Abrazada por las montañas

  • por Andrea Vasco

A

 lo largo de cinco años de viaje aprendí a disfrutar y adaptarme lo más rápido posible a los distintos paisajes, climas, culturas, costumbres y comidas, permitiéndome gozar de la costa, la sierra y la selva, sin ninguna preferencia. Sin embargo, nací en la sierra ecuatoriana y viví la mayor parte de mi vida abrazada por la Cordillera de los Andes.

Crecí acostumbrada a ver gigantes protectores detrás y delante mío, escuchando mitos y leyendas de personas y amores que se convirtieron en montañas, lagos y árboles, en las alturas. Así que fui de aquellos niños que cuando les pedían dibujar un paisaje, ponían al menos una montaña de fondo, incluso si dibujaba una playa. Me fascinan las elevaciones en el horizonte, no sólo para capturarlas con la cámara sino, simplemente, para contemplarlas en silencio.

Las montañas surgen de la tierra, como queriendo mostrarse, como modelando ante el mundo. Jamás pasan desapercibidas y tienen la capacidad de acompañarnos por largos tramos. Nos ofrecen un sinnúmero de texturas y colores; algunas con titánicas alturas y otras de menudos tamaños; bordeadas con pronunciados picos o contorneadas con sutiles curvas; accesibles para cualquier caminante y otras, exclusivamente para expertos alpinistas.

Mientras algunas son respaldares de pueblos, delineadas por las luces de la ciudad, otras permanecen apartadas en medio de la naturaleza extrema. Las hay fértiles, áridas o rocosas; algunas decoradas con el blanco de las alturas, o con profundas chimeneas, lagos y hasta con cráteres.

Todas las serranías son huellas y testigos de la historia de la humanidad y del mundo. Las miro y me pregunto: ¿qué han visto y vivido estos monumentos naturales?, ¿qué historias nos revelarían, si pudieran hablar?

Las montañas, son eminencias que te obligan de manera literal, a ver el mundo desde una nueva perspectiva y con mayor distancia. Este hecho, siempre, me ha parecido como una invitación a reflexionar sobre uno mismo y la vida. Nos muestran lo pequeños y pasajeros que somos; sin mencionar que subirlas es de por sí, un ejercicio personal, de respiración y persistencia.

Fue como un regalo de la naturaleza, subir hacia la Laguna Wilcacocha, en Huaraz, Perú, y al avanzar en una curva de la montaña, ver aparecer de repente la imponente Cordillera Blanca, totalmente despejada. Sus azules y blancos protagonizaron, aquella escena.

Recuerdo la primera vez que volví a Quito, después de vivir en la selva. Estaba molesta y fastidiada por el ruido, la rapidez y el smoke de la capital, en contraposición al ambiente tranquilo y puro que había estado viviendo por tres meses. Sin embargo, al atardecer logré salir de la terminal de buses y vi con ojo nuevos y sorprendidos, un espectáculo nocturno, que viviendo ahí, lastimosamente, había dejado de maravillarme… las montañas me daban una bienvenida, al ser dibujadas por las luces de casas, postes y autos. A veces, necesitamos alejarnos de los lugares donde hemos crecido, para valorarlos en otra medida.

Fue en el desierto de San Pedro de Atacama, donde sentí que estaba recorriendo Marte. Sus  cerros y montañas de singulares texturas, entre rojizos, marrones y cremas, parecían sacados de una película de ciencia ficción.

En Bariloche se pueden ver panoramas alucinantes, como el Cerro Campanario. Su extraordinaria vista de 360 grados, deja abrumado a cualquier amante de la naturaleza, por su belleza y verdor.

En la isla brasileña Florianópolis, se ven decenas de paisajes que parecen de la Era Jurásica. Uno de mis lugares preferidos ahí, es Lagoinha do leste. Un lugar magnífico al que, aunque la visita  demandaba una caminata de 10 km., por delgados caminos y al pie del precipicio, volví una segunda vez. Acampar tres días, entre los morros y subir la montaña para contemplar el atardecer desde las piedras que sobresalían de la montaña, como si fuesen alfombras voladoras, es una mágica sensación, llena de éxtasis y adrenalina.

La verdad, no había advertido esta preferencia por las montañas, hasta que en mi primer año de viaje, descubrí un paisaje totalmente opuesto y me sentí desencajada. Era un panorama perfectamente recto, sin ninguna protuberancia. El lugar era Entre Ríos, en la Mesopotamia argentina; donde el cielo llega hasta el suelo, sin ninguna interrupción  y como dibujado con regla. Podía ver hasta donde mis ojos lograran enfocar, y sin importar cuánto caminaba, el paisaje no cambiaba. Todo expuesto y tendido ante mí, parecía igual de lejos y cerca. Fue ahí -así como en el salar de Uyuni– donde a pesar de sentir fascinación por un terreno tan hermoso y diferente, confirmé que llevo la sierra en el corazón, y que amo sentirme abrazada entre las montañas.

Montañas – Andrea Vasco
Montañas de Sudamérica_ColiseoMontañas de Sudamérica_cerro con lunaMontañas de Sudamérica_Quilotoa-Ecuador

Montañas – Andrea Vasco

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  • Andrea Vasco

    Andrea es comunicadora, apasionada por el cine, la imagen y el arte. Vive viajando lento y sin prisa, desde 2011. Recorre registrando con su cámara paisajes y escenas de aquello que le maravilla. Su viaje surge principalmente con dos fines: experimentar la vida bajo otra premisa y descubrir distintas formas de ver, entender y sentir la realidad. Comparte su trabajo en Wavas Films.

Comments
  • Laura
    Responder

    Me encanta pensar la historia que habran contemplado esas montañas…
    Sobre todo cuando rodean ciudades como Quito o Santiago de Chile, donde el paisaje a cambiado tantisimo y las montañas siguen allí impasibles…

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