• por Cristina Sisca | Ilustración: Rael
N

os dijeron que partiríamos pronto. La luna se ha mostrado blanca y perfecta sobre el mar y las velas esperan. Nuestro capitán nos reunió durante la noche de ayer en un cuarto apartado de la posada de Uñas. Es un hombre muy confiado nuestro capitán y dice que el viaje nos traerá libertad y mucho oro para los que nos animemos. Sólo nos pidió mantener el secreto; navegar con un extranjero no está bien mirado en el reino, aunque creo que él tiene algo de miedo también. Saldré de mi casa cuando oscurezca; sólo confié a mi padre mi resolución de partir; mi madre continúa con sus achaques y no podría con la pena. Espero encontrarla con vida a mi regreso.

* * *

Somos veinte en esta nave, algunos no sabemos nada de navegación, pero nuestro capitán dijo que aprenderemos. Nos habla lentamente y su acento de otras tierras suena dulce, como el canto de las sirenas. Quiera el Señor que no las encontremos en nuestro viaje. Somos veinte y las mujeres, cinco; se han ofrecido voluntariamente, silenciosamente; Alacrán me ha dicho que son vírgenes, pero yo no le he creído. Hay también un capellán entre nosotros; vino del Norte, nos habló en latín; él sí sabe algo de navegación. No ha mirado muy bien la presencia de las mujeres y antes de partir ha rezado por todos.

Mi padre me ha dado algunos de sus libros; seguramente no tendré tiempo de leerlos, pero los llevo conmigo. Mi padre me prometió guardar el secreto; sabe que no me despedí de Elisa porque ella hubiese intentado impedir mi partida; quizá ella también decide esperarme.

* * *

Hoy es el primer día de sol desde que dejamos el puerto. El verano es engañoso en el mar, así nos ha dicho nuestro capitán; él ha estudiado el clima de muchos sitios. Alacrán cree que tiene algo de brujo, pero no quiso denunciarlo o perdería la oportunidad de viajar, además las mujeres han terminado por decidirlo.

Comemos temprano y luego todo queda a oscuras; ya no veremos las naves que nos acompañan hasta el amanecer siguiente. Es entonces cuando tengo miedo o angustia de estar solo o muerto, pero huelo a sudor y a pez, mis compañeros roncan a mi alrededor: sé que estoy vivo.

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He descubierto que el Silencioso es judío; se ha embarcado con nosotros para escapar; él no tiene miedo, sabe que siempre será mejor que quedarse en tierra; seguramente le ha dado a nuestro capitán una buena paga. Es rico, pero no habla mucho con nosotros.

Las mujeres preparan nuestra comida. Una de ellas ha nacido cerca de mi pueblo; siempre hay olor de harina en sus manos, sus ojos son negros. Alacrán me ha preguntado por ella durante la noche; yo le hice creer que dormía.

* * *

Nuestro capitán nos ha reunido en cubierta; estaba sudoroso y pálido, debe de pasar en vela casi todas las noches; su voz sonaba pesada y lenta, chocaba contra los velámenes y volvía a nosotros, como un eco. Nos dijo que una de las naves ha desertado. Yo sé que él seguirá adelante.

Alacrán me clava el codo en las costillas; sabe que la mujer de las manos enharinadas está mirándome. Elisa quizá ya no me espere; sus padres pedirán explicaciones a los míos; mi padre permanecerá en la ventana mirando hacia el puerto.

* * *

Por las noches siento frío; quizá nos encontremos con paredes de hielo y la nave desaparezca; tardarán mucho tiempo en pasar otros por este rumbo y no podrán hallarnos, nadie se enterará de que hemos muerto.

La mujer que nació cerca de mi pueblo se llama Teresa.

* * *

Ya no comemos cuando es el turno, sino cuando lo necesitamos de verdad; trataré de soportar el hambre un día más. Alacrán es más fuerte que yo, pero sufre mucho; anoche lloraba mientras los demás dormían, me dijo que añora un cuerpo de mujer, pero sabe que está prohibido tocar a las vírgenes; quizá cuando lleguemos sea posible. Cuando el Silencioso murió, él se asustó mucho, no quiso ni tocar sus doblones. El capellán decidió tirarlos al mar, o eso fue lo que nos dijo.

Muchos camastros han ido quedando vacíos. Teresa también tiene miedo; ya no hay harina para que pueda hacernos el pan; sus manos no son las mismas cuando me acarician. A ella le he hablado de Elisa y una noche hasta pude leerle el reencuentro de Odiseo y Penélope, pero la hizo llorar. Ella cree que nunca regresaremos.

* * *

Una de las mujeres será arrojada al mar; fornicó con uno de los oficiales para que la dejara comer una rata que guardaba en su camastro. El capellán la acusó de brujería; casi no tenía fuerzas para leer la sentencia; muchos temimos que se desmayara. Las otras mujeres pidieron que fuese ahorcada y su cuerpo guardado en la bodega, pero nuestro capitán tuvo que negárselo, no podía arriesgarse al pecado de antropofagia.

* * *


Ya nadie trabaja sobre cubierta; ya no hay órdenes que impartir, sin embargo, no nos rebelamos, queremos llegar, conocer, saber qué hay más allá. Yo sé que nuestro capitán no está loco; Alacrán se sonríe mientras se lo digo; sabe que va a morir pronto; quiere regresar, confesarse; delira.

* * *

El capellán no quiso rezar por el alma de Alacrán, dijo que nunca había comulgado. Lo arrojaron al mar, como a Teresa.

* * *

De día y de noche sólo hay silencio. Nuestro capitán permanece en su camarote escribiendo y estudiando; quizá ya no quiera llegar, quizá decida volver y terminar sus días en las galeras, porque seguramente será condenado cuando volvamos, como todos nosotros.

Al amanecer nuestro capitán ha soltado un cuervo, él nos hará saber si hay tierra cerca. Ya no tengo a quién leer ni con quién conversar. Tenemos hambre, somos pocos.

* * *

Siete días después del cuervo, nuestro capitán ha soltado una paloma que, como no halló dónde detenerse, volvió con nosotros. Como ya no nos serviría, nuestro capitán permitió que la comiésemos.

Está muy sombrío nuestro capitán, ya no nos habla como antes y a veces se queda mirando el mar como si estuviese preguntándole qué hay más allá, si vale la pena morirse aquí.

* * *

Hace mucho tiempo que estamos navegando, ya ni sé cuánto. Han pasado tantas cosas. Nuestros reyes seguirán guerreando contra los extranjeros que llegaron del Sur; quizá todo esté perdido también para ellos.

* * *

Uno de los oficiales nos ha reunido en cubierta; el capellán no está con nosotros, se ha quedado en el camarote de nuestro capitán, rezando por su alma. No quería hacerlo, pero todos se lo pedimos; nos dijo que no entraría en el Paraíso por haberse dado muerte, pero era bueno y conocía mucho de navegación y tenía confianza.

El oficial que nos ha reunido trajo con él el Cuaderno de bitácora; allí nuestro capitán ha ido anotando lo que sucedía, día tras día, desde que partimos, en agosto. Todos sabemos que ahora tendremos que regresar, aunque algunos no soportarán el viaje, pero estamos decididos, es la orden de nuestro capitán; en su libro nos pide que si él faltare, que regresemos; quizá nadie se haya enterado de nuestra partida. Mi padre debe de haber guardado el secreto mientras sigue mirando hacia el puerto y Elisa finalmente será mi esposa.

Ya casi no oigo lo que está leyéndonos el oficial. Nuestro capitán ha colocado palabras nuevas en su relato, habla de aves desconocidas de extraños colores que dice haber visto, de hombres desnudos de cabellos lacios; seguramente deliraba, aunque nos pide que volvamos, que no nos aventuremos más allá.

* * *

La nave ya enfiló su proa hacia nuestro destino. Esperamos que el buen tiempo nos acompañe. El mar está sereno y, sobre él, la luna blanca y perfecta.

  • Rael
    Rael Ilustrador

    Rael es el alias de Mario De los Santos, dibujante autodidacta, estudió comunicación, trabajó en publicidad, diseñó revistas, escribió alguna que otra nota, viajó y unas cuantas cosas más. Pero dibujar dibuja desde que tuvo la motricidad suficiente como para sostener un lápiz y amenaza con seguir haciéndolo mientras pueda.

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