• por Lucas Fernández Canevari

“Viajar es uno de los placeres más tristes de la vida.”

Madame de Stäel 

R

evolví el fondo de la mochila en busca de esa remera rota que ya había dejado de usar. Sabía que después de hoy me iba a deshacer de ella. Aquella vez, revolver la mochila, fue como revolver el viaje. Nuestros días en India estaban llegando a su fin y la semana siguiente volaríamos hacia Buenos Aires, con una escala de dos semanas en Europa. Estábamos en Jaisalmer, el corazón del desierto de Thar. Una ciudad que sirvió hace cientos de años para descansar y aprovisionar las caravanas que cruzaban el desierto, y que hoy vive del turismo.

Jaisalmer, se ubica a sólo cincuenta kilómetros de la frontera con Pakistán. Es una ciudad muy chica para ser India, menos de 80.000 habitantes. El centro neurálgico de la ciudad es el fuerte de color arenisco que se camufla con el desierto y alberga toda una ciudadela en su interior: templos, escuelas, restaurantes y mercados. Al igual que en el resto de Rajastán, Jaisalmer también fue escenario de batallas, de Marajahas y de princesas indias que miraban la luna desde sus pomposas habitaciones. Es difícil no pensar en aquellos años de la Ruta de la Seda mientras uno caminó por las calles empedradas del fuerte y trepó a las terrazas para fijar la vista exacta en el punto en el que el cielo se funde con el desierto.

Aquel día era Holi, la famosa fiesta donde se lanzan polvos de colores, y si bien tenía esa fecha marcada en el calendario desde hacía varios meses, no podía dejar de mirar para atrás, y mientras buscaba bien en el fondo venía a mi mente el recuerdo de los primeros días en Delhi, lo impactante del Golden Temple, la guerra de Cachemira, el sonido del saludo Julley en Leh y los muertos de Varanasi. Venían olores de los mercados, sonidos de los templos, rostros de la calle. Más que nunca veía el pasado con mucha añoranza, sabiendo que esto se terminaba y por más que fuera un hasta pronto, esas primeras impresiones nunca se iban a poder repetir. Aquello era único. Luego, por más que volviésemos todo estaría sesgado por los recuerdos y los prejuicios.

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Pero también sabía que Holi era el cierre: la frutilla del postre. Un punto que marcaba el fin de un viaje. Después de esto quedaban unos días en Delhi para comprar condimentos y así no extrañar tanto los sabores. No mucho más.

Habíamos pasado ocho meses en India y ¿qué había aprendido? “Los viajes cambian a las personas” “Te hacen ver las cosas de otra manera” “Viajar sólo tiene sentido si vuelves con alguna respuesta en la maleta”. Yo sentía que no había cambiado nada y que no tenía ninguna respuesta de vuelta a Buenos Aires.

Con todas esas preguntas y melancolías encontré la remera. Me cambié, me lavé la cara y salí a la calle.

Lo primero que recibí fue un abrazo, una caricia en el cachete con una mano de llena de polvo de color verde y un saludo de Happy Holi. Era Shiva, el dueño de la guest house donde nos alojábamos. Atrás de él vino a saludarme el señor que tenía un pequeño almacén al lado y la señora a la que le comprábamos frutas. Todas las personas que habíamos conocido en estos días se nos acercaban con una sonrisa y la palma de la mano llena de polvos de color.

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Esa mañana, las calles se habían puesto en movimiento desde temprano. Los grupos de niños ya se habían apoderado de las esquinas y de algunas terrazas. Otros, ya estaban en guardia observando todo desde los techos de las casas y de los locales que permanecían cerrados. Las familias comenzaban a llegar y los abuelos traían a sus nietos de las manos. Los grupos de amigos ponían música y bailaban al ritmo de los últimos hits de Bollywood. Nosotros, por nuestra parte, ya estábamos preparados. Llevábamos la ropa más vieja que cargábamos en nuestras mochilas y unas bolsitas con polvos de colores en los bolsillos. En las calles también había perros y vacas ya coloreados y grupos de turistas ridículamente vestidos de blanco. Yo también debía verme ridículo. Un tipo de más de 1,90 metros con barba larga y la cara teñida de violeta.

Nos encontramos con Arun, lo habíamos conocido la noche anterior cuando en la puerta de su casa se había encendido una gran hoguera. Era un señor de un tupido bigote y unos 45 años. Era un poco gordo, lo que en India significa tener dinero. En aquella noche la luna increíblemente redonda y roja daba un color más cálido a las paredes del fuerte. La gente, yendo y viniendo, le daba más alegría a la ciudad. Las hogueras que se prendían en el medio de la calle le daban una atmósfera más festiva. Aquella noche de marzo, la luna roja iluminaba al mismo fuego que da comienzo a Holi. Aquella noche se celebraba el triunfo del bien sobre el mal. Arun fue nuestro interprete y nos explicó el significado de Holi.

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Me miró y dijo fuerte, casi gritando:

-Linda remera -lo dijo irónicamente. A los indios les cuesta entender a los occidentales que nos dejamos llevar tanto por la imagen. Mi silencio lo incomodó, pero siguió hablando- Un día como hoy no importan las castas ni el dinero.

El barullo que nos rodeaba era ensordecedor. Él tenía la cara roja, llena de polvo. Su cara era redonda y los polvos de colores se habían infiltrado entre sus largos y redondeados bigotes. Todos estábamos rojos y llenos de polvo. En un principio se distinguían otros colores, los verdes, los amarillos, algún violeta o azul, pero al final todo se tornó rojo. Hasta las paredes areniscas del fuerte se llenaron de color. Una vez al año sucede esto, una vez al año, este fuerte, deja de camuflarse con el desierto.

-¿Ven eso que están tomando en esos pocillos de arcilla que parece leche? Es Bhang Lassi. Es decir, una especie de yogurt con marihuana. Hoy todo está permitido.

Por como lo dijo, y por su sonrisa adiviné que ya se había tomado al menos uno. En el medio del patio había una olla, de donde los jóvenes se servían. Aunque no sólo los jóvenes. Algún señor un poco canoso y hasta algún chico, entre bromas y chistes, se agarraban un poco.

En las afueras del fuerte había un bhang shop, un local que vendía todos productos con marihuana. Lassi, galletitas o brownies. Es un local aprobado por el gobierno de India. Días como hoy alcanzan su récord de ventas.

Nos habían hablado de lo peligroso que podía ser Holi donde jóvenes excitados y con marihuana en su ser usaban la excusa de que es un festejo, de que no importa nada y de que vale todo para aprovechar y poder tocar una teta por primera vez o apoyar a una rubia mientras le llenan la cara de polvo. Nada de eso vimos o escuchamos.

Yo me detuve a observar a un señor mayor que estaba jugando (sí, esa es la palabra correcta) con quien parecía ser su nieto. Ambos estaban descalzos lanzándose polvos de colores. Esa escena, ese instante de unión familiar, fue para mi el mejor ejemplo que define Holi. Una fiesta donde todo un enorme país se detiene a celebrar. Donde uno se olvida de las deudas, los problemas, los rencores y sale a abrazarse con todos los vecinos. Es la pausa necesaria de un pueblo. Es un país que se pone de fiesta. Se percibía la alegría propia de los festejos.

Estando allá nos acordamos de nuestros carnavales latinoamericanos. De los corsos en Buenos Aires, las comparsas en Entre Ríos, de la chaya riojana, del compadre y la comadre en Jujuy. Recordamos el carnaval en Bolivia. Existe una necesidad intrínseca al ser humano de celebrar y marcar ciertos rituales profundamente.

El origen I

Hay quienes dicen que Holi hace referencia a Holiká, la malvada hermana del rey Hiranyakashipu y tía del príncipe Prahlada. El rey en cuestión era muy engreído. Considerándose la única deidad a la que su pueblo debía adorar. Pero su hijo, el príncipe Prahlada, decidió seguir adorando al Dios Vishnu. Razón por la cual su padre se enojó.
Por más castigos y amenazas, nada cambiaba la postura del hijo. Y aquí aparece la malvada tía Holiká. Para ella la única salida posible al enredo familiar era matar al príncipe. Siendo así llevó a Prahlada frente a una gran fogata. Le dijo que si su Dios era realmente Vishnu, él se iba a salvar y ella iba a morir quemada. Si el dios supremo era el rey, ella sobreviviría. Lo que no le dijo es que ella llevaba un manto ignífugo que la protegía de las llamas.
Al someterse a la hoguera, el manto cambió de dueño y protegió a Prahlada, que vio como su tía moría abrasada por las llamas. El dios Vishnu, aquel al que adoraba el príncipe, apareció justo en ese instante y mató al rey arrogante. De este modo, Holi celebra el triunfo del bien sobre el mal.

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El origen II

Otra versión que tiene como protagonista el dios Krishna. Krishna se caracteriza por su color de piel azul. En su juventud, Krishna se enamora de la bella Radha. Ambos desesperan al comprobar que él es azul y ella blanca como la leche. Su madre, Yashoda, cansada de la desesperación de su hijo, le permite acercarse a Radha y pintar su cara con el color que a él más le guste. Él llena su cara de colores, convirtiéndose en pareja en ese preciso acto. Este juego de colores se conmemora en Holi.

A lo largo del tiempo, los hombres inventaron festejos. Sea con una explicación religiosa, que la luna, que la cuaresma, que Krishna o que el tío en Potosí. No importa. Es la excusa. Es volver a jugar, es volver a ser niños, perder la identidad, es ensuciarnos, mojarnos, bailar y reír como si el mundo se acabase ahí.

Al menos una vez al año no importan ni las deudas, ni el desamor, ni las castas, ni la reencarnación. Una vez al año celebramos estar vivos.

El fin del festejo encontró a una centena de personas coloridas saludándose, abrazándose, llevándose las manos al pecho y haciendo una pequeña reverencia. Afectivamente nos despedimos de quienes compartieron la celebración con nosotros. Fue como empezar a despedirse de India. Se terminaba Holi, se terminaba nuestro viaje. Al volver al guest house no pude tirar esa remera rota y llena de colores, la guardé como un recuerdo de lo que significó el viaje, para valorar todo lo vivido.

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Al día siguiente partimos. Estábamos los dos sentados en el tren con destino a Delhi. Cada uno con un chai en la mano, en silencio.

El imponente, dorado y camuflado fuerte de Jaisalmer, que el día anterior había alojado una fiesta se hacía cada vez más chiquito. Ahora solamente veíamos kilómetros y kilómetros de arena, quizá alguna choza, grupos de cabras, algunos escasos arbustos y algún molino de energía eólica. Tal vez sea problema de nuestro origen rioplatense y del tango, pero sentía que cuando uno viaja, va generando nostalgias a su paso.

En la siguiente parada subió un indio joven, que buscaba demostrar de cualquier forma posible que él pertenecía más a cualquier país de occidente que a India. Me nombraba actores de Hollywood y nombres de la familia real. Me hablaba de la cantidad de rupias que iba a ganar por mes cuando terminara su carrera de ingeniería y de que su sueño era comprarse una moto Royal Enfield. Estábamos en otra sintonía, yo comenzaba a emprender mi regreso a Buenos Aires sin saber qué iba a hacer después. El dinero, las motos, Hollywood y las familias reales no me llamaron nunca la atención.

Parecía no darse cuenta de que casi ya no lo escuchaba, y me dedicaba más a mirar por la ventana. Mientras me decía que en Bangalore iba a poder encontrar un buen trabajo llegamos a una nueva estación. En busca de silencio bajé a comprar dos chai más, pero no sin antes revolver con ímpetu mi mochila para encontrar esa remera manchada por Holi. La dejé en la basura, y mientras pedía dos tés me di cuenta de que India sí me había cambiado en algo, había aprendido a soltar. Soltar y dejar fluir.

  • Lucas Fernández Canevari mochilasenviaje.com

    De chico los libros lo indujeron a una vocación, ser detective. Algo que hoy ejerce, pero cómo detective de otras culturas, de otras maneras de concebir el mundo. Para lograrlo cree que hay tres elementos que son indispensables: el viajar, la lectura y la fotografía. Como todo detective goza de buena memoria, pero la malgasta recordando resultados de los mundiales de fútbol. Parte de sus ideas las escribe en mochilasenviaje.com junto con su fiel compañera Ludmila.

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