• por Samir Issa
Q

uienes vivimos en regiones cercanas al océano, tenemos la tendencia de relacionarnos con el mar desde temprana edad. Por lo menos una vez cada seis meses sentimos la necesidad inexplicable de acercarnos a él hasta que nuestros pies queden completamente cubiertos por la espuma. Si es época de frío, optamos por meter sólo la mano, pero no lo dejamos pasar por alto.

Si el clima es cálido, nos sumergimos para conocer la vida marina. Frente a nuestro visor han pasado tiburones, rayas, lobos, tortugas e iguanas marinas, caballitos de mar, peces de distintas formas y colores, contando también un pingüino (sí, a Galápagos también llegan) que le dio una pequeña mordida a Andrea en la pierna.

 

Con el simple hecho de nadar entre sus olas o pasar el rato flotando, surge una conexión con el mar. Asimismo nos sentimos atraídos por las lagunas que se encuentran rodeadas de árboles o aquellas que se forman por un salto o una cascada, como el Salto Cristal –Paraguay–, donde, a pesar que el calor nos perseguía, sus aguas estaban heladas.

Otro caso similar fue en las Cascadas de Latas –Amazonía ecuatoriana–, llegamos sudando y el frío en el agua nos hizo dudar antes de lanzarnos. Pero no nos detuvo. Nos dimos cuenta de que nuestro apego hacia este elemento era excepcional cuando, estando al sur del continente americano, me zambullí en aguas de deshielo.

Nos encontrábamos en El Bolsón –Patagonia argentina– y acampamos en el Glaciar Martial. La misma tarde que llegamos, junto con otras personas, sentí cómo el agua helada arropaba mis huesos. La primera vez que me tiré, tuve que salir enseguida.

En la segunda ocasión, estuve nadando por varios minutos hasta que, levemente, mis piernas comenzaron a acalambrase por permanecer de pie sobre una roca esperando a que la foto quedara perfecta.

 

Sobre la temperatura, pasamos también al lado opuesto porque sentimos un aprecio hacia las aguas termales. No somos muy amantes de ellas, pero nos hicieron pasar un momento relajante durante una noche fría en Argentina. Una pareja que nos levantó en la ruta, nos llevó –sin pagar entrada– hasta las Termas de Fiambalá.

Habían varias piscinas, pasamos de la extremadamente caliente –la cual aguantamos menos de un minuto– hasta la más templada, si no hubiera sido porque ya debían cerrar el complejo turístico, nos quedábamos toda la noche viendo las estrellas con el vapor a nuestro alrededor.

Quizás sólo nos falte nadar en algún río, pero después de una mala experiencia que tuvimos en la ciudad de Napo –Ecuador–, donde un paseo en tubing se convirtió en un episodio extremo cercano a la muerte (sin pretender exagerar), con golpes contra las rocas, arrastrados por la corriente y con una mordedura de serpiente, no nos sentimos atraídos por meternos en uno nuevamente.

Está claro que el agua forma parte importante de nuestras aventuras y de nuestras vidas. Por alguna razón tres cuartas partes del planeta están cubiertas de agua, siempre nos vamos a topar con ella, incluso en momentos desfavorables.

Como aquel día en que, acampando en la Isla del Sol, sobre el Lago Titicaca –Bolivia–, nos cayó una tormenta con rayos y truenos, no podíamos hacer más que rogar para que el techo de la tienda resistiera las fuertes gotas que, posteriormente, se convirtieron en granizo.

Tal episodio no nos detuvo, aunque tuvimos suerte de que las lluvias no nos impidieran continuar hasta los destinos que queríamos visitar. Escuchamos sobre derrumbes y desbordamientos de ríos que destruyeron carreteras justo después de que hayamos pasado por ellas.

Y aunque consideramos que hay una conexión entre nosotros y el mar, no hay motivo para dejar de sentir respeto hacia él porque sabemos por experiencia que nunca se le debe dar la espalda. En una ocasión la marea arrastró a Andrea lejos de la orilla, las olas no dejaban de caerle encima, tuvieron que rescatarla.

Por otra parte, el agua también nos ha hecho falta en distintas situaciones del viaje. En medio de una carretera desolada en Uruguay (a dos horas de Paysandú), bajo un sol que se aprovechó de la escasez de sombra durante casi 6 horas.

O aquella vez que esperamos, cerca de una semana, a que lloviera en un pequeño pueblo llamado Mangahurco –Ecuador– para que iniciara el Florecimiento de los Guayacanes. Varios días después de marcharnos (habíamos perdido las esperanzas) cayeron las primeras gotas.

El agua, sea dulce o salada, en grandes o pocas proporciones, puede llegar a ponernos a prueba. Aunque lo importante es adaptarnos a vivir con ella. Basta pararse frente a las Cataratas del Iguazú para apreciarla y valorarla.

  • Andrea y Samir Viaja la vida

    Somos dos jóvenes (con menos de 30 pero más de 24 años de edad) con un sueño: explorar todos los rincones vírgenes, importantes, populares e históricos que tiene el mundo, para luego documentarlos en relatos y fotografías.

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