• por Andrea Vasco

F rente a la hoja en blanco, pienso en caminos y automáticamente me viene a la mente  “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Esa frase del poeta Antonio Machado, que estaba pegada en la puerta de mi cuarto, cuando tenía alrededor de trece años. En ese momento tenía duplicada la sed por vivir y conocer. Temía crecer, y no tener suficientes anécdotas que contar de abuela. Ojo, ni siquiera había pensado en ser madre, pero ya pensaba en ser abuela. Fue un poco esta necesidad por experimentar más, la que me impulsó a viajar.

El camino desde una mirada reflexiva

¿Qué son los caminos, sino rutas intangibles por donde dirigimos nuestra vida, ya sea más o menos conscientes? La sociedad nos ha educado para creer que mientras más planificado esté nuestro camino, mejor será nuestro futuro andar. Entonces, nos acostumbramos fácilmente a planear, a tener expectativas tanto de nosotros, como de las demás personas y situaciones. Y sobre todo, nos acostumbramos a postergar. Nos dedicamos a dibujar nuestro futuro y con él, un círculo de lo conocido… lo manejable. Y así, nos vamos olvidando de que realmente no hay camino.

Los viajeros no somos mejores caminantes en la vida. Simplemente caminamos distinto, frente a una vida que no tiene un camino, sino miles y todos inciertos. Cada ruta, es una apuesta y un viaje en sí

Nuestras sociedades viven proyectando, enmarcando, sistematizando y estructurando lo que más puedan, temiendo casi siempre los cambios radicales y lo desconocido. Y sin embargo, la vida misma, es el camino de la incertidumbre, y con mayúsculas.

He escuchado una infinidad de veces: ¡qué camino de vida tomaste, eh! Yo sí que no podría vivir así, sin saber qué pasará mañana.  Entre mí pienso: ¡qué chistoso!, como si realmente alguien, supiera lo que va a pasar mañana.

el camino desde una mirada reflexiva

Sin duda viajar te expone a más y diferentes situaciones. También el movimiento te obliga a vivir en una mayor cantidad de escenarios, permitiéndote conocer distintas versiones de ti mismo, y así sorprenderte de lo que has sido capaz de ser y hacer. Pero vivir viajando, no es vivir en la incertidumbre. Vivir lo es. Sólo que vivir así, tiene un exquisito sabor a libertad. Tiene gusto a dejarse llevar, dejarse ser y fluir. Y aunque hay tantos caminos como personas, yo lo siento como cambiar de camino…  o mejor dicho, como improvisar uno al pie del camino. No digo que vivir viajando significa estar fuera del camino, del sistema. No, aún manejamos dinero, necesitamos trabajar, comprar, consumir, cumplir con papeleos, formalidades de visa (no siempre), etc. Sin embargo, aunque no estamos fuera, tampoco somos muy funcionales para el sistema. “Es como ir por los bordes del camino”, me decía Fede, un amigo que iba jalando dedo por Sudamérica, junto a su novia Ra, y su bello pitbull Uli.

Mucha gente tiene una romántica idea de lo que es viajar, del tipo publicitaria. Y viajar, no es el camino a la felicidad, en mi opinión, tampoco es para todos; y menos si se cree que es la mágica solución a los problemas, o la respuesta a las preguntas.

Es extrañamente hermoso viajar a un nuevo lugar, donde no sabes qué te sucederá. Donde nadie te espera, ni conoce. Donde no tienes idea de dónde dormirás. Donde no sabes cómo te recibirá esa cultura, y no tienes amigos… al menos no aún. Donde a veces ni siquiera sabes cómo vas a generar dinero, pero sabes que terminarás haciéndolo y continuando el viaje. Donde desconoces cuánto tiempo te quedarás o hacia donde irás después. Entonces, empecé a sentir una distinta sensación de libertad. Una mezcla entre vértigo y placer. En ese punto, no hay expectativas que cumplir, no hay perfiles que sostener, no hay egos que alimentar. Ahí, tienes la posibilidad de ser tú… no el que lo dejó todo, no el profesional, no el viajero, no el que postea una foto ni escribe. Sino, simplemente tú, sin probarle nada a nadie, más que a ti mismo. Y todo fluye… no sabes cómo ni por qué, pero se da. Sin misticismo, sin necesariamente ser lo que esperabas o como lo imaginabas (a veces, es mucho mejor), pero fluye.

El camino desde una mirada reflexiva

Mucha gente tiene una romántica idea de lo que es viajar, del tipo publicitaria. Y viajar, no es el camino a la felicidad, en mi opinión, tampoco es para todos; y menos si se cree que es la mágica solución a los problemas, o la respuesta a las preguntas. ¿Cómo me atrevo a reventar la burbuja? Lo hago, porque esto es más que ir sumando kilómetros, haciendo vistos en una hoja, o tomarse fotos al lado de monumentos. Para varios, este caminar por el borde, se ha convertido en escuela, universidad y consultorio psicológico; no porque todo sea perfecto, sino porque es bello transitar en toda su profundidad y no sólo en su superficie. Recorrerlo sin importar sus dulces y amargos sabores. Ir, sabiendo que está lleno de colores y no sólo del rosa.

El camino desde una mirada reflexiva

Vivir viajando, no significa necesariamente vivir intensamente, en constante aventura y siempre con una sonrisa en el rostro. Mucho menos estar de eternas vacaciones. Y aunque nos imaginen como seres totalmente liberados de la monotonía, la verdad es que también podemos caer en lo conocido del viaje, en la rutina del viaje. En hacer todo igual, aunque todo sea diferente. Nosotros también nos debemos ese “ponerle una extra chispa a la vida”. También nos podemos perder en el camino, y preguntarnos: ¿Hacia dónde iba?, ¿qué estaba persiguiendo? También nos podemos convertir en esclavos de objetos: dependientes de una cámara, de un computador, de un celular.

Así que en momentos no basta con viajar, sino que hace falta algo más. Tal vez, estar en modo viajando. ¿A qué le llamo modo viajando? A un estado de encantamiento y presente, a la vez. Algo así como: mirar con la suficiente distancia para maravillarte, y con la necesaria cercanía, para comprender lo distinto. Es ver algo, con ojos nuevos… como si fuera la primera vez, sin importar que sea cotidiano o majestuoso.

El camino desde una mirada reflexiva

Los viajeros, no somos mejores caminantes en la vida. Simplemente caminamos distinto, frente a una vida que no tiene un camino, sino miles y todos inciertos. Cada ruta, es una apuesta y un viaje en sí. Lo único que nos queda por hacer – ya sea desde el bordecito del camino o no- es andar en modo viajando, sabiendo ser y estar en cualquier lugar. Poniendo esa extra chispa de vida, a cada día de nuestra vida.

  • Andrea Vasco

    Andrea es comunicadora, apasionada por el cine, la imagen y el arte. Vive viajando lento y sin prisa, desde 2011. Recorre registrando con su cámara paisajes y escenas de aquello que le maravilla. Su viaje surge principalmente con dos fines: experimentar la vida bajo otra premisa y descubrir distintas formas de ver, entender y sentir la realidad. Comparte su trabajo en Wavas Films.

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