Ritos de paso en Etiopía: el jumping bull de los hamer

  • por Alicia Ortego

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Los ritos de paso son… eso, ceremonias, rituales, fórmulas que las culturas, etnias, sistemas de creencias, sociedades e incluso grupos dentro de esas sociedades, establecen para simbolizar o formalizar el paso del individuo a un nuevo estatus.

Suena muy enrevesado pero si te recuerdo la comunión, o la fiesta de graduación de tus estudios, entenderás de qué te hablo.

En las sociedades y culturas más pequeñas estos ritos de paso son más visibles, y quizá más importantes para la comunidad. Muchos son realmente sorprendentes en sus maneras y formas, otros no tanto, probablemente porque no se arma tanto alboroto o no nos resultan tan ajenos.

Los antropólogos los conocen bien, de hecho ellos fueron quienes definieron esto de los “ritos de paso”. Seguramente no hay antropólogo o etnógrafo que se precie que, yendo a estudiar una comunidad indígena y preferentemente rara y exótica (poniéndole un poco de humor a la profesión como muy bien hace Nigel Barley, a quien os recomiendo leer porque os lo pasaréis genial con sus libros, especialmente El antropólogo inocente), no incluya al menos un rito de paso en el análisis de “su” comunidad.

Si fueras un chico hamer (no una chica), por ejemplo, tendrías que pasar el rito-reto del Jumping Bull. Por supuesto este es el nombre occidental, y no el de su idioma que viene a ser algo así como Bar-Mitzvah. Pero a lo que vamos…

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Si fueras un chico hamer de a partir, pongamos, 18 años, llegaría el momento en que como todo hamer que se precie tendrías que organizar tu paso a la condición de adulto, con derecho a contraer matrimonio. Para ello, la tribu te pediría que demostrases que estás preparado para la vida… de hamer, claro, así que en primer lugar te irías a vivir solo durante un mes, alimentándote únicamente de leche, sangre y miel para purificarte.

Además te entrenarías para el Gran Día.

Bien, llega dicho día. Tu familia lo ha preparado todo. Ha invitado a toda la gente que ha podido. De hecho, cuanta más gente venga a tu fiesta, más prestigio tendrá tu familia, que demostrará a todo el mundo cuál es su nivel social y económico.

Tú has adelgazado durante ese mes (a ver, mucho ejercicio y casi todo proteína en tu estómago), y alguien te ha cortado el pelo de una forma singular y diferente al peinado típico de la tribu. Parece que se trata de que destaques, o a lo mejor es una forma de representar tu purificación, tu cambio. Sí, seguramente sea eso porque al fin y al cabo estamos celebrando el cambio.

Tu atuendo es muy sencillo, casi harapiento frente al resto de los invitados que lucen desde preciosas plumas de aves en la cabeza, hasta relucientes kalashnikov.

El punto de reunión es el lecho seco del río que pasa a unos kilómetros de tu aldea. Bajo un sol infernal, la gente va llegando y al principio se sientan bajo la sombra de los árboles y arbustos de la orilla.

Tu grupo de amigos, tus pares en términos antropológicos, se retiran a pintarse la cara con pigmentos naturales preparados por los mayores: ocre, blanco, negro. Con las piedras machacadas, las cenizas de las hogueras y grasa animal preparan las pinturas “de guerra” y se las aplican en el rostro. Todo en tu honor.

Info

La tribu hamer vive en el Sur de Etiopía, en la región llamada Naciones, Nacionalidades y Pueblos del Sur. Posiblemente esta sea una de las regiones de África con más tribus que aún mantienen sus ancestrales formas de vida, muy amenazadas actualmente tanto por los planes de construir presas hidroeléctricas que les dejarán sin el agua del río Omo y sus afluentes, como por el turismo que sin ser masivo, lleva ya décadas visitándoles. Los hamer son una de las tribus más numerosas de la región, se dedican al pastoreo de vacas y cabras y a la agricultura (sorgo, sésamo, alubias) y viven al norte del Lago Turkana. Otras tribus vecinas, algunas amigos y otras enemigos ancestrales son los Mursi, Arboré, Karo, Surma. Nombres que con tan sólo oírlos, te hacen viajar.

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Mientras, las chicas, que llegan en grupos orgullosas y desafiantes, con la cabeza bien alta, se aprestan a bailar y cantar en la arena del río seco. Para ello se reúnen en círculo, mirándose unas a otras y dando la espalda a los espectadores. Llevan el cuerpo y sobre todo el pelo untado con color ocre y grasa animal, pieles atadas a la cintura adornadas con cuentas de colores y grandes cascabeles en las rodillas y tobillos. Igual que los chicos, llevan pendientes y collares de colores. El baile consiste en saltar en vertical rítmicamente, recordando un poco a los Massai, acompañando el sonido de los cascabeles con el de unas trompetillas de metal que llevan colgadas del cuello.

Además, se protegen el pecho con camisetas occidentales. Sí… porque como sabes, en esta parte del ritual llegará un momento en que ellas piden a los chicos que les peguen en la espalda con ramas hasta hacerles sangrar para que puedan lucir “bonitas” cicatrices que son parte de su atractivo sexual.

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Y oye, que los hamer os tomáis muy en serio esto del sexo. De hecho, tú ya has tenido relaciones y aquél que no lo haga antes del matrimonio como que no es bien visto, porque al fin y al cabo es la mejor forma de saber si te casarás con alguien que te satisface en la cama o no (y esto último sería un desastre o una pena).

Sí, las chicas piden que tus amigos les peguen en la espalda. Si uno lo hace de manera suave, ellas se enfadan y le retan a pegarle más fuerte. Es una costumbre que los pocos occidentales que pasan por allí y pagan los birr (moneda de Etiopía) que tu padre ha indicado para presenciar tu fiesta, no entienden. De hecho, los blancos se espantan. Pero las reacciones de tus amigas son muy claras: ellas se ríen si les pegan fuerte y se enfandan si no lo hacen como quieren.

Tú, mientras, das vueltas por aquí y por allí, saludas a la gente pero la mayor parte del tiempo estás como ausente, esperando, tenso. Quizá después de vivir solo durante tanto tiempo te cuesta volver a relacionarte. Pero no, va a ser que estás nervioso porque el tiempo avanza inexorablemente y en unas horas te tocará pasar la gran prueba, esa para la que te has entrenado tanto y que además, si fallas… todo se anulará y tendrás que volver a partir de cero, además de prolongar tu estatus de niño cuando ya no lo eres (menudo fastidio), y de no poder casarte con tu amada.

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Por fin llega la hora. Tus amigos salen de su escondrijo, allí donde se pintaban, y toman el camino de la aldea a la carrera. Lo del camino es un decir, o más bien una dirección porque no se distingue ningún sendero claro. Tú les sigues y después tu padre y hermano, y después todos los asistentes.

Tras de una hora y media de caminata rápida donde sólo se oye el murmullo del idioma hamer, los cascabeles y el rebaño de vacas que compartirán el protagonismo contigo en la siguiente fase de la ceremonia, llegamos a un terreno despejado a unos cientos de metros del pueblo.

Se reúne a los toros de grandes cuernos elevados al cielo. Tú no estás allí si no en un corral de ganado, preparándote para la que se te viene encima. Te desnudan, te atavían únicamente con un par de cintas vegetales cruzadas en el pecho y te dan los últimos consejos, y ánimos.

Por fin llegas a donde está todo el mundo esperando y empiezas a circular entre los toros a fin de escoger los que te parecen mejores. Entonces tus escuderos las alinean en fila, una junto a otra, manteniéndolas más o menos quietas cogiéndolas por el rabo y los cuernos. Tú decides cuántos toros vas a saltar. El mínimo es de cuatro, pero puedes poner más, todo depende de ti. Tu entrenamiento no ha podido ser con toros de verdad, eso está prohibido, pero en un acto de valentía decides que sean nada más y nada menos que 6.

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El sol va cayendo. Se hace el silencio. Tienes que saltar sobre las 6 vacas, 6 veces. Tres viajes de ida y tres de vuelta. No te puedes caer al suelo en ningún momento. Si lo haces, fallas y ya sabes lo que pasa: no lo consigues, sigues siendo un niño, tendrás que volver a intentarlo dentro de unos meses o quizá un año.

Acometes el primer “viaje”… en la penúltima vaca uno de tus pies desnudos resbala ligeramente y parece que te caes. Todo el mundo, unas 300 personas o más, emiten un “uuuyyyyy” pero tú no te caes y terminas ese salto, y el siguiente, y el siguiente, y el siguiente.

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¡Lo has conseguido! ¡Ya eres un hombre! Todo el mundo te felicita y hasta te ponen al cuello una guirnalda hecha con hojas verdes. A ti aún no te sale la sonrisa. Seguramente estés como alucinando, procesando tu propia hazaña.

Quizá estés pensando en que esto no ha terminado porque aún queda otro mes de soledad sobreviviendo sólo con tus manos, en el campo, enfrentándote a los genios y almas nocturnos cuando no a las fieras (desgraciadamente quedan pocas, no te apures), aunque quizá con la imagen de tu amada en la mente, aquella con la que te quieres casar todo se haga más llevadero.

Ya casi es de noche y para ese día sólo queda la fiesta de verdad: banquete a base de cabra asada, y cerveza a raudales. Durará hasta muy tarde y seguramente habrá mucho ligoteo.

  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

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