Timor Oriental, el olvidado del Sudeste Asiático

  • por Nicolás Raposo

E

n el 1515 llegaron los portugueses, y tras muchos años de poco hacer, cedieron, en 1975, a Timor su independencia. Tan solo nueve días después Indonesia, apoyado por EEUU, ocupó el territorio y se encargó de escribir las páginas más oscuras de su historia. No fue hasta 1999 que tras un referéndum el pueblo votó su independencia y, recién en el 2002, con presidente electo, Timor se hizo llamar en el mundo como República Democrática de Timor Oriental, país independiente.

No mucho más era lo que sabía de Timor. Se me presentaba como un país con un gran signo de interrogación, pero su historia y lo poco que se conoce me daban muchas ganas de pisarlo y darle la oportunidad de mostrarme lo que era.

Tras solucionar problemas de papeles y de sacarme una selfie con los oficiales por pedido, empecé a transitar el limbo, ese pedazo de mundo en el que uno no sabe dónde está. No es Indonesia ni tampoco Timor, ¿será como las aguas internacionales pero de tierra? No importa, sigamos caminando que hace calor. Paso un puente, aprecio la presencia del mar a mi izquierda, y por fin visualizo lo que buscaba: Bem vindos a Timor Leste / Bienvenidos a Timor Oriental leí en el gran arco que hacía de puerta de entrada. Pagué mi visa, recibí el sellito difícil del álbum y, nuevamente, subí a la minivan. Próximo destino: Dili, la capital timorense.

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A minutos de salir la minivan frena a un costado. Algún problema mecánico, pensé. No, un pequeñito e improvisado mercado era la razón. Y por pequeñito me refiero a tres mesas con algunas frutas, ajo y tomates medios verdes, nada de licuados o sándwiches, solamente lo que se había podido conseguir para pasar un día más. Al parecer los del transporte le hacían el favor de frenar para ganar alguna venta, aunque no por los turistas que iban en ella ya que, junto con Andrea, éramos los únicos no indonesios o timorenses en esa minivan.

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A partir de allí todo se volvió gris, como una vieja película de Chaplin. Nada por aquí, nada por allá. Todo desierto. Tierra y plantas secas dominaban el paisaje. Cada tanto alguna pequeña choza que hacía de vivienda rompía con la monotonía. Lejos quedaba ya el verde de los tomates y el amarillo de las bananas.

Bastaron cinco horas para que todo cambie. De golpe la tierra le dejó lugar al cemento, los negocios empezaron a aparecer, con ellos concesionarias, restaurantes, publicidades de celulares y hasta algún que otro centro comercial. Mi asombro era visible. Hasta hace media hora estaba en la nada misma y de golpe Dili era como un oasis en medio de ese desierto.

Llegamos. Dejé mi transporte justo en el lateral del palacio presidencial, donde un simpático guardia me dio la bienvenida mientras, aun asimilando la confusión, esperaba que mi host mi viniera a buscar. Una vez más Couchsurfing sería la respuesta a muchas preguntas.

Se trataba de dos hermanos portugueses, cuyos padres timorenses huyeron hacia Europa en la época más oscura y difícil del país. Hoy ellos volvieron donde debieron pertenecer, aunque atraídos no solo por los lazos afectivos sino también por razones económicas. El gobierno local, en la búsqueda de atraer mentes y mano de obra calificada de habla portuguesa para el crecimiento del país, ofrece a profesionales puestos en los distintos sectores públicos con sueldos hasta cinco veces más altos que en Europa. Esto explica los autos últimos modelos, las grandes casas y los precios dolarizados de primer mundo. Pero también explica la contracara: las chozas al costado de la ruta, el pequeño puesto de verduras para sobrevivir y los asentamientos a unas cuadras del palacio presidencial.

¿Cuán valedera es esta “estrategia”? Mientras muchos extranjeros se hacen la vida en cinco años y regresan a sus países con una cuenta bancaria abultada y una historia tercermundista que contar, los locales, en su mayoría sobrevivientes del genocidio indonesio, luchan por conseguir del mar y de la tierra lo que les permita subsistir.

La historia fuerte de Timor es tan reciente que conocer gente directamente ligada a ella no es nada difícil. Por suerte Michael, quien no tenia lugar para hospedarme, se ofreció a mostrarme la ciudad. Su esposa es hija de quien había luchado en la resistencia, y debido al asedio indonesio tuvieron que abandonar todo y adentrarse en la selva, lo que fuera su hogar durante varios años. Allí también nació su hermano y me contó tremendas historias al tener que salir a cazar algo que los alimentara.

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La piel de gallina aparecía cuando escuchaba sus relatos. Pensar que este era tan solo un caso de los miles más que debía haber por ahí. Gente dejando su vida entera y huyendo hacia las selváticas montañas para, paradójicamente, salvar sus vidas, sabiendo que mientras tanto a sus espaldas sus casas eran saqueadas e incendiadas.

Lo primero que Michael quiso mostrarme fue un monumento que conmemoraba una imagen que había destapado la olla y dado a conocer al mundo lo que sucedió ahí adentro. Mundo que hasta ese momento decía o prefería mirar para otro lado. Increíblemente, uno de las personas conmemoradas era el tío de los hermanos que me hospedaron, quien después de exiliarse decidió volver al país a vivir en su tierra. Esta imagen surgió de una matanza a manos de soldados del país vecino en una manifestación pacífica de estudiantes. Está en un cementerio que hoy no solo cumple su función sino que también quedó marcado como un lugar icónico del país.

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Mis días en Dili también sirvieron para visitar atractivos. Conocí algunas de sus hermosas playas, visité su Cristo en la punta de un cerro al mejor estilo Rio de Janeiro, caminé y ví atardeceres en su bella costanera y me perdí por sus calles.

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Sin lugar a dudas Timor me enseñó mucho, no solo de historia sino también de la lucha por lograr un deseo, ya que más del 80% de la población votó a favor de la independencia aun sabiendo que serían masacrados por Indonesia, hecho que terminó sucediendo.

Si había una forma ideal de despedirnos de este país era sintiendo el cálido toque local. Y así sucedió, esa tarde un hombre me vio parado y me preguntó, con cara y voz inquisidoras, de dónde era y si estaba ahí por negocios (hasta ese momento, no sabía que parecía hombre de negocios). Mi respuesta, seguida de Argentina, fue que solo estaba ahí por turismo conociendo el país. Instantáneamente su postura y su voz mutaron. Estrechándome la mano con una gran sonrisa y con ojos bien abiertos me dijo “gracias por venir a conocer mi país”.

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  • Nico Raposo

    Aficionado a los deportes. Hombre de buena memoria. De chico me entretenía mirando todas las banderas al final del diccionario. La de Nepal siempre fue su debilidad por ser diferente, razón que debe explicar sus ganas de conocer ese país. Hoy, trata de fotografiarlas en vivo y en directo. Cuenta sus historias junto con Andre, su compañera de vida y de viaje, en su blog http://altibajosenmochilas.com.

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