sus casas, porque llegando a Pirayú se podía ver ya a lo lejos a las chiperas bajando en fila con sus humeantes canastos.

La chipa también cumplió la misión de cupido. Varios galanes se sirvieron de lo irresistibles que eran por aroma y sabor para invitar cordialmente a las señoritas. Ellas obviamente aceptaban gustosas y así se iniciaron varias conversaciones que terminaron en bodas.

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Un 0 km al contado


Pirayú también es el pueblo de Oscar Huespe, uno de sus pobladores más recordados por la hazaña de ir hasta Asunción a comprarse un Mercedes Benz vestido con pantalón corto, una camisa hecha con la tela de una bolsa de harina 000 como era común -pero pobre- en la época y un sombrero.

El pueblo nunca olvida que al volver, además de la alegría por manejar su impecable vehículo, Huespe comentaba que por poco no lo atendieron en la casa de ventas, ya que además, había ido sin zapatos porque estos le molestaban. Pero grande fue la sorpresa de las vendedoras, cuando este hombre sacó de su bolso de tela la suma de 20.000 guaraníes en efectivo para pagar el rodado al contado.

Fueron muchas las familias adineradas que se instalaron en Pirayú, su especial clima que ronda en verano entre los 18 y 28 grados, además de estar rodeada de elevaciones que completan el paisaje y refrescantes arroyos, y la “seguridad” que daba el tren, hicieron que aquellas inversiones fueran incuestionables.

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Sin embargo, lentamente este panorama fue cambiando. Un día se anunció oficialmente que el tren pasaría a funcionar únicamente como atracción turística. Años más tarde, esta actividad también decayó, ya habían rutas más “rápidas y económicas” por las que se viajaba tal vez más cómodamente, pero ya sin la emoción de antaño; nada podría suplantar a aquella máquina y pareciera que la tristeza invadió las calles.

Con el paso del tiempo las vías fueron saqueadas y comercializadas como chatarra. La estación, a pesar de guardar las máquinas de boletos y otros elementos, es solo visitada por algunos turistas que llegan a la zona. Su estructura pide a gritos una restauración prometida por varios gobiernos pero que nunca pasó de los papeles.

Visitar el sitio hoy es un privilegio. Es un lugar lleno de encanto y pareciera transmitir las miles de historias de amistad y romance que allí tuvieron lugar, una ciudad que se quedó en el tiempo, guarda celosamente sus casas coloniales y recibe a los foráneos con humeante chipa.

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  • Mónica Bareiro

    Aunque estudió fotografía, de día trabaja como periodista y por las noches hornea dulces en Detiti para poder cumplir el sueño de hacer su primer gran viaje. Mientras prepara su mochila, recorre de punta a punta su Paraguay (uno de los países más desconocidos de Sudamérica) usando todas sus “armas” para darlo a conocer.

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  • Algo que recordar
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    La pluma y la sensibilidad de Mónica Bareiro desembarcan en Otro Mapa. Nosotros no podemos hacer otra cosa que disfrutar de ambas navegando por sus textos y cruzando los dedos para que nombres y palabras tan sonoramente musicales como “Pirayú” nunca pasen a la historia. Enhorabuena embajadora de Paraguay.

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