#MePasóViajando: Año nuevo chino en Malasia

  • por Ariel y Celeste
E

l día empezó como cualquier otro. Llevábamos una semana trabajando a cambio de alojamiento en un hotel del pintoresco pueblo de Ipoh, en Malasia.  Me tomé mi café en la estrecha habitación que ocupábamos en la terraza del edificio y bajé a la recepción para arrancar el día. En el poco tiempo que llevábamos en el trabajo, ya teníamos una pequeña rutina establecida: como de malayo no hablábamos más allá de lo básico, sólo nos ocupábamos de la limpieza del sitio. Al terminar con las dos o tres habitaciones que nos tocaban limpiar, bajamos a la recepción a hacer tiempo hasta el final de nuestro turno, pero abajo nos esperaba el comienzo de un día inolvidable.

me pasó viajando otro mapa

Allí se encontraba el dueño del hotel. Luego de presentarnos, entusiasmado, Liew nos invitó a almorzar al comedor local donde era habitué. Tan sólo sentarnos en la mesa con los uniformes del hotel, la gente de alrededor empezó a hablarnos en mandarín, entre gritos y carcajadas. Nuestro jefe nos traducía, aunque sospecho que se guardaba las bromas más pesadas para él. Apenas terminamos de comer, Liew nos explicó que estábamos pasando por el año nuevo chino, y que en su aldea lo iban a festejar esa noche. Humildemente nos invitó a participar de la celebración, a la que accedimos de inmediato y sólo una hora más tarde estábamos en la ruta.

Mientras avanzabamos, nos adentrábamos en una Malasia fuera de los mapas del turismo. Una vez instalados en otro de los hoteles de Liew, nos preparamos. Poco antes de que caiga la noche, Liew nos buscó y fuimos junto a toda su familia a la fiesta. Desde el asiento de la camioneta ya podía ver que mi imaginación se había quedado corta. Cuando llegamos, cuatro hombres estaban descargando cerdos enteros hechos al horno de un camión; pero esa no era ni de cerca la única opción culinaria. En el patio delantero de la casa habían puesto una docena de mesas rodeando un gran tablón con unas 15 fuentes y ollas llenas a rebosar de comida.

Nos explicaban que en la tradición China, da buen karma en año nuevo organizar un festín u “open house” e invitar a la mayor cantidad de gente posible. Y al correr la comida y la bebida por cuenta exclusivamente del anfitrión, la concurrencia nunca es escasa. Luego de saludar al “anciano” de la familia anfitriona con la tradicional inclinación hacia adelante y el “gong xi fa cai” (feliz año nuevo chino) correspondiente, ingresamos en una pequeña porción del mundo chino, con las simbologías taoístas, las sonrisas curiosas y la obsesión con el color rojo.

Luego de atiborrarme con jabalí salvaje al ají, curry vegetariano hindú, los clásicos noodles y quien sabe que más, empezó a correr la bebida. Yo pienso que la ocasión amerita una nueva frase: “más hambriento que mochilero en año nuevo chino”. Los anfitriones hicieron correr una dotación inagotable de whisky, vino, licor de arroz, vodka y ron. Para complicarme la noche, al ser el único hombre blanco de la fiesta todos venían a querer brindar conmigo al grito de “chu nimen, chu nysie, huala” – luego de muchos intentos (y carcajadas) me conforme con pronunciar sólo la última palabra.

El resto de la noche, como se imaginaran, se fue poniendo más borroso. Me hice mejores amigos con el hombre que había traído el jabalí, un bizarro personaje que terminó por mostrarme los tatuajes de serpientes que le cubrían buena parte de la espalda y el torso, y por decirme que si alguna vez estaba en Borneo y tenía problemas (quien sabe a qué clase de problemas se refería), sólo debía decir que era amigo suyo y todo se solucionaría. Afortunadamente no he tenido ocasión de ponerlo a prueba.

Mientras en una punta tomábamos, comíamos y gritábamos “huala” a todo pulmón, del otro lado las señoras apostaban a un extraño juego de cartas en el que más tarde perdimos toda la plata que habíamos llevado, para diversión de todos los testigos.

me pasó viajando otro mapa

Poco después, exhausto, me desplomé en una silla al lado de Celeste. Ella sonrió – seguramente a sabiendas de que yo ya estaba perdidamente borracho –, le devolví la sonrisa, y sólo atine a decirle una cosa, desde lo más profundo de mi corazón con forma de mochila: ¡qué hermoso que es viajar!

Cuando me desperté esa mañana nunca me hubiese imaginado cómo iba a terminar el día, pero sí, #MePasóViajando.

  • Ariel & Celeste
    Ariel & Celeste

    Ariel y Celeste son dos viajeros que se conocieron en el 2011 en el primer día de su primer viaje y que desde entonces deambulan juntos los caminos del mundo sin prisa ni condiciones.

    En su blog viajandovivo.net cuentan todo sobre sus viajes y hacen un esfuerzo por inspirar a aquellos que aún no se han animado a viajar.

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