• por Pepa Sánchez
E

s más conocida como isla de Pascua. Sin embargo quitarle el nombre original es dejarla sin personalidad porque solo el sonido del nombre Rapa Nui tiene la fuerza del carácter de la isla. Rapa- espacio – nUi, como si la “i” solo estuviera para suavizar el poder de la “u”.

Empiezas a llamarla así, por su nombre, como si la conocieras de toda la vida. Sabes de los moais pero poco del resto, como cuando crees saberlo todo de una persona por conocer sus dos apellidos pero estás a años luz de entenderla. La imagen de los gigantes de piedra en sus altares te viene a la mente con la simple evocación del nombre. Pero al llegar allí descubres por primera vez que muchos de ellos están tirados. En el suelo yacen la mayoría, destruidos por las disputas entre tribus años atrás. Tú, que venías con la única idea en la cabeza de visitar los moais descubres esto y decides cambiar el foco: visitarás los cuatro elementos.

Sabes de los moais pero poco del resto, como cuando crees saberlo todo de una persona por conocer sus dos apellidos pero estás a años luz de entenderla.

Recorres el sur de la isla y la inmensidad del cráter del volcán Rano Kau se muestra ante ti, como si un enorme meteorito hubiera caído en la montaña cavando un foso que dejaría de escupir fuego y se convertiría en humedal. La hierba crece sobre el agua como un mapa de islotes que escondiera un tesoro, algún secreto. Secretos que andan por toda la isla, a la vista de todos pero sólo en conocimiento de algunos, como el fragmento de carretera que sube los coches parados con algún campo magnético que no atrae ni bicis ni motos.

Avanzas hasta Orongo, el antiguo pueblo ceremonial al que te han dicho que sólo puedes acceder una vez. El primer punto de la visita te deja tres islas al frente donde tenían que ir los participantes del ritual del hombre pájaro. La vista no es capaz de alcanzar la inmensidad del horizonte que por primera vez en tu vida no es plano sino curvo. La viva imagen de que la tierra es redonda. A pesar de estar a 1500m oyes las olas chocar sobre las pequeñas islas hacia las que nadaban los hombres en busca del primer huevo de pájaro. Huevo que traería de vuelta el más veloz y le convertiría en rey de Rapa Nui durante un año. Allí el viento no parece seguir las reglas habituales al no influir en la dirección del agua que, en lugar de ir en la misma dirección, sale en círculos concéntricos de Motu Nui, la isla grande, como si el peñón fuera una roca que alguien acabara de tirar al agua.

Al otro lado de la isla, Anakena, sus palmeras y moais de espaldas a la playa de arena rosada conservan la grandeza de las fotos. La vida submarina al alcance de cualquiera que quiera adentrarse un poco en las profundidades. La luna llena saliendo naranja como si el atardecer fuera y el cielo que se va oscureciendo e iluminando mientras las estrellas aparecen de a poco. La cruz del sur siempre presente, la vía láctea ensombreciendo de luz los satélites que aparecen y desaparecen girando alrededor de la tierra.

Das por satisfecha tu curiosidad del agua y el fuego completando el recorrido con Ovahe, la pequeña playa casi secreta a la que sólo da el sol por la mañana, y el volcán Rano Raraku que sirvió como cantera de moais.

La luna llena saliendo naranja como si el atardecer fuera y el cielo que se va oscureciendo e iluminando mientras las estrellas aparecen de a poco.

El viento te lleva a subir al Tere Vaka, el punto más alto de la isla donde sopla con fuerza pero desde el que puedes ver 360º de agua recordándote que, aunque quieras olvidarlo, ese elemento está más presente que nunca. La caminata por tierra te deja buen sabor de boca y decides repetir por otra zona. La parte noroeste de la isla, completamente desierta, sin acceso en coche, sin casas, sin árboles es el recorrido perfecto para ir viendo las ruinas que se van levantando frente a ti. Varios ahus, los altares, vacíos, miran al mar y algunos moais tirados en el suelo viendo pasar el tiempo han perdido la importancia que tuvieron.

Qué más da cómo trajeron esos bloques de piedra, qué importa por qué están aquí. El caso es que están, que hubo algún motivo por el cual llegaron a este lugar y que nunca sabrás a ciencia cierta que pasó. Así lo atestiguan las mil versiones de las cosas que todo el mundo te dio. En realidad lo que te están queriendo decir es  “asúmelo, nunca podrás saber ni entender perfectamente qué sucedió”.

  • Pepa Sánchez
    Pepa Sánchez

    Escritora y viajera de vocación, dejó su trabajo de psicóloga para dedicarse a vivir sus sueños. Confía en el viaje como forma de crecimiento personal y descubrimiento. Actualmente está en ruta por América Latina. De vez en cuando escribe en su blog viajesterapeuticos.com

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