• por Valentina Riveiro
H

e llegado a Atitlán después de doce horas de trayecto. Lo que era una mera gestión para alargar mi permiso de seis meses en México, se ha convertido en una aventura que desemboca en esta imponente masa de agua, picada por el viento, rodeada de volcanes y de tierras de cultivo.

Atravesando el lago la lancha golpea contra el agua como una piedra haciendo cabrillas, hace varias paradas antes de nuestro destino, San Pedro La Laguna, uno de dos los doce pueblos con nombre de santo que abrazan al espejo de Guatemala. En una de ellas llegamos a un muelle desde el que sólo se ve una gran cruz de madera con flecos de tela blanca colgando de su palo horizontal. Varios niños llegan corriendo repitiendo una palabra que desconozco, probablemente en zutuhil, ¿o cakchiquel? Uno de los pasajeros baja sin mirar a nadie y camina mientras los niños le escoltan hasta perderse de vista. Ésta es sólo la primera de las extrañas sensaciones que voy a experimentar.

***

Es temporada de lluvia, las nubes ocultan los volcanes pero se sienten igual. Al que llaman San Pedro está detrás de mí, no le veo, él a mí sí. Se me repite el mismo cosquilleo en la nuca de cuando he estado en lugares en los que ha ocurrido algo desgarrador y aún se pueden oír los gritos y oler la sangre, o de los paisajes que me han hecho sentir pequeña, o perdida, o indefensa, o lejos, o todo a la vez. Atitlán es imponente, pero no guarda historias así, en sus pueblos viven los que trabajan la tierra y cultivan cebollas, lechugas, maíz. Las mujeres que venden en el mercado, los pescadores que atraviesan remando el lago en sus barcas de madera, los capitanes que nos trasladan de un punto a otro, los niños y niñas que van al colegio, los conductores temerarios de los tuktuks, los dependientas y dependientes de las tiendas, las cocineras, cocineros, camareras, camareros, tejedoras, recepcionistas, guías turísticos, masajistas, artistas, instructoras e instructores de yoga. Vive Delmis de su lavandería/parking/gasolinera.

Hablamos con él de cómo llegar a la orilla, de fútbol, de gringoland que es como llama él a la zona turística del pueblo, de los amaneceres cuando las nubes no los esconden. Al despedirnos nos asegura que San Pedro siempre tiene las puertas abiertas a quien quiera venir. Como el Cielo.

***

¿Qué hace que los lugares vibren? ¿Por qué el lago late? ¿Cómo hacen los volcanes dormidos para imponer su presencia? Nadie sabe el origen del lago Atitlan. Hay quien dice que se trata de un cráter. También se desconoce su profundidad. Hay historias y leyendas que lo rodean. Hoy me contaron que “el lago tiene carácter”.

 

Victoria es de Ciudad de Guatemala, está casada con un habitante de San Pedro con quien dirige una pequeña iglesia y lleva un gimnasio al que hace muy poco le añadieron una cafetería donde puedes pedir croasanes, tarta de zanahoria o pancakes entre otras cosas. Buena combinación.

El año que ella se casó el lago estaba color café y el agua había bajado considerablemente su nivel. “Dicen los viejitos que cada cincuenta años el lago se limpia a sí mismo. Deja que el agua se vaya, se limpia y cuando está listo, el nivel vuelve a subir. Algunas personas aprovecharon para construir sus casas en la orilla, pero quedaron inundadas cuando el lago regresó. Vi una vez a dos señores discutiendo, uno le regañaba al otro por no haber avisado a sus hijos de que el agua volvería, era inútil construir en su orilla”.

También los mayores del pueblo recuerdan las instrucciones que dio el lago: allí sólo se puede lavar ropa de bebé, allá sólo se pueden bañar mujeres y niños y acá sólo los hombres. Regañan a los jóvenes que no lo cumplen, les dicen que por eso el lago se enferma.

Fui a la orilla y vi plástico, mucho plástico devuelto por las olas.

***

Puedo decir que aquí la Tierra confluye. Me he sentado en uno de los muelles a ver el agua movida por el Xocomil, un viento que llega todas las tardes y a veces dificulta el trabajo de pescadores y capitanes. Descubrí que Xocomil significa “viento que limpia los pecados”. La tierra se levanta verde y brillante, en cualquier lugar hay vegetación creciendo y recuperando terreno, es el país de la eterna primavera. Me envuelve. Los volcanes siguen dormidos y ya no siento miedo ni incertidumbre.

Veo al lago escupiendo basura sin parar. Tenía razón, algo terrible está sucediendo aquí pero no soy yo la que grita.

***

Me voy triste de aquí. Me cuentan que la contaminación está matando al lago. En seis años puede morir, el agua está cada vez más densa y sucia. Los cultivos son orgánicos, hay sistemas de reciclaje y no verás a nadie sirviéndote el licuado con un popote (pajita). Tampoco te dan bolsas de plástico al comprar y las calles están repletas de murales con mensajes ecológicos.

Pero dicen que no es suficiente, que todos los años llegan al agua kilos y kilos de basura. Es incontrolable y yo no sé, no entiendo, cómo logramos una y otra vez romper lo inexplicable.

En pocos días mi percepción de este lugar ha cambiado radicalmente. Al principio me sentí vulnerable, chiquita, parada frente a un misterio y una naturaleza que impone. Hoy me veo gigante desde el jardín en el que escribo con el lago al frente. Yo soy la amenaza y no hay profundidades ni alturas que se estén salvando de nosotros.

  • Valentina Riveiro

    Es productora audiovisual de oficio, aunque lo que realmente necesita y hace por placer es escribir y juguetear con la fotografía. En junio de 2016 salió de casa a comenzar su primer Gran Viaje con el objetivo de tener tiempo para sí misma, desarrollar la creatividad y encontrar los estímulos que sólo pueden dar la vida itinerante. En esta búsqueda comparte todas sus experiencias y reflexiones a través de textos, fotos y vídeos en su blog puentesenelaire.com, el cual se ha convertido en el hogar al cual regresar siempre, esté donde esté.

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Showing 4 comments
  • Gaby
    Responder

    Magnífico. Profundo. Bonito.
    Sufro por el lago.

  • Omar Morean Corothie
    Responder

    Buenas fotos!

    • Valen
      Responder

      ¡Gracias! Ese sitio es pura fotogenia

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