Caminos que no te esperas

  • por Alicia Ortego

T odo el mundo habla de grandes caminos, si se habla de viajes. La Ruta de la Seda, la Ruta de las Especias, el Camino de Santiago, la Ruta Transahariana, y tantos y tantos grandes caminos. Alguien los bautizó en su día y así quedaron marcados en los mapas, como las fronteras. Evocan grandes gestas, modos de vida diferentes, un pasado que ahora se nos antoja dorado aunque en su día estuvo plagado de peligros y conflictos. Retos de vida al fin y al cabo.

Pero muchas veces se nos olvida que hay muchos caminos que no están en esos grandes caminos. O sí, pero lo que yo quiero decir es que los caminos pequeños también guardan preciosos secretos que se pueden descubrir en un día, una mañana o una tarde. 

Veamos…

Venciendo la pereza en la Rocca de Cefalú (Sicilia)

Sé que mucha gente no lo hace. Yo misma estuve a punto de acobardarme. Era media mañana y el sol caía a plomo. Un camino empinadísimo ascendía frente a mi. No sabía a ciencia cierta qué me podía encontrar arriba ¿Realmente sería tan espectacular como la expectativa me susurraba al oído?

No había nadie a la vista, era el mes de Abril y la verdad es que en Cefalú, pueblecito pesquero al norte de Sicilia, el turismo es escaso a esas alturas del año.

Me armé de valor, compré agua y un panini -por si acaso-, y empecé a caminar.

Poco a poco fui subiendo, azotada por el sol y el calor. La ladera es muy empinada y no hay sombras en una buena porción de terreno. Pero de repente te encuentras entre pinos mediterráneos y empiezas a vislumbrar un poco de lo que te espera más arriba.

El Mediterráneo azul cobalto, algunos tejados rojos, la roca y el verde de los árboles en primer plano.

El resto de la subida es una tontería, lo peor ya está hecho. Y cuando te asomas al extremo de la Rocca… la piel se te pone de gallina. Aquí la foto.

 

caminos que no te esperas como las vistas de Cefalú desde la Roca

Podemos descubrir rincones absolutamente espectaculares gracias a que nuestra intuición nos dijo que lo hiciéramos. Ahí, en ese momento, seguimos nuestro instinto y vivimos unas horas que no olvidamos.

Superando el miedo en la Vía Ferrata de Cuenca (España)

Un día me invitaron a conocer la provincia de Cuenca, en España. Entre las actividades programadas estaba la Vía Ferrata, un camino armado en la pura roca por lo que es necesario (o muy recomendable) subir con arnés, cuerdas y mosquetones. Hay un sendero estrecho hecho con tablones de madera y unas piezas de hierro aseguradas a la roca, junto con un alambre fijo, para sujetarte.

Yo, que en la vida he usado esas cosas. Yo, que tengo miedo a las alturas desde que una vez me subí a la pirámide número V de las ruinas de Tikal, en Guatemala, y no paré de llorar y de decir «¿qué hago yo aquí?». Todo el tiempo.

Ante la Vía Ferrata de Cuenca, tan vertical, tan técnica, algo en mi interior me decía que debía intentarlo. Nuestro guía nos animó a probar suerte con un tramo que no me parecía tan terrorífico. Acepté. Y cuando me quise dar cuenta, ahí iba. Poco a poco, como un niño aprendiendo a dar sus primeros pasos, pero ahí estaba. La satisfacción personal y el maravilloso paisaje que me rodeaba me decían que había hecho bien en no negarme uno de esos caminos que no te esperas.

caminos que no te esperas como la vía ferrata de CuencaBajé con mucha más tranquilidad y todo fue mucho más fácil. Por tanto, con más rapidez.

Fueron dos horas -quizá algo más- de satisfacción, de sentirte pájaro, de sentirte poderoso, y de ver cómo aprendes algo de lo que no sabías nada en muy poco tiempo, como si fuera magia.

Venciendo a la falta de curiosidad: Wadi Shab (Omán)

La primera vez que lo vi, ya habíamos decidido que no haríamos ese camino. Era cerca del mediodía y el calor muy potente. No había nadie y yo estuve de acuerdo porque el lugar no me parecía «para tanto». La embocadura de este wadi no parecía atractiva. Ahí se quedó.

La segunda vez, un año y medio después, fuimos decididos a hacerlo.

Cuando quisimos darnos cuenta nos habíamos sumergido en un mundo distinto.

Paredes muy altas, de varias decenas de metros, que a veces se juntan mucho y otras se separan. Rocas que han caído hace mucho o poco tiempo. Un curso de agua de color esmeralda, verde profundo teñido de azul que contrasta con la piedra lavada por la misma agua.

caminos que no te esperas en OmánLa bruma que viene del cercano mar se engancha en este pasillo natural durante las primeras horas del día, para ir levantándose poco a poco. Esa niebla le da un carácter fantasmagórico, romántico y fantástico por partes iguales. Parece la portada de un libro que escribió uno de esos exploradores de hace un siglo o dos. La imagen de aquél Oriente ensoñador, con sus palmeras y pequeñas cascadas.

Una hora y media andando entre rocas con un alto grado de humedad y calor. Sufres un poco, sí, pero disfrutas tanto de lo que ves…

Al final unas pozas en las que bañarte ante la atenta mirada de las ranas y dejando que los pececillos te mordisqueen los dedos de los pies. Es el premio al esfuerzo que todo camino te da, de una forma u otra. Un paraíso insospechado.

Este es uno de esos caminos que no te esperas a no ser que alguien te lo cuente, o que te dejes llevar. Y lo dice una que la primera vez lo pasó por alto, porque hacía mucho calor y no parecía «tan bonito» desde fuera.

Cumpliendo sueños de la infancia: Elkano (España)

Cuando era pequeña y mis padres me llevaban a Zarautz a ver a mis tíos, soñaba con recorrer los montes que rodean a ese pueblo del Norte de España.

Y un día lo hice. Me fui con unos cuantos amigos, nos alojamos en una casa en pleno monte y recorrimos sus alrededores. Este fue uno de los fines de semana más bonitos que he vivido.

En ese gran fin de semana, recuerdo cuando mi amigo Manu y yo cogimos el trípode y la cámara y nos fuimos a fotografiar la puesta de sol.

Primero andamos por un camino de barro entre prados de hierba que nos llegaba al muslo. Buscábamos el mejor ángulo, la mejor panorámica, mientras corríamos hacia las últimas luces del día. El mar estaba detrás de unas lomas y no podíamos ver el sol, pero las nubes estaban adquiriendo proporciones épicas.

Después decidimos cambiar de localización. Era cuestión de minutos y lo sabíamos. Corrimos por la estrecha carretera sin tráfico a esas horas, aunque en realidad no tiene tráfico ni en fin de semana. Corrimos, y corrimos. Algo más de un kilómetro. Llegamos a una curva y ahí estaba la antigua ermita, el mar y el sol. No hubo más palabras. Hicimos fotos y nos maravillamos por el espectáculo que aquel día el camino nos brindó.

caminos que no te esperas en Guipuzcoa

Y hay caminos que no te esperas, porque quedarte sin aliento es algo que nunca se espera

Como cuando recorres la carretera de Kargil en dirección a Srinagar, en el estado de Jammu & Cachemira (India). Son carreteras pobladas de personajes bíblicos, con sus ropas de Asia Central. Parecen recién llegados del vecino Pakistán o incluso de Afganistán. Las cabras son propias, endémicas, quizá las que generan la cotizadísima lana de kashmir. Desde luego son muy bellas.

caminos que no te esperas en CachemiraLos árboles son escasos, como los glaciares, y las montañas gigantescas acompañan el ritmo lento pero ¿seguro? de los coches y camiones tambaleantes entre tanta piedra y ripio.

La idea de tener un accidente no es nada descabellada. El miedo a que se desprenda una roca y te arrastre hasta el fondo, allí abajo, muy abajo, está presente. O a que uno de esos camiones tan coloridos te arrastre al abismo.

Puede que te de por cerrar los ojos, por gemir, por temblar… o por reír. Quizá esto último sea lo mejor. Reír, hacer fotos, maravillarte, y soltar la adrenalina que acumulas ante un camino como este.

Los caminos que no te esperas quizá sean los que vives con más intensidad. Los que te permiten ver el mundo desde arriba, superar tus propios miedos, saldar una minúscula deuda pendiente con tus anhelos del pasado, o sencillamente sentir que estás vivo. Cerca o lejos, no los olvidemos.  

  • Alicia Ortego

    Socióloga y Antropóloga, desde hace unos años publica el blog Los viajes de Alicanal con el que transmitir sus pasiones: viajar, fotografiar y escribir. El virus viajero le fue inoculado desde el principio, gracias a unos padres que decidieron no estarse quietos por el hecho de serlo. África es el continente donde se siente más feliz, y los desiertos ocupan el primer lugar en su corazón.

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