• por Pablo García

I

S

entir el mármol, frío y perfecto, que conforma cada centímetro de la superficie del Taj Mahal, es una experiencia única. Viajé desde Nueva Delhi a Agra luego de casi un mes de viaje por el sur de India. El caos de Delhi y sus bazares omnipresentes sin dudas puede llegar a perturbar tu sistema nervioso. Los olores nauseabundos de las calles, los ruidos incesantes del país más caóticamente poblado del mundo y el festival de estímulos a la vista que supone caminar por un mercado indio, no son experiencias que puedan resultar indiferentes a nadie.

Sin embargo, al llegar al Taj, todo cambia. La mole blanca del edificio principal se yergue en medio de enormes jardines, perfectos, simétricos y repletos de flores. Algunas fuentes, de aguas calmas, se intercalan entre los senderos y los jardines. Llegué temprano, cuando todavía las multitudes de turistas no han llegado a Agra y, por lo tanto, el Taj se disfruta casi en silencio. El sol de una mañana de verano en India hace que el mármol brille con su máxima intensidad. Recuerdo que fui caminando, casi como hipnotizado, hacia el patio principal. Es inmenso, como todo en el Taj. Estaba emocionado por estar allí. Al Taj lo vimos mil veces en fotos, pero el verlo delante de ti, es distinto. Incluso mirándolo en silencio por varios minutos, no podía creer tenerlo frente a mí. Necesitaba tocarlo.

Assist 365 - Seguro de viaje

 

Me saqué las zapatillas y empecé a caminar por el mármol templado al sol hasta llegar a unos de los minaretes. Con cada paso que daba, el tejido de mi piel se ponía en contacto pleno con esa obra tan maravillosa. Casi podía sentir cómo los miles de receptores nerviosos de la piel entraban en funcionamiento para conectarse con el monumento. Por momentos, el mármol del suelo ardía cuando estaba expuesto al sol pero al instante se transformaba en tibio cuando la sombra del monumento invadía la superficie del patio y llegaba a estar helado en el interior del edificio. Caminar por el mármol frío que rodea la tumba que custodia el Taj fue una sensación casi mágica. Su superficie pasó de arder a helar las plantas de mis pies en cuestión de segundos. La luz, que encandilaba en el exterior, se transformaba en penumbras al cruzar el enorme portal y apenas se filtraba por la rejilla de los ventanales que bordean la totalidad del edificio. Estaba en el Taj Mahal, el monumento más maravilloso que el hombre ha construido. Y de eso no me quedaban ahora dudas, mi cuerpo lo había sentido.

Viajar es mucho más que el simple resultado del movimiento. Viajar supone conectarnos con un mundo complejo, diverso y distinto al que estamos habituados a transitar en nuestra vida cotidiana. Cuando viajamos, el mundo se nos amplía, lo distante y lejano se acerca y lo que nos resultaba extraño se nos representa ante nosotros. Viajar supone entrar en contacto con el mundo y quizás por esto, nos fascine tanto. Mi propia experiencia como viajero me hizo comprender que la realidad es más diversa de lo que mi metro cuadrado cotidiano me permitía imaginar, e incluso descubrir que aquello que en mi mundo cotidiano es imposible, en otros rincones de este planeta es algo común. Viajando, andando, aprendiendo, descubrimos que el mundo cambia y que quizás, nos tenemos que acostumbrar a la idea de que existen muchos mundos en simultáneo. Es más, cada vez estoy más seguro de que el mundo no es uno, son muchos. Sin embargo, resulta que al viajar, no solo el mundo cambia. Cambiamos nosotros. Vamos unos, volvemos otros. El mundo nos interpela, nos genera preguntas, nos provoca  alegría o tristeza. Viajando amamos y odiamos y, mientras tanto, nos transformamos. Viajando cambiamos de perspectiva y así nuestra vivencia del mundo se enriquece y se complejiza. Mirar al mundo desde otro punto de vista nos permite (nos debería permitir) ponernos en lugar del otro. Mientras nosotros estamos mirando el mundo desde la baldosa que habitamos, hay miles de millones que lo observan desde otro lugar. Viajar, en algún punto, nos permite jugar a cambiar puntos de vista, a transitar la realidad cotidiana de otros y hasta a apropiárnosla. Cuando viajamos vivimos el mundo de otros, con situaciones que eran impensadas para nuestra realidad.

Viajando, andando, aprendiendo, descubrimos que el mundo cambia y que quizás, nos tenemos que acostumbrar a la idea de que existen muchos mundos en simultáneo

II

Cuando conocí Roma, en mi primer viaje por Europa con apenas algo más de 20 años, quedé perplejo. Recuerdo que viajé toda la noche desde Francia, crucé el norte de Italia y la terminal de trenes de Roma me recibió todavía en penumbras. Viajar por el viejo continente ya de por sí era para mí un sueño que muchas veces había imaginado, y ahora estaba viviendo, pero particularmente llegar a Roma tenía algo espacial. Será quizás por todas las veces que leímos sobre ella o por la infinidad de veces que estudiamos su historia, no lo sé. Quizás por la sangre y algo de mi lejana familia que alguna vez habitó estas tierras. Quizás. Lo cierto es que la capital italiana particularmente me movilizó desde el primer instante. Casi sin darme cuenta del destino de mi viaje, tomé el metro siguiendo las indicaciones del hostel que tenía impresas.

Desde Termini tomé la línea Azul hasta la estación Colosseo y desde allí debería caminar tres cuadras para llegar a destino. Pero, claro, había un detalle muy importante imposible de omitir a mitad de camino. Bajé del metro concentrado en mi mapa y pensando para qué lado debía caminar y mientras subía las escaleras hacia el exterior de la estación, su silueta empezó a aparecer delante de mí. No lo podía creer. Estaba justo frente al Coliseo Romano. Me quedé estupefacto, maravillado, mirándolo para captar cada detalle. La gente pasaba a mi lado a toda velocidad en un ir y venir incesante. Claro, para ellos era algo cotidiano. El Coliseo desde hace siglos que está allí y ellos lo veían todo los días. Yo seguía ahí, atónito, mirando la mole de roca y era la primera vez que lo veía directamente, con mis propios ojos. Se había materializado delante de mí, ya no eran libros ni fotocopias ni programas de televisión.

El coliseo estaba allí, a pocos metros, solo la angosta Via Nicola Savi nos separaba. Tuve que caminar hasta él y tocar una de las enormes piedras que conforman cada una de sus columnas, quedarme allí imaginando escenas de leones, luchadores y emperadores. Tocar las frías rocas del coliseo en una mañana de pleno invierno, corroídas por el paso del tiempo, era como palpar la historia misma. Se me puso la piel de gallina. Cuando nos describimos como seres sensibles, lo que queremos decir es que somos conscientes de nuestras percepciones sensoriales y dicen que la parte más sensible del cuerpo es la punta de los dedos. Mientras mis dedos recorrían la superficie de las rocas del Coliseo, un enjambre de imágenes se me venía a la mente. Era emoción pura.

Con cada viaje, hay algo de nuestra existencia que cambia, nuevos recuerdos que se generan, nuevas emociones estallan en nuestro interior y nuestro cuerpo se conecta con un rincón diferente del universo. Al mundo podemos verlo a través de imágenes que otros nos muestran, nos pueden contar mil maravillas sobre él o incluso podemos imaginarlo, pero nada reemplazará la tremenda experiencia de viajar que nos permite interactuar con el mundo directamente, sin intermediarios. Hoy el mundo se achicó, en el sentido que los medios de transporte conectan rápidamente cada rincón y muchas veces a un relativamente bajo costo. Alguna vez planificar una vuelta al mundo fue una epopeya solo posible de financiar por reyes mientras que hoy cualquier burgués con algunos ahorros puede hacerlo y contárselo a todo el mundo en vivo y en directo. Pero por más que alguien te lo cuente con precisión de detalles, nunca será como la experiencia de visitar un lugar.

Al mundo podemos verlo a través de imágenes que otros nos muestran, nos pueden contar mil maravillas sobre él o incluso podemos imaginarlo, pero nada reemplazará la tremenda experiencia de viajar que nos permite interactuar con el mundo directamente, sin intermediarios

III

Cuando llegué a El Cairo, allá por el 2009, me invadió la emoción. Desde que tengo uso de memoria quise conocer las pirámides y durante años me pareció inalcanzable. Sin embargo, luego de 12 horas de vuelo estaba aterrizando en la capital egipcia, en la navidad del 2009. Mis sentidos fueron bombardeados de estímulos durante mi primera caminata por el centro de la ciudad paseando cerca del Nilo y casi de inmediato viajé a Giza para conocer las pirámides.

Llegué poco antes del en el amanecer para aprovechar el día desde bien temprano y, sobre todo, para conseguir uno de los pocos tickets para ingresar a la pirámide de Keops, que se agotan rápidamente. Incluso teniendo las pirámides delante de mis ojos por horas, todavía no podía creer que estaba allí. Tuve que tocar una de sus enormes rocas para dar crédito a las imágenes que mis ojos me aportaban. Estaba justo frente a la entrada de la maravillosa Pirámide de Keops. Tocaba las hendiduras de las rocas de su interior y me emocionaba solo de pensar que era yo quien estaba descendiendo hacia el interior de la pirámide. Casi no había luz pero no era necesario, me bastaba tocar con la punta de mis dedos las paredes de roca e imaginar toda la historia que ocultaban cada una de sus marcas. Debo reconocer que cuando llegamos a la cámara interior, donde alguna vez estuvo el sarcófago y el tesoro del faraón, la emoción me invadió.

Viajar es justamente eso: un proceso de emoción constante, donde nuestro ser, en su totalidad, entra en contacto con un mundo distinto al cotidiano. Los sentidos se alborotan, todo es nuevo, todo es distinto, a cada terminal nerviosa llegan estímulos todo el tiempo, miles a la vez y eso hace del viaje un momento distinto en la vida. Para mí, el momento donde la vivo más intensamente.

Viajar es justamente eso: un proceso de emoción constante, donde nuestro ser, en su totalidad, entra en contacto con un mundo distinto al cotidiano

  • Pablo García polviajero.com

    Profesor y viajero o viajero y profesor, en el orden que mas les guste. Lo social y la historia son sus pasiones y los motivos de sus viajes constantes ya sean reales o virtuales. Fanático de la literatura fantástica y de los museos, de mercados lejanos y charlas eternas. Después de haber dedicado algunos años a explorar latitudes lejanas, hoy viaja nuevamente por latinoamérica, su primer amor. Escribe en polviajero.com y en decenas de pizarrones, pero esa es otra historia.

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Showing 2 comments
  • Noelia
    Responder

    Qué hermoso lo que escribiste. No hay nada que se pueda agregar =)
    ¡Que tengas un muy buen finde! 😀

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