• por Ludmila Greco

“Lo que se aprende no es nunca lo que uno creía. Y así se comienza a tener miedo. El conocimiento no es nunca lo que uno se espera.

No hay nada malo en tener miedo. Cuando uno teme, ve las cosas en forma distinta.

El miedo es el primer enemigo natural que un hombre debe derrotar en el camino del saber.

Pero a lo mejor debes aprender a perder tu miedo para entender lo que quiero decir.”

Carlos Castañeda

A

veces, vuelvo a tener ese mismo sueño. Me levanto sobresaltada, con la boca seca y el corazón palpitante. Me levanto con miedo, muerta de miedo. Transpirada. Y miro el techo, todo está en su lugar y L. al lado mío. Recién ahí, puedo volver a dormir.

Al principio, lo soñaba a menudo. Ahora, por suerte, cada vez menos. Es que sí, esa noche fue dramática. Y en aquella noche, fue cuando lo soñé por primera vez. No una, sino muchas veces. Es más, aquella noche, cada vez que cerraba lo ojos volvía a soñarlo. O a vivirlo, o a temerlo.

Pero aquella noche yo no fui la única que tuvo pesadillas. L. soñó con el diablo de Bulgakov. Aquel diablo rojo, ruso, comunista, que cortaba cabezas con tranvías y se emborrachaba con felinos. La colombiana que estaba con nosotros, en cambio, no soñó. No soñó porque no durmió. Se pasó la noche llorando, y eso no sé si fue mejor. Quizá, si me hubiese mantenido despierta yo tampoco hubiese tenido aquel sueño, que me parece tan lejano como real.

EL SUEÑO

Sobre mí un gran techo de piedra. Piedras viejas, pesadas, cargadas de historia. Cada piedra está ligeramente apoyada sobre otra, dejando un espacio libre entre medio. Por ese intersticio puedo ver el cielo estrellado y la luna. El techo se conecta con los arcos y con las paredes, pero ahí faltan piedras. Los espacios libres entre una piedra y otra comienzan a ser cada vez más grandes.

En mi sueño, estoy en una antigua torre de vigilancia en algunos de los 20.000 kilómetros que tiene la Gran Muralla China.

A la pared que sostiene la torre, también, le faltan piedras. Y cada vez y de manera desesperada, comienzan a faltar más piedras. Se van cayendo, desaparecen, alguien las saca. Es como si Dios estuviese jugando al jenga en aquella torre. Pero en vez de barras de madera, va sacando piedras. Yo estoy adentro de la torre.

El techo cada vez se sostiene por menos piedras. Hasta que ¡Zaz! Se desploma sobre mi cabeza.

Ahí, justo ahí, me despierto.

atardecer en la muralla china

AQUELLA NOCHE

La primera vez que tuve ese sueño fue, precisamente, durante aquella trágica noche en la Gran Muralla, en China. Me levanté sobresaltada. L. soñaba con Bulgakov y la colombiana, lloraba. Yo registré el techo con la mirada. Seguía ahí.

Por la gran ventana, o mejor dicho, por el gran agujero de la pared, entraba la luna. Luna llena, blanca y redonda.

Registré mis manos. Me saqué los guantes y, así y todo, estaban frías. La sangre de los cortes había coagulado y comenzaba a formarse una cascarita. El codo, me seguía doliendo y el raspón estaba colorado y caliente.

Mis rodillas: ambas raspadas. El pantalón, roto. El raspón de la rodilla derecha coincidía con la tela rasgada. Tenía las zapatillas puestas. Al menos, me mantenían los pies calientes. De mi boca salía un vapor muy espeso. Sería, seguramente, la diferencia de temperaturas. ¿Cuánto haría? ¿-5°C o -7°C?

Decidí salir afuera, dejar la torre. Fui a oscuras, guiándome por la luna. Por más que tenía la linterna en la mochila, no podíamos prenderla. A pesar de tener cientos de ramas, no podíamos prender un fuego. Cualquier indicio de luz, arriba de la Gran Muralla, iba a llamar la atención. Nosotros no podíamos estar ahí, no debíamos ni siquiera estar ahí. Pero ahí estábamos, muertos de frío y de miedo.

muralla china

El viento frío me tiró para atrás. Arriba de la muralla sólo sopla viento. Un viento gélido, que aúlla y que hace rechinar las piedras. Me apoyé en una piedra, esta se desprendió y rodó. Intenté seguirla con la mirada, pero la pendiente era tan abrupta que rápidamente la perdí de vista.

Esa noche, seis veces soñé con el desmoronamiento de esa antigua torre de vigilancia. Dos veces escuché pasos, y en un momento sentí a alguien caminar muy cerca nuestro. L. también lo sintió. Se levantó y salió afuera. No me animé a decirle que yo también había sentido algo. El viento seguía y cada vez era más helado.

Ante mis ojos un espectáculo único. Miles de kilómetros de piedra serpenteaban la montaña hasta perderse en el infinito. Cada tantos kilómetros, otra torre de vigilancia idéntica a la que estábamos nosotros. A ambos lados, piedras desmoronadas. Desde este sitio, la muralla crece en ambas direcciones. No se veía a nadie. Solo árboles y piedras superpuestas.  Esa era la Muralla China, y la tenía para mí sola. Solamente iluminada por la luna. A lo lejos, se veían las luces de Beijing y eso que estaba a más de 100 kilómetros.

luna llena sobre la muralla china

Las piedras crujían y el codo me ardía mucho. Intente pensar cómo sería el camino de la mañana siguiente. Teníamos que salir, bajar. ¿Pero hacia dónde? Desde ahí no había más camino. Sólo trepar más piedras o saltar una pared de cinco kilómetros. Ninguna opción era fácil y la colombiana seguía llorando, y L. soñando con Bulgakov.

Intentaba dejar de pensar. Al menos, no pensar en los riesgos del (no) camino o lo que podría pasar si la policía nos descubría. Las opciones se me reducían. ¿Pensar en qué? ¿En el valor histórico de la muralla? ¿En las pobre gente que murió construyéndola, atacándola o defendiéndola? No. Decidí volver adentro y dormir un poco. Recién eran las 23. Esa sería una noche larga.

Esa noche, seis veces soñé con el desmoronamiento de esa antigua torre de vigilancia. Dos veces escuché pasos, y en un momento sentí a alguien caminar muy cerca nuestro. L. también lo sintió. Se levantó y salió afuera. No me animé a decirle que yo también había sentido algo. El viento seguía y cada vez era más helado.

EL ASCENSO

Se suponía que debíamos cruzar un pueblo a pie. Al final del pueblo, una letrero en chino anunciaba que ahí comenzaba la zona restringida de la Gran Muralla. Es decir, avanzar a partir de ese punto era considerado ilegal y peligroso.

Fuimos igual. Una sirena sonó y una voz automatizada en chino nos dijo algo intraducible. Seguimos. Sólo debíamos seguir las cintas rojas y amarillas. Ellas nos guiarían por la montaña para ascender hasta la Gran Muralla.

El camino comenzó fácil. Lindas vistas, un poco de sol tibio y una enorme y zigzagueante pared de piedra que aparecía y desaparecía según la forma de la montaña. Hasta ahí debíamos subir. Esa era la muralla.

El camino fue divertido hasta el momento en que se acabó. Si bien las cintas rojas y amarillas se veían en lo alto, no había modo de llegar a ellas. Salvo trepar y arrastrarnos en cuatro patas.

En total serían dos horas hasta arriba. Pero algo pasó, creo que nosotros nos perdimos o no encontramos el camino correcto. A las tres horas de haber dejado el último pueblo nos encontramos sin sendero. Solos contra una pared en pendiente de unos 10 metros. Abajo el precipicio. Arriba piedras superpuestas. Volver no era una opción, no porque fuese orgullosa, sino porque camino hacia abajo era mucho más riesgoso que el que se veía para arriba. Fue uno de esos momentos donde me pregunté para qué fui . La colombiana empezó a llorar.

LA CONFESIÓN

Soy miedosa. La altura me da miedo. La oscuridad me da miedo. Los muertos me dan miedo. También los fantasmas, las momias de museos(,) y los autobuses de Nepal.

Sufro el vértigo y odio los caminos de montaña que suponen bajadas empinadas. Me dan miedo las piedras que se desprenden y tener que confiarle mi vida a una rama.

Esa tarde, en ese ascenso, tuve miedo. Miedo de morirme, de quebrarme un brazo o un tobillo. Pero por más que me dé miedo, me gusta la montaña. Me gusta el desafío y la sensación de satisfacción. Pero en ese ascenso no se trataba de fuerza física o capacidad pulmonar. Se trataba de tantear una roca y procurar no venirte abajo. Además, al riesgo de caerse y resbalarse se le sumaba el riesgo de golpearnos entre nosotros con las piedras que iban cayendo con nuestros pasos.

En total serían dos horas hasta arriba. Pero algo pasó, creo que nosotros nos perdimos o no encontramos el camino correcto. A las tres horas de haber dejado el último pueblo nos encontramos sin sendero. Solos contra una pared en pendiente de unos 10 metros. Abajo el precipicio. Arriba piedras superpuestas. Volver no era una opción.

La última parte la subimos de a uno. Cada paso arrojaba varias piedras para abajo. Vale decir, que esas piedras no eran más que trozos de la Gran Muralla que se desmoronaron a lo largo de estos dos mil años.

El primero en llegar arriba fue L. y lo primero que dijo fue una puteada bien larga y porteña. La colombiana dio un veredicto acertado: “Ahí arriba tampoco hay camino”.

Me tocaba subir a mí. Me resbalé y me raspé un codo. Por suerte, el pantalón quedó  enganchado de una rama y así me pude sostener. Subí la última parte reptando. Se me rompió el pantalón y me lastimé las dos rodillas. Al final, subió la colombiana.

Ya arriba los tres lloramos abrazados. El viento soplaba muy fuerte pero vimos el atardecer más hermoso del mundo. Un sol amarillo se posaba sobre la infinita Gran Muralla. Habíamos llegado. Habíamos podido.

Bastaron diez minutos para que el sol desapareciera y la temperatura bajara diez grados en unos instantes.

La puteada de L. tenía un sentido y la colombiana, razón. No había camino alguno. Solo seguir trepando. La Gran Muralla, en ese punto, estaba completamente desmoronada.

Mientras sacaba todo el abrigo y me lo ponía encima, las piernas me temblaban y las manos me sangraban por haberme sujetado de las piedras. Ya estábamos sobre la muralla pero no se veía camino a seguir. Pero no todo era tan malo. Habíamos subido y con un poco de luz vimos una torre de vigilancia desmoronada donde podríamos pasar la noche. El atardecer nos esperó a propósito, no hubiésemos podido seguir a oscuras.

fragmento de la muralla china en ruinas

El camino no seguía fácil. Debíamos seguir trepando, y escalando, por momentos. El miedo de caerse y el contrapeso de las mochilas se veía empeorado por el dolor de las rodillas y raspones. Tampoco teníamos suficiente agua.

EL AMANECER

Cuando vi en mi reloj que ya eran las 3 AM, decidí que era hora de levantarme.

Con la bolsa de dormir puesta a modo de capa, salí a contemplar la Gran Muralla. No dejaba de sorprenderme. Mirase donde mirase, era increíble. La Luna redonda y enorme seguía ahí. Pero ahora, cada vez más rojilla por los primeros rayos de luz. Por suerte, estaba amaneciendo.

Como dijo Dostoievski, el amanecer es la cura para los miedos de la noche. La colombiana también se despertó. Compartimos el abrigo y ella se prendió un pucho. Mirábamos lo que nos faltaba trepar.

Aquel amanecer, como nuestro silencio y nuestros miedos, fue eterno.

El camino no seguía fácil. Debíamos seguir trepando, y escalando, por momentos. El miedo de caerse y el contrapeso de las mochilas se veía empeorado por el dolor de las rodillas y raspones. Tampoco teníamos suficiente agua.

muralla china

Fueron veinte kilómetros más hasta que, finalmente, llegamos a la parte reconstruida de la Gran Muralla. La parte que está abierta al público, la que se puede visitar y para la cual hay que pagar entrada. Allá las piedras brillaban y no había espacios entre ellas. La vegetación estaba cortada y el mayor riesgo era golpearse la cabeza con algún palito para sacarse una selfie que hubiera perdido el rumbo.

Allá miles de chinos se agolpaban por la foto. La Gran Muralla es símbolo de su orgullo. Del poder que supieron mantener a lo largo de la historia y que hoy siguen incubando.

LA VERDADERA MURALLA

Pero la muralla china no es sólo orgullo. También es debilidad, muerte y cobardía. La muralla protege del enemigo, lo mantiene afuera. Pero también controla todo lo que pasa en el interior. Doble función. Ambas, terribles. Ambas, tramposas.

Lo peor de la muralla es todo lo que engendra a ambos lados. Y no me refiero a los miles, millones de chinos que murieron en su construcción. Sino al pánico y desentendimiento que generó en sus habitantes. Para los de adentro, una temible sensación de superioridad. No nos olvidemos, lo de afuera es malo, peligroso, terrorífico.  Pero para los de afuera, el adentro solo genera muchísimas ganas de querer entrar.

La Gran Muralla es el ejemplo del desentendimiento. Qué distinta hubiera sido la historia si ante otro distinto no hubiese actuado levantando una muralla sino tendiendo una silla en nuestra mesa.

Pero la Gran Muralla no fue la única muralla de China. Cada región, cada dinastía, cada chino solo buscaba resguardarse del otro, de los otros. Murallas inútiles.

paisaje con la muralla china

China fue y es un país de muros. Quizá la barrera del lenguaje da cuenta de eso, aunque es un muro mucho más simbólico. La Gran Muralla es imponente. Cruza desiertos, montañas, ríos, y tierras deshabitadas. Es el símbolo de orgullo de todo chino. Es su poderío. Ellos la construyeron para mantener todo lo distinto al margen y lo lograron. Y es, quizá, la razón de nuestro fracaso como sociedad humana. Si en vez de una gran y kilométrica muralla de piedras hubiese triunfado el entendimiento y la comunicación entre los pueblos, hoy quizá (tal vez) contaríamos una historia distinta.

La Gran Muralla es, en realidad, la mejor metáfora de nuestro fracaso como sociedad. Hoy en día, todos vivimos rodeados de murallas, de personas con las que no podemos comunicarnos, ni compartir una mesa, ni entendernos. Hoy, también, todos vivimos con miedo.

Actualmente solo se puede visitar el 8,2% de la Gran Muralla China. El resto de los incontables kilómetros está cerrado al público. Si bien en muchas partes aún quedan trozos desmoronados de la muralla, la mayor parte ha desaparecido. El gobierno chino poco está haciendo para restaurar o recuperar el Patrimonio perdido.
El modo más simple de visitar la Gran Muralla es yendo por el día desde Beijing. La zonas de Badaling, Simantai, Jinshanlingy Mutianyu son las más turísticas y de fácil acceso.
El valor de la entrada ronda los diez dólares.
  • Ludmila Greco mochilasenviaje.com

    Los papeles dicen que es psicóloga pero ella se siente más viajera que licenciada. Sin embargo, algo del conocer y comprender al ser humano se entremezcla en cada uno de sus viajes. Apasionada por la lectura y la escritura puede pasar horas sin levantar la vista de un papel. Se contenta con aprender a decir gracias en un nuevo idioma y hasta ahora, no puede leer un mapa al derecho. Tampoco se cansa de intentar construir un mundo mejor. El modo que encontró de hacerlo es junto a Lucas. Ambos escriben en mochilasenviaje.com

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Comments
  • Helena
    Responder

    Hola. Me atrapó tu relato. ¡Gracias por compartirlo!

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