• por Laura Federico | Ilustración: More
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Françoise lo conocí dos días después de haber llegado a Francia, cuando ciertos aires bandoneónicos nos arrastraron por separado hasta las puertas de la Universidad de París.

Mientras esperaba a que se hicieran las cinco de la tarde, me dediqué a observar la Maison de la Argentine (establecimiento que este país posee dentro del predio de la Universidad) y me perdí mirado un mapa enorme que colgaba en una de las paredes de la entrada del lugar. François (que para ese entonces ya conocía mi origen del sur del mundo) me pidió que señalara ese punto ínfimo que es Chacabuco en el papel dibujado. Mirando donde mi dedo índice se posaba, dijo: “Es cerca de Buenos Aires“, con un dejo de igualitarismo. Intenté explicarle la diferencia abismal entre la gran ciudad y el interior. El contraste entre el campo de llanura de soja y los perfiles de edificios porteños. Sobre todo, busqué diferenciarme y quedar fuera de esa idea tan ombligo del mundo que tienen muchos citadinos (por no decir todos y por no repetir porteños). Aunque no tuve tiempo. Las puertas se abrieron interrumpiendo el esfuerzo de mi intención. Mientras nos sentábamos en las sillas plásticas del salón, tres músicos argentinos se miraban y sonreían. La sala estaba llena y los franceses, expectantes.

Las cuerdas de un chelo tímido se hicieron presentes en el lugar y, como mercurio líquido, la música tomo las riendas de la sala. Desafiante, se deslizaba por el aire. Jugo suave y pervertido que penetraba en la nariz, en la boca, en las orejas. La guitarra, que tocaba un morocho de ojos enormes, me transportó a otras décadas, a otros aires. De puertos y de añoranza. Sus ojos, oscurísimos, sonreían ante el pedido del público. Yo soñaba con que una mirada (cualquier mirada) se posara sobre mi cara, como la del músico lo hacía sobre la guitarra. El bandoneón se hizo esperar como una virgen miedosa y, entre sus sonidos tan franceses, logró que el aire supiera a Río de la Plata.

Luego de más de una hora de música, los aplausos cesaron. El concierto terminó y cada cual se fue por su lado. François a su estudio en las afueras de París y yo a la casa de mi amigo Lanvin.

Dos días después y, de la misma manera que tantas veces lo hicieron la Maga y Oliveira, me encontré de casualidad con François en una calle parisina. Él estaba en la cola de un edificio antiguo, esperando a que las puertas se abrieran. Lo hicieron, sólo que esta vez los bancos eran de madera.

Una vez sentada, observaba a un hombre que, con ojos de mirada comprensiva, contemplaba cómo los recién llegados comenzaban a inundar el lugar. Lo hacia sin sangre en las manos, sin espinas sobre la frente y con una cruz imperceptible detrás de su cuerpo colgante. Las paredes blancas (casi puras) le daban al señor un aire de serenidad. Los ventanales iluminaban la sala, de la misma manera que el sol lo hace en una cocina vacía al comienzo de una mañana. Pero era la tarde. Una tarde gris en una primavera que se negaba a llegar a París. Mientras me ponía cómoda en el banco de madera, un hombre (otro hombre) sentado a mi lado y de François, me preguntaba si quería aprender acerca de la música que estábamos a punto de escuchar.

Musica en Paris ilustración

Con la ansiedad propia del primer beso, ese otro hombre, me explicaba que la música que iba a sonar, se componía para que los reyes almorzaran. Con un orgullo apagado, me contaba que los instrumentos eran una copia exacta de los mismos que se utilizaban para estrenar la música que Bach creaba a la orden del rey. Mientras lo hacia, sus anteojos se movían con frenética sabiduría. Sus palabras se mezclaban entre el francés, el español y el inglés. Al mismo tiempo, escuchaba otros sonidos. Un bolso que se caía, pasos apresurados y cierres que se deslizaban. Bastaron unos quince minutos, hasta que la presencia del silencio fue necesaria. Músicos tímidos se acercaron midiendo los pasos y, bajo la mirada de ése hombre (El Hombre), se prepararon. Violines, piano, flauta, manos, ojos, bocas. Las herramientas destinadas para ese momento. Simples mensajeros.

El comienzo y luego, el transporte.

La música chocaba contra el cemento del techo. Le daba sentido de existencia a esa sala. A ese hombre colgante que parecía (ahora) sonreír. Bien podría haber estado sola. Bien podría haberme largado a llorar. Dejar que las emociones se adueñaran del momento. De un instante. De ese instante en el que decidí doblar  la esquina, mientras vagaba por las callecitas de mi barrio en Paris. Ese instante en el que decidí fotografiar el edificio en el que François esperaba para entrar. El momento preciso en que me encontró apuntando con mi cámara al edificio en donde El Hombre continuará esperando eternamente.

Esa tarde, el salón principal explotaba de aire. La música se colaba entre las moléculas de oxigeno. Se adhería a sus átomos. Mutando al elemento. Cambiando el sentido. El origen.

Mientras los músicos dejaban volar su magia invisible por el vacío de esa iglesia, yo comprendía que aquel día permanecería impregnado para siempre en la carne de mis pulmones. En las células que transportaban ese elemento vital a cada uno de mis rincones. En mis huesos, endurecidos de tanta muerte. Simples marcas que la música deja en el aire y en la gente.

  • Laura Federico

    Laura tiene serias dificultades a la hora de interpretar cualquier mapa, incluso el de Chacabuco, su ciudad de origen en Argentina. Pero en 2013 decidió irse de viaje por el Mundo. Junto con Pila González, su compañero y lector de mapas desde 2008, lo relatan en DeLibrosyViajes.com

  • More Ilustradora

    Originaria de una provincia del norte donde dicen “¿Que no?” al final de cada frase y hace un terrible calor en verano, desde del año pasado que anda merodeando tierras porteñas con la inocente y tierna idea de vivir del poder de la imaginación y creación de universos fantásticos…

    Pero, mientras tanto, está estudiando animación y dibuja sus personajitos casi todos los días.

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Showing 2 comments
  • rafael
    Responder

    muy bueno el arte de escribr siempre llega a cualquiera que le guste la lectura muy bueno felicitacionesy por muchos libros mas la lectura abre el al ma

  • Pila González
    Responder

    Que grande Laurita. Estás “vaga” para escribir pero cuando lo hacés salen estas maravillas. Un fuerte abrazo…

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