• por Laura Federico | Ilustración: More
L

a respiración profunda le hinchaba los pulmones y una puntada helada le penetraba la columna a la altura del corazón. Seguía corriendo, mientras escuchaba las ramas romperse debajo de sus pies, pero no miraba detrás. No necesitaba corroborar con sus propios ojos la imagen hambrienta. Esos dientes y esa boca que lo perseguían desde el anonimato de un paisaje agreste.

El día en el que todo cambió, se había levantado temprano, luego de haber dormido con el calor del fuego pegado a la cara. Tomó una de las cinco galletas de avena que le quedaban y un tronco muerto le sirvió de banco para comer su desayuno. En el comienzo tenía muchos más alimentos, y de más variedad, pero los quince días en la naturaleza le estaban agotando todos los comestibles. Mientras pensaba que no había nada mejor que vivir entre los árboles, divisó una sombra y un movimiento brusco detrás de unos arbustos. Cerca de su carpa encontró huesos gastados y sintió un fuerte olor a orina. Decidió mudar su campamento. Con todas sus pertenencias a cuestas, caminó por el bosque unas siete horas y cayó rendido en un colchón de hojas marrones.

Ahora corría sin descanso. La niebla se le pegaba en la cara y en los ojos. El musgo tenía un olor fuerte esa mañana y le acariciaba los brazos cada vez que rozaba el tronco de un árbol. Las espinas dejaban huellas. Algunas sólo le raspaban y le dibujaban un surco de líquido rojo. Otras penetraban la piel y se quedaban atrapadas. Los ruidos le llegaban desde lejos, como por un tubo de acero. Sonidos de  aliento corrompido, de colmillos amarillos y de lengua espumosa.

Mientras escapaba, las imágenes de tiempos pasados le llegaban como gotas que caían de una canilla abierta en medio de la noche. Su mente las usaba para huir y recordó que hacía mucho tiempo que no comía carne asada. La última vez había sido en su despedida. Se le vino a la garganta la sensación del jugo sanguinolento. Ese primer contacto con la lengua y la saliva fluyendo por su boca y envolviendo ese pedazo de carne animal. Sabores que sentía cada vez que ponía en uso la parrilla de su casa con sus amigos. Extrañaba la calidez de un fernet amargo y mal hecho, las carcajadas compartidas, las chicas de la universidad. Incluso recordaba con cariño eI sexo con preservativo y una novia celosa que le recriminaba su falta de atención.

En la última noche junto a sus amigos, Pablo, Sebastián, Juan Martín y él se habían sentado en torno a la mesa redonda de plástico del patio. Eran los mismos de siempre. No hubo recriminaciones, pero sí muchas risas y preguntas retóricas.

-¿Cuánto creés que éste va a aguantar viajando solo por ahí?-

-Yo le doy una semana -decía Juan Martín.

Sebastián se apuntaba para el mes, mientras Pablo anotaba todo en su libretita de apuestas. Fueron burlas inocentes entre amigos. Pero muy en el fondo, le había dolido saber que las personas que más quería, no lo tomaban en serio. Su jefe tampoco comprendía la decisión. Cuando le contó sobre el viaje, Alberto se empecinó en hacerle entender que no había nada mejor allí afuera que el trabajo que le ofrecían en la empresa de seguros y se negó a recibir la renuncia. También a pagarle una indemnización, pero el dinero había dejado de tener importancia en su nueva vida.

Sus pensamientos se movían más rápido que sus piernas. Se preguntaba cuál fue ese error que lo llevó a la situación en la que se encontraba. No tener en cuenta el clima de invierno que se avecinaba. La falta de alimentos comestibles en un lugar en donde sólo sobrevivían ardillas y su inexperiencia en la caza y en todo lo referido a la vida en la naturaleza, lo habían puesto al límite de lo que podía exigirse. Aunque tenía suministros para sobrevivir unos quince días más, la soledad era lo que más le pesaba en su mente. La solución que le había encontrado al silencio durante esos quince días, había sido tener conversaciones imaginarias con una compañera de la universidad que le gustaba. Ella era el tipo de chica que todos querían tener como novia. Linda, inteligente y sumisa. La combinación perfecta en cualquier mujer. Pero no quería estar con un hombre comprometido y la condición que le imponía era que dejase a su novia antes de tener cualquier tipo de contacto. Las charlas inventadas con esta chica podían durar todo el día, pero cuando el sol se escondía detrás de las montañas, el frío ocupaba todo el lugar en su cabeza. No podía escapar y la bolsa de dormir no era suficiente. Una noche decidió dormir al lado del fuego, afuera de la carpa. Aquellas horas de sueño a la intemperie, permitieron que la bestia que merodeaba el bosque en la oscuridad, lo encontrara.

Un calambre en la pierna izquierda lo despertó. El día anterior había caminado demasiados kilómetros para poner distancia entre él y esa cosa que lo acechaba, pero estaba seguro de haberlo dejado atrás. Se sintió tranquilo y comenzó a creer que no era tan difícil vivir allí afuera. Se imaginaba la cara de Juan Martín, que había apostado que su viaje sólo duraría una semana. No iba a dejar que esas palabras lo desalentaran. No iba a volver, nunca. El aire puro del bosque le estaba limpiando tanta porquería acumulada en la cabeza después de años detrás de una computadora. Se sentía tan bien, con tan poco, solo en mitad de un lugar lleno de árboles y plantas. El frío iba a terminarse algún día, pero su decisión de estar solo en medio de tanta naturaleza, sin poder ser encontrado, no iba a cambiar. Él no iba a volver a tomar reclamos por siniestros. Cuando abrió el cierre de la carpa, sintió ganas de vomitar. Había un olor rancio en el aire. Tragó profundo y fue detrás de un árbol a descargar la vejiga. A unos metros vio un bulto. Al principio pensó que era una planta extraña cubierta por el musgo que alfombraba todo lo que se le pusiera en el camino. Una planta peluda, de color marrón, morado y púrpura. Con tentáculos como intestinos serpenteantes, con ojos desorbitados y muertos. Lo vio por primera vez, era real y estaba allí. Lo miraba con sus ojos amarillos, mientras cuidaba de su presa, un ciervo joven que estaba convertido en un montón de carne nauseabunda y podrida. La cosa se había cansado de esperar. Él sabía que era hora de empezar a correr.

Después de una hora moviéndose a toda velocidad, las piernas comenzaban a pesarle pero, por suerte, la respiración había dejado de ser un problema. Tendría una vida que lo esperaba si era capaz de correr más rápido. Una casa, una familia y un puesto de trabajo con una licencia por diversión, que era el término que le gustaba usar a Alberto. Las ramas fueron dejando espacio a un llano en el bosque, desde donde se podían divisar los picos nevados de una montaña. Él nunca encontró cables ni postes de luz que le dieran el menor indicio de civilización. Pero había visto troncos quemados y eso significaba que no podía estar solo.

Lo miraba con sus ojos amarillos, mientras cuidaba de su presa, un ciervo joven que estaba convertido en un montón de carne nauseabunda y podrida. La cosa se había cansado de esperar. Él sabía que era hora de empezar a correr.

Su cuerpo estaba cediendo y no podía mantener la velocidad. Él estaba seguro de que lo que había visto eran restos de un campamento y que alguien iba a ayudarlo. Las piernas le pesaban y el pecho se le estaba congelando. Pensaba en lo bien que le vendrían unos mates, como esos que tomaba todas las mañanas en la cocina de su casa antes de salir al trabajo. Su mente se iba en esas sensaciones del pasado, pero él no quería perderse, sabía que si lo hacía no llegaría lejos.

Escuchó ruidos a hojas crujientes aplastadas, voces humanas. La fogata apagada había sido real. Una explosión cercana le chilló en los tímpanos. Sintió pedazos de metal avanzando como gusanos por los músculos de sus piernas, comiendo la carne… un golpe seco y certero en la espalda lo hizo caer y los colmillos hicieron el resto.

Lo último que alcanzó a oír fue a una voz decir:

-La Naturaleza es sabia y sólo sobreviven los más aptos, aunque a veces, haya que ayudarla.

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  • Laura Federico

    Laura tiene serias dificultades a la hora de interpretar cualquier mapa, incluso el de Chacabuco, su ciudad de origen en Argentina. Pero en 2013 decidió irse de viaje por el Mundo. Junto con Pila González, su compañero y lector de mapas desde 2008, lo relatan en DeLibrosyViajes.com

  • More Ilustradora

    Originaria de una provincia del norte donde dicen “¿Que no?” al final de cada frase y hace un terrible calor en verano, desde del año pasado que anda merodeando tierras porteñas con la inocente y tierna idea de vivir del poder de la imaginación y creación de universos fantásticos…

    Pero, mientras tanto, está estudiando animación y dibuja sus personajitos casi todos los días.

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