Cadena Nacional #6: Pergamino – Villa Epecuén

  • por Gabriela de Echave

P  arto de Pergamino rumbo a Buenos Aires, de nuevo. Mis amigas me esperan allá para tomar el tren a Bahía Blanca, solo que no llegaremos allí, sino que nos bajaremos en Pigüé para luego tomar un autobús que nos acerque hasta Carhué. Y aunque nos quedemos allí acampando, la razón de ser del viaje es visitar las ruinas  de la ciudad de Villa Epecuén, que se encuentra a unos ocho kilómetros.

cadena nacional otro mapa

El tren parte puntual de Constitución, llenísimo de gente y toneladas de equipaje. Nos esperan once horas en un escenario oscuro, de luces frías y bajas, pero lleno de calidez humana. Conocemos a una chica inquieta como ella sola, habitué del tren, que va de un lado para el otro comentando todo y jugando a que no tiene el boleto a ver qué pasa cuando el guarda la interrogue. Luego, a un vagabundo circense que vende dibujos y escritos para juntar plata destinada a construir una casita de barro en el Chaco. Me regala un dibujo porque le presté una lapicera y terminamos todos tratando de adivinar el nombre de la niña que juega en el pasillo. Cuando nos bajamos, en Pigüé todavía no amanece y decimos adiós a un vagón completamente dormido.

Luego de un par de horas, arribamos a Carhué y buscamos un camping cercano al lago. Antes que el camping aparece Perrón, cuyo bautizo deja clara su especie y, desde ese momento, no se separa de nosotras en todo el viaje. Otros personajes, esta vez humanos, son un señor que no deja de ofrecernos una habitación con baño privado cada vez que pasamos por la cuadra de su casa y otro señor más amistoso que se aparece en bicicleta por el camping y nos cuenta cosas sobre el pueblo y la antigua villa. Es invierno y somos las únicas personas acampando. Llamamos, un poco, la atención.

Al día siguiente nos vamos caminando hacia Epecuén, confiadas en que vamos a llegar pronto. El pensamiento parece correcto, lo que no entra en nuestros cálculos es el tiempo que lleva dejar a nuestros pies seguir el paso de nuestras cámaras. Caminamos por un paraje solitario, lleno de árboles retorcidos, ruinas esparcidas aquí y allá, espejos de agua, sal por todos lados. Era de esperarse la tardanza.

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Claro que en todo esto influye la visita al Matadero, punto clave en la mitad del camino, donde además nos detenemos a comer algo. Obra del prolífico Salamone, se descubre detrás de una arboleda completamente desnuda y constituye un símbolo tan o igual de importante que el resto de Epecuén. Nos divertimos investigando sus vericuetos, acompañadas de Perrón, que me asusta al aparecer silenciosamente en cada vuelta de esquina. Encontramos muchos pasillos y habitaciones más. No encontramos forma de subir al piso superior. Un misterio, ya que habíamos visto gente allí arriba desde el camino.

Cuando al fin llegamos a la entrada de la villa, el atardecer nos da la bienvenida lleno de nubarrones. Antes de viajar había visto muchas fotos de Epecuén y por algún motivo en la mayoría el cielo estaba nublado. Hay un paisaje que parece no cambiar nunca, acorde con la situación. Mientras caminamos por el lugar, el sol va dando paso a la hora azul, ese momento del día en el que éste se vuelve una pequeña estela naranja en el cielo y todo comienza a verse azulado.

cadena nacional edificios en ruinas

Al mirar la Villa en ese momento, más allá de la impresión que te genera el estar allí, siento que estoy en un lugar muy extraño, en un tiempo fuera del normal donde la vegetación es la única fuente de vida y aún así parece casi tan muerta como el resto. La única excepción son los pájaros que, sin embargo, huyen para volver al nido. A lo impactante del momento se suma el silencio. Epecuén es visitada por gran cantidad de gente a las que les llega el rumor del pueblo inundado y se acercan a pasear, pero una vez que el sol está por ponerse desaparecen y ahí es cuando el pueblo parece morir, otra vez.

Imaginen lo impresionante de encontrarse en una calle desierta rodeada de ruinas infinitas, cual campo de batalla en el medio de la nada, con la vista teñida de azul y ni un solo sonido alrededor. Es la muerte, pero no ella sino su paso. Una de sus huellas en el medio del campo, el qué pasa después en el que tantas veces he pensado.

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No hay duda de que este es el momento que elijo como el más importante. Simbólico de tantas cosas, incluso de la tristeza del señor que todavía vive por aquí, cuidando de las ruinas. No sé bien qué es lo que siento, no podría decir melancolía pero es así, es el azul invadiendome. Una entrada a mí misma en un lugar desconocido o el espíritu de un lugar desconocido entrando en mí.

cadena nacional laguna en hora azul

Antes de irnos, no puedo dejar de contemplar Carhué, el cual comienza a verse de noche, cuando todas las luces se encienden. Desde donde me encuentro, el camino hacia allí se corta por el lago y hace que las lucecitas se vean aún más lejanas. El instante sigue siendo mio, sigo viendo un lugar y la distancia que me separa. Pero también siento la tristeza de todos sus habitantes acumulada, dejada atrás mientras ellos continuaron su camino. El silencio cubriendo los recuerdos estáticos, oscuros, muertos.

Volvemos al día siguiente, pero con la luz del mediodía todo se ve distinto. Igual de abandonado, pero más vivo bajo el sol. La tristeza aparece cuando la luz se va, pero tampoco toma refugio en la noche. Solo vive en ese instante, siempre azul.

Instrucciones de juego:

  • Este es un juego de muchos donde la premisa es viajar por esos lugares donde nuestro corazón tiene reservado un lugar. Solo tiene dos condiciones a respetar: se debe tomar el final del camino del participante anterior como punto de partida y de allí viajar hacia el próximo destino con el medio de transporte  que les apetezca, y siempre debe ser dentro del territorio argentino. Para participar solo se debe escribir a hola@otromapa.com con el asunto Cadena Nacional contándonos brevemente  a dónde llevarías el recorrido y por qué. Por lo tanto paso la posta, cedo el cetro, y a seguir esta cadena, que espero que nunca termine. Saludos.

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