• por Ariel Matzkin
L

as moscas abundaban a mi alrededor. Las sentía a montones en mis antebrazos y en mis pantorrillas. Las veía posadas cual decenas de puntos negros en mi ropa. Percibía como se acercaban a mis ojos por la improvisada máscara que me había hecho con una campera. Pero me negaba a moverme.

El sol poniente se acercaba con reticencia a su abrazo diario con el horizonte, esa lejana línea donde el desierto australiano parecía nunca acabar. El cielo teñido de los más fenomenales colores parecía reflejar la tierra roja sobre la que flotaba, y el frío viento del anochecer avisaba a los incautos que la temperatura bajaría sin demora. Yo disfrutaba del espectáculo, sentado en el techo de una camioneta amarilla abandonada en el cementerio de autos cerca de la estación donde vivía en el desierto, por momentos cantando, por momentos en silencio. Por un breve periodo de tiempo, era tan libre como lo puede ser el hombre.

Durante los 9 meses que vivimos en el imponente outback australiano, ese infinito territorio prácticamente inhabitado, pasamos lentamente de sentirnos oprimidos por el aislamiento a percibir la libertad de los grandes (gigantes) espacios a nuestros alrededor.

A lo largo de la extensa Eyre Highway en el sur del país, la autopista en línea recta más larga del planeta, sólo las estaciones de servicio dan algún vestigio de civilización. Conocidas como roadhouse, son un pequeño paraíso en medio de la dura tierra desértica. Cuentan con restaurante, hotel, bar y en algunos casos hasta piletas. Allí fuimos a parar, a trabajar, a la más aislada de cuantas se hallan en todo el sur del gigantesco país, a 500 kilómetros del pueblo más cercano y en plena frontera estatal. Border Village se convirtió lentamente en nuestro hogar.

Por un breve periodo de tiempo, era tan libre como lo puede ser el hombre.

Entre turno y turno a veces salía a conocer esa extraña tierra. Los cuervos del sur me acompañaban con sus lamentosos graznidos mientras me alejaba de la estación en busca de ¿qué? ¿Qué es lo que nos empuja a querer rellenar los espacios, a querer explorar? A mí, en general, la más simple y profunda curiosidad. Allí los árboles son pequeños porque nada crece demasiado en esa tierra dura y seca. El viento se filtra entre los arbustos generando un sonido escalofriante. El silencio absoluto me deja a solas con mis pensamientos, y la imaginación tiene rienda suelta para hacerme dudar con cada ruido, con cada susurro del viento. El duro suelo no logra amortiguar mis pasos y siento la ilógica necesidad de caminar con sigilo, como para no disturbar el siniestro silencio que encierra el desierto.

En mis caminatas descubro algunos secretos guardados por la tierra, que tal vez es dura por la dureza de los actos de los que ha sido testigo. El cementerio de autos abandonados no era más que la antesala de una miríada de objetos antiguos amontonados en un gran círculo de tierra a la intemperie en pleno desierto. Allí, tan lejos de todo, lo que el fuego no puede comer, simplemente se deja para ser consumido por el tiempo.

Cuando el sol finalmente se escondía, una nueva clase de silencio se adueñaba de la tierra. A paso ligero volvía a la relativa comodidad y seguridad de la estación, con ese sentimiento de haber presenciado algo tan único, que había sido el solitario testigo de algo extraordinario.

En el norte la historia es muy distinta. Allí el sol es despiadado y la tierra caliente y roja como la sangre alberga tantos peligros como indiferencia para los desprevenidos. Nuestras botas se volvieron para siempre rojas por la tierra que levantábamos al pisar fuerte para ahuyentar a las víboras, que disimulaban su existencia con sus pieles de los colores de la tierra.

Los cuervos del sur me acompañaban con sus lamentosos graznidos mientras me alejaba de la estación en busca de ¿qué? ¿Qué es lo que nos empuja a querer rellenar los espacios, a querer explorar?

Allí no estábamos tan aislados, pero sí mucho más solos. Trabajábamos y vivíamos en una pequeña estación cerca de una comunidad aborigen del norte, y nuestras responsabilidades abarcaban todo lo que existe dentro del esquema de trabajo de una roadhouse. La tarea más dura, sin dudas, era la de quemar la basura. No por ensuciarme las manos, el trabajo físico siempre lo he disfrutado, sino por el hecho de tener que darle semejante golpe al medio ambiente.

A poco más de un kilómetro de la estación había excavada, hacía una década, una profunda fosa del tamaño de una casa. Allí fui cada día durante meses con una camioneta cargada de basura a iniciar un incendio “controlado”.

Al calor abrasante del sol se le sumaban las llamas que, impulsadas por un poco de gasolina, se elevaban hasta estremecedoras alturas y acariciaban el aire a pocos metros de donde me encontraba. La tierra negra y chamuscada alrededor de la fosa era la evidencia de que ése infame acto se venía repitiendo durante mucho tiempo.

Allí la tierra seca, al igual que todos los que habitan en ella, se mantenía privada de la caricia de la lluvia durante meses y meses. Es raro extrañar algo que para nosotros es tan mundano, pero cuando unos días antes de irnos, en plena parrillada de despedida, empezaron a caer unas tímidas gotas sobre nuestras cabezas, nos pusimos eufóricos.

Llevábamos 9 meses viviendo en esa tierra dura y roja, llego el día de irnos. No sólo de la estación, sino del desierto, de Australia. Dejamos atrás mucho más que un hogar, dejamos atrás una realidad, una vida distinta, un mundo diferente, uno donde los elementos dictan las leyes y los seres vivos no tienen más opción que obedecerlas.

 

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  • Ariel & Celeste
    Ariel & Celeste

    Ariel y Celeste son dos viajeros que se conocieron en el 2011 en el primer día de su primer viaje y que desde entonces deambulan juntos los caminos del mundo sin prisa ni condiciones.

    En su blog viajandovivo.net cuentan todo sobre sus viajes y hacen un esfuerzo por inspirar a aquellos que aún no se han animado a viajar.

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