El viaje del cerrajero

¡TERCER PUESTO!

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Por Marcelo Guerrero.

Viajar me encuentra con personas que viajan. Llevan en los ojos un mirar caminante. Vienen con lejana humildad y van hacia lo imposible transitando lo cotidiano. Hablan cantando de su travesía, y sonríen.

Encontré a Franco antes de abandonar Villa del Totoral. Su casa fue un abrazo de pan, salame y vino, de olor a libro antiguo; poética norteña de una Córdoba que aún guarda aroma colonial.

Si querés, mañana me acompañás” dijo, como si de un viaje se tratara su ida al trabajo. Franco es cerrajero ambulante. En el patio, apenas resguardado por una manta de nylon, su carro aguanta el rocío y espera que la mañana le devuelva la vida.

Con un café rescatándonos del sueño, destapamos el carrito de trabajo. Franco controla las herramientas, le toma el pulso al corazón de fierro que guarda el motor de la máquina de nacer llaves y partimos a la aventura. El changuito que antes se deslizaba entre las góndolas de supermercado, hoy soporta estoico el peso del taller ambulante que surca las viejas calles de una ciudad con alma de pueblo.

El sol de frente dificulta el viaje del cerrajero. No lleva gafas y marcha guiándose por instinto, esquivando autos en contra, pibes en bicicleta, perros con fiaca, señoras haciendo las compras. Franco empuja un taller, que de liviano tiene poco, con sabe dios qué destinos en el mirar. Desde las veredas, la gente lo ve avanzar, preguntándose a dónde irá hoy. No importa que sepan que llegará a la plaza, como todos los días, porque el cerrajero camina como si iniciara un viaje alrededor del mundo.

Llegamos a la plaza. Franco elige la sombra más cercana a la esquina, estaciona y acomoda el cartel, “Solar Cerrajero”. Ese día debe buscar a su hijo en la casa de la madre. “Marce, ¿me cuidás el puesto un ratito?” y lo veo irse tranquilo, como yéndose para siempre. Sin embargo, él regresa con un pibe de la mano, como si volviera de un país en el que vivió, pero del que decidió partir. Un hombre se acerca y le pregunta si puede hacer una llave. Entonces contemplo al viajero transformarse en artesano. Un trocito de bronce entre sus dedos comienza a tener hendiduras, comisuras, marcas. De una nube de virutas doradas nació una llave frente a mis ojos y fue tan breve su nacimiento que, antes de creerlo, desaparecía en el bolsillo de su dueño.

Marce, ¿si viene alguien me avisás? Así aprovecho y juego un rato con mi hijo”.

Franco camina hacia los juegos de la plaza con su niño de la mano. Guarda en los ojos un mirar caminante, laborioso, soñador. Nadie más vendrá esta tarde pidiendo llaves. Sólo intuyo que el cerrajero volverá de jugar, como si retornara de un país al que puede regresar. Aunque su cuerpo nunca abandone el pueblo.

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