• por Carlitos Cañete | Ilustración: Ramiro Cabrera

U na de las reacciones más fuertes que recuerdo al momento de perder la vista, fue el rechazo a cualquier superficie mojada. Se preguntarán ¿cómo hacía entonces este chico para tomar un baño?, bueno, eso siempre lo disfruté, sin embargo, el simple hecho de tocar con mis manos algún recipiente, utensilio o cualquier objeto “contaminado” por el agua, me producía animadversión, incluso temor. Diríamos entonces, que nuestra percepción de las cosas, cambia totalmente.

Con los meses, esta inesperada fobia se alejó y me ayudó a ubicar mis demás sentidos en sintonía con la brújula de las emociones. De ese modo, pude escalar cerros (que si bien, no superaban los 400 metros), llenos de vegetación agresiva con los extraños, más aún, con los que tocan sin permiso, me zambullí en las venas de arroyos caudalosos, sintiendo la corriente de la cordillera en mi piel y conocí de otro modo, la calidez de la tierra colorada de mi país.

Hoy día, estar en contacto de ese modo con el paisaje sonoro, convertido desde mi olfato en delicados tonos color miel de abeja y probarlos después con la lengua excitada, es un privilegio. Parafraseando a José Saramago: “Es una cosa vivir, en el laberinto racional, que es por definición un manicomio, y es otra, lanzarse sin guía o correa, por el laberinto enloquecido de la ciudad”. Asunción, la capital de Paraguay, es bella desde mi punto de vista inclusive, pero también desigual y al ser la ruta constante de mis actividades, no podía dejar de mencionar esta oposición.

Ahora bien, mi ciudad tiene el encanto de cientos de ciudades de algún cuento de Roa Bastos, Borges o Dickens: nunca sabemos con quién podemos toparnos en ella. Es ahí, donde la sensorialidad de mi  piel, mis manos, barbilla y todo mi cuerpo, entra en acción. Debo decir (y podría interpretarse de miles de maneras) que me gusta mucho dar mordiscos a mis amigos, también, a quien acabo de conocer. Por supuesto, pido permiso antes.

Descubrí, en mi caso, que es un saludo poco habitual, pero efectivo. Puedo conocer mucho de alguien solo con ese hecho. Estoy exento (y doy gracias por eso) de las coreografías, que a veces no terminan nunca, entre dos ojos conectándose y permito a los valientes que se animen, a tocar mis manos, espalda o rozar alguna península no explorada de este gigantesco mapa del tesoro que soy.

Dejar de lado la vista, es difícil, pero cuando nos abordan con el tacto, hay mucha probabilidad de establecer una colonia amistosa, en este sector inexplorado del boulebú. Las caricias me hacen trepidar. Algunas son mejores que un orgasmo y si el acariciante me compara con un piano o quiere percutir mis nalgas como un tambor peruano, adelante con el virtuosismo musical.

Dejar de lado la vista, es difícil, pero cuando nos abordan con el tacto, hay mucha probabilidad de establecer una colonia amistosa, en este sector inexplorado del boulebú.

Todo cobra nuevos parámetros: la suavidad de una mano, la virilidad también, la fragancia del cabello enredado entre mis pies, la porosidad de las canas y la belleza de las arrugas de mis padres.

Así pues, como diría René de Calle 13: “Aguantamos hasta el pendejismo…”, entonces, mirar, gustar, oler, tocar y por sobre todo, sentir la hidrografía accidentada de unos senos firmes, la orografía del mentón tropical de un hombre y la agrimensura completa de nuestros cuerpos en movimiento, me convirtieron en el explorador más deseoso de nuevos parajes, sinestesias y relatos por descubrir.

  • Carlitos Cañete

    Aprovecha la mayor parte de su tiempo durmiendo, así cuando está despierto, escribe sobre lo que vió en sus sueños. Aunque ya no pueda ver sus fotos, se divaga producciones y conceptos  literarios, mientras camina por las calles de Asunción, esquivando los agujeros de conejo, que no lo llevan a ningún país de las maravillas. Bailando y saltando donde pueda, viaja y recuerda anécdotas  con sus amigos, descubriendo esquinas encantadas, tranvías tropicales y acentos extranjeros, que edulcoran su creación periodística.

  • Ramiro Cabrera

    Nació en Buenos Aires en el año 1976 y para jugar recibió hojas en blanco,  fibras de colores y ya nunca paró de dibujar.

    Buscó un secundario especializado e hizo cursos y talleres (Fernando Fader, Garaycochea, Hermenegildo Sábat, teatro Colón escenografía, Ignacio Ochoa, Abril Barrado)  y con el tiempo se vio trabajando en publicidad, escenografía, revistas, periódicos, libros, video juegos y animación.

    Parte de su trabajo lo encuentran en http://ramirocabrerailustraciones.blogspot.com/

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