Segundo Puesto: Ordinarieces

¡SEGUNDO PUESTO!

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Por Isabel García Cuesta.

No, no pienses que en los viajes no suceden cosas ordinarias. Cositas simples como sudar, perderte o que te rompan el corazón; ordinarieces como no poder dormirte en tu cama de hostal porque piensas demasiado en alguien.

En este viaje extraño en el que voy siguiéndote como si fueras una ficha en un tablero infantil, te pregunto la octava noche una cosa bien rara. Después de tragarnos una botella de vino tinto entre los dos, me acerco a tu cuello pensando que es tu oído y te digo que hace siete años que no le pregunto a nadie si quiere dormir conmigo.

“¿Me estás invitando a tu cama?” Cuando aceptas, te contesto como una imbécil:

“Ah, pensaba que ibas a decir que no.”

Viajamos juntos desde que nos conocemos en el hostal Albahaca de Tilcara, en el norte argentino. Al principio no me gustas porque apenas abres la boca, pero mientras se prepara el asado y descubrimos que ninguno de los dos bebe Fernet, veo que sí sabes hablar, bastante bien además. El último día decidimos ir juntos a San Pedro de Atacama, y así es como este pueblo sin lluvia se convierte en el contexto de nuestra ordinariez.

Yo llevo viajando sola cuatro meses; tú, dos. Desde el principio de mi viaje, mi vida se ha convertido en una sucesión de eventos aleatorios que van dictando mi camino, y me pregunto si nuestro encuentro tiene tan poca consistencia como mi propio vagar por el mundo.

“¿Qué hacemos aquí?”, te pregunto mientras amanece y las casas de adobe aparecen por la ventana como figuras pintadas con ceras Manley. ¿Por qué he dejado mi trabajo en la agencia de publicidad y a mi novio para irme tan lejos? ¿Hasta cuándo voy a viajar? ¿Qué haré cuando mi viaje termine? Me siento lejísimos de mí misma y a la vez muy cerca de una extraña que en realidad soy yo.

Al día siguiente alquilamos unas bicis y vamos a ver el Valle de la Luna. Esta superficie de arena y tierra enorme quiere tragarme, y yo quiero que me trague. Miro el desierto cambiante, sus piedras y los volcanes picudos de color morado. Qué bonito. Es inmenso, como las posibilidades que se abren ante mí en esta vida medio absurda que me estoy construyendo al viajar. Empezamos a hablar y te miro pensando que apenas te conozco, pero sintiendo algo que me ata con fuerza a este momento que compartimos. Andando por el paisaje marciano, nuestras siluetas empiezan a arder en un presente que se expande como una onda en el agua.

No sé qué estoy entendiendo, pero sí, la libertad extrema de viajar me arranca no solo mis raíces y referencias, sino cualquier obstáculo que me impide estar presente.

Vale, me quedo contigo, no sé qué coño hacemos, pero sigamos.

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