A bordo del Tren Transiberiano

  • por Ludmila Greco

Moscú- Москва

Estación Kazanskiy

Jueves

Kilómetro 0.

Privet!

Mi nombre es Anastasia y voy a ser su provodnitsa, encargada de este vagón, durante el viaje ¡Bienvenidos!

Están abordando el mítico y fantástico Tren Transiberiano. Nuestro servicio es el sistema ferroviario más largo del mundo, vamos a ir desde Moscú hasta Vladivostok, en las orillas del Mar de Japón. En total será un recorrido de 9.288 kilómetros. Atravesaremos ocho husos horarios así que estén atentos a ajustar sus relojes. Recuerden que es mayor la diferencia horaria entre Vladivostok y Moscú, que entre Buenos Aires y Madrid. Todo esto, dentro de un solo país.

Al final de coche están los baños y un dispenser de agua caliente. Cuando crucemos Siberia es reconfortante tomar un té caliente, háganme caso. Si continúan por este pasillo van a llegar al coche comedor. Allí van a encontrar bebidas calientes, variedades de sopas y de carnes. Les recomiendo probar nuestro borsh y nuestros varenikes de papa.”

Así se presentó la muchacha encargada de nuestro vagón. Era simpática. No sé de dónde salió esa idea generalizada de que los rusos son borrachos, hoscos e intratables. Bueno, en realidad si sé de dónde salió su fama, pero déjenme decir a favor de ellos que no todos son así. La mayoría son cómo Anastasia: buena gente.

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El tren que tomé era un servicio expres y en sólo seis días permitía estar en Vladivostok, el extremo oriental de Rusia. Tenía dos opciones: hacerlo todo en un tramo y hacer de esta litera mi casa por la siguiente semana o podía bajarme en las distintas estaciones e ir conociendo las ciudades intermedias. Me incliné por la segunda opción. No tenía sentido conocer Rusia sólo desde la ventanilla del tren.

Tras la presentación de Anastasia, el tren arrancó y pude volver a ver la ciudad. Moscú me fascinó y no sólo por su legado. Aquí transcurrió buena parte de la historia del siglo XX. Aquí se tejieron los sueños de la patria comunista. Fue la capital de la Unión de Naciones Socialistas Soviéticas, el país más extenso sobre la faz de la tierra. y, a su vez, el último gran imperio que vimos derrumbarse.

transiberiano - revista de viajes -1Las edificaciones en Moscú son monumentales y solemnes. Tienen la capacidad las Iglesias rusas ortodoxas. La Catedral de San Basilio es más pequeña de lo que imaginaba. En cambio, la Iglesia de Cristo Salvador es toda una obra de arte y no tiene ni un poco de fama de hacerlo sentir a uno muy insignificante. Entre ellas se destaca en particular la Plaza Roja, que desde el tren parecía chiquita, donde desfilaron Lenin y Stalin. Hoy ahí descansan sus cuerpos. El Kremlin no se queda atrás, pero lo que más disfruté fue recorrer todas

Moscú es enorme, una de las capitales más extensas y superpobladas del mundo, pero es fácil moverse. El sistema de metro funciona muy bien y tiene una característica única. En realidad, son dos las características: es el metro con más estaciones y superficie cubierta (más de trescientos kilómetros) y a su vez, es el más profundo (más de cien metros bajo tierra). Además, las estaciones tienen una calidad arquitectónica que se corresponde más un teatro que a un medio de transporte público. Igualmente lo que más me fascinó de la ciudad fue su vida citadina. El ritmo moscovita no tiene ningún desperdicio. Me prometí volver por más tiempo y aprender el idioma ruso.

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Mientras pensaba eso, el tren iba ganando velocidad y la ciudad cada vez quedaba más atrás. Tenía piel de gallina de sólo pensar lo que va a venir. No muchas veces en la vida uno se encamina en dirección a Siberia.

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Kazán – Казань

Viernes

Kilómetro 800

Lo primero que noté fue la gran curva que dio el río Volga, luego un letrero anunció la llegada a la República de Tartaristán. Lo curioso es que no habíamos hecho migraciones ni nadie selló el pasaporte. Era viernes al mediodía y en la estación de tren no había nadie, en la calle tampoco. Eso también me llamó la atención.

Caminé por la larga peatonal Bauman hasta encontrar la dirección que tenía anotada. Nicolai, el muchacho que trabaja en el hostel me ayudó a resolver mis dudas y me puso aún más en tema. Me aclaró que él es ruso y no tártaro, es más que de tártaro no sabe más que dos palabras y con eso marcó una diferencia. Me contó de los origenes de este pueblo turco y de los sucesivos intentos fallidos de independizarse de Rusia. Así y todo se los reconoce como un república con su propia constitución y parlamento, pero a nivel presidencial deben referirse a la Federación Rusa. Me invitó a almorzar y tengo que confesar que la comida tártara es riquísima. A todo esto, me seguía llamando la atención la poca gente que veía en las calles. Todas mis dudas se disipan cuando, luego de visitar el Kremlin, llegué a una gran mezquita. Allí estaba todo el pueblo tártaro rezando. Era viernes al mediodía.

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La mezquita Qol Šärif es increíble y está totalmente reconstruida. La terminaron recién hace unos pocos años. La religión tampoco sobrevivió a los años rojos.

Ekaterimburgo – Екатеринбург

Domingo

Kilómetro 1.778

Decidí hacer otra parada antes de llegar a Siberia, además ya había cruzado los Montes Urales, el límite natural entre los dos continentes y quería tocar el suelo asiático. Europa quedó del otro lado.transiberiano - revista de viajes -6

Ekaterimburgo debería llamarse la ciudad “de la sangre derramada” o “el lugar donde todo finalmente terminó”. Fue aquí donde la familia Romanov fue asesinada. El sótano de la casa Ipátiev fue su última morada. Hasta allí llegaron con hambre, sucios y humillados por los comunistas. La época zarista de Rusia llegó a su fin, definitivamente, junto con ellos.

En el sitio donde todos los Romanov fueron fusilados a quemarropa hoy se erige una imponente iglesia y son muchos los creyentes que vienen a rendir sus respetos. Aunque son los menos, algunas personas consideran santos a los miembros de la familia real.

El tren salió misma noche. Ya estaba en Asia y dispuesta a adentrarme en Siberia. La sola idea de imaginar el frió que me podría llegar a encontrar me hizo pensar que toda la ropa térmica que tenía no era suficiente. Supuse que para Siberia no hay abrigo suficiente.

Irkutsk – Иркутск

Martes

Kilómetro 5.185

El paisaje desde la ventanilla comenzó a ser cada vez más desértico. Los pueblos comenzaron a distanciarse, los árboles a ponerse cada más amarillos y los vidrios de las ventanas de empañaban con demasiada frecuencia. Ya no me quedan dudas, estamos acercándonos al corazón de Siberia.

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Finalmente el tren se detuvo y logré traducir del cirílico el nombre de la ciudad. Estábamos en Irkutsk, una de las ciudades más antiguas de Rusia. Las casas parecen decir lo mismo. Todas de madera y pintadas de colores. El problema es que están todas chuecas y torcidas. Dicen que tiene que ver con la nieve y el deshielo. Es tanta el agua que corre cuando la nieve se derrite que todas las maderas se humedecen y con el correr de los inviernos comienzan a perder la forma originaria. Sin embargo, la ciudad es pintoresca. Las cúpulas de las iglesias ortodoxas acompañan el largo y ancho río Angará. Yo también me decidí a acompañarlo. Quería llegar a su nacimiento a orillas del Lago Baikal.

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Baikal es el lago más profundo del mundo (con unos 1.700 metros de profundidad) y también es uno de los más cristalinos y es dónde se almacena el 20% de las reservas de agua dulce de nuestro planeta. Se puede visitar de muchas maneras. Yo, elegí adentrarme en la Isla Olkhon. El paisaje es fascinante y a la vez, desolador. El viento sopla fuerte y alrededor del lago todo es tierra yerma. El frío y el viento no dejan crecer nada. Así y todo hice el esfuerzo e intenté salir a caminar. El viento me echaba para atrás pero igual con guantes me puse a leer a orillas del lago. Es un sitio chamánico y quería, con todas mis fuerzas, empaparme de su energía.

En tres días salía mi tren rumbo a Vladivostok. Pero el otoño llegó antes de lo previsto y el fuerte frío me invitaba a bajar al sur. Decidí cancelar mis planes y cambiar mi pasaje. La brújula dejó de señalar el este, para ponerse rumbo al sur. El nuevo itinerario me llevó a embarcar en el Tren Transmongoliano con dirección a Beijing, China. Pero primero una parada en Mongolia.

  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

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