• por Mariano Bugallo

De mi consideración:

Hace pocos días tuve la oportunidad de leer una carta suya dirigida a mi padre, con fecha 7 de abril pasado, en la cual hace referencia a un recorte de ‘La Voz del Interior’, cuya lectura ha motivado en usted una sed periodística lógica, cuyo trasfondo puede llegar a conducirle a revelaciones insospechadas, produciendo quizás alguna expectativa al publicarse.”

 

A

quella carta comenzaba interesante. ¿Qué tal si las cosas no fuesen como nos las contaron? ¿Si un ícono de la cultura argentina en realidad fuese una farsa, o al menos, una verdad a medias? Si los versos de aquella canción que conocemos de memoria se mezclaran con una historia oculta que, como en los cuentos, comenzó hace mucho, mucho tiempo.

* * *

Caminito, que el tiempo ha borrado

El sol amansaba sus fuerzas como una bestia cansada y se recostaba sobre las sierras, regalando un poco de aire fresco y las ansiadas sombras de los jacarandás. Un alivio para una tarde de 1902 en el pequeño pueblo de Olta, al sur de la provincia de La Rioja.

Gabino había arribado por la mañana a través de un largo viaje en carro desde Villa Mercedes, acompañando a su madre, con el plan de visitar a algunos parientes que hacía tiempo no veían. Tenía veintiún años recién cumplidos y ya mostraba algunas facetas del hombre que sería en el futuro. Buen mozo, como decían en la época, educado, sociable y con un insaciable apetito por las artes y las letras.

Pasó el mediodía puertas adentro, tomando mate con tortilla y charlando con sus tías, pues el calor deshidrata los músculos y no tiene sentido salir a la intemperie en busca de un malestar asegurado. Cuando llegó la hora del atardecer fue a dar un paseo por el pueblo que aún guardaba la calma y la hospitalidad que recordaba de sus viajes anteriores. Para ese entonces, Olta tenía unas cuantas calles de tierra donde se distribuían no más de 500 habitantes, entre los que se encontraba la familia Córdova, que era propietaria de una importante casona a una cuadra de la plaza. Apuró el paso para llegar allí, ya que a sabiendas de sus gustos artísticos, lo habían invitado a una reunión de tertulia y música.

Luego de los saludos de rigor y unas breves palabras con los anfitriones, la melodía de un piano le hizo dirigir la mirada hacia el fondo de la sala, donde una joven señorita lo ejecutaba con tal delicadeza que atrapó su atención de inmediato. Algo sobrenatural sucedió en aquel momento, porque los oídos de Gabino silenciaron el murmullo general y sólo le dieron lugar a cada sonido sincronizado perfectamente con el golpe sobre las teclas de sus finos y suaves dedos. Avanzó unos pasos hacia la ventana, sin dejar de mirarla, como buscando llamarla telepáticamente. Lo deseó con tantas ganas, que le dio resultado y pudo ver a los ojos más profundos que había visto jamás. Quedó pasmado. Hipnotizado. Ella le sonrió y eso fue el fin del mundo tal como lo conocía.

La última nota de la canción le dio el empujón que esperaba. Se le presentó con galantería y entre risas, halagos y gustos en común, crearon su propio oasis entre la gente. Al fin de la velada la acompañó hasta su casa. Él se acostó pensando en su sonrisa y ella, recordando su simpatía, no pudo dormir hasta el día siguiente, en el que prometieron volver a verse.

Así luce hoy la casa de la familia Córdova. El lugar donde se produjo aquel primer encuentro.

Durante los días que permaneció en Olta, Gabino se olvidó de sus tías y la muchacha retrasó algunas horas sus clases de piano. Se vieron a diario, dando largos paseos entre besos y caricias, por un sendero que continuaba más allá de los límites del pueblo, ya que no era del todo conveniente que un señor de importante posición social se enterara de que su hija malgastaba las tardes con un forastero, poeta, bohemio y soñador.

Su estadía se alargó bastante más de lo previsto, un poco por una tormenta que le impidió seguir rumbo a Chilecito, y otro tanto más por una voluntad inconsciente de encontrarla al final de la huella y recorrer aquel sendero de la acequia una y otra vez, lejos de todo y de todos. Tanto lo recorrieron que con el último paseo se dieron cuenta de que estaban enamorados y se juraron reencontrarse lo más pronto posible para revivir ese amor fugaz e intenso sin despedidas.

El viaje y la vida siguieron su rumbo hasta que al año siguiente, Gabino, cumpliendo su promesa y sus más intensos deseos de volver a verla, regresó a Olta. Primero pasó a saludar a sus parientes, pero esta vez no hubo tiempo para mates ni tortillas, el corazón apremiaba. Fue directo hacia la casa de su amada y grande fue su sorpresa cuando el padre, en medio de gritos y sin muchas explicaciones, lo echó del zaguán mientras su esposa se tapaba la cara de espanto con el delantal de cocina.

Se tomó unos minutos para pensar, pues esas situaciones lo merecen, y se sentó en un banco de la plaza con la esperanza de encontrarla volviendo de la iglesia. Esperó una hora. Dos. Tres. Hasta que un viejo conocido se apiadó de él.

¿No te enteraste, Gabino? Se fue del pueblo y nadie sabe de ella. Nunca más volvió.

La noticia fue como un temblor en el alma. Violento, inesperado y devastador. Y así, con la melancolía de volver con sus manos vacías y el corazón quebrantado, regresó a Villa Mercedes, le dio un beso a su madre, entró a su habitación, tomó un lápiz, un papel y comenzó a escribir los primeros versos de su catarsis de amor:

Caminito, que el tiempo ha borrado,
que juntos un día, nos viste pasar.
He venido por última vez,
he venido a contarte mi mal.”

Leo sus mismas palabras, escritas en un humilde cartel de madera que recuerda el lugar exacto dónde aquel joven Gabino Coria Peñaloza, hace más de un siglo, vivió un romance que le inspiró a escribir la letra de una de las canciones más célebres del tango argentino.

* * *

El caminito de Gabino, más de un siglo después.

Desde que se fue

Hoy, ese sendero no parece estar rodeado de tréboles, ni juncos en flor. Pero sí de retamas y otros arbustos que brotan de la tierra colorada, y sube por una loma desde la cual se puede apreciar toda la belleza y el verdor del Valle de Olta. Parado aquí, entiendo perfectamente por qué era el lugar que elegía para caminar con su amada y finalmente dedicarle su obra maestra. Deseando sus mismos pasos, intento que mis pies sigan su huella en compañía del profesor Oscar Francisco Vilche, quien ha dedicado más de 40 años a reconstruir una historia que se había perdido en los laberintos del tiempo.

Placa en Caminito. La Boca, Buenos Aires.

-En La Boca hay una placa que dice dice “Caminito. Canción de Juan de Dios Filiberto, inspirada en este lugar”. Entonces todo el mundo piensa que se inspiró allí, pero no está la historia de la letra…- me dice intentando despertar mi curiosidad.

Oscar Vilche es profesor jubilado, intelectual, amante de la música clásica y coleccionista de piedras y piezas arqueológicas. Desde su retiro se dedicó a la literatura y la investigación sobre sucesos ocurridos en su pueblo que lo han llevado escribir tres libros, entre ellos “Caminito y el Tango”.

-Lo que yo he leído y me ha motivado es este artículo. Año 1972. Mire lo que dice acá.

Sacó de su carpeta una página de periódico amarillenta. Señalando con el dedo índice uno de los tantos párrafos subrayados en lápiz, me leyó pausadamente una cita del propio Coria Peñaloza: “Juan de Dios escribió la melodía y yo recordando esos amores de adolescente fui puliendo las estrofas y dándole vida. Si bien existe en Buenos Aires una calle en homenaje a Caminito, como buen hombre del interior que soy debo decir que su letra es netamente provinciana y se inspiró en un sendero de provincia, en el pueblito de Olta, en La Rioja, donde alguna vez transité allá por los años mozos.”

-Cuando yo leí esto, tenía 29 años y era docente aquí. Me sorprendió gratamente la historia. Entonces, en el año 1975 le escribí una carta.

Por aquellos años Vilche trabajaba como periodista del diario El Independiente y enterado de tamaña noticia, que significaba un tesoro cultural insospechado para su pequeño pueblo, para él y para la comunidad artística, se lanzó en busca de la verdad, consultándole sobre algunos detalles e invitándolo a las fiestas patronales como excusa para lograr la gran entrevista de su vida.

-Parece una tontería, pero todavía guardo el sobre.- Con algo de orgullo y un poco de vergüenza me enseñó el original de la carta de respuesta que recibió al mes siguiente, firmada por Federico, su hijo.

¡Escuchá la carta!

-¿Y se pudo concretar ese encuentro?

-No. En abril me contestó y en octubre del mismo año murió.

* * *

Seguiré sus pasos

Tuvieron que pasar más de 20 años para que la tinta y las lágrimas derramadas se hicieran canción. El profesor Vilche me relata que Gabino, siguiendo el impulso de su pasión por la literatura, decidió radicarse en una vieja pensión de Buenos Aires en busca de alguna oportunidad. Escribía textos para distintas revistas y periódicos por un manojo de dinero que sólo le alcanzaba para pagar la pensión y frecuentar asiduamente las cantinas y los burdeles de la bohemia porteña de los años veinte.

“Si bien existe en Buenos Aires una calle en homenaje a Caminito, como buen hombre del interior que soy debo decir que su letra (…) se inspiró en un sendero de provincia, en el pueblito de Olta, en La Rioja, donde alguna vez transité allá por los años mozos.” (Gabino Coria Peñaloza).

En una de esas tardes, en un bar de Florida al 300, su amigo Benito Quinquela Martín le presentó a un músico llamado Juan de Dios Filiberto. Este le contó que había compuesto una nueva canción y le propuso agregarle la letra. Para ese entonces los tres eran perfectos desconocidos, pero de todos modos Gabino aceptó gustoso el reto artístico. Entre copas, Juan de Dios le escribió la melodía en un papel y él esbozó un boceto con la promesa de terminarla en pocos días. Siguieron bebiendo y se olvidaron del tema.

Pasaron tres meses hasta que Juan de Dios, que era un hombre de carácter difícil, lo llamó desesperado porque necesitaba con urgencia el trabajo terminado. Gabino se había olvidado por completo e intentando salir del paso buscó entre sus archivos, hasta que dio con un poema que había escrito tiempo atrás y que encajaba perfectamente en la métrica de la melodía.

* * *

El profesor Oscar Francisco Vilche en su Caminito.

Caminito, adiós.

-Mucho no le gustó a Juan de Dios. “¿Caminito? No me dice nada…”, le dijo y le sugirió que cambiara algunas partes. Don Coria le contestó que la letra iba tal cual estaba, o no iba nada. Y a los pocos días lo llamó aceptando -me revela el profesor Vilche y de paso agrega- se ve que alguien le aconsejó que estaba buena la letra.

El tango se estrenó en el concurso del Corso de Buenos Aires de 1926, en el cual ganó el primer premio. Sin embargo, algunos dicen que no gustó y se fueron abucheados. Meses más tarde, cuando la grabó el mismísimo Carlos Gardel parecía que podría funcionar, pero tampoco. Al parecer, “Caminito” no estaba destinada al éxito hasta que se presentó en un teatro de la capital bajo la voz de Ignacio Corsini.

-Y ahí sí. Todo el mundo la aplaudió de pie.- sentencia Vilche.

+ Info

“Caminito y el Tango” de Oscar Francisco Vilche:
El libro relata las conclusiones obtenidas a través de años de investigación, ofreciendo al lector la historia de Caminito desde una mirada superadora del reduccionismo histórico.
Si quieres conseguirlo, escribe a oscarfvilche@gmail.com

En vista de eso, Gardel, que tenía exclusividad para la canción, le cedió los derechos a Corsini porque eran muy amigos. -Me cuenta y sigue- Y ahí comenzó la historia de caminito, que permaneció guardada por muchos años. Solamente algunos especialistas en la materia comentaban que la letra era de La Rioja, pero con muchos errores.

-¿Cómo fue que ese Caminito de Olta terminó en La Boca?

-Fue por una gestión que hizo Quinquela Martín. Era un callejón donde antiguamente pasaban trenes, una cosa abandonada. Se iba a vender eso. Para evitarlo, solicita a la municipalidad que compre ese lugar y lo destine como museo al aire libre en homenaje a Juan de Dios Filiberto y a Caminito. En el año 1959 sale el decreto, se compra el terreno y se hace. Pero con preponderancia de la historia de la música, dejando a un costado la historia de la letra.

Lo que resulta curioso es que en definitiva, como decía el propio Coria Peñaloza, el músico crea una melodía sin palabras ni títulos. Y que seguramente, la postal más emblemática de Buenos Aires le debe su identidad a Don Gabino y a aquel Caminito de Olta que ha dejado huérfano, como un hijo no reconocido.

-¿Y por qué cree que pasa?

-Y a ellos no les interesa mucho lo de acá. Fíjese, el busto de Juan de Dios, está radiante y Don Gabino está viejo, sucio. Un ilustre desconocido. Yo presenté un proyecto ante el poder ejecutivo municipal para colocar una placa en La Boca que cuente la historia de la letra. Está ordenado desde el año 1978 ¿Qué cuesta? Nada.

El tono de su voz me transmite una mezcla de enojo y resignación. En sus ojos, encuentro la misma mirada que imaginé en Gabino, sentado en aquel banco de la plaza de Olta. Hay un puente entre ellos, a ambos los une el amor. A Gabino por una mujer, a Vilche por su pueblo. Pero pareciera que esos amores que se tejen alrededor de Caminito siguen siendo historias de desengaños y desilusión.

Repaso los versos del tango: “la mano del tiempo, tu huella borró”, y todo está escrito allí, como si fuese una predicción del futuro, o peor aún, como una expresión de deseo. El tiempo es una obsesión y el olvido la mayor de las injusticias, sin dudas. Pero quizás, en la canción, había un corazón roto que lo pedía a gritos. “Y que el tiempo nos mate a los dos.”, sin saber que podría llegar a hacerse realidad si no fuese porque el profesor Vilche lo evitó.

Monumento a Caminito en Olta, La Rioja.

-Y la pregunta del millón ¿Quién era la chica?

-El autor nunca quiso dar el nombre, es un secreto que se llevó a la tumba. Yo tengo sospechas, pero no puedo decirlo porque no lo tengo por escrito. Hay dos teorías. La primera, es que era oriunda de Chilecito y trabajaba como maestra en Olta cuando lo conoció a Gabino, pero que al año volvió a su ciudad y allí se casó. Eso explicaría por qué se fue. También hay otra versión de que la chica era de aquí, de una familia rica del pueblo y que por ello tenía piano. También es creíble.

Mientras me lo cuenta presiento que lo sabe con exactitud. Se le nota en su rostro como a un mal jugador de naipes cuando le toca la carta más alta. Entonces pienso, ¿Por qué Gabino nunca reveló su nombre? ¿Por respeto? ¿Por caballerosidad? Seguramente. Pero quizás haya sido por poeta, para embalsamar aquel amor perfecto recorriendo un sendero de provincia en 1902. Detener el tiempo, de eso se trata una vez más. Como se detuvo ante la melodía del piano, los paseos de la acequia y los besos apasionados. Puede ser. No tiene sentido romper el hechizo, él lo sabe y yo lo sé.

O tal vez haya sido simplemente por picardía, para agregarle una cuota más de intriga y secretos a una canción cargada de misterios que parecen nunca terminar de revelarse.

-¿Se da cuenta de una cosa, profesor? Quizás sea el único tango de Gardel que, sin embargo, tuvo éxito por la versión de otro cantante.- Le comento cuando me dedicaba un ejemplar de su libro.

-Tiene razón. ¿Quiere un té?- Entre tanto dibuja el último firulete de su firma y se levanta de la mesa como buen anfitrión.

-No, gracias, no quiero molestarlo más.

Es cierto. No lo había pensado.- Me sigue respondiendo ya sin mirarme mientras abría una puerta que tal vez no sea la de la cocina.

  • Mariano Bugallo irandando.com

    Algunos dicen que es comunicador, otros diseñador. Él ama la música y caminar, por eso cree que su verdadera vocación es el movimiento. Disperso pero observador. Cada viaje le deja más preguntas que respuestas. Aún así, el desierto le enseñó que la prisa mata. La selva, que el todo y la nada son la misma cosa. La montaña, que lo imposible se logra poniendo un pie delante del otro. Y el mar, le enseñó que todavía le falta mucho por aprender. En eso anda, mientras fotografía y escribe en irandando.com

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Showing 8 comments
  • Che Toba Blog de Viajes
    Responder

    Aplaudo de pié a ésta nota porque no sabía ni conocía de la historia pero es un poema tal cual la letra del tango la historia, si la agarra Hollywood te hace una película con Brad Pitt y alguna modelo desconocida. Me he leído todo y el audio de la carta (no sé de dónde lo sacó Mariano) hasta me emocionó porque imagino la historia, de ésas que ya no existen no y que todos éstos pueblos del interior con viejas puertas y ventanas encierran. Quien sabe cuántas otras historias de amor habrá por aquel entonces, si yo suelo contar que a mi edad de adolescentes (sin teléfono fijo siquiera) volver a ver a ésa chica que en un baile te enamoraba un sábado era una lotería o bendición. Mi hija se ríe cuando le cuento, las conocías un sábado, la volvías a ver con suerte a los dos meses, era posible que “chapemos” y todo, algo medio difícil si recién uno se conocía y sin embargo NO la vuelvas a ver por meses ya que sus padres no la dejaban salir, o no te quería dar la dirección y no había como coordinar una nueva salida porque NO TENIA TELEFONO en la casa. Se imaginan antes en éstos pueblos que había que andar 2 o 3 días a caballo para ir al baile? Mi madrina era una mujer hermosa, vivió siempre enamorada, nunca se casó, ahora ya tiene unos 80 años, contaba (porque su padre tenía una funeraria) que conocía a muchachos en los velorios y a lo mejor lo volvía a ver luego “en otro velorio” pero volvían casados tal vez y que nadie quería de novia a la hija del funebrero…. a quien hoy algunos le achacan incluso poderes de bruja. Ahí tenés otra historia Mariano ja ja ja. Saludos

    • Mariano Bugallo
      Responder

      Muchas gracias Toba! Me alegra muchísimo que te haya enganchado la historia, que sin dudas tiene todos los condimentos para atrapar. Yo la descubrí medio de casualidad y me encantó (aun sin saber todos los detalles) y dije: “tengo que ir a Olta a hacer una nota de esto, es genial”, tardé un año pero fui. Como vos decís son esas historias que merecen ser contadas porque ya son imposibles en estos días… imaginate a Coria Peñaloza con Whatsapp, listo! No había tango, ni caminito ni nada. O quizás seria un post en un blog! jaja!
      Abrazo grande!

  • Isabel Mércol
    Responder

    MARIANO: Como siempre, tus palabras le dan otro color a la historia ( que , por razones obvias para vos y para algunos otros, ya conocía). Me enorgullece haber servido de intermediaria entre ustedes y el profesor Vilche, que, como otros curiosos e investigadores del ” interior” ( término que detestaba el escritor jujeño Héctor Tizón) gastan y gustan pasar las horas desentrañando historias… que muy pocos conocen. Es especial, sus propios vecinos. GRACIAS!!!

    • Mariano Bugallo
      Responder

      Isabel!!! Gracias por el comentario (todo un honor viniendo de la profe Mércol) y por supuesto, por la ayuda a la hora de la producción. No hubiese sido posible sin tus llamados! ja!
      Espero que haya gustado y aportado mi granito de arena para difundir esta linda historia que tiene la provincia!

  • Ricardo
    Responder

    Es una nota que está muy bien escrita, pero me permito disentir con el sensacionalismo del título que habla de mentira y de farsa, palabras demasiado fuertes para desacreditar una creación de un gran artista, como fue don Benito Quinquela Martín. A lo sumo, como se desprende del escrito, estamos en presencia de un malentendido o de una placa que cuenta la historia de manera parcial, pero el peso de palabras como mentira o farsa me parece que es excesivo por donde se lo mire. Una pena.

    • Mariano Bugallo
      Responder

      Hola Ricardo. Antes que nada, muchas gracias por tu valoración de la nota. Con respecto al título, entiendo el punto al que te diriges y puede ser que tengas razón. Busqué un título fuerte, que interpele y que llame a la atención, asumo ese pecado. Pero si ello te llevó a que la leas entera y te haya gustado, podemos asumirlo como una picardía del oficio. Por último, voy a disentir yo ahora contigo en un punto. Si “mentira” es una palabra fuerte, “malentendido” me suena demasiado débil. Digo, un malentendido que dura más de 50 años, más que un malentendido pareciera ser un olvido.

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