• por Marina Hernández | Ilustración: Rael

“¿De dónde vienen esas olas -dijo el niño- si no hay viento alguno?”
M. Cepenkov, recopilación de cuentos folklóricos de Macedonia.

 

C

uenta la leyenda que en lo más profundo del lago Ohrid, en la región de Macedonia,  habita desde el origen de los tiempos un inmenso dragón. El temor hacia él era tal, que los habitantes de sus orillas no se atrevían a cruzarlo en barco. Los marineros decían que tenía cabeza de toro y ojos de caballo, y además una cola tan enorme que cualquiera que se acercase a las inmediaciones del lago sería inmediatamente aplastado por el dragón. Los ancianos avisaban a los jóvenes de que habían sido numerosos los barcos de correos desaparecidos en las apacibles aguas del lago sin explicación alguna, así como los barcos de ganado. Nadie se acercaba al agua del lago. El dragón era una especie de guardián violento y malvado siempre al acecho.

Me pregunto si sigue vivo ese dragón, pues yo también he visto las olas nacer en medio del lago, sin una brizna de viento entre las montañas. Un reflejo extraño bajo el agua color de lágrimas me pone alerta y automáticamente me digo: “no puede ser cierto”. Pero la duda es como una niebla que se resiste a desaparecer por completo y siempre deja un ligero vaho alrededor que implora a lo mágico y a lo desconocido. Porque, en el fondo, nosotros queremos creer. Queremos que existan cosas que sean inexplicables. Queremos sorprendernos. Queremos que el dragón aparezca y nos demuestre que nada es como habíamos imaginado que era.

Y entonces cierro los ojos y el rey de las serpientes aparece. Tiene el pelo largo y mide cinco metros de longitud. Su piel de escamas brilla bajo la luz de una luna que convierte la noche en día. Recuerdo lo que me contaron los ancianos en la taberna del puerto: nunca mires a los ojos al dragón si logras verlo, pues si los encuentras abiertos y él te mira, serás su próxima víctima.

Yo no tengo miedo a Lamija les digo, pues así se llama el dragón del lago Ohrid.

Esta chica se ha vuelto loca susurran los marineros.

Contádmelo todo les pido.

Pero los marineros guardan silencio ante mí. Levanto la mano y pido otra ronda de rakjia para todos. La noche es oscura afuera. A veces se oyen los relámpagos que iluminan Albania al otro lado del lago.

Se dice que Lamija proviene de la montaña de Galichica empieza uno, en un susurro pero que durante la batalla con Sveti Naum la gran serpiente tuvo que escapar, excavando un agujero en la montaña. A través de él, reptó hasta el lago Prespa, aquel que está al otro lado de aquella montaña. ¿La ves? Entonces el dragón navegó sus aguas y en las turbulencias de la tormenta se dejó llevar, atravesando el fino canal que une ambos lagos. Desde entonces no puede salir de él, se ha quedado encerrado y en su enojo persigue a los marineros que atraviesan las límpidas aguas del lago hasta la otra orilla, ávida de sangre y víctimas.

Hay un escalofrío general. Muchos de los marineros que beben conmigo dicen haber visto a Lamija cuando el día es claro y las aguas mansas. Solamente uno entre ellos duda de su existencia y me lleva aparte. Es el más anciano de todos. Tiene una extraña barba del color del humo, y algunos mechones de pelo le caen sobre la frente. Su mirada es lo que incomoda: me lleva observando desde el principio de la jornada, cuando llegué al pueblo de Ohrid al atardecer y empecé a preguntar a los lugareños. Entonces me seguía por las calles, siempre unos metros por detrás, sin alcanzarme nunca.

No debes creerlos, niña. Los vientos del oeste les tocaron la razón y no controlan lo que dicen. Toda esa historia del dragón es un cuento chino. ¿Quieres saber cómo llegaron a creerlo tanto?

Asiento. Tengo la cabeza embotada del rakjia y al parpadear veo luces extrañas. La voz del viejo es profunda como las raíces de los sicomoros en las orillas del lago, es sinuosa y me dejo llevar por ella. El anciano continúa:

¿Tú sabes lo que son las leyendas?

¿Quién no lo sabe? respondo.

Pues todas esas historias no son más que cuentos que se inventaron porque hace mucho, mucho tiempo, había muchas cosas que no sabían explicar. Me llamo Marko Cepenkov, por cierto.

El anciano me tendió la mano y yo se la estreché. La tenía fría, del tacto de un cadáver. No fue hasta mucho después cuando descubrí que Cepenkov había sido uno de los más grandes recolectores de leyendas y cuentos populares del folklore de Macedonia, pero a mí entonces solo me pareció un viejo loco.

¿A qué cosas te refieres?

Hubo una vez en que los hombres miraban el cielo y se preguntaban: ¿por qué será que el sol sale cada mañana y se esconde cada noche? ¿Por qué el trigo y el maíz crecen cada primavera, por qué los pájaros regresan cuando terminan las lluvias? Fue entonces cuando empezaron a darse cuenta de que en la tierra en la que vivían había siempre una serie de repeticiones que llevaban siglos produciéndose. A esos ciclos le dieron el nombre de estaciones y se imaginaron que había un tiempo infinito en que sin interrupción los mismos acontecimientos ocurrirían una vez tras otra. El símbolo de ese devenir circular se reprodujo como una serpiente que se muerde su propia cola. Y ya sabes cómo son las historias, que pasan de boca en boca y se hacen grandes…

Me quedé mirando al anciano, sorprendida ante sus palabras.

Entonces crees que la historia del dragón no es más que una leyenda, ¿no es cierto? ¿Y qué hay de los que vieron? ¿Y de los barcos, y del ganado?

Ay, niña. El rakjia se derrama sin vergüenza alguna por estas tierras, y más entre los marineros.

Quiero saber más le dije ¿No conoces alguna otra historia?

Se echó a reír.

Las que quieras.

Entonces cuéntame tu preferida.

El rostro del anciano de repente se convirtió en papel papiro. Su piel parecía tan fina entre las sombras que parecía que se resquebrajaría si hacía cualquier movimiento. Era, más bien, como si las arrugas se le hubieran hecho profundas, tanto que hubieran enterrado sus propias expresiones. Pensó un segundo más y entonces comenzó una nueva historia:

Hay otra leyenda que quiero contarte. Sin embargo esta ocurrió muy lejos del lago Ohrid, en un lugar que se llama Kuklica, en el norte, entre las montañas. En una llanura entre las colinas de tierra aparecieron hace miles de años unas piedras de tamaño descomunal, que si se observan con detenimiento recuerdan a figuras humanas. Y de hecho, lo son. Las historias cuentan que en el pueblo había un chico que, no sabiendo a qué mujer pedir en matrimonio, decidió proponérselo a dos de ellas a la vez. Una era una mujer rica pero fea; la otra, en cambio, no tenía ni un céntimo pero era bella como las mariposas. El chico no sabía si hacer caso a su corazón o a su necesidad, y acabó organizando dos bodas. El día en que el novio tomaba por esposa a la mujer rica, la otra prometida se dio cuenta de las intenciones del novio y maldijo a todos los asistentes de la boda, petrificándolos. Desde entonces allí permanecen las grandes estatuas con forma de hombres, mujeres y niños, frente al altar donde el novio y la novia unen sus manos, e incluso la hechicera aparece en un segundo plano observando toda la escena y condenándolos a todos a convertirse en piedra para siempre.

Pero, ¿ocurrió eso de veras, Marko?

¿Tú quieres creer que ocurrió?

Claro que sí le dije ¿tú lo crees?

A mí me parece que el lugar donde ahora yace la boda de piedra antes era una zona de grandes movimientos magmáticos. De hecho el pueblo de Kratovo se asienta en el antiguo cráter de un volcán. Entonces un día la lava salió borboteando y creó formas que recuerdan a seres humanos. Pero no quiero que me creas: lo importante es que siga habiendo magia.

Sonreí. El anciano me miraba con una expresión misteriosa.

¿Sabes qué? Deberíamos irnos de aquí. El humo no me deja pensar más.

Salimos a la calle y el rumor del viento nos abrazó. La noche había caído de lleno sobre la ciudad y no se veía más que el brillo de la luna amarilla ondeando sobre la superficie del lago. El anciano me condujo a través de los callejones de Ohrid, hechos de adoquín y piedra, y en cuyas paredes se abrían viejas tabernas de pescadores. Se oían las risas de los marineros ahogándose en alcohol. Continuamos el ascenso hacia la fortaleza del Zar Samuel. Acaso se intuía su silueta desde abajo, y parecía el caparazón verdoso de una tortuga gigantesca que duerme. Marko iba contándome por el camino el origen de algunos templos que se levantaban alrededor cuando una voz nos detuvo. Al girarnos vimos a dos hombres acercándose. Llevaban levita y pajarita y tenían las mejillas rojas de tanto reír.

¡Ah! Grandes amigos dijo Marko Cepenkov.

Los tres hombres se abrazaron calurosamente y se dieron palmadas en la espalda. Hablaban muy rápido y con gran efusividad, como si tuvieran grandes cosas que decirse. Marko de repente los cortó y me presentó a los dos hombres. “Los hermanos Miladinov”, me dijo muy serio, “algún día serán conocidos por haber plantado la semilla de lo que será la literatura de nuestra región, Macedonia”.

 

leyenda macedonia

De izquierda a derecha estamos viendo a Dimitar Miladinov, Marko Cepenkov y Konstantin Miladinov.

 

Ambos hermanos se rieron a carcajadas con la profecía de Cepenkov y pronto se pusieron a discutir de viejas historias y poesía con el anciano. En todo el Imperio Otomano no había dos poetas como los hermanos, me dijo Marko, y les quise pedir que me recitaran algunos de sus versos, pero Kostantin se adelantó y comenzó:

“Si tuviera las alas de un águila

me levantaría, volaría con ellas

sobre nuestras orillas, sobre nuestros lugares

para ver Stambol, para ver Kukus

y para ver el amanecer: ¿es

tenue allí también, tanto como aquí lo es?

Si el sol sigue saliendo, velado,

si me encuentra allí como aquí,

me prepararé para lejanos viajes

huiré a otras costas

donde el amanecer me salude en luz

y el cielo esté cosido de estrellas.

Aquí está oscuro, la negrura me rodea

lo sombrío cubre toda la Tierra

aquí están las heladas y la nieve y las cenizas

abundan las ventiscas y los fuertes vientos

la niebla por todas partes, la Tierra es de hielo

y en el pecho los helados y oscuros pensamientos.

No, aquí no puedo quedarme, no;

no puedo sentarme en esta helada

dame alas y las usaré

volaré sobre nuestras orillas

volaré una vez más a nuestros propios lugares

iré a Ohrid y a Struga.

Allí el sol calienta el alma

el sol que es brillante en las montañas boscosas

allí hay profusos regalos

extendidos ricamente por el poder de la naturaleza

ver el lago aclarándose a blanco

o azulándose oscuro por el viento.

mira las llanuras y montañas:

belleza divina en todas partes.

Para canalizar hacia allí el contenido de mi corazón

¡Ah! Deja el sol ponerse, déjame morir.”*

 

Un minuto de silencio acompañó la reverberación final de las palabras de Kostantin Miladinov. Los tres, en expresión de gozo, teníamos los ojos cerrados y las manos bruscamente ligeras, como si el cuerpo hubiera dejado de pertenecernos.

Quise aplaudir, pero me contuve. Entonces, con admiración profunda estreché la mano al poeta y le dije:

Magnífico. Espectacular. Supremo. Tienes que decirme cómo vas a titularlo.

Un Kostantin halagado se encogió de hombros y confesó que todavía no había encontrado el título perfecto que acompañase la composición.

¿Sabes a mí a qué me sonó? le dije Añoranza de sur. ¿Qué te parece?

Kostantin entrecerró los ojos y repitió la frase varias veces, hasta que se convirtió en poco más de un susurro.

Añoranza de sur. ¡Añoranza de sur! dijo por fin ¡Es perfecto! ¿Sabes que lo escribí mientras vivía en Rusia?

Entonces encontraste las palabras que buscabas.

Al final solo eso es la poesía: continuó Kostantin encontrar para cada cosa que existe la palabra correcta.

Sonreí.

Los hermanos Miladinov se despidieron y Marko Cepenkov y yo continuamos camino. Al llegar al borde de la loma encontramos un camino. “Voy a llevarte a un lugar mágico”, dijo Marko, y comenzó el descenso entre los árboles. Pronto el camino se convirtió en sendero, y unos minutos después dejó de existir. Apenas veíamos el resplandor lunar entre los árboles pero Marko parecía conocer a dónde iba. Se oía el crujido de los insectos desvelados en la noche y también el de los jabalíes y los lobos que, agazapados en sus refugios, esperaban el crucial paso de animales más pequeños. Los grillos sonaban tan fuerte que apenas escuchaba mi propia respiración agitándose. Al borde del acantilado Marko se detuvo y señaló un punto abajo. Inexplicablemente la luz de la luna caía directamente sobre una edificación en piedra roja y le daba el volumen de una alucinación.

¿Qué es aquello? ¿Es una iglesia?

Se llama Sveti Jovan Kaneo. ¿Ves qué difícil es llegar a ella? Es la iglesia de los pescadores. Aquellas luces, allí.señaló otro punto pequeñísimo debajo de la montaña, cerca de la iglesia Ese es el pueblo donde viven. Es un lugar maravilloso. Las barcas ondean durante todo el día en el lago, no lejos de la costa, donde los pescadores cazan el salmón. ¿No lo probaste aún? ¡Qué delicia! Tiene la carne suave como el sol del atardecer. Son del mismo color, ya lo verás, de un tono rosa tostado indescriptible.

¿Y qué hay allí, al otro lado?

¿Al otro lado del lago? Eso es el territorio de Albania. Quienes allí habitan son de tez oscura, del color de la oliva. Algunos hablan la lengua de la Italia, porque los barcos mercantes se detienen a menudo a cargar sus bodegas, y mantienen buenas relaciones con ellos. Son gente del Mediterráneo. Nosotros somos gente eslava, aunque desde que los turcos tomaron nuestra región no podemos decirlo demasiado alto. ¿Viste ya las mezquitas del norte?

Le dije que no.

Nuestra tierra es fértil, niña. Somos hijos de la tradición griega ortodoxa, pero los turcos nos trajeron el Islam y hoy día las dos religiones nos guían al mismo tiempo. ¿Sabes qué? En toda Macedonia no hay una iglesia igual que la que verás en Kratovo, muy al este. Es una región de montañas y tierra volcánica. Muy cerca de la boda de piedra de Kuklica. El templo es a lo menos curioso: es integrador. “Hzam za site veri”, decimos nosotros. Una Iglesia para todos.  Aunque en apariencia es ortodoxo, las fachadas de la iglesia de Sveti Jovan Krstitel esconden símbolos que remiten directamente a la religión cristiana, a la musulmana y al judaísmo. Es sorprendente que ocurra algo así, ¿no te parece? En nuestro mundo la religión sirve para gobernar, y habitualmente no hay sitio para dos reyes al mismo tiempo. El pueblo de Kratovo va a sorprenderte, está lleno de misterio. Quizá no debería contarte esto, pero…

Cepenkov calló. Una bandada de aves nocturnas alzó el vuelo entre los árboles y pasaron frente al resplandor de la luna, cegándolo. Una lechuza ululó y después volvió el silencio. Esperé que continuara. Las historias tienen un tiempo interno y es necesario dejarlo ocurrir.

Es curioso. Kratovo está situado en un lugar emblemático: en él se cruzan las vías de peregrinación entre Sofía y Salónica y siempre fue un lugar de reunión de masas. Se dice que en el pueblo todavía quedan familias masónicas, ¿sabes? Pero, claro: estas cosas nunca se sabe si son verdad o no.

¿Masónicas? ¿Cómo la Orden del Temple?

Efectivamente. ¿Conoces algo de ellos? Te daré una pista para reconocerlos, si pasas por allí. Dame tu mano.

Marko Cepenkov estrechó mi mano derecha y después, con su izquierda, sostuvo nuestro enlace.

¿Ves este gesto? Es un indicio de masonería. Es muy interesante: cuando los masones hacen transacciones no necesitan comunicarse con palabras, solo con gestos se entienden.

¿Es este el gesto que hacen?

Junté mis manos y giré mis dedos índices uno alrededor del otro. Marko Cepenkov me miró sorprendido. Su gesto fue primero de desconfianza, pero luego pareció entender.

Así que tú también vienes siguiendo la misma ruta, ¿verdad? Casi me engañas niña.

En la lejanía el motor de un barco comenzó a rugir. Primero muy suave, como un rumor. Después sonaron las bocinas y el sol despuntó al alba. En el lago, un extraño temblor hizo que las aguas se agitaran, lentamente, en círculos ingrávidos

 

*El poema  “T’ga Za Jug”, de Kpostantin Miladinov, ha sido traducido del inglés por Marina Hernández.

  • Marina Hernández
    Marina Hernández Maitena Caimán

    Marina es escritora y viajera. Se especializó en periodismo de viajes en Barcelona y en literatura en Madrid. Durante un año y medio recorrió Sudamérica y autoeditó un libro de espacios íntimos que se llama Lava no arde. Imparte talleres de escritura y arma consignas creativas en su página Maitena Caimán. Escribe por urgencia de salvar el instante. Vive en Madrid.

  • Rael
    Rael Ilustrador

    Rael es el alias de Mario De los Santos, dibujante autodidacta, estudió comunicación, trabajó en publicidad, diseñó revistas, escribió alguna que otra nota, viajó y unas cuantas cosas más. Pero dibujar dibuja desde que tuvo la motricidad suficiente como para sostener un lápiz y amenaza con seguir haciéndolo mientras pueda.

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