• por Andrea y Samir

S i de algo podemos estar seguros, es que a todos nos llega un momento en donde la vida misma nos pide cambiar, ya sea de estilo de vida, de trabajo o de lugar. Nos manda señales que en ocasiones ignoramos, y una de esas es el dejar de sorprendernos con lo que vemos a diario.

Al repetir cada día lo mismo (trasladarse de la casa a la oficina, y viceversa), nuestros ojos se acostumbran a estar en descanso, nada nos llama la atención a menos que ocurra algo inusual (como un accidente, una pelea en la esquina, etc.), pero eso sólo dura pocos segundos. No hay más sorpresas cuando nos enfocamos en seguir con el patrón de siempre.

Podemos esperar la llegada del fin de semana para tener un respiro y escaparnos a cualquier sitio alejado –pero a la vez cercano– de la ciudad, allí podremos otorgarle a nuestros ojos algo nuevo para ver, como una puesta de sol, aunque el recuerdo dure hasta la noche del domingo. Luego todo vuelve a ser como antes.

Hasta que decides no seguir más bajo la misma corriente. Te percatas de que ha llegado el momento y, de repente, te ves envuelto en un viaje, en una aventura sin fecha de caducidad donde no hay espacio para la rutina que mantenías. Y, ¿qué es lo primero que cambia? Tu percepción.

No importa qué día de la semana sea, tus ojos salen a devorar y todo lo que pase frente a ti, te sorprende. Las calles, la gente, los animales, los edificios; muchos te observan cuando tienes la mirada puesta hacia arriba, para ellos es el mismo edificio de siempre, pero para ti…

Jamás habrías imaginado que una ciudad –vista por primera vez– podría cautivarte tanto. Ahora, si eso sucede en medio del pavimento, piensa en los espacios recónditos y naturales, cuando llegues a lo alto de una montaña (como el Machu Picchu), y te des cuenta que, aunque hayas visto cientos de fotografías previamente, la sensación de ver esa misma imagen en persona, no tiene comparación.

Se generan muchas emociones más, los ojos se agudizan y los demás sentidos se quedan en pausa. Disfrutas del encuentro con aquellos lugares que han prevalecido allí durante cientos de años, pero que resultan completamente nuevos para ti. Al estar tan cerca de ellos, llegas a pensar en la existencia del verdadero amor a primera vista.

No quieres marcharte, no quieres seguir con el recorrido, pero a la vez, avanzas porque sabes que más adelante tendrás otra perspectiva del paisaje. Te detienes y, sin bajar la mirada, sientes que algo desciende por una de tus mejillas, tus ojos se están expresando ante semejante espectáculo.

Las Cataratas de Iguazú, Laguna 69, Torres del Paine, Laguna Colorada, las Catedrales de Mármol, el glaciar Perito Moreno, el imponente monte Fitz Roy son algunos de los lugares que visitamos y en los cuales fue imposible minimizar nuestro asombro y felicidad.

“… de repente, te ves envuelto en un viaje, en una aventura sin fecha de caducidad donde no hay espacio para la rutina que mantenías. Y, ¿qué es lo primero que cambia? Tu percepción.”

Había tanto por mirar que era difícil mantener la vista en un punto fijo. Nada externo podía distraernos, como aquella vez que vimos 10 cóndores degustando un banquete de cordero patagónico en el sur de Chile, el frío no nos desconcentró; o cuando contemplamos el cielo totalmente estrellado a las afueras de un pueblo en Uruguay, los sonidos de los animales escondidos no nos hicieron pestañear.

Vamos siendo testigos de las maravillas que hay en el mundo y de lo que sucede en él, como presenciar el momento exacto de un desprendimiento en el Ventisquero Colgante –en Chile–, lo cual hizo que nuestros ojos se recargaran hasta casi desorbitarse. A través de lo que vemos, se va generando una serie de sentimientos que llega incluso a mejorarnos el estado de ánimo.

Una vez le escuché decir a alguien que por los ojos también se alimenta el hombre. En ese caso agregaría que, llegar a un sitio por primera vez, es la mejor nutrición que nos podemos dar. Seguido por ver –por primera vez– aquella pintura artística de la que tanto hemos escuchado, ese animal que no habita en nuestro país, esas extrañas formaciones rocosas que se encuentran en pocas partes del mundo como el Talampaya.

Y sin darnos cuenta, de esa manera vamos afinando la mirada, nos centramos más en los detalles, nos asombramos con lo que hay a nuestro alrededor y vemos con admiración lo que otros consideran simplezas de la vida.

Más que ver para creer, debemos ver para sentir, quizás esa sea la razón por la cual mucha gente considera que los ojos son la ventana del alma. Y no basta con mirar desde el celular o la computadora, hay que salir, cambiar por un instante –aunque sea 20 días al año– la ventana de nuestra oficina por la de un autobús. Afuera hay cientos de paisajes que esperan ser vistos y recordados con asombro.

  • Andrea y Samir Viaja la vida

    Somos dos jóvenes (con menos de 30 pero más de 24 años de edad) con un sueño: explorar todos los rincones vírgenes, importantes, populares e históricos que tiene el mundo, para luego documentarlos en relatos y fotografías.

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