• por Valentina Riveiro
H

ay algo muy mal visto en la vida y sobre todo en los viajes: aburrirse. Forma parte de nosotros, de nuestro cuerpo y de nuestra mente, depende de lo que nos interesa, de los que nos sorprende o de nuestro estado de ánimo. Pero nos negamos a aceptar que es algo inevitable.

Y yo un día, me aburrí de visitar mercados.

mercados de mexico

Los colores, las ofertas cantadas, los animales que cuelgan o reposan, el olor de los restaurantes que trabajan dentro, los zig zags esquivando a la gente… Suena a vida, porque un mercado es eso al fin y al cabo. Desde su centro nacen las líneas invisibles que hacen llegar y salir a los lugareños en su día a día y a su alrededor comienza a ciudad.

Cada mercado es un mundo y aunque todos pueden parecer iguales, eso sería como decir que todos los planetas son lo mismo por su forma redonda. Yo me cansé de los mercados porque los visitaba, no los vivía. Dibujaba con trazo ligero un paseo que medio rodeaba y medio atravesaba el recinto, ¿cómo no iban a dejarme indiferente?

 “Cada mercado es un mundo y aunque todos pueden parecer iguales, eso sería como decir que todos los planetas son lo mismo por su forma redonda.”

fruta en los mercados de mexico

Un día en el mercado de Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, cambié el lápiz por una aguja y empecé a bordar los pasillos, cada paso una puntada. Avisé a M de que de vez en cuando agarraría su mano para que me guiara porque iba a cerrar los ojos y agudizar el resto de los sentidos. Cuando se habla de mercados se habla de colores y cantidades, pero tiene que haber más.

De esa forma descubrí que el olor a carne cruda queda en mi garganta como una bola muy desagradable, y que en México hablan español como yo pero que no entiendo nada de lo que me ofrecen.

“¡Chapuliiineees! ¿Quién quiere chapuliiineees?”

 

chapulines en los mercados de mexico

 

Sí, eso sí lo conozco, pequeños y crujientes saltamontes. Un manjar.

En mi exploración visual también pude experimentar que los vestidos de comunión de las niñas pueden oler a helado de guayaba. Las voces de las pregoneras del mercado eran tan agudas y potentes que dibujaban caminos hasta su oferta, un poquito de carne de res sobre servilleta de papel, empapaba los dedos y podía oler su textura aceitosa.

En el mercado 20 de Noviembre en Oaxaca me llevé un regalo: Flori me contó que heredó su puesto hace veinte años. Mientras tejía su historia para mí, mis ojos tocaban el estómago de vaca, blanco impoluto y arrugado, al lado de las suaves pezuñas. “Mi madre trabajó toda su vida aquí y yo la ayudaba desde los diez años. Cuando ella se fue, me dejó este puesto para que yo tuviera un trabajo y poder salir adelante, porque esa es la manera honrada de hacer las cosas. Y algún día yo le dejaré este lugar a mis hijos, para que trabajen y lleven una vida decente”.

 

señora de los mercados de mexico

Mientras tejía su historia para mí, mis ojos tocaban el estómago de vaca, blanco impoluto y arrugado, al lado de las suaves pezuñas.

Cuando me despedí de ella me fui pensando que las palabras no tienen por qué hablar de una para que abriguen, basta que alguien quiera contarte algo de forma desinteresada y sientes la calidez de haber tenido un pequeño contacto más allá de las ofertas a las que tienes acceso:

“¿Qué se va a llevar güera?” “¡Pásele, pásele!” “¡Nieveees” ¡Nieves de queso! ¡Nieves de zapote negro! ¡Nieveees!” “¿Qué quiere joven?” “¿Gusta comer tlayudas con nosotros?” “¿Quiere probar?”

hierbas en los mercados de mexico

 

Era inevitable no entrecerrar los ojos como si el ruido fuese una potente luz blanca que iba directa hacia mí, porque en los mercados de México todo se mezcla y se confunde. Las máscaras de luchadores mexicanos esperan al lado de la licorería, que se enfrenta al puesto de carne con lomos enteros de cerdo colgando en una esquina. Al doblarla una mujer muy mayor espera paciente a que alguien compre sus tortillas de maíz mientras un poquito más adelante los corazones de vaca que no tienen nada más que decir, se escurren en la vitrina vecina del puesto de nieves, en el que hay que esperar a que su dueño termine de hablar con la mujer del puesto de piñatas, a la entrada del pasillo donde la carne se asa en parrilla y se sirve con cebollines.

Y yo, que también en Coyoacán y también en la colonia Roma bordé mis paseos entre los pasillos de sus mercados, pude saborear las cosas que no se ven y tocar la comida que se escucha mientras caminas.

 

mercados de mexico

  • Valentina Riveiro

    Es productora audiovisual de oficio, aunque lo que realmente necesita y hace por placer es escribir y juguetear con la fotografía. En junio de 2016 salió de casa a comenzar su primer Gran Viaje con el objetivo de tener tiempo para sí misma, desarrollar la creatividad y encontrar los estímulos que sólo pueden dar la vida itinerante. En esta búsqueda comparte todas sus experiencias y reflexiones a través de textos, fotos y vídeos en su blog puentesenelaire.com, el cual se ha convertido en el hogar al cual regresar siempre, esté donde esté.

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Machu Picchu camino del Incamercado de Delhi