• por Isabel García Cuesta
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ay un color en China que se conoce como “APEC blue”. Hace referencia al precioso paréntesis azul que las autoridades forzaron en el cielo de Pekín durante las reuniones del Foro de Cooperación Asia Pacífico de 2014. En cuanto los líderes mundiales se fueron, el aire pekinés volvió a enturbiarse como un charco sucio, y la contaminación subió de nuevo.

Creo que nadie se inventó una frase parecida para la pequeña farsa que se organizó en la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de 2008. Altos cargos del Partido Comunista decidieron que la niña que había sido elegida para cantar el “Oda a la Patria” en la ceremonia era demasiado fea, así que en su lugar actuó una niña más bonita que hizo playback mientras sonaba la voz de la otra.

Aquél día de mayo precisamente, me acordé de estas dos estratagemas cuidadosamente diseñadas por el Partido. Era una fecha muy señalada en mi calendario: mi colegio celebraba el Gran Festival. Por aquel entonces trabajaba en uno de los colegios privados más prestigiosos de Shanghai, de esos con tan buena reputación que los padres se daban de bofetadas para matricular a sus hijos.

El Gran Festival era el evento principal del año, y dedicábamos dos o tres meses a practicar bailes y canciones para esta especie de show. La escuela se gastaba miles de euros en alquilar el teatro principal de la ciudad durante varios días para los ensayos y la actuación. Sin embargo, todo dinero era poco para el purificador lavado de cara que este gran espectáculo suponía.

Sin embargo, todo dinero era poco para el purificador lavado de cara que este gran espectáculo suponía.

Quedaba poco para empezar la función, y todos mis alumnos estaban ya vestidos con sus trajes. Grace, la profesora china con la que compartía mi clase, peinaba a los niños con gomina, mientras que yo me encargaba de maquillarlos uno a uno. Primero, la base de maquillaje en la piel. Después, la sombra de ojos azul para las niñas, y por último el pintalabios rojo-burdel en los labios de niñas y niños. Según nuestra jefa china, era para que en el vídeo salieran con algo de color y no parecieran zombies. Mientras iba pintarrajeando a mis alumnos de ocho años, pensé en la desfachatez que hicieron con la pobre niña cantante que era demasiado fea para actuar en los Juegos Olímpicos. Igual que el gobierno chino deseaba unos “Juegos sin errores”, mi escuela tampoco toleraba fallo alguno, así que unos días antes del Gran Festival grabamos las voces de los niños cantando o diciendo alguna frase, y el día de la actuación simplemente le dimos al play. Todo estaba bajo control. La máscara permanecía en su sitio.

Seguí pintando a mis nenes, a los que iba transformando de pequeños seres humanos a horrendos maniquíes. Entonces me acerqué a maquillar a Sam, uno de mis mejores alumnos, y algo se me congeló por dentro cuando me vinieron a la mente las órdenes que nos dio su madre un día de aire casi sólido y horizonte marrón.

Aquella mañana no habíamos llegado al nivel 150 en el Air Quality Index, por lo tanto podíamos sacar a los alumnos al patio en la hora del recreo. Sin embargo, una hora antes de salir, la madre de Sam llamó a Grace y empezamos a sentir cómo nuestras espaldas de siervos se curvaban ante la poderosa voz de aquella madre.

“La madre de Sam dice que no es bueno que los niños salgan fuera hoy, y quiere que Sam se quede en la clase”, me explicó Grace después de hablar con ella. “Pero si los demás salen y él no, Sam será «el raro», así que su madre dice que la clase entera debería quedarse dentro, viendo una película por ejemplo”.

“¡Pero si hoy la contaminación no es tan alta! ¿Por qué tienen que sacrificarse todos por el capricho de una madre?”.

Grace me miró y echó una de sus risitas agotadas mientras miraba algo en la pantalla gigantesca de su móvil; si decidía desobedecer la “sugerencia” de una madre, su paga extra estaba en juego.

“Ya… Sería mejor que nos quedáramos en la clase en el primer recreo… Pero después de comer podemos salir afuera”.

Finalmente, la contaminación dio la razón a la madre de Sam, y no pudimos salir al patio en todo el día. ¿Cómo podía el aire, algo indispensable para la vida, convertirse en una materia mortal? El horizonte en Shanghai nos lo recordaba todos los días: ahí estaba el veneno, en esa franja sucia entre el cemento y el cielo, y también en nuestros pulmones.

El horizonte en Shanghai nos lo recordaba todos los días: ahí estaba el veneno, en esa franja sucia entre el cemento y el cielo, y también en nuestros pulmones.

En el aire que respiramos aquí flotan unas partículas llamadas PM2.5. Son tan pequeñas que para medir su diámetro se utilizan las micras, que son una milésima parte de un milímetro. Estas partículas ultraligeras pueden viajar más lejos y permanecer más tiempo en el aire que las PM10, de mayor tamaño, y pueden entrar más profundamente dentro de nuestro cuerpo hasta incluso llegar al torrente sanguíneo. En Shanghai, mi ser completo recibía este sedimento tóxico compuesto en parte de metales pesados, y me transformaba en una humana tan orgánica como robótica.

Lo bueno era que en mi colegio nos tomábamos muy en serio la seguridad y la salud de los niños; tan en serio que ni siquiera teníamos columpios o toboganes, ya que podría ser peligroso que los alumnos se subieran a objetos así. Si un niño se rompía algo o tenía un accidente en el colegio, se descontaban unos 25 euros del sueldo de su profesor chino ese mes. En las diferentes plantas del edificio había colgados carteles que nos avisaban de lo que significan los niveles de contaminación del aire, y cuando llegábamos al 150 se cancelaba la salida al patio. Todas las aulas contaban con un purificador del aire carísimo, pero curiosamente, las limpiadoras solían abrir las ventanas y las puertas que daban al jardín incluso cuando la contaminación era alta. Para que las micro partículas circulasen más a sus anchas, me imagino.

Grace no arriesgó la salud de nuestros estudiantes aquél día, ni tampoco su paga extra; los padres de los alumnos rellenaban cada año dos encuestas sobre los profesores y la escuela, y si una de las respuestas era negativa, el tutor chino se quedaba sin su paga ese curso. Supongo que así es como se crea una “Escuela sin errores”.

Después de nuestro día sin recreos al aire libre, recogí mis cosas rápidamente y acudí al autobús que nos llevaba a los profesores extranjeros al centro. Por ser china, Grace debía quedarse media hora más, así que ella siguió en su mesa corrigiendo su montaña de deberes diaria. Caminé por la pasarela adornada con flores horteras y cintas doradas, y vi a las limpiadoras del colegio trabajando de cuclillas en el jardín, con sus gorritos graciosos y sus chaquetas acolchadas. Ellas sí podían salir al patio y respirar aire malo; nadie llamaría para que ese día se quedasen dentro, nadie arriesgaría pagas extras. Este era un error que sí nos podíamos permitir.

  • Isabel García Cuesta
    Isabel García Cuesta

    Profesora de español en Inglaterra y de inglés en China, escritora aficionada y sobre todo, lectora. Así más o menos puede describirse a esta persona que todavía busca su lugar en el mundo, y que cambia de opinión cada cinco minutos. Comparte sus reflexiones viajeras en enlaotrapuntadelmundo.com, y descubre a mujeres singulares en mujersilvestre.com.

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