Entrevista al Sr. Wong

  • por Darío Rosemblat
S

iempre creí que mi pasión por viajar estaba relacionada con la necesidad de reavivar mi capacidad de asombro. Verso. Seguramente lo habré leído en alguna guía turística y esa idea quedó resonando en mi cabeza. Tuve que llegar hasta la Estación de Seúl para descubrir por qué busco viajar casi compulsivamente.

Mi primer contacto con la Estación de Seúl fue por Netflix, tan moderno como frívolo. Todo inició con la saga coreana “Last” que cuenta la historia de unos vagabundos y la mafia que los rodea. Entonces decidí ir a allí cada uno de los tres días que iba a estar en la ciudad.

En el hostel conocí a Mijo, una chica coreana de la cuidad de Jeju que estudiaba turismo y en su tiempo libre practicaba canto en la Gran Capital.

 

– Where are you from? – me dijo mientras se preparaba un té y me ofrecía otro.

– Argentina… South América.

– Yo aprendo español, si no molesta podría practicar con usted?

– Quisiera pedirle algo a cambio…

– ¿Piensa cobrarme?

– Sí.

– Es un país muy pobre Argentina (me susurra con la mirada baja).

– No es eso… necesito un favor.

– Dígame.

– Quisiera que me acompañe a la estación de tren por las tardes y sea mi traductora por si conozco a alguien.

– ¿Para que quiere ir allí? No hay nada.

– Solo se me ocurrió… pero lo había descartado porque no iba a poder hablar con nadie.

– Acepto, me parece mejor idea que pedirme dinero… (Ambos sonreímos)

 

Mijo es flaca, tan flaca que parece adolescente a pesar de tener veinticuatro años. Su pelo es negro y lacio como todas las coreanas, pero largo hasta la cintura. Es curioso su esfuerzo por relacionarse con occidente, a veces siento que me ve como alguien de Hollywood y yo no tengo ganas de quitarle esa fantasía.

Son las 5 de la tarde. Las calles de Seúl son como un laberinto a cielo abierto. No hay rectas, ni manzanas. Se entremezclan constantemente callejones de tierra con mega avenidas y autopistas que lo atraviesan todo. Gigantes edificios que haría parecer pequeño al mismo Godzilla y ascensores y escaleras vidriadas que los cruzan por arriba y por abajo. En los callejones, las casitas tienen como unas viseras chapa y están bordeadas por mini jardines contenidos por macetas, todos -sin excepción- acompañados por una anciana removiéndoles la tierra. Toda esa escena es como la armonía del desorden.

Caminamos las diez cuadras que separan el hostel de la estación en silencio. Ella solo sonreía cuando me detenía a tomar una foto y luego se acercaba a verla en el monitor de la cámara. Cuando finalmente estábamos por entrar a la Estación, tal cual en la serie de Netflix, se me avalanzó un vagabundo y me grito algo así como: “Tacora ha sigu yereyeee” e intentó tomarme del brazo. Entonces Mijo lo increpó, le gritó, la gente la miró y el vagabundo se fue.

 

– ¿Qué le dijiste?

– Que nunca vuelva a molestarte, ni ahora ni en los próximos días –sonríe- que eras mi primo de Argentina.

 

Reímos mucho, era la primera vez que reíamos. Quedé asombrado, debía ser algo cultural esa reacción, Mijo no llegaba a pesar 50 kg y lo increpó sin pestañar.

 

– ¿Y ahora qué hacemos? Me dijo.

– No sé, caminemos, quiero mirarlo todo.

– (Sonríe) No imagino qué atractivo podrías encontrarle a este paseo.

 

Nos mantuvimos en silencio el resto de la caminata, hasta que cruzamos a un vagabundo de unos cincuenta y cinco años que se recortaba la barba con una tijerita china (de esas que se pliegan, las mismas que conocemos en Argentina) mientras se miraba en un espejo roto sosteniéndolo por el mango. Tenía un estuche para violín abierto en el piso con bastante dinero pero no podía ver el instrumento. Le pedí a Mijo que por favor me presente y que le pregunte por el violín.

 

– ¿Y cómo quiere que lo presente?

– Dile que soy argentino de Sudamérica y que me gusta escribir sobre estaciones de trenes.

Mijo hizo lo suyo, él respondió seco.

¿Qué dijo?

– Que ahora se estaba afeitando…

– Preguntale si podemos esperar a que termine.

– Me dice que por qué él va a querer hablar contigo…

– Explicale (ya comenzaba a tutear a Mijo, no entiendo porque no lo hice antes) que en cuanto se aburra puede dar la charla por terminada.

 

Ella le dijo, pero entonces el hombre le gritó.

 

-Está ofendido porque no le diste ningún dólar. Dice que los extranjeros siempre tienen dólares o euros.

 

Me agaché y le dejé tres dólares, no sabía cuánto había que dejar, era mi primer día en Seúl y no quería parecer avaro ni opulento.

 

– Dice que tres dólares es una miseria que te los lleves y que agarres cinco dólares más de su porta violín.

 

Reímos los tres.

 

– Decile que voy a venir todos los días y que me gustaría invitarlo una cerveza mientras charlamos cinco minutos.

– Me dice que quiere Soshu (la bebida típica coreana, parecida al Sake) y que compres vasitos pequeños de vidrio para tomarlo.

 

Me fui a comprar, le pedí a Mijo que se quede con él para que no se vaya. Ya sabía que ella se defendía mejor que yo. Volví y nos sentamos en unos cajones de madera prolijamente lijados. Él en uno, Mijo y yo compartimos el otro.

La gente pasaba. Nos miraban todos, sin excepción, los más jóvenes nos tomaban fotos y Wong (así se llamaba él) recibió más dinero que nunca; lo noté porque de pronto dejó de charlar por compromiso y lo hizo con buena gana. Prendí mi grabador en el teléfono esperando la historia del estuche sin violín.

 

– ¿Qué te interesa de mí? Uds. los occidentales nos ven como parte de un zoológico ¿no? Se creen tan superiores y pierden sus vidas deseando lo que no tienen… Sólo acepté hablar contigo por el Soshu, yo sé que los argentinos no tienen plata.

– ¿Cómo sabe eso?

– En la Estación de Seúl no hay mucho más que hacer que escuchar una radio y leer los diarios que la gente tira. Se aprende bastante.

– ¿Que hacía antes de la estación?

– Ya no recuerdo.

– ¿Hace cuanto vive acá?

– Tampoco recuerdo.

– ¿Qué recuerdos tiene?

– Recuerdo que compraste la botella de Soshu más pequeña y ni siquiera la abriste.

 

Mijo rió. Creo que yo le causaba cierta vergüenza graciosa. Serví las tres copas, pero Mijo me dijo que no tomaba alcohol. Su copa la tomó Wong y bebió las dos en menos de dos segundos. De pronto tragó saliva y retomó la charla.

 

– Recuerdo lo que me dijo mi padre antes de morir.

– ¿Qué dijo?

– ¿Dónde está tu madre?

– ¿Y dónde estaba?

– Había muerto cuando yo tenía cinco años. Unos veinte años antes que él. Nunca me había hablado de ella, ni una sola vez.

– Se ve que la quería tanto que no pudo hablar de ella hasta el final…

– ¿Ustedes los occidentales qué saben del amor?

Se río a carcajadas, luego eructó y se sirvió otra copa. También llenó la mía que estaba por la mitad. Mijo miraba todo, pero sólo participaba en la traducción. Él no dejaba de mirarla cada vez que podía.

 

– Entonces… ¿Le parece mal que Mijo acompañe a un occidental de paseo?

– No, me parece mal que te tenga tan mal gusto.

 

Él rió, rió Mijo y ya habían algunos coreanos de no más de veinticinco años que rodeaban la charla que también rieron.

 

– Se te van a acabar los cinco minutos y todavía no pudiste hacer una pregunta inteligente.

– Quería preguntarle si el estuche siempre fue suyo o si sólo lo encontró por ahí.

– Nadie encuentra un estuche de violín tirado.

– ¿Dónde está el violín?

– Roto.

– ¿Cómo se rompió?

– Tuve una pelea con otro vagabundo de la estación, le desfiguré la cara con estos puños. Estuvo una semana en el hospital. Pero un día volvió.

– ¿Por qué pelearon?

– Dijo que mi música era un espanto.

– ¿Y por eso lo golpeó tanto?

– No, por eso no. Lo golpeé tanto porque después de decirlo se echó a reír.

– ¿Y cuando volvió del hospital?

– Me robó el violín. Y nunca más lo vi.

– ¿Cuándo aprendió a tocar el violín?

– Me enseñó mi madre.

– ¿Su madre no había muerto cuando tenía cinco años?

– Sí pero mi madre le enseñó a mi hermano que tenía 10 años más que yo y luego él me enseñó a mí. Así que me enseñó mi madre.

– ¿Su hermano también murió?

– No lo sé.

– ¿Extraña tocar?

– Más que tomar Soshu y más que a mi madre.

– ¿Por qué sigue hablando conmigo? Ya pasaron más de diez minutos.

– Porque la gente me está dejando dinero y ya me acostumbré a tus aburridas preguntas.

– ¿Qué le gustaría que le pregunte?

– Con cuántas mujeres me acosté.

-¿Con cuántas mujeres se acostó, Wong?

– Con una.

– ¿Cómo se llamaba?

– Yeng.

-¿Se acuerda cómo la conoció?

– Eso sí me acuerdo, en la facultad.

– ¿Estudio en la universidad?

– Sí, sólo recuerdo haberlo hecho porque me recuerda a Yeng y a un profesor muy hijo de puta.

-¿Nunca más se acostó con otra mujer?

– No que pueda recordar.

– ¿Qué tenía Yeng?

– Los pechos suaves, muy suaves.

– ¿Fueron novios?

– Y hasta nos casamos…

– ¿Hijos?

– No recuerdo…

Alrededor nuestro había más de treinta personas, algunos sentados y otros de pie. Mijo estaba feliz de verme contento pero intuyo que más lo estaba por practicar tanto español. Yo me sentía lleno, ese tipo de llenura que sentía no se parecía a nada. El soshu se vaciaba, más por él que por mí.

 

– ¿Yeng vive?

– Eso parece… Si la ve, dígale que recuerdo el día que nos conocimos.

– Y que recuerda sus pechos suaves… (Wong ríe a carcajadas)

– ¿A qué se aferra sin su madre, sin su padre, ni su hermano, ni Yeng, ni la música? (Mijo me patea fuerte el pie)

– Tengo fe.

– ¿Fe en qué?

– Fe en la esperanza.

– En español la palabra esperanza viene de espera… ¿Qué es lo que espera?

– Ya no recuerdo, pero si recuerdo que espero algo y tengo fe en que eso sucederá. ¿Usted que espera?

– Tener más fe tal vez…

– Los occidentales no tienen tiempo para tener fe.

– ¿Qué hace con el dinero que recauda? Parece que hoy va a ser un buen día…

– La mitad se la doy al jefe del hombre al que le rompí la cara y me robó el violín. Por más que esto parezca un lindo momento, vivir acá no es un paraíso, ¿sabe?

– ¿Y qué hace con el resto del dinero? ¿Pensó en comprarse un violín por ejemplo?

– ¿A usted le importa?

– Me intriga…

– No, no salgo de la estación salvo que sea al hospital comunitario.

– Va seguido al hospital.

– Sufro de catarro…

– ¿Cuándo vio a Yeng por última vez?

– La semana pasada.

– No entiendo…

– Así…

– ¿La ve seguido?

– Si, semanalmente.

– Había entendido que ya no se veían más….

– Ella no me ve a mí…

– ¿Cómo es eso?

– Todos los viernes a las 19hs. toma el tren línea D Naranja (me señala con el dedo)

– Hoy es viernes.

– Sí.

– Y son las 19 pasadas…

– Sí.

– ¿Y está seguro que es ella?

– Si te hubieras acostado con una sola mujer en tu vida ¿podrías olvidarla?

– Ja.

No quiero exagerar pero nos rodeaban más de treinta personas. No me extrañaría encontrar un video en YouTube con esa charla traducida.

 

– Prefiere irse a encontrarla aunque ella no lo vea.

– Prefiero seguir viendo como los amigos coreanos tiran sus billetes en mi estuche…

– ¿Es mejor eso que ver a Yeng?

– La realidad y el amor muchas veces se contraponen.

 

Se produjo un silencio que derivó en volver a llenar las copas con lo último que quedaba en la botella. Frenar la charla me hizo escuchar el murmullo que nos rodeaba. Por primera vez Wong acercó su copa en señal de brindis, golpeamos copas, sonreí y Wong retomó la charla.

 

– Ud. me pregunto a que me aferro ¿se acuerda?

– Sí, me dijo que tenía fe en la esperanza de algo que ya no recuerda…

– Ahora lo recuerdo…

– ¿Qué es?

– Que Yeng esté escondida disimulada entre la gente que nos oye sin escuchar… Y tengo esperanza que ella también me recuerde.

– ¿Y que le diría?

– Que me perdone…

– ¿Que le hizo?

– Quise más a mi música que a ella… Y una vez le pegué…

– ¿Por qué le pegó?

– Bueno, no le pegué, la empujé… Estaba ebrio y ella no me entendía.

– ¿Le pidió perdón?

– No, ese mismo día me vine a la estación de Seúl con este espejo, que como ve ahora está roto, y mi violín que ahora no ve… Y nunca más volví.

– ¿Que otra cosa le diría si lo perdona?

– Lo que me enseñó mi padre.

– ¿Qué fue?

– Que el amor es lo más importante.

– ¿Más importante que la música?

– Más importante que todo, menos que la fe en la esperanza.

Nos miramos los tres, sabíamos que la charla había terminado, entonces improvisé un saludo.

 

– Ojalá recupere su violín y tantas otras cosas.

– Algo parecido ya tengo, si quiere, puede venir a escucharme mañana por la noche frente al Shopping.

– Pero ¿Qué instrumento toca?

– Ya verá…

 

Nos fuimos de noche en una Estación de Seúl colmada de gente apurada y vagabundos deambulando repartidos por los rincones. Caminamos esas mismas diez cuadras con Mijo. Ninguno habló. Me volvió a hacer un té en el hostel. Le agradecí su compañía y me dijo que era triste que no tuviera fe. Respondí con una sonrisa y ella preguntó: “¿Por qué viaja tanto?”. Entonces lo supe, viajar nos vuelve más sensibles. Ella sonrío y quedamos en vernos mañana a la misma hora para caminar juntos.

Yo me fui al cuarto pensando en Wong y ese laberinto de recuerdos en los que se encontraba encerrado. La memoria sería algo maravilloso si no tuvieras que lidiar tanto con el pasado.

 

entrevista-wong

  • Darío Rosemblat
    Darío Rosemblat

    Viajero, recaudador de historias perdidas, periodista, fotógrafo amateur, hincha del ciclón, fana de las Milanesas y del Jägermeister. Entre viaje y viaje dirije y edita la revista Fuera de Hora. También publicó el libro “De Boedo a Marrakech”

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  • […] hacer sin mapas ni GPS, conscientes de que podríamos perdernos por los senderos del mundo, entrar a un laberinto del que solo con mucho esfuerzo podríamos salir. Aceptamos el desafío y seguimos avanzando. Como […]

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atardecer en la muralla china