• por Dani Keral
L

a Historia  está construida por millones de microhistorias que nunca llegaron a ser contadas o que acabaron perdiéndose en el olvido. Una de ellas la encontré  entre las estanterías de la  librería Gilbert Jeune de París, donde conocí a Gilles Cloutier, el alquimista que partió en busca del quinto elemento.

A veces me pasa  que, caminando por una librería, siento como si un libro me mirase fijamente. Esto es lo que me ocurrió con aquel  delgado volumen de páginas amarillentas y tapas desgastadas.  Su título captó mi atención de inmediato: “Crónica del viaje de Gilles Cloutier, el viajero alquimista.” No había nombre de autor, solo un par de iniciales, -R. B.-.Nada más salir de la librería, 20 metros más lejos, un banco frente al Sena fue el lugar elegido para comenzar su lectura. Un par de horas después, pasaba la última página con la cabeza llena de pensamientos.

Gilles Cloutier fue un habitante marsellés de la Europa medieval de los siglos XIV y XV. Se dedicaba a una ciencia  que tenía parte de arte  y  parte de magia: la alquimia. La alquimia buscaba la transformación de sustancias para lograr el elixir de la vida, y los cuatro elementos: aire, fuego, agua y tierra, explicaban el  funcionamiento del mundo. Pero había un quinto elemento que nadie aun había podido percibir: le llamaban la quintaesencia, el éter, una sustancia sublime que ocupaba todo el espacio. Mientras la mayoría de alquimistas  de su época se centraban en buscar la piedra filosofal en sus pequeños laboratorios, él sintió  que, para lograrlo había que dar primero con  aquel quinto elemento. Y para ello había que hacer algo totalmente distinto: había que salir a buscarlo al mundo al que pertenecía.  Así es como comenzó la aventura de Gilles Cloutier, el alquimista que se convirtió en viajero.

había un quinto elemento que nadie aun había podido percibir: le llamaban la quintaesencia, el éter, una sustancia sublime que ocupaba todo el espacio.

Inspirado por las historias relatadas en El libro del millón del comerciante y viajero Marco Polo, fallecido varios años antes, Gilles inició su periplo con una de las copias manuscritas como única referencia del mundo hacia el que se iba a adentrar: oriente medio, Asia Central, el Imperio chino… 

Atravesando Europa hasta Constantinopla, Gilles penetró en Asia por la ruta que utilizó el comerciante veneciano al regreso de su viaje, cruzando Asia Menor  por Trebisonda y Tabriz. El objetivo del alquimista francés era estudiar cada uno de los lugares por los que pasaría, en busca de cada uno de los elementos. De esta forma, en este tramo del viaje, reconoció lugares en los que tierra, fuego y aire lo dominaban todo, como en las largas extensiones desérticas entre Tabriz y  Samarcanda, siguiendo la  ruta comercial de la seda entre oriente y occidente. Cargado con su equipo de alquimia, fue parando de población en población haciendo pruebas con diferentes sustancias, compartiendo sabiduría, licores y palabras con las diferentes personas con las que se iba cruzando. Pocos europeos habían recorrido aquellos territorios, salvo el propio Marco Polo, y su presencia era motivo de fiesta en cada ciudad,  pueblo y aldea.

Gilles dejó Samarcanda,  entró en el Imperio chino a través de Kasgar y recorrió miles de kilómetros adentrándose en lo que había sido el inmenso imperio mongol de Kublai Kan, del cual Marco Polo había sido amigo y consejero. El francés conoció a varios alquimistas chinos,  descubriendo a través de ellos que la ciencia en aquel lugar remoto del mundo también buscaba  la sustancia que alargase la vida. Quedó sorprendido cuando supo que, para los alquimistas chinos, los cuatro elementos eran cinco y que entre ellos no se encontraba su ansiado éter.

El alquimista permaneció 2 años en China recorriendo su geografía, desde las altas montañas del sur, donde encontró el elemento Aire; hasta las costas del inmenso mar del este, dominadas por el elemento Agua.  Enseñó y aprendió de cada persona con quien se cruzaba durante su periplo, viviendo en pequeñas aldeas remotas y en grandes capitales de imperio. Desde China se dirigió al sur, por la ruta que llevaba a India. Allí entró en contacto con una ciencia, la Rasayāna, muy similar a la alquimia, cuyo objetivo era la perfección, la liberación del individuo. Habló con sadhus, seres de sabiduría y pobreza infinitas,  y entró en contacto con el hinduísmo, tan alejado del cristianismo de su Francia natal, el cual produjo un fuerte impacto en  sus creencias.

Enseñó y aprendió de cada persona con quien se cruzaba durante su periplo

Casi 6 años habían transcurrido desde que Gilles  Cloutier comenzó su viaje cuando decidió emprender la vuelta. Navegando por mar hasta la ciudad costera de Ormuz, el alquimista continuó su regreso hasta las Tabriz y Trebisonda que le habían visto  llegar al inicio de su aventura. Se reencontró con los amigos que allí había dejado y tras una breve estancia, se despidió de ellos para dirigirse a Antioquía, lugar desde el que cogería el barco que le llevaría hasta el puerto de Marsella, pasando por Atenas.

Pero Gilles Cloutier nunca llegó a pisar Francia.

El barco que le debía conducir de Atenas hasta su ciudad natal se vio envuelto en una tormenta cerca del estrecho de Messina, en la costa sur de Sicilia. La embarcación se hundió dejando solo 3 supervivientes, entre ellos Romain Bisset, un comerciante y amigo del alquimista que regresaba con él desde Atenas. Todo el equipaje, el material alquímico y los escritos científicos de Gilles se hundieron con él en su tumba de agua. Lo único que quedó fue un pequeño cuaderno de apuntes de viaje que Romain llevaba consigo en el momento del naufragio.

El agua había borrado gran parte de la tinta y muchas hojas quedaron destruidas por el contacto con el líquido elemento. Solo unas pocas quedaron parcialmente legibles, siendo estas el único resto que quedó del viajero alquimista que había empleado siete años en la búsqueda de la quintaesencia.

Romain, en honor a su amigo, hizo lo posible por interpretar lo que había quedado de aquel viaje, usando las historias que Gilles le había contado durante los seis días que pasaron juntos tras encontrarse en Atenas.  De ahí surgió “Crónica de viaje de Gilles Cloutier, el viajero alquimista” del misterioso R. B.,  que resultó ser el propio Romain.

El amigo del alquimista se apresuró a escribir todo lo que  recordaba de las muchas historias que Gilles le había contado en aquellos días, y las reunió en un pequeño volumen que no alcanzaría la resonancia del libro de Marco Polo. Todo lo narrado en el texto procede de la interpretación de Romain, salvo las últimas páginas, que contienen palabras textuales de su amigo, frases entrecortadas extraídas  de aquel cuaderno que consiguió salvarse  de la tormenta:

“…pero nada de aquello había servido. He  conocido a nómadas, intercambiado saber con científicos de China, India y Persia. He dormido, comido y amado en casas de aldeanos  y en las alcobas más fastuosas de…

… visto morir a hombres buscando la vida eterna vestidos como leprosos… ¿Dónde estaba, pues, lo que tanto tiempo ansiaba encontrar?…

…la quintaesencia, el éter, lo que Aristóteles describió una vez como sutil y supralunar, más perfecto que los otros cuatro…

…ciegos durante todos estos años. Creo haber descubierto algo que va a abrir los ojos de todo el mundo….

..lugares de Tierra, de Agua, de Aire, de Fuego, lugares donde siempre faltaba alguno pero había algo que siempre estaba: el hombre. ¿Sería este el…

… podido ver y constatar con mis propios ojos. En todos los lugares se busca la ¡oh! tan ansiada Piedra Filosofal. Pero me atrevo a decir, con todo lo aprendido, que esa Piedra Filosofal nunca la hallaremos donde la hemos estado…

…cando en la dirección equivocada. Me atrevo a decir que el éter no es tal sustancia, tal proceso que conduzca a la fuente de la vida. La Piedra Filosofal está en…”

El agua había destruido la última parte del cuaderno, llevándose consigo las conclusiones que, probablemente, habían hecho volver a Gilles a su Francia natal.  Ni siquiera Romain menciona lo que su amigo había descubierto durante su viaje, por lo que solo nos queda la imaginación para completar lo que el mar se había tragado.

Aquel día, sentado en ese banco frente al Sena, permanecí con la mirada perdida durante varias horas hasta que, con letras invisibles, mi mente comenzó a dibujar una respuesta.

  • Dani Keral

    Dani Keral es fisioterapeuta a ratos, artista y viajero en alma a tiempo completo.  Sueña, viaja, crea y escribe a través de unviajecreativo.com, intentando siempre mostrar los pliegues del mundo usando el arte y la imaginación. Para él, el mundo es todo lo que seamos capaces de soñar.

  • Rael
    Rael Ilustrador

    Rael es el alias de Mario De los Santos, dibujante autodidacta, estudió comunicación, trabajó en publicidad, diseñó revistas, escribió alguna que otra nota, viajó y unas cuantas cosas más. Pero dibujar dibuja desde que tuvo la motricidad suficiente como para sostener un lápiz y amenaza con seguir haciéndolo mientras pueda.

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