• por Ignacio Izquierdo
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abía algo romántico en ese mundo aristotélico que nos simplificaba a cuatro elementos: fuego, tierra, agua y aire. Allá donde alcanzaba el entendimiento y la comprensión se nos podía desmenuzar, dividir de manera poco precisa en estas partes. Mucho antes de complicarnos con enlaces químicos entre más de una centena de elementos, mucho antes de que fuéramos capaces de crear ojos con que descubrir lo minúsculo, todos éramos parte fuego, parte tierra, parte agua, parte aire. Nosotros y todo lo que nos rodeaba. Una conexión sencilla y mágica.

Aún a día de hoy seguimos recreándonos en esa idea al sentir las bravas caricias del viento, la ingravidez bajo las aguas, las reconfortantes e hipnóticas llamas. No es una idea falta de encanto. Ser viento y controlar los cielos, volar compartiendo vistas con los pájaros, ulular en mitad de la noche. Ser mar y sumergirse en las profundidades, ser ríos para encontrar salida a los laberintos de piedra de la tierra, ser lluvia para dividirte en minúsculas gotas que caen desde las nubes. Ser fuego intimidante y destructor, surgir de los relámpagos, de las profundidades de la tierra.

 

Hace muchos años, cuando anhelaba ser parte de esas leyendas, me costaba tomar parte por la tierra. Si había que elegir, cualquiera de sus compañeros era mucho más atractivo para mi imaginación. La tierra sonaba a barro, a piedras ariscas, a desiertos inertes. Resonaba a lo conocido, a la rutina diaria. Faltaba la novedad de sentirse como tiburón o cóndor. Al fin y al cabo, somos y seremos parte del suelo. ¿Donde estaba la magia si nos quedábamos en el día a día?

Hoy con la cara ya arada por los años, sigo soñando con ser lo que no soy pero he aprendido a apreciar lo que sí. Soy capaz de admirar la hermosa complejidad de la tierra y sus infinitos matices. Desde los suelos fértiles sobre los que se asientas llanuras, bosques y selvas, hasta los más áridos desiertos en los que se camufla la vida. Desde las playas suaves de finísimo grano a las montañas, titanes de roca que se alzan hacia las alturas.

Hoy con la cara ya arada por los años, sigo soñando con ser lo que no soy pero he aprendido a apreciar lo que sí. Soy capaz de admirar la hermosa complejidad de la tierra y sus infinitos matices.

Estas, las cordilleras que desafían las escalas, las que empequeñecen a los comunes pero alientan el ánimo de los más valientes a conquistarlas, se han convertido en mis favoritas. Yo pertenezco al primer grupo. Los que las disfrutamos desde la insignificancia. No entra en mis planes el intentar domeñarlas. No entraré en el debate de la capacidad (no existe tal debate – a día de hoy es inexistente) pero si en algún momento las fuerzas me acompañaran para mirarlas de tú a tú, estoy convencido de que solo sentiría el frío sudor del respeto.

Siempre que he viajado las he buscado y he tenido la suerte de poder admirarlas en muchos de mis viajes. Adoro el azul del mar, pero para mí no puede competir con las aristas inmisericordes y las puntas que atrapan la nieve y que se visten de nubes. Esas son las que te dejan sin aliento, sí, aunque sería ridículo negarles a las más modestas su capacidad de emocionar. Y por muchas que se vayan sumando a la colección, siempre quedarán riscos que merecerán ser admirados especialmente al calor de los naranjas del atardecer y el amanecer.

Adoro el azul del mar, pero para mí no puede competir con las aristas inmisericordes y las puntas que atrapan la nieve y que se visten de nubes.

 

Se resistió, pero encontrarme con el orgulloso Everest fue un momento inolvidable. Como cruzábamos los Himalayas desde Tíbet a Nepal en 4×4 quizás le faltó la épica de la ruta, el ansia del caminar hasta su base, pero aún así su memoria apareciendo a última hora de la tarde entre las nubes me acompañará siempre. Sus 8.848 metros de altura harán palidecer cualquier comparación, pero he de reconocer que recibir el amanecer desde los 4095 metros del Kinabalu en Malasia también fue memorable. El techo del sudeste asiático no estaba nevado, pero hicieron falta dos días para alcanzar la cima. Las gotas de sudor que certificaron cada paso hacia las alturas se cobraron su recompensa en la memoria.

Asia no estaría completa sin haber visto aunque sea de lejos, la preciosa geometría del Fuji en Japón. Son 3776 metros y su subida, permitida únicamente durante los meses de verano, se ha convertido en un peregrinaje que denota su condición de sagrado.

 

Aunque descansa en la lista de pendientes estoy seguro de que si hay algo que puede compararse con los Himalayas deberán ser la línea de los 7000 metros de los Andes, pero mi recorrido montañoso por Sudamérica se ha limitado de momento a la imponente figura de 5400 metros del volcán Licancabaru en Atacama y a la Patagonia Chilena que si bien se queda “apenas” rozando los 3000 metros de altura en el Parque de Torres del Paine, su belleza es tan exquisita y su elegancia es tan sublime que no hay más opción que la del enamoramiento irremediable.

Polinesia, de orografía joven nacida casi entera de volcanes no destaca por su altura media, pero en esa explosión de naturaleza que es Nueva Zelanda se encuentran también los Alpes del Sur y allí por encima de todo, los 3724 metros del Cook, referente de toda la cordillera. En Europa no andamos cortos de maravillosas torres de Babel que hablan los lenguajes de la rocas. Los Alpes fijan su altura máxima en las cumbres de 4810 metros del Mont Blanc, cuyo macizo, dominando Francia, Italia y Suiza no debería perderse nadie.

No son todas y restan muchas por conocer, pero son quizás algunos de los regalos más bellos que he tenido la posibilidad de admirar. Son ellas las que me han hecho apreciar la infinita maravilla que es la tierra, como planeta y como elemento. Sus caminos son las canas que habrán de acompañarme hasta que la memoria me falle. Y cuando ya no esté, seguirán allí, desafiantes al destino. Magnificentes. Sí, definitivamente, ahora elijo tierra.

  • Ignacio Izquierdo

    Ingeniero reconvertido a fotógrafo, lleva más de 10 años haciendo fotos y documentando muchos viajes, intentando entender y comprender lo incomprensible de este mundo. Ama la montaña, la naturaleza y la hora mágica por encima de todas las cosas.
    Cuenta sus historias en www.ignacioizquierdo.com/blog

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