• por Alicia Ortego

Los hombres que caminan…

… conservan en la memoria las locuras del viento: ellos se deslizan tras sus huellas y él borra sus pasos. Son como él. Están aquí, luego allá, fuera de todas las fronteras, y cuando parece que los tienes, ya se han alejado. Su jaima ni siquiera protege del frío.
Malika Monkendem, “Los hombres que caminan”.

A

sociamos el desierto al vacío, a la nada. El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española lo define como un lugar despoblado, solo, inhabitadoQué injusticia, me digo. No digo que sea falso, pero sí digo que no es del todo cierto.

También lo define como un territorio arenoso o pedregoso, que por la falta casi total de lluvias carece de vegetación o la tiene muy escasa. Esto es un poco más ajustado, pero hay más que la escasa vegetación. Hay fauna. Hay humanos.  Incluso hay alguna ciudad como la mítica Tombuctú.

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Desiertos hay muchos, eso también es cierto, y ninguno igual a otro. A poco que viajes por ellos relativizarás esa definición del Diccionario que pretendo desmontar desde mi enamoramiento por este ecosistema, en este escrito.

En los desiertos hay VIDA. Es pequeña, escasa, minúscula, y por eso mismo inmensa.

La vida en el desierto es frágil y a la vez es fuerte, tenaz. Es fugaz también. Todo son contrastes allí. Extremos.
El desierto es un ecosistema frágil, delicado, pero es.

Si nos fijamos en lo vegetal, podría contaros que en muchos desiertos hay semillas que aguardan su hora, o mejor dicho su poquito de agua, para germinar. Entonces crecen, florecen y duran unos días. Alimentan a los insectos que a su vez logran que se produzcan nuevas semillas que el mismo desierto se guardará en las entrañas hasta las siguientes lluvias, quizá dentro de unos años.

También podríamos citar a los oasis para desmentir eso de que “allí no hay nada”. Los oasis son pequeños vergeles. Pequeños paraísos en los que el agua corre, las palmeras y otros árboles crecen, y los hombres cultivan huertos a su sombra. Paraísos en los que los viajeros descansan desde tiempos inmemoriales. Y crecen en medio de la nada, gracias al agua. 

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Si nos fijamos en el reino animal, debéis saber que en los desiertos también hay fauna: reptiles, escarabajos, escorpiones, zorritos, ratoncitos… En algunos desiertos afortunados como el de Namibia hay Órix y Springboks, que son tipos de antílopes. Y además el ganado de los humanos, sobre todo cabras y camellos.

Y como hay briznas de vida natural, también hay seres humanos. No en todos los desiertos, pero sí en una buena parte de ellos.

Los humanos aquí son pocos y suelen ser nómadas porque si no es muy difícil adaptarse. Bueno, solían ser nómadas. La invención de los grandes Estados, el colonialismo, la seducción del estilo de vida “moderno” y otros factores externos han hecho que esa población de nómadas sea cada vez menor. Obligados de una forma u otra, han ido dejando su vida itinerante por una vida sedentaria. Buscando una vida menos dura, porque vivir en un desierto los 365 días del año es duro. Eso es una realidad objetiva.

Aún así aún quedan y como sus antepasados, suelen amar el lugar que habitan. Suelen amar la libertad. Ese “vacío natural” que es el desierto que les ha visto nacer. Es gente hospitalaria, práctica y generosa. Gente que admira cada día el vasto horizonte que tiene delante.

Y es gente que entiende perfectamente que su vida y la tuya depende de los otros. Por eso es muy difícil que te nieguen un vaso de té, un puñado de comida si la necesitas, o un cobijo. Podemos hablar del Sáhara, del Wadi Rum o de los desiertos de Arabia… En todos se repite el mismo patrón de hospitalidad.

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Allí siempre te acogerán, darán la bienvenida y te protegerán incluso. Si vas en son de paz. Porque también hay bandidos. Siempre los hubo.

Lo malo es que en los últimos años hay una lacra muchísimo peor que la de los bandidos: los terroristas en busca del control de grandes regiones. Saben que los kilómetros suman para los Estados y para la idea de Poder que seduce a sus acólitos y temen sus enemigos. En algunos casos, saben que hay grandes riquezas naturales aún ocultas o ya explotadas: petróleo, gas, minerales, diamantes.

Esta población nómada o seminómada, generosa y hospitalaria, es la primera víctima de esos otros “bandidos” modernos. No lo olvidemos.

Viajemos un rato por alguno de estos desiertos

WADI RUM, EL DESIERTO ROJO DE JORDANIA

Este precioso desierto es famoso por sus grandes formaciones rocosas, precisamente. En realidad es como un hermano pequeño de los macizos del Haggar que se ubican entre Libia y Argelia, al sur del Sáhara. Estos últimos son palabras mayores, grandes laberintos de rocas basálticas llenas de pinturas rupestres exquisitas que prueban los vergeles que fueron. Allí sólo los Tuareg son capaces de guiarte.

Pero volvamos al Wadi Rum. Es primavera, mes de abril. El desierto rojo que tantas ganas tenías de ver, está florido. Los camellos pastan a sus anchas. Hay hasta flores ¡y grandes!

Su nombre significa Valle de la Luna (¿Cuántos valles de la Luna hay en el mundo? Y siempre que lo oyes, te gusta el nombre).

Por aquí estuvo  a principios del siglo XX el famoso oficial del ejército británico T. E. Lawrence. Lawrence de Arabia para los amigos. Los beduinos te enseñarán una de las cuevas donde vivió.

También te invitarán a un té y entonces sentirás que el mundo se para, que nada importa, que te da igual que ese momento se estire y estire. Les escuchas hablar en su lengua, les ves preparando la bebida caliente que nivela tu temperatura con la del ambiente y por tanto te refresca, y te ríes con ellos y sus bromas.

Tras esos momentos inolvidables, toca salir de nuevo a explorar una esquina de este desierto. 

Atardece. Junto con el amanecer y la noche bajo el manto de estrellas, este es el mejor momento de cualquier vivencia en el desierto.

Atrás queda el viento que parece provenir de un gigantesco horno con la puerta abierta, cargado de arena y polvo. Atrás quedan las ilusiones ópticas provocadas por la reverberación del aire en el horizonte, que dan lugar a los famosos espejismos. La temperatura se suaviza y las formas del lugar se contrastan bellamente. El sueño de todo fotógrafo.

Una regla de oro

Internarte en un gran desierto sin la compañía de un local puede ser muy peligroso. Lo que para ti son dos dunas iguales, para ellos es un camino. Lo que para ti son rocas de mil formas que te desorientan, para ellos es el mapa de todos los días. Y el desierto no perdona a los que se confunden.

Un rebaño se aproxima al punto desde donde estás contemplando ese momento del día tan mágico.

Te fijas en una figura oscura, una mujer beduina vestida de negro de los pies a la cabeza. Se separa del rebaño para caminar un montón de metros hacia otro punto. Allí hay un cabrito que se ha perdido. Lo coge en sus brazos y se lo lleva. Tú al principio no lo distingues todo pero cada vez se acerca más, con la luz del sol a su espalda. Llega casi a tu altura y entonces ves cómo la cabra madre se acerca presurosa. La mujer le entrega el cabrito bebé perdido. Tú te quedas pensando en lo fascinante que ha sido ver esa película de vida en ese lugar que algunos se empeñan en decir que está despoblado, vacío.

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Desierto del Namib, probablemente uno de los más bonitos del mundo

Noches de incontables estrellas. Te parece que nunca habías visto el cielo hasta entonces. El paisaje se invierte y está sobre tu cabeza. Imposible dejar de mirar. Las horas transcurren.

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Aún no es de día y estás ya viajando al interior del mar de dunas. Tu destino es la Duna 45, para ser más precisos. Y tu objetivo es ver amanecer desde su cima o desde algún punto alto si no llegas arriba del todo, porque trepar por una duna de arena no es tan fácil como pueda parecerte.

Te preguntas por qué esa duna tiene como nombre un número. Y te sorprende descubrir que la respuesta es mucho más sencilla de lo que te gustaría: esos son los kilómetros que hay entre la duna y la ciudad más importante de la región.  

También descubres que hay una técnica fantástica para ascender sobre la arena de las dunas. Se trata de dejar que otro se adelante y subir pisando sobre sus huellas. Así contado suena a “aprovechado” pero realmente es así. Pruebas y compruebas que logras no hundirte y avanzar infinitamente mejor.

La luz del amanecer empieza a sentirse pero aún muerde el frío de agosto, del invierno austral. Subes tan rápido como puedes, pero llega la hora y aún te faltan unos metros y tú lo que quieres es vivir y fotografiar la salida del sol, que se promete espectacular. Te paras, pues.

En efecto los colores de los miles de millones de granos de arena que te rodean van cambiando. Del malva al naranja rabioso, según son bañados por la luz del sol.

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Las sombras se van retirando y te frotas los ojos… no sólo porque el viento lleva granos de arena que te hacen temer por tu cámara y tus ojos sino porque allí, en la llanura inmediata, un órix solitario ramonea su desayuno entre la preciada vegetación.

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Sí, en este desierto crecen las hierbas. A veces incluso lo hacen en formas circulares que son llamadas “círculos de hadas”. Bonito, eh? Esto es así porque las brumas del Atlántico son capaces de penetrar hasta 100 km tierra adentro, aportando la mínima humedad necesaria para esa vida.

El desierto de Namib...

… está considerado como el más antiguo del mundo. Con una anchura de 2.000 km, abarca la mayor parte de Namibia. Su nombre, en lengua nama, significa “enorme”.

Ha amanecido, te has emocionado, y ahora vas al encuentro de otro lugar emocionante. Un icono. Seguro que has visto fotos antes, seguro. Me refiero a Deadvlei, el Lago Muerto.

Nada hace sospechar, mientras andas entre las dunas bajo un sol cada vez más inclemente, la aparición de un lago seco poblado de troncos de árboles. Piensas que están petrificados pero cuando los tocas te das cuenta de que no, de que sólo están secos. La mayoría sigue en pie desde hace unos 600 o 700 años, sin pudrirse por la alta sequedad del lugar.

La combinación de colores es perfecta. Parece un escenario de película, de videoclip, o de videojuego. Parece un sueño, pero es real.

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  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

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