El tipo que odiaba el carnaval

  • por Sebastián Cabrera
Y con la resaca a cuestas
vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.
[…]
Se acabó,
el sol nos dice que llegó el final,
por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.
Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta.

FIESTA (fragmento) Johan Manuel Serrat

CONMIGO NO

N

unca me gustó el carnaval, ya desde chiquito.

«Está bueno», me decían. Pero no era para mí. Eso de ir por la calle y que te tiraran un baldazo de agua no me parecía divertido. Y nunca tuve buena puntería así que tirar bombitas1 tampoco era lo mío. No, yo no era de los que corría y le reventaba una bombucha1 en la remera de las nenas para que se les transparentara la malla. Yo era de los que se quedaban atrás, los que tiraban desde lejos, los que le pegaban a la pared.

Años más tarde seguían insistiendo con que el carnaval era divertido. «Podés ir al corso, a bailar con las murgas». ¿Bailar? ¿a qué afiebrada mente se le puede ocurrir que eso que hacían las murgas era bailar? Esa situación idealizada poco tenía que ver con la realidad.  Vos ponías un pie en el corso y un enajenado te atacaba desde atrás y te llenaba los ojos y los oídos de espuma y desaparecía antes de que te pudieras secar la cara. Y las murgas no eran más que hordas de gente vestida de colores saltando anárquicamente tratando de seguir el confuso ritmo de los tambores. Todos sonrientes en medio del caos, todos menos yo.

Pero los amantes de esta fiesta lejos estaban de rendirse en su cruzada, porque para ellos no había nada mejor que un tipo que odiara el carnaval, era un desafío: un ateo de las comparsas al que había que convertir. Al llegar la adolescencia las voces de la experiencia situaban a la Meca del carnaval en Gualeguaychú2. Ahí sí se festejaba, allá sí se bailaba rodeados de hombres y mujeres hermosos; «eso» era el carnaval.

Y entonces fuimos. Conseguimos un auto, manejamos los 230 kilómetros, alquilamos una habitación en la ciudad repleta de turistas y a la noche nos dirigimos al corsódromo. Música en vivo, jóvenes hermosas y muchachos musculosos, todos bailando con trajes llamativos, y, en las gradas, una multitud de gente para… mirarlos. Esta vez la fiesta era realmente más atractiva, más colorida, más preparada, pero de otros. Se mira y no se toca.

No, señores, los tipos con mala puntería, tímidos y pésimos bailarines no nacimos para el carnaval. No vale la pena insistir. Sostuve los embates de los fanáticos una y otra vez, con mi bandera de ‘resistencia anti carnaval’ en alto hasta bien entrada mi época universitaria. Pero una noche me tomaron desprevenido, es que el disparo desestabilizador vino del lugar menos pensado. El profesor de Teorías de la Comunicación hablaba de la cultura popular y destacó el rol del carnaval. No defendía la música,  tampoco el baile, lo que rescataba era la idea que subyacía en la fiesta. «El carnaval es la celebración más subversiva que existe», nos dijo. Y decir subversivo en una facultad de sociales es captar la atención de todos los alumnos.

No, señores, los tipos con mala puntería, tímidos y pésimos bailarines no nacimos para el carnaval. No vale la pena insistir.

DAR VUELTA EL MUNDO

“Invertir el orden establecido, de eso se trata el carnaval”, dijo el tipo, petiso y de anteojos gruesos, al tiempo que lo anotaba en el pizarrón. De repente todas mis aspiraciones revolucionarias se canalizaban mejor en un corsódromo que en un centro de estudiantes. Si esa fiesta se trataba de poner el mundo patas para arriba, al menos en mi caso, ya lo había logrado.

Resulta que es una festividad pagana, cuyo origen se remonta a miles de años antes de Cristo en civilizaciones como la sumeria o la egipcia, y que la Iglesia Cristiana se la apropió y la vinculó con las Pascuas. Tenían lugar en el Año Nuevo, cuando ocurría el tiempo entre un ciclo agrario y el siguiente. En esos días que iban desde el final de un ciclo hasta el comienzo de uno nuevo se vivía un ‘no tiempo’, un momento a partir del cual todo concluye y todo recomienza. Ese lapso de ‘suspensión del tiempo’ es el tiempo de la fiesta. Y entonces también se suspendía el tiempo del trabajo y, con él, las diferencias de edades, sexo y jerarquías. Era un retorno al caos original.

El profesor habló de excesos, de violencia y de orgías, de la importancia de las máscaras para reforzar la pérdida de identidad. Durante el tiempo de la fiesta se subvertía el orden social. Era un momento donde se liberaban todas las inhibiciones y por eso resultaba peligrosa en sociedades muy estructuradas. Caos y regeneración. Ésa fue la razón por la cual la Iglesia buscó institucionalizarla.

De repente todas mis aspiraciones revolucionarias se canalizaban mejor en un corsódromo que en un centro de estudiantes. Si esa fiesta se trataba de poner el mundo patas para arriba, al menos en mi caso, ya lo había logrado.

Caos-y-regeneracion

CON OTROS OJOS

Dar vuelta el mundo, de eso se trataba el carnaval, aunque sea por un rato. Los tambores retumbaban en mi cabeza como llamándome la atención. La simbología resignificaba todo: ese muñeco grandote y berreta del Rey Momo pasó a ser el soberano carnavalesco que desafiaba al verdadero Rey, el desorganizado desfile de la lucha de comparsas tenía que ver con expulsar los demonios y los baldazos de agua con borrar los límites. Era la sociedad oprimida que se rebelaba.

Fue como un golpe, un cachetazo en la cara. Toda mi resistencia estoica se vino abajo en una noche. El caos cobró sentido y la fiesta dejó de resultarme ajena. El carnaval ya no era de los otros.

Por eso, si el año que viene pasan por un corsódromo me pueden buscar. No me verán corriendo gente tirándoles espuma, tampoco saltando al ritmo de los tambores, pero, si miran bien entre la multitud, van a encontrar a un tipo apoyado contra una columna, observándolo todo, con los ojos bien abiertos, y una sonrisa dibujada en el rostro.

Referencias

  • 1: Bombitas: globos rellenos con agua que se arrojan entre niños para mojarse y cuya marca más tradicional es bombucha.
  • 2: Gualeguaychú es una localidad de la provincia de Entre Ríos en la cual se celebran los carnavales más famosos de la Argentina.
  • Sebastián Cabrera cruzarlapuerta.com

    La primera vez que reconoció una vocación fue la de contar historias y así pasó por aulas de taller literario, periodismo, guión y cine. La segunda fue viajar y la tercera observar  animales en libertad. Desde aquel día trata de juntar las tres para escaparse cada vez que puede a explorar distintos rincones del mundo. De tanto aburrir a su familia con las fotos de sus viajes decidió abrirse un blog, cruzarlapuerta.com, y liberarlos de aquel yugo dominical. Tras doce años de trabajar en noticieros encontró en Otro Mapa la oportunidad de hacer, por primera vez, periodismo.

  • Ale Viña Ilustrador

    Nació en Buenos Aires, pero siempre con un pie y el corazón en el Sur. Estudió en el secundario Fernando Fader, orientado al dibujo y la publicidad, donde también estudió uno de sus guías, el Gran Ciruelo. Ya en la universidad estudió Diseño Gráfico, y fue docente de la cátedra Mazzeo de morfología de la misma carrera. La profesión que lo llevó a trabajar en estudios de diseño y agencias de publicidad, le dio la increíble experiencia de diseñar en Londres, tras haber ganado un concurso de diseño editorial para Ogilvy Argentina. Desde enero de este año decidió independizarme como diseñador freelance y a desarrollarme como ilustrador y muralista, fusionando ambas pasiones, el diseño y la pintura. Pueden ver su portfolio en www.behance.net/aventropia

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