Yopo

  • por Julián de Almeida

E

n 2012, con mis amigos Nico y Roger pasamos por Churuata de Don Ramón, una pequeña comunidad originaria ubicada en el noroeste del estado de Amazonas, el más aislado de Venezuela, un gigantesco territorio casi totalmente cubierto de selva virgen. Solo tiene cien kilómetros de carretera, el resto de las vías de acceso son ríos y algunas pistas para avionetas.

Yo ya había estado en 1999. Por circunstancias un poco casuales había terminado llegando en camión a ese extraño lugar y lo que viví en aquel entonces me quedó muy grabado. En la comunidad casi todas las casas estaban hechas de paja y algunas mujeres vestían solo unas hojas de palmera en la cintura. Ahí conocí al chamán de Caballero y dentro de su choza probé por primera vez el yopo. Ahora estaba regresando al mismo lugar con Nico y Roger, trece años después.

Cuando llegamos dimos unas vueltas. Todos nos miraban con curiosidad, mayormente mujeres cobrizas de ojos negros y niños semidesnudos. Casi toda la comunidad está construida en torno al final de un camino sin nombre que termina doblando noventa grados a la izquierda y acaba en un arroyo. Ahí se puede cruzar haciendo equilibrio por unos troncos y después hay algunas casitas más. Eso lo recordaba bien, aunque antes había una sola casa. En el lugar donde yo recordaba que estaba la choza del chamán, ahora había solo pasto. Las casas de paja no duran mucho, y esa estaba hecha toda de paja, incluso la puerta.

En un momento preguntamos por el chamán del pueblo y un chico nos llevó hasta una choza. De esa choza salió un hombre que solamente vestía unos pantalones y un colgante al cuello hecho con el diente de algún animal. Se presentó como Luis. Le explicamos la razón de nuestra visita y nos dijo que lo acompañáramos. Así caminamos hacia la otra punta de la comunidad, hasta una casa circular con paredes de madera y techo cónico de paja.

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– ¿Qué droga tiene el yopo? ­me preguntó Roger antes de llegar a la choza.

– Bufotenina y alguna otra droga derivada de la bufotenina.

– ¿Y qué hace?

– Es una triptamina… Probablemente sustituya a la serotonina en algunos de sus receptores del cerebro… Es un compuesto que también está en la piel de algunos sapos.

– Sería como lamer sapos.

– Nunca lamí sapos.

Golpeamos la puerta y entramos en la oscuridad. Adentro estaba Mario, el chamán, y muy hundidas en unas hamacas parecía haber dos personas más.

Luis le habló a Mario en algún idioma local. Mario no hablaba español y Luis iba a hacernos de traductor.

El chamán invitó a sentarnos en unos tronquitos y trajo unas cortezas para que mastiquemos.

– Es caapi, para que te agarre fuerte el yopo y dure más ­- tradujo Luis.

– Gracias.

Estuvimos un rato charlando mientras el chamán sacaba una piedra marrón que molió con un pedazo de madera oscura en forma de yunque sobre un platito también de madera. Nosotros hablábamos, mirábamos y tragábamos el jugo amarguísimo del caapi.

– ¿En qué idioma hablan?

– Aquí hablamos piaroa.

En realidad no entendí si Mario no hablaba español o si simplemente no tenía ganas de hablar español. En el peor de los casos no tenía ganas de hablar español con nosotros, pero no creo.

En las hamacas descansaban una chica y un joven. La chica no sé quién era ni pude verla demasiado, tal vez fuera la mujer del chamán. Del muchacho apenas se veía un pie que sobresalía de la hamaca, un pie con la piel de la planta levantada y reseca.

– Él está aquí hace una semana… Se está curando el pie ­- ­dijo Luis.

Yo pensé en saludarlo, pero apenas podía verlo hundido en su capullo; mis ojos todavía no se habían acostumbrado a la penumbra de la choza.

Finalmente el chamán separó el polvo marrón en cinco montoncitos y trajo un dispositivo en forma de “Y” hecho de huesos huecos amarrados con hilo y con dos coquitos incrustados en el extremo doble. Mario nos acercó el platito y los huesos. Yo agarré el plato con la mano izquierda y los huesos con la derecha, llevándome cada coquito a una fosa nasal. Aspiré todo un montoncito de yopo y se lo pasé a Nico. Él hizo lo mismo y se lo pasó a Roger mientras yo empezaba a lagrimear. Roger dijo que por ahora no y se lo pasó a Luis. Luis aspiró y se lo pasó al chamán, que se jaló su parte y la de Roger. Nico ya estaba lagrimeando también. Después el chamán dijo unas palabras en piaroa que a mí me parecieron rezos.

Parafernalia para inhalar yopo

Parafernalia para inhalar yopo

– Pregunta Mario que cómo llegaron hasta aquí – ­tradujo Luis los rezos del chamán.

– Yo ya conocía la comunidad… Estuve acá en 1999… Fue la primera vez que tomé yopo ­- dije secándome las lágrimas.

Luis tradujo, escuchó y volvió a traducir:

– ¿Conociste al francés?

– ¿El francés de la película? ­- contesté después de pensar un momento y escarbando muy hondo en mi memoria.

– Sí, ese.

– No, no lo conocí, pero recuerdo que en aquel entonces me habían hablado de un francés que hizo una película por acá, y que había estado hacía muy poco.

– Sí, fue en esa época… Pregunta Mario a quién conociste.

– Sólo conocí a un joven y a otro chamán.

– ¿Cómo se llamaban?

– El joven no recuerdo, al chamán le decían el Caballero.

– Ah… Se fue hace unos cuatro años.

– ¿A dónde?

– Con los espíritus…

– Me imagino… Cuando lo conocí ya tenía su edad.

Me quedé pensando en el Caballero y en su choza, que había sido una cúpula de paja. Adentro, el poco mobiliario que tenía era de madera, como banquitos hechos con medios troncos iguales al que estaba usando ahora para sentarme, o una prensa de harina de mandioca formada por un tubo de paja tejida unida a unos palos apoyados. Recuerdo que había alguien más en la choza, un anciano. Creo que nunca me miró. Cuando llegué, el anciano también estaba a punto de tomar yopo. Lo vi hacerlo: aspiró una gran cantidad a través del instrumento hecho con coquitos y huesos de pájaro. Luego se peinó con un peine ceremonial hecho de huesos de pescado. Una maraca oscura con dibujos psicodélicos tallados y con plumas negras de puntas blancas producía un ruido de chasquidos y aleteos que me transportaban a otro mundo.

Entonces volví a pensar en el Caballero y sentí que estaba pensando demasiado. Hice fuerza para regresar al presente. Sentía presión en los oídos y una máscara transparente en mi cara. Me levanté del tronquito y me desplomé sobre una silla más cómoda. Sentí que estaba transpirando demasiado, como si hubiera estado corriendo; no tenía calor pero transpiraba mucho. Miré hacia donde estaba Nico y vi que me sonreía con los ojos rojos y brillantes. La silla no era suficiente, me levanté como pude y me zambullí en una hamaca. Desde ahí vi a Roger que escribía en un papel, a Luis que parecía pensativo, a Nico que ahora miraba el techo y al chamán que preparaba más yopo.

Me estaba yendo a las nubes. Me saqué el caapi de la boca y me puse a mirar la casa. La estructura estaba apoyada sobre varios troncos: uno central y otros a diferentes distancias radiales. El techo, visto desde abajo, dibujaba una telaraña de palos con un fondo de hojas de palmera. De las columnas y travesaños colgaban las hamacas y varias cosas, como mochilas de paja tejida y una prensa de harina de mandioca igual a la que había visto en la choza de Caballero.

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Me dieron ganas de hacer pis, pero no estaba seguro de poder levantarme porque también sentía mareo y náuseas.

– Tengo que ir al baño ­- dijo Nico.

– Yo también – ­dije tomando coraje y me levanté pisando inestable.

Cuando salimos de la casa me cegó la luz. Caminamos unos metros sin rumbo. En cada paso me subían bichos por las piernas. Al ver que no había un lugar especial para ir, me desabroché el pantalón e hice pis en el pasto. Nico hizo lo mismo, pero cuando yo terminé y volvía para la choza, él encaró hacia la selva.

– Me estoy cagando – ­escuché.

Entré a la oscuridad y en la hamaca de nuevo. Las náuseas se acercaban a mi garganta. Sé que hablé con Roger, con Luis y con Mario, pero no recuerdo muy bien de qué. Al rato llegó Nico y se metió en otra hamaca diciendo que lo que hizo después fue tan líquido como lo que hizo primero, pero sonreía y se lo veía feliz. Yo no paraba de transpirar, me sentía empapado. Se lo comenté a Nico y me dijo que le pasaba lo mismo, pero yo no veía que él estuviera transpirando. Tal vez yo tampoco. El chamán se dio cuenta de que ya no íbamos a querer más yopo y se tomó su parte y la nuestra. Después se levantó, fue hasta un rincón de la casa, vomitó, se sonó la nariz sacando un buen chorro de líquido marrón y volvió. Esto último me lo contó Roger después, porque yo en ese momento ya no me daba mucha cuenta de lo que ocurría a mi alrededor. Cada vez me sumergía más en la hamaca. Sentí que alguien me acercaba una mano pero no había nadie, sentí palos apuntando a mi pecho, vi dibujos y a una mujer, sentí que me empujaban hacia arriba. La mujer era translúcida, flotaba en el aire oscuro. Mis dedos se enredaban en los cordones de la hamaca. Los palos de la casa vibraban.

Estaba muy cerca del vómito, pero no sabía qué tan fácil iba a ser salir de mi capullo esta vez.

Después de un buen rato dejé de transpirar y de a poco se fueron las náuseas. Estaba volviendo, ya podía empezar a comunicarme con la gente.

– Pregunta Mario qué viste ­- dijo Luis.

– Lanzas apuntando a mi pecho y una mujer.

– Pregunta dónde estaba la mujer.

– Flotando en el aire.

– Pregunta si viste a una mujer.

– Sí, a una mujer… Y palos en mi pecho.

– Pregunta dónde estaba la mujer.

– Eso… Flotando en el aire.

Mario se quedó mirándome fijamente y ya no habló. No sé si era algo malo lo que vi o si simplemente no tenía ganas de responderme.

– Ya no tengo náuseas – ­le dije a Nico.

– Sí, yo tampoco, pero estuve a punto de vomitar.

– También dejé de transpirar.

– Sí, yo también… Fue muy fuerte… Fue una locura – ­me dijo sonriente.

A medida que volvíamos, empezamos a charlar más entre todos y a reírnos.

Y seguimos bajando lentamente.

Nunca había aspirado un yopo tan fuerte ni por lejos.

  • Julián de Almeida

    Nació en Buenos Aires en 1975. Es licenciado en Biología por Universidad de Buenos Aires y doctor en Neurociencias por la Universidad de Barcelona. En 2009 regresó a Argentina para hacer un postdoctorado en la Facultad de Medicina hasta 2012. Lo que ocurrió después es lo que cuenta en el libro Parte de existencia, un viaje y un cambio… Luego, otros viajes, en su blog http://partedeexistencia.com

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