• por Sebastían Cabrera | Ilustración: Flor V

E l sábado 13 de mayo llegué a aquella casa de Ituzaingó dispuesto a morir. No sabía mucho más, pero sabía eso. El resto eran todas preguntas, y de las difíciles.

No era la primera vez que abandonaba mi lógica racionalista en busca de respuestas. La primera oportunidad había sido con una sanadora, para tratar de aliviar la enfermedad de mi viejo. Tuve que beber aguas con bendiciones especiales que no dieron mucho resultado. Años más tarde, en plena selva peruana, me sumé a un ritual de ayahuasca, pero el brebaje estuvo demasiado liviano y no me provocó absolutamente nada. Desilusiones que convertí en certezas: todavía no estaba listo.

Pero esta vez sí, había alcanzado la madurez espiritual como para comenzar a desandar el camino de la búsqueda introspectiva por métodos no tradicionales.

Mis expectativas estaban claramente contaminadas por influencias cinematográficas y literarias y, claramente, no se vieron satisfechas en una primera impresión. No llegamos a una precaria choza en medio del monte sino a una hermosa casa quinta con pileta en un barrio de clase media alta. No nos recibió un chamán de rasgos aborígenes y vestido en taparrabos sino un psicólogo en shorts y remera. Y sin embargo… algo había en el aire, difícil de poner en palabras. Me pasó con la señora sanadora, con el chamán peruano y allí, en Ituzaingó. Algo en la atmósfera transmite serenidad, hay algo que nos hace sentir en otro lado, llamémosle energía.

Nos reunimos en torno a una gran fogata, a un costado estaba la tienda, llamada Inipi, donde tendría lugar la ceremonia. De las catorce personas participantes la mitad estábamos nerviosos porque era nuestra primera vez, en la otra mitad estaba mi amigo Miguel, una parejita joven, un viejo pelado muy flaco, y un ex compañero de facultad cuya sola presencia me irritaba. Estaba claro que no iba a ser una jornada sencilla para mí. Una vez en ronda y despojados de la mayor cantidad de ropa posible, Fernando, el guía, pasó a purificarnos, uno a uno, con un sahúmo de copal. Luego nos invitó a hacer una ofrenda al fuego con unas hierbas que él nos proporcionaba.  Ansioso  seguí los pasos tal cual los indicaba. Sin modificar el tono sereno de su voz nos explicó lo extremo de la experiencia física que estábamos a punto de vivir y nos dio algunas pautas de alerta para nuestra salud.

-Esto no es un saunita mexicano –advirtió- no sólo se eliminan toxinas, también pensamientos y cargas que no nos sirven de nada; acá se viene a encontrar una armonía con el Universo. Se viene a morir y a renacer.

 

I. PARTIRSE EN DOS

Ometéotl –dije, y me agaché apoyando la frente en la tierra para agradecer al Dios mexica. Ingresé al Inipi y me senté en el pasto completando la ronda. Al centro un pozo donde irían las piedras, al frente Fernando que con un tambor en la mano daba comienzo a la ceremonia y yo a mi partición.

Un Temazcal se divide en cuatro partes denominadas puertas, dedicadas a cada uno de los elementos naturales y separadas por entrepuertas que son tiempos de relajación y descanso. Cada puerta comienza con el ingreso de un conjunto de “abuelitas”, que es como se considera a las piedras por ser antiguas pobladoras de nuestra tierra y poseedoras de todo el conocimiento que en ella habita. Sobre ellas se rocía agua tratada con hierbas especiales y se consigue un aumento de la temperatura que genera no sólo mayor sudoración sino también mayor compromiso de los presentes porque estar allí implica una lucha por sobreponerse a un calor abrasador.

La primera puerta tenía que ver con el este, el nacimiento del sol y de la vida. Fernando dijo unas palabras en antiguo mexica, pronunció unos cantos tradicionales y luego nos invitó a pensar en la primera infancia, en cosas que quisiéramos dejar atrás de aquella época. El silencio inicial sólo se veía interrumpido por el sonido del agua golpeando las rocas y transformándose en vapor. Un vapor espeso que se te pegaba en el cuerpo y parecía incendiarlo. La penumbra del interior hacía el momento aún más denso.  Con la dificultad de concentrarse en la ceremonia al tiempo que sentíamos nuestra piel arder, uno a uno, fuimos pidiendo la palabra y cumpliendo con el pedido.

Con la entrepuerta llegó un poco de aire fresco a mis pulmones y una pregunta a mi cabeza ¿cuándo pasará? ¿Cuándo vendrá la sabiduría, la iluminación? ¿Cuánto más tendré que soportar?

Con la entrepuerta llegó un poco de aire fresco a mis pulmones y una pregunta a mi cabeza ¿cuándo pasará? ¿Cuándo vendrá la sabiduría, la iluminación? ¿Cuánto más tendré que soportar?

Tiahui era el vocablo que había que pronunciar en aquella penumbra de vapor calcinante para indicar que se pedía la palabra.  “Tiahui”, dije entonces, y hablé de mis mandatos en la adolescencia, de la necesidad de alcanzar la perfección, de las trabas vividas al pensar todo el tiempo en la mirada del otro. De eso se trataba la segunda puerta, vinculada al sur y a la adolescencia. El resto era sudor y tratar de respirar, acomodarse, sentarse distinto, tocar el pasto con las palmas en busca de una recompensa de frescura. Se adivinaba el esfuerzo de cada uno por mantenerse firmes en los tonos de voz, en las sombras incómodas que se revolvían en sus lugares, en la tensión que se percibía en el ambiente. Es rigurosa la ceremonia, extrema.

Me resultaba casi imposible mantener los ojos abiertos con el mar de sudor que bajaba por mi frente, la cara me quemaba. ¿Será verdad? ¿Se estará quemando mi piel? ¿Por qué no me está pasando nada? Nada excepto sentir que estoy muriendo en llamas. ¿Es esto? ¿Va a mejorar? A medida que pasaba el tiempo la tensión en mi cabeza aumentaba, ya estaba por la mitad de la ceremonia y sólo estaba pasándola mal. Me pesaba el sacrificio físico sin recompensa. Lo estoy haciendo mal, no nací para estas cosas, no sirvo.

La entrepuerta trajo menos aire fresco y nada de alivio. Mi mente no paraba. Ni claridad ni serenidad. Era un manojo de nervios y frustración. “No es un saunita mexicano” había dicho el guía, pero yo lo único que hacía era transpirar. Una mujer no resistió y salió por delante mío, crucé miradas con el viejo de enfrente y por un instante sentí que los dos dudamos, miré a un costado y la tranquila silueta de mi ex compañero pareció desafiarme. “La tercera puerta es breve y dura”, anticipó Fernando antes de que ingresaran una nueva tanda de piedras incandescentes. Tengo que aguantar, pensé.

Aguantar el calor.

Aguantar mi cabeza.

Habló del oeste, de la madurez y nos invitó a eliminarlo todo. En una imaginaria calavera de cristal debíamos depositar todo aquello que queríamos dejar atrás y, a su orden, arrojarlo al fuego. Lo hice, había que hacerlo. No sé si me costó más proyectar la calavera o mantener los párpados abiertos frente al fuego convertido en vapor que me atacaba desde el centro del Inipi. A un grito todos lanzamos nuestros cráneos imaginarios y terminó la puerta.

Nada.

No entraba ya ni aire ni alivio.

Nada.

No encontraba claridad en mis pensamientos ni sabiduría alguna.

Nada.

No podía respirar. Temblaba.

Me dejé caer y me acomodé como pude en posición fetal. Sentir el pasto en mi cara era lo único que me daba un poco de paz. Quise llorar, la chica que estaba a mi lado se dio cuenta. “Llorá”, me dijo, “desahogate”. No pude, había sudado tanto que ni lágrimas tenía. Me sacudí en estertores compungidos como un actor de telenovelas. Me di lástima. ¿Qué carajo hago acá? ¿Qué sentido tiene todo esto? Dos personas pasaron a mi lado y salieron. De los 14 iniciales quedábamos menos de 10. Tengo que salir. No, no puedo salir. Afuera hay aire fresco, pero hay frustración. Tengo que aguantar. La última chica salió llorando.

Quise llorar, la chica que estaba a mi lado se dio cuenta. “Llorá”, me dijo, “desahogate”. No pude, había sudado tanto que ni lágrimas tenía.

II. LA CUARTA PUERTA Y UN TIPO LLAMADO GUSTAVO

La cuarta puerta estaba dedicada al norte, al futuro. Era momento de pedir consejo, de enfocarse. O algo así, yo no podía con mi vida. Fernando nos exigía que nos incorporásemos pero arriba no había ni aire caliente ya. El ambiente era irrespirable. Me senté todo torcido, como pude. Mi cuerpo era de papel. Al centro, las malditas piedras y su vapor asesino, y al fondo, Gustavo sentado en perfecta posición de loto. Todo paz, todo armonía. ¿No sufre el calor este tipo? ¿Nació en un volcán? Participaba y cantaba con disfrute.

-No te puedo creer que viene este pelotudo –le había dicho a mi amigo antes de comenzar la ceremonia, y señalé con la cabeza a Gustavo que estaba ingresando a la casa-, iba conmigo a la facultad, es insufrible.

Ahora Gustavo estaba frente a mí, recordándome todo lo que no podía hacer. Y yo ya no estaba ahí, sólo que mi cuerpo no había logrado salir. Imposible seguir nada, hablar, pensar; y no se terminaba más. Hicimos el pedido a las “abuelitas” y no terminó. Hicieron una ronda de canto en castellano, y no terminó. Hicieron otra ronda de canto en un idioma originario, tampoco. Siempre había algo más, alguien que hablaba. No pude más. Me quebré. Mi cuerpo me siguió y juntos salimos arrastrándonos. Afuera quise pararme pero me caí. De mi piel brotaba vapor. No sentía nada. Sólo fuego. Pensé que me iba a desmayar. No importaba nada. Que termine. Gateando llegué a la piscina y me dejé caer. Agua helada, como de deshielo. De a poco empezaba a vivir.

Los recuerdos son brumosos, estaba como sumergido en una borrachera interminable. En lo que me parecieron dos minutos comenzó a salir el resto de los participantes, mi amigo, Fernando, un viejo, dos mujeres. Todos se tiraron la pileta. Todos exclamaron “ahh” al sentir el contacto con el agua. A medida que se aclaraban mis pensamientos y podía mantenerme erguido surgía un sentimiento de impotencia, de disgusto. Le comento a Fernando mi bronca por no haber podido completar la ceremonia, por sentir que no había aprendido nada y, en ese mismo instante, antes de que él respondiera nada, comencé a sentir certeza. Sí, certeza de que “eso que había pasado” había pasado por algo, de que allí radicaba la enseñanza. De que yo tenía que “fallar”, tenía que amigarme con fallar. Me parecía una conclusión “chiquita”, pero sin embargo lo sentía importante. Desde adentro, desde el pecho. Quise desahogarme, llorar. De nuevo no pude. Levanté la vista y lo vi a Gustavo, acodado en el otro extremo de la piscina. Entendí todo, o ni siquiera. Lo sentí. Atravesé los metros de agua helada que nos separaban. Sentía frío pero no importaba. Lo miré a los ojos y le pedí permiso para abrazarlo. Accedió sin dudarlo. Fue uno de los abrazos más sentidos que he dado en mi vida. Interminable, fuerte, aliviador. Las lágrimas brotaron inmediatamente, desde del pecho y hacia afuera. Lloré como un niño. Como hacía mucho que no lo hacía. Lo apreté más. Como en una película el resto de las personas desapareció de mi registro, también la noción del tiempo. Al terminar le conté que sentí la necesidad de abrazarlo y pedirle disculpas. Le confesé lo que le había dicho a mi amigo y lo que pensaba de él, casi sin conocerlo, le hablé de mis prejuicios y mi necesidad de redención. Me dijo que él también los tenía hacia mí. El desahogo fue completo.

Luego llegó el momento de los saludos y las despedidas. En el viaje de regreso casi no hablé. No podía dejar de pensar en Gustavo. En cualquier otro contexto aquella conversación no hubiera podido tener lugar y los dos hubiésemos seguido cargando nuestros prejuicios sobre las espaldas, pero en aquel momento todo tenía lógica. Nos entendimos en un instante y la armonía que nos envolvía me reconcilió con todo, con el mundo y conmigo. El Temazcal había cerrado su círculo.

  • Sebastián Cabrera cruzarlapuerta.com

    La primera vez que reconoció una vocación fue la de contar historias y así pasó por aulas de taller literario, periodismo, guión y cine. La segunda fue viajar y la tercera observar  animales en libertad. Desde aquel día trata de juntar las tres para escaparse cada vez que puede a explorar distintos rincones del mundo. De tanto aburrir a su familia con las fotos de sus viajes decidió abrirse un blog, cruzarlapuerta.com, y liberarlos de aquel yugo dominical. Tras doce años de trabajar en noticieros encontró en Otro Mapa la oportunidad de hacer, por primera vez, periodismo.

  • Flor V
    Flor V

    Encantada con el hobby de crear personajes e historias en su tiempo libre, lentamente se encuentra convirtiendo ese pasatiempo en una profesión en la narración visual. Actualmente entrena sus habilidades para dominar esa elusiva magia de conectar un fotograma junto al otro, creando así movimiento y vida, en el instituto Image Campus. Aficionada a las siestas y los dibujos animados, Florencia vive cada día con el anhelo de compartir y transmitir sueños e ideas, un dibujo a la vez.

    Podés seguir sus trabajos en Tumblr e Instagram

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Showing 2 comments
  • Jose
    Responder

    Disfruté mucho leer la nota. Me transportaste a esa experiencia. Nunca lo experimenté pero las vivencias q relataste fueron tan nítidas q ahora me dieron ganas. Saludos

    • Sebastián Cabrera
      Responder

      Gracias Jose por tus palabras. Fue una experiencia intensa de vivir y también de relatar. Abrazo

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