• por Mónica Bareiro

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e siente frío, se respira magia y todo lo que se consigue alumbrar tiene una textura diferente. Son las propias entrañas de la tierra, tan ocultas, tan distintas entre sí, tan llenas de magia. La mezcla de humedad y silencio hacen que el más robusto hombre se sienta pequeño.

Aunque oficialmente hay 56 cavernas descubiertas en los alrededores de Vallemí, (un distrito de San Lázaro, ubicado a 586 km de Asunción, la capital paraguaya), los pobladores de la zona -la misma gente para la que “todo el asunto de las cavernas” resulta un vyrorei1-, dicen que hay muchas más en todo el grupo geológico Itapucumí, un territorio de 66 km2.

De todas estas, son menos de cinco las que se pueden visitar y en los alrededores no hay carteles indicadores, el camino no está en condiciones y llegar resultaría imposible sin el acompañamiento de un guía.

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Hacía mucho tiempo que esas cavernas me llamaban, el aire de misterio que las envuelve hacían de perfecto imán pero me animé hace menos de un año: visitar la zona era una aventura que no muchos aceptabamos. La falta de caminos las convertían en uno de los destinos más difíciles de Paraguay y a mí, las “agallas” que me sobran en otro país, me faltan en el mío.

Llegar no es nada fácil, lejos del centro urbano de la ciudad, la nube más negra de mosquitos que vi en mi vida, nos dio la bienvenida a la Caverna 54. En medio del bosque el guía se detuvo de repente y su anuncio de que habíamos llegado me pareció una broma porque no veía más que bosque, pero era real y nos invitó a pasar… en el suelo había un pequeño agujero de menos de un metro por el cual debíamos descender.

… debía bajar a ese mundo desconocido del cual no iba poder escapar tan fácilmente si veía o encontraba algo desagradable.

Con casco y linternas puestos no había marcha atrás, debía bajar a ese mundo desconocido del cual no iba poder escapar tan fácilmente si veía o encontraba algo desagradable. Era aceptar las condiciones y punto. Empecé el descenso con esa seguridad que uso para retarme a mí misma, la actitud desafiante que me protege de mi propio miedo… y si bien no se trata de la situación más peligrosa en la vida de nadie, enfrentarse a tanta oscuridad, como mínimo, impone un poco de respeto.

Bajar -acá- se hace pie a pie, cada movimiento debe ser bien pensado y con las manos bien agarradas ya sea a una rama,  la tierra o a una roca. Volver a tener los pies “en la tierra” no da más seguridad si no todo lo contrario. Es estar en otro mundo, como el país de las maravillas de Alicia, pero un poco más oscuro, tenebroso y con sudor corriendo por todo el cuerpo, algo que se debía principalmente a la humedad y no al miedo.

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Llegar a la caverna 14 de Julio, aunque el camino que se hace andando y es más largo, resulta “pan comido”, su cuota de dificultad está al fondo, un nivel opcional y una fosa cuyo fin no se puede ver. Ese día lo aprendí: la dificultad es el precio que hay que pagar por poder internarse en ese espacio tan maravilloso.

Realmente no es muy difícil, dice César, nuestro guía, el secreto para saber donde hay cavernas es encontrar estos árboles de higuerón -o guapo’y, su nombre en guaraní-. Estas especies extienden más sus raíces que sus copas y con la presión que ejercen en las piedras calizas, logran forjar sumideros con una infinita paciencia.

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es el precio que hay que pagar por poder internarse en ese espacio tan maravilloso

La humedad que colectan estos recovecos en los años y años (millones), le aportan belleza a cada centímetro. César explica los procesos con pasión, pero mis pensamientos viajan muy lejos cuando lo escucho mencionar que para la formación de 2,5 cm de estalactita se precisan entre 4.000 y 5.000 años.

Mi mente juega con los números “4.000 y 5.000… 29 yo, 2016 mi calendario…. 4.000 y 5.000 y esto tiene mucho más que 2,5 cm”. Los adjetivos eran definitivos: triste porque ese añoso “pedazo de roca” nunca vio la superficie y se pudo haber perdido demasiado de la historia; pero asombroso porque lleva ganando una carrera de resistencia que en la actualidad ya no es normal, ni real ni comprensible para el mundo exterior.

Tenía frente a mí a una columna de un material que me aseguraban, no pudo haberse formado en menos de un millón de años. Mi poca credulidad tuvo que recurrir a “San Google” ni bien el móvil había recuperado la señal… artículos y más artículos al respecto me dejaban cada vez más asombrada.

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Las raíces del guapo’y de la Caverna 54 tienen entre 18 y 20 metros comprobados de profundidad. Se estima que son muchos más, pero en Vallemí no hay recursos para destinarlos a la investigación así que queda demasiado por descubrir y tal vez abundan sumideros que encierran otros mundos paralelos a su vez.

Salir implica más esfuerzo por el peso del propio cuerpo, pero se cuenta con la certeza de que afuera espera el mundo de siempre, ese en el que el tiempo cada vez se hace más corto y en el que miles de cosas suceden a cada segundo. Sí, una certeza que depende de quien la mire para ser buena o mala.

… afuera espera el mundo de siempre, ese en el que el tiempo cada vez se hace más corto y en el que miles de cosas suceden a cada segundo.

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Los pobladores permanecen ajenos a todo esto. Tienen en su comunidad a la Industria Nacional del Cemento (INC) que se vale de la misma cordillera para su materia prima y poco a poco, irá acabando con otros cerros de la zona, sin importar lo que haya ahí. Para el pueblo, los salarios obtenidos con el insalubre de la cementera es suficiente. La mayor parte ni siquiera estuvo alguna vez dentro de alguna de las cavernas y el turismo “no es negocio”, por lo tanto todo lo referente a la investigación de sus recursos, carece por completo de importancia.

Mi mente inquieta no hubiese dudado mucho en su opción antes de ver lo maravilloso que puede pasar con el paso del tiempo y paciencia. A partir de esta visita, cuevas o cavernas ya no serán nunca más pedazos o huecos en las rocas, serán sinónimos de historia, de belleza y de que por abajo, el mundo gira mucho más lento… y sabio.

 

Referencias

  • 1 – Cosa inútil, sin importancia.
  • Mónica Bareiro

    Aunque estudió fotografía, de día trabaja como periodista y por las noches hornea dulces en Detiti para poder cumplir el sueño de hacer su primer gran viaje. Mientras prepara su mochila, recorre de punta a punta su Paraguay (uno de los países más desconocidos de Sudamérica) usando todas sus “armas” para darlo a conocer.

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Showing 3 comments
  • Dani Keral
    Responder

    Varias cosas me he apuntado mentalmente al ir leyendo. Una la frase “las “agallas” que me sobran en otro país, me faltan en el mío”. Cuán cierto, que con maravillas en el propio país tardamos años en decidirnos ir a por ellas o valorarlas y en el extranjero tardamos lo que cuesta comprar un ticket de bus.

    La segunda viene dada por la primera y es: las maravillas como esta que se pueden encerrar en un país como Paraguay, que arrastra el lastre del “aquí no hay nada” en comparaciòn con sus vecinos. Y aun más clamoroso que, desde dentro, desde los propios pobladores dé igual la existencia (y la pérdida) de ese tesoro, que se siga con el “turismo no es negocio” y se siga dando cancha a una cementera que esquilma los recursos y bienes naturales…

    Gracias por mostrarnos este tesoro, Mónica!!

    • Mónica
      Responder

      Conocí a catalanes que hicieron grandes viajes pero nunca fueron a la Sagrada Familia, así que sí, tenes razón. Es común aunque triste.
      El concepto de turismo como negocio sustentable todavía está lejos de parajes como Vallemi, pero poco a poco tendrá que ir cambiando.
      Gracias a vos por leer y escribir!

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  • […] de grandes ríos. Y no solamente exploramos la superficie de la tierra, también nos metemos en sus mismísimas entrañas.  Pero claro, la naturaleza también es el hombre por lo cual también hablamos sobre nuestra […]

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